De pobres, brujos y economistas Por Alejandro C. Manjarrez
Si usted es economista o conoce a uno o a varios de ellos (donde quiera los hay), véase o véalos, depende, como aquellos brujos o hechiceros que antes y durante el Medioevo le aconsejaban a los jefes de tribus y reinados. ¿Los recuerda? Usaban un montón de piedras o huesos dispersos en la tierra iluminada por las hogueras, para adivinar si tal o cual jefe, debería o no robarse a la doncella hija del patriarca vecino:

“Los dioses indican que debes ir por esa mujer cuando la luna sonría”, pudo haber sido uno de los consejos de los agoreros de antaño. Otro: “No te conviene robar a la hembra porque se desataría la guerra y aún falta que te hagas de pertrechos y construyas murallas que sirvan de blindaje a los embates del enemigo”. Aquellos videntes fueron mejorando su técnica hasta llegar a nuestros días ya convertidos en respetables profesionales dueños de la verdad micro y macro económica.

Las piedritas o los huesos cambiaron por las estadísticas, las variables matemáticas, los teoremas y otros modelitos más cuya esencia proviene del brujo mayor Adam Smith. Revivieron a Keynes, mataron a Marx y el espíritu socialista se ahogó en el embravecido mar del capitalismo salvaje. Pasó el tiempo y los “brujos” superaron a sus líderes y jefes de las tribus para convertirse en los gobernantes del mundo.
La autora de la reflexión apuntada, misma que yo he editado arbitrariamente, es doña Chona, la lideresa de uno de los mercados populares que hay en Puebla. La señora, por cierto rubicunda y muy bien alimentada, había leído las cabezas y las entradas de los diarios que se exhiben en los puestos del Centro Histórico, hoy asediados por la moralina blanquiazul que invadió al Ayuntamiento de Puebla.

“¡Vea usted! –me dijo molesta después de su perorata economicista–: ese gordito (se refería a Agustín Carstens) habla de que hay que amarrarse el cinturón porque Obama se las vio negras y no tuvo el empaque para resolver la economía de Estados Unidos. ¡Carajo! ¬–espetó–. ¿Acaso no se han dado cuenta de que el pueblo ya ni cinturón usa...?”

Le pregunté cuál sería la forma para enfrentar la crisis que ya toca a la puerta nacional. Me respondió molesta:

“Otro periodista atarugado por la palabrería y los terminajos de esos teóricos que hablan igual que el cura que presume su latín al leer las epístolas. Como nadie les entiende, creemos que su voz es la voz de Dios. No. Mire usted: esto de la economía es tan fácil como llevar las finanzas de mi puesto de verduras en La Acocota”, dijo y en seguida me echó su filípica que otra vez resumo de manera arbitraria.

“Cuando la comadre Evodia llega al mercado gastando más de lo que acostumbra, quiere decir que su marido le mandó dolaritos. También le ocurre al señor Felipe que vive de sus hijos, los mojados. Y pasa con muchas personas más, jóvenes y viejas, quienes hacen días de fiesta con la lanita de sus parientes que trabajan en el otro lado. A la semana siguiente andan pidiendo fiado y nosotros, los comerciantes, pues les fiamos. Así ha sido siempre porque no entienden que deben ahorrar para los tiempos de las vacas flacas, o sea cada mes. Y lo peor es que eso mismo pasa con el país porque nuestro gobierno se gasta un montón de lana en salarios, prestaciones y los excesos de la corte que rodea y vive del presidente. Y los economistas orgánicos (antes los brujos del poder) les doran la píldora al jefe sin tomar en cuenta que el ahorro sería la solución de México.”

Su emoción fue abruptamente alterada con la observación que se me salió sin querer: señora –le dije–, pero hay muchos mexicanos que no pagan impuestos porque pertenecen a la economía informal…

“¡Pues yo soy una de esos mexicanos que no le damos ni un peso al fisco! ¿Para qué dárselos? ¿Para que los gasten en aviones privados, helicópteros y ropa cara para ellos y sus viejas? ¡No! Dios nos libre de alimentar a tales baquetudos que viven de mentir a los demás prometiéndoles que acabarán con la pobreza y que todos seremos felices”.

Bueno –intercedí a favor del Sistema–, tenemos el seguro popular y otros beneficios sociales... “Es nuestro dinero. ¿O qué no? Nadie nos regala lo que merecemos por pertenecer a, ¿cómo dijo el tal Vargas, ése que le dieron un premio?” ¿La dictadura perfecta…? A esa frase se refiere –pregunté con candidez.

