Alfonso Miranda Márquez,Director general del Museo Soumaya Por: Miguel C. Manjarrez
Siempre es muy grato visitar los espacios donde se conserva y muestra el ingenio y la sensibilidad del género humano. Y lo es más cuando esos lugares han sido concebidos por ciudadanos en cuyas prioridades está rescatar el arte y la historia del hombre.

Es el caso del Museo Soumaya, llamado así en honor a la esposa de Carlos Slim, la señora Soumaya Domit, legado de una familia preocupada por rescatar la cultura para beneficio de la sociedad mexicana. Entrevistamos al director de este Museo, un joven entusiasta, culto y apasionado del arte. Estas son sus palabras:

A un año y meses de abrir esta sede, prácticamente estamos entre la decena de museos más visitados en el mundo. Pero en lugar de decir ya la hicimos, ello nos compromete más con nuestros diversos públicos. Hemos logrado hacer de este espacio un lugar incluyente y plural donde todas las voces se escuchan y podemos atender a la comunidad.

Ha sido una aventura muy positiva, sorprendente; la oferta que conlleva un gran compromiso y responsabilidad sociales. Este objetivo nos mueve a seguir haciendo de este espacio un lugar de encuentro en una ciudad con una amplia oferta cultural para todos, hombres, mujeres y niños de escasos recursos, de clase media y de clase alta.

Esto es sin costo. Y abierto todos los días del año, algo que muy pocos espacios culturales hacen. Nuestro público forma un abanico. Atendemos a personas con y sin discapacidad aparente. (Todos tenemos algún tipo de discapacidad, a algunos se nos nota más que a otros).

Estamos lanzando con un muy interesante esfuerzo, el programa lo titulamos inspirándonos en una obra de Salvador Dalí: “El perfil del tiempo”. También participamos con personas que tienen demencia o Alzheimer. “Eterna primavera” el nombre parte de una obra de Rodin: trata sobre nuestra responsabilidad con el medio ambiente. “La Edad de Bronce”: para adultos mayores. “La guarida de los niños”: para chavitos en situación de calle; deporte y arte, educación y arte. Ponemos al alcance del público el engranaje fundamental para la sociedad ávida del diálogo y la interacción que fomenta la imaginación, la creatividad, el pensar y repensar nuestro momento histórico.

Sobre el edificio
El edificio de Plaza Carso, es un referente de ese cubo que se tuerce en su propio eje; un reto hacia la ingeniería que de pronto se está volviendo referencial en la ciudad de México. Es el espacio de todos, mucho más entrañable que esos espacios fríos, un museo que de pronto puede ser apabullante por sus colecciones asombrosas y que además están, sin duda, vinculadas con la historia del arte. Tener al Greco, tener a Van Gogh, tener a Cezanne y al mismo tiempo dialogar con Diego Rivera, con Siqueiros o con el Dr. Atl, es hermanar discursos con una frescura interesante y la inclusión de nuestra razón de ser.

Tenemos seis niveles de exposición. Le hemos dado un peso a cada colección. El primer nivel está dedicado a los metales que forjaron América; el oro y la plata. Son discursos diacrónico y sincrónico y omitimos decir: “esto fue primero y esto fue después, esto es mejor y esto fue peor”. Cruzamos artistas, épocas, tendencias. De pronto tenemos las primeras monedas que se realizaron en América a martillo, las famosas macuquinas o las Carlos y Juana, la colección de monedas de oro más importante en el virreinato de Nueva España, incluso superior a la colección que tiene el Banco de México. Tenemos cuadros de cómo se hacían estas extracciones de metales.

Vamos a celebrar el primer aniversario del Soumaya, con las cien nuevas adquisiciones que ha hecho la Fundación Carlos Slim. Seguiremos teniendo a Rodin, uno de los dibujos de Picasso, obras de artistas del fauvismo como Vlaminck, o Rouault. Al mismo tiempo repatriaremos obra que salió de México. Y tenemos un fascinante Doctor Atl, que Frida Kahlo y Diego Rivera llevaron en una exposición a Nueva York; también una acuarela bellísima de Diego Rivera o el primer plano de la ciudad de México del siglo XVIII, de una forma interesante, para ver cómo se ha transformado la urbe.

El tercer nivel pone en diálogo a los antiguos maestros europeos, aquellos artistas que habían trabajado en el viejo continente desde el siglo XIII hasta el XVIII. Nosotros los tenemos representados a partir del siglo XV y los ponemos en un afortunado diálogo con nuestros artistas del antiguo México, la Nueva España. Hay puntos de encuentro muy afortunados, a veces con divergencias en técnicas, en materiales, pero resulta muy atractivo verlos en un mismo escenario. El cuarto nivel está destinado al paisaje, tanto mexicano como europeo y damos paso al impresionismo y a las primeras vanguardias. Se ha criticado este espacio, pues pareciera que las colecciones han sido revueltas sin un orden específico. Pero para nosotros era importante platicar esa historia de la colección desde otra mirada, desde otra perspectiva. Y hemos dispuesto de dos cuadros de Claude Monet en ese impresionismo fascinante de su mejor época y en los laterales aparecen dos obras de Joaquín Clausell, que es el impresionismo nuestro, el mexicano. Entonces esos cuadros se realizaron en el mismo lugar que Monet estaba pintando en Francia, en Giverny.

Cruzamos la obra de una manera poco común. A mí me gusta pensar que es como estar encontrando en la red una entrada en Google y de pronto aparecen informaciones cruzadas. El visitante, como explorador, va haciendo su propio recorrido, un propio discurso a partir de las pasiones, a partir de las frustraciones, de las emociones personales. No se trata de que “visiten todo el museo rápido”. Hacerlo así es cansado y no se disfruta cada una de las piezas. El hecho de ser gratuito motiva regresar en otro momento; decir “voy a visitar esta sala” o “quiero ver a este artista en particular”. Y esto hace que el recorrido sea muy fresco.

El quinto nivel está dedicado a México. Es un cruce de información. El pasado mesoamericano con una colección que tenemos en comodato por parte del INAH de las culturas del Occidente; desde el preclásico hasta el posclásico como son los enterramientos que tienen un juego de miradas artísticas y simbólicas; la escuela mexicana de pintura en el arte de los calendarios o el arte comercial que va de una industria haciendo imágenes que todos recordamos porque a veces representan a México. Por ejemplo: los calendarios que distribuían gratuitamente una vulcanizadora, una farmacia, un taller mecánico, figuras que representan identidad. Y jugamos con esos cruces de nuevo.

El sexto nivel es el reto más importante por su arquitectura e ingeniería: son mil ochocientos metros cuadrados libres de columnas a cuarenta y cinco metros sobre el nivel de la calle. Es un espacio sin parangón. No hay otro igual. Por eso el visitante disfruta el recorrido por una de las colecciones más entrañables del Soumaya, como lo es la escultura europea de fines del siglo XIX y principios del XX. Estar ahí te acerca a un artista cuyo acervo más importante fuera de Francia se encuentra en México al alcance de todos, como lo es el escultor francés Auguste Rodin en diálogo con sus maestros y alumnos. Muestra cómo la escultura de Rodin dio lecciones a otros artistas mucho más vanguardistas: el surrealismo y Salvador Dalí.

Sobre las reacciones de los curadores clásicos
Nos han dado hasta por debajo de la lengua. En un principio teníamos todo el museo blanco, justo para que cada obra tuviera un peso. Decimos que “no es mejor un artista que otro”, pero ya hemos coloreado algunas de las salas. De pronto también se oyen algunas declaraciones de “es que hay falsos en los museos y más en el Soumaya”. Tenemos la claridad y tranquilidad de que nuestras obras se han investigado, no solamente por nuestros curadores internamente, sino a nivel de los puntos de referencia con investigadores de primera línea según el tipo de colecciones en todo el mundo, porque con tantas obras no solamente tenemos obra americana, también europea, euroasiática, algunas cosas africanas, y se vuelve muy complicado. Vamos con los expertos, las colecciones se han exhibido en museos de primer orden, han viajado, han sido estudiadas. Estamos tranquilos. La información no nos atemoriza y podemos decir: “es una obra atribuida a tal artista”, o “no sabemos la época pero está en el rango de estos años”, o bien “es de la escuela tal en tal época”. Hay transparencia.