“Exacto. Son dictadores que esperan el perdón de la virgencita de Guadalupe dándonos una migaja de lo que no se roban. A ver, dígame usted: ¿por qué los grandes empresarios como Slim, Azcárraga, Salinas y otros, no pagan impuestos tal y como el gobierno se lo exige a los demás? Acaba de confesar otro millonario (Warren Buffett) que ellos, los de la lana, sólo pagan la mitad de lo que el fisco cobra a la clase media”.

Oiga, está usted bien informada –volví a interrumpirla.

“Ahí –dijo Chona señalando al puesto de periódicos– leemos que esos caballeros son los dueños de México y hasta del presidente en turno. Bueno también son amos de la televisión, de las bebidas espirituosas, de las tortillas, de los refrescos y de los bancos. Ellos dicen que tienen miles de empleados. Y como muchos de esos trabajadores son mis clientes, sé que los tienen bien jodidos...

LOS NUEVOS “BRUJOS”
Dejo a doña Chona y me ubico en la ciencia económica que hace quince años le permitió a Wolfagang Merkel vislumbrar lo que pasaría en el siglo XXI:

Entre otros de los razonamientos publicados en su libro Entre la modernidad y el postmaterialismo, Merkel escribió: “La vertiginosa internacionalización de la economía, la expansión del mercado del dólar, la política monetaria restrictiva, el crecimiento del déficit presupuestario de Estados Unidos y la pérdida de la soberanía económica de las potencias medias, ha superado el fin del keynesianismo en un solo país (EE UU). Con este boqueo parece escaparse el instrumental ideal para la política económica que permitió a los socialistas, durante los primeros decenios de la posguerra, armonizar un programa de cambio social y praxis estabilizadora”.

Por su parte, George Soros, el financiero cuya voracidad llegó a su máximo cuando decidió quebrar al Banco de Inglaterra, hace tres lustros ajustó su conciencia para, en un acto de contrición, darse cuenta de que el capitalismo podría estar amenazado por un poder excesivo y centralizado del Estado, pero también por una total desaparición del mismo. Así lo dijo y por ello propuso que para evitar el choque social era necesario fomentar un equilibrio entre la economía y el socialismo, armonía imprescindible para poder frenar la ley de la selva que habían promulgado los dueños del capital.

OPERACIÓN PATRIOTA
Esa ley de la selva, que incluye la política monetaria restrictiva y lo demás que vislumbró Merkel, podría coincidir con la tesis de doña Chona sobre el ahorro, que en este caso debemos llamar interno. Así, la teoría economicista revuelta con la práctica y experiencia doméstica de una comerciante de perecederos, nos lleva a colegir que los modernos brujos no quieren darse cuenta del valor social de la riqueza que genera el pueblo, dólares que se gastan en tonterías gracias a dos factores: a) la captación de esas remesas son manejadas por negocios que viven del comercio y de los pobres, y b) al recibir sus dólares, las familias mexicanas gastan su dinero en esos mismos negocios. Hay una gran derrama sí, pero sólo beneficia al capitalismo salvaje que entre otras cosas produce o importa chácharas para los pobres.

¿Por qué no se ha diseñado y establecido un programa de ahorro basado en los 20 mil o más millones de dólares de remesas procedentes de Estados Unidos, dinero producido por los trabajadores indocumentados? Quizás porque afecta el business de los millonetas.

Con ese sistema de ahorro se fomentaría el crecimiento del ahorro interno precisamente, guardaditos que blindarían la economía mexicana por ahora en manos de los bancos extranjeros. Sería una operación patriota porque con ese dinero se consolidarían lo que llaman créditos garantizados o pre pagados. Y de ahí pa’real.

En fin, dejemos a la “ciencia económica” para volver a los brujos modernos: si de verdad entendieran los problemas y la sabiduría del pueblo llano, ya hubieran escuchado a los “maestros” mencionados arriba, cuyo criterio se resume en la siguiente frase: hay que socializar la economía y hacer más justo el pago de impuestos.

¿Oiga doña Chona –le pregunté a mi amiga–, sabe usted algo de las estadísticas?

“Sí, como no, así le llama mi viejo a los postes”

¿Perdón?

“A poco no está usted enterado: dan luz e iluminan la oscuridad y además sirven para que los borrachitos se agarren de ellos para no caerse”.

No cabe duda, me dije: doña Chona parece una bruja de aquellas pero convertida en economista, ¿o en filósofa?


acmanjarrez@hotmail.com
@replicaalex




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