Entendemos que las críticas siempre estarán. Somos una institución que forma parte de un grupo empresarial muy sólido y que nos quedamos con esta gran apuesta de responsabilidad social, y es gratuito. Esta es una colección privada que tenemos la fortuna de poder verla y estudiarla, que si viene un investigador externo, podemos darle acceso.

¿Cuántas exposiciones existen en manos particulares que no hay forma de verlas? Nos parece un ejercicio interesante que nos compromete como comunidad y que marca una posibilidad diferente de ver a la cultura. No puede estar todo en manos del Estado, es imposible. Los esfuerzos unilaterales ya no se hacen. Eso funcionó quizás en la consolidación del México moderno en el siglo XX y ahora, frente un nuevo milenio, necesitamos esos cruces de información y esos esfuerzos compartidos iniciativa privada-iniciativa pública, un compromiso cada vez mayor y un buen ejemplo de lo que otros empresarios pueden realizar. Es cuestión de sumar y no restar. Las críticas siempre son bienvenidas todas.

Sobre las obras falsas, réplicas o imitaciones
Existen en todos los museos. En realidad no se exponen. No hay toda esa contundencia. Hay dudas, ¿será, no será? Hay que hacer análisis múltiples. Hay críticos que pueden decir: esa obra es falsa. Hay que hacer análisis químicos, físicos, de grafología. Son entonces piezas en estudio.

Tenemos ese criterio de no exhibirlas, pero continúan en investigación. Es un proceso muy largo. Nadie pude ser tan soberbio para dictaminar de un plumazo; ¡eso no es! Se vale decir, dudo. Afortunadamente son pocas obras. Es esa claridad que tiene el público para comentar: confío en lo que informan en la presentación de las obras.

Sobre la inspiración
Desde el principio hicimos ese escenario donde hubo tres equipos de trabajo: los arquitectos, los ingenieros y el museo. De esa manera se posibilitó el respeto a cada una de las colecciones, tan diferentes en lugares, alturas, atmósferas. Puede el visitante transitar de una época a la otra sin complicaciones.

Los arquitectos le llaman espacios líquidos porque se van sintiendo esas transformaciones: un vestíbulo de 19 metros de altura induce el diálogo del pensador con una obra muy nuestra como el Tamayo, o el último mural en mosaico que realiza Diego Rivera con un cáncer avanzado. Ese ir y venir de tradiciones, se logra bien en ese paseo. Treinta siglos de arte en México, que no es cosa fácil.

Sobre la seguridad
Es cierto que muchos espacios culturales han sido vulnerados. Afortunadamente no es el caso de los Soumaya. Desde el año 2000 iniciamos el proyecto de llevar obras a los estados de la República, prácticamente hemos estado en todo el territorio nacional. Sólo faltan dos estados: Campeche y Baja California Sur, que esperemos cubrir pronto. Aún en estas entidades lejanas a lo que es la sede del Soumaya, existe bloqueo de información, cruces en cuanto a sistemas de seguridad y no apostamos solamente a la tecnología; tenemos personal más que capacitado que nos permite confiar en cómo se protege el patrimonio, que no es nada más de Fundación Carlos Slim; también pertenece a los mexicanos. Son piezas extraordinarias que sabemos lo que implican y que cuidamos y conservamos; para ello existe un laboratorio importante. Ver qué necesitan las obras ya que no es lo mismo un óleo sobre tabla o sobre tela, o sobre metal, que textiles, fotografía o papel.

Nuestro equipo de expertos en restauración y museografía cuida hasta molecularmente cómo se está presentando la obra. A veces la espectacularidad de la presentación de las obras puede poner en riesgo su conservación. Preferimos optar por parámetros internacionales y ser en extremo cuidadosos antes que vulnerar el acervo.

Sobre las contingencias
Una vez terminada la estructura, invitamos a la facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México para que trajera un aparato gigantesco que estuvo un par de semanas replicando sismos. Se hizo un sismo de diez grados y una proyección a trece. Funcionó muy bien la estructura. Por cuestiones de seguridad se llegaron a reforzar con unos tensores la estructura de la techumbre.

En cuanto a la contaminación, este un espacio cerrado. Se había criticado que no teníamos luz natural. Es un espacio que permite la captación de agua. No solamente el museo sino toda la plaza. Digamos que es ecológico hasta donde se puede.

Nos hubiera gustado tener luz natural, es cierto, pero la luz afecta mucho las obras. Entonces por eso es prácticamente un contenedor y la luz natural, en la parte que no las afecta, está filtrada a través de vidrios especiales. Es el caso del gran domo del último nivel.

Sobre la oferta cultural
Estar en el Museo Soumaya equivale a sumergirse en un universo de sensibilidades. Alguna obra podría o no sacudir al visitante; sin embargo, no se trata de eso el arte sino de empatarse con nuestros secretos más íntimos. Es a veces con una sinceridad, como decía Rodin, con verdad, vernos en una pieza; deshacernos; provocar la lágrima, la risa, la evocación. No se necesita ser experto para y disfrutar el museo. No son espacios sagrados, ni templos donde no se pueda hablar. Se pueden tirar al suelo, pueden (siempre con cuidado por lo que implica la colección) en visitas especiales tocar algunas de las esculturas; lo hacemos también para personas con discapacidad visual. Es otra forma de sentir la pieza. Que se acerquen a nuestras noches de museos donde tenemos música, que cruzamos con teatro, a veces hay poesía. Esto es vivir el museo. Quien viene quiere regresar. Con una situación tan complicada que tenemos en México económicamente hablando, el que sea gratuito ayuda. Estamos tan cerca los estados del altiplano central, que venir a la capital no es el blof de qué ¡uyy! estos chilangos... Es acérquense a la oferta cultural que tenemos, así como los defeños nos fascinamos con la historia de otras entidades, con su cultura, comida, conventos, zonas arqueológicas, también la Ciudad de México tiene su lado lúdico, fascinante. No podemos ser tan endogámicos y decir: esto es mío. Hay que compartirlo y tender estas redes. Eso es lo que necesitamos.

Este es un espacio donde están representados todos los México. Hay obra poblana, tlaxcalteca, veracruzana. El verla fuera de su contexto local permite apreciarla más y enorgullecernos de quiénes somos para así crear procesos de identidad. Y no nada más está el Soumaya. Hay otros museos de sitio, zonas arqueológicas, el museo nacional y los privados. Formemos parte de todos. Hagamos las redes que necesitamos.

Sobre lo anecdótico
Hace algunos meses, en una visita, una persona mayor me escuchaba explicar cierta obra y de pronto se puso a llorar; se separó del grupo para soltar el llanto con más fuerza. Me acerqué a él y le pregunté: ¿Le puedo ayudar en algo? El hombre me abrazó y entre sollozos me dijo: Gracias. Yo pensé que me iba a morir sin ver un Van Gogh. Lo pude ver y no tuve que viajar ni pagar para verlo.

Ese tipo de satisfacciones no se pagan con nada. Para eso trabajamos. Para que un niño que viene de una casa hogar y no conoce el mar, lo haga al llegar al museo. Para que una niña que no comprenda lo que es tener una familia, entienda su significado al ver un cuadro de Pelegrín Clavé, un artista del siglo XIX. Puedes cambiar vidas y sentimientos con pinturas, con telas, con mármol y piedra. La sensibilidad de un artista de otro momento, de otra época, sigue vigente en esa mirada fresca. El arte también está en ese visitante que se acerca al museo y se descubre a través de las obras.

Nota de la redacción de Réplica:
El museo Soumaya permanece abierto los 365 días del año. Y sin costo para quienes lo visitan.
@elmuseosoumaya @a_mirandam




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