Lodo y poder* Por Alejandro C. Manjarrez
*Este pasaje de la política mexicana es parte del libro Confidencias del poder

Personaje uno

Joaquín Hernández Galicia, alias La Quina, estaba en la cúspide del poder sindical mexicano. Era un ministro sin cartera y al mismo tiempo el mecenas que usaba dinero de Pemex para beneficiar e incluso hacer millonarios a sus amigos, protegidos, ahijados, compadres, socios y cómplices.

Decenas de miles de trabajadores le hacían el juego.

El gobierno lo toleraba para no alterar la producción petrolera ni exponerse a un atentado contra las líneas de conducción de gas, petróleo y gasolina.

Sus enemigos se morían misteriosamente.

Y él vivía rodeado del entresijo que encubre las actividades inmersas en la corrupción.

Personaje dos

Carlos Manuel Sala fungía como ministerio público federal encargado de coordinar a sus pares en el estado de Puebla.

El abogado se mostraba implacable y concertador cuando se trataba de beneficiar al Estado.

Buen amigo fuera de su responsabilidad.

Ávido lector de la información política nacional.

Tenía el don de la oportunidad que lo hizo indispensable para sus jefes, en especial el entonces procurador general de la República.

“El hijo del secretario fulano desapareció en Puebla –le dijo el procurador a Carlos Manuel–. Indague usted a ver qué encuentra. Y manténgame informado. Nuestro amigo (el secretario fulano) está muy preocupado”.

Ahí estaba yo frente a Carlos, justo cuando lo llamó el procurador general de la República.

–¿Se te ocurre algo? – me preguntó.

–Háblale a Guarneros –le respondí a botepronto.

–¿Y quién es ese cuate? –cuestionó.

–El tipo mejor informado de Puebla –aclaré.

Al otro día supe que Carlos y Guarneros habían hablado, y que dos horas después de esa conversación, el procurador fue enterado de que el hijo de su compañero de gabinete estaba en un hotel con su pareja gay.

No hubo ningún evento trágico pues.

Sólo la mala (o buena) noticia de la preferencia sexual del vástago que se escondió en Puebla para llevar a cabo su intensa y romántica encerrona, contra natura diría el hipócrita.

Personaje tres

Hebraicaz Vázquez Gutiérrez, líder del Movimiento Disidente Petrolero, andaba a salto de mata: había sido sentenciado por La Quina.

Su pecado: oponerse al cacicazgo petrolero que encabezaba Joaquín Hernández Galicia.

Su pena: la muerte decretada por el cacique de sus pesadillas.

Iba a ser asesinado siguiendo el patrón de otros crímenes: algún accidente misterioso.

Durante varios años Hebraicaz se ocultó en Puebla, en la casa de algún familiar.

Personaje cuatro

Sergio Beltrán López, amigo y maestro, tenía en su haber un premio nacional de informática.

La sociedad científica reconocía al doctor en matemáticas como uno de los hombres más preparados de México.

Él fue quien instaló las computadoras de la UNAM y del Comité Olímpico Mexicano, las primeras en su tipo.

La IBM lo puso en su lista negra porque renunció a la relación contra actual con la transnacional para poder montar el primer sistema de cómputo –francés por cierto– en la Cuba de Fidel Castro.

En los días en que ocurrió lo que enseguida relato, Beltrán vivía en Cuernavaca y en Puebla, indistintamente.



La historia

Los cuatro personajes se atravesaron en la vida profesional del que esto escribe. Carlos como amigo y vocero oficial de la PGR; Hebraicaz como informante de las trapacerías sindicales que combatía; Joaquín como el objetivo de mi investigación; y Sergio como asesor asociado en algunos trabajos periodísticos.

Hebraicaz necesitaba que alguien escribiera sus cuitas sindicales; es decir, sus pleitos con el cacique tamaulipeco.

Me buscó y yo lo encontré.

Nos citamos en uno de los cafés poblanos.

Cuando llegó lo hizo custodiado por siete colaboradores, cada cual con cara de sospecha y con el temor que obligaba su proceder clandestino. Le sorprendió que estuviera con mi esposa y tres de mis pequeños hijos.

“¿Manjarrez?”, me preguntó para identificarme.

“Sí, soy yo –le respondí amable pero preocupado por el aspecto del grupo. Ella es Manola, mi esposa, y los niños son mis hijos. Si quieres siéntate y siéntete en familia” –agregué.

Así lo hizo mientras que su personal se instalaba en la mesa contigua y yo, suspicaz, buscaba algo raro sin saber qué podría ser.

En esa primera reunión lo escuché atento.

Hebraicaz se llevó una hora en resumir la historia de su vida sindical.

Antes de despedirnos me entregó la copia del contrato entre el Sindicato y la Texas Oil Company.

“La Quina –confió el disidente– tiene la concesión de Pemex para vender el slop oíl (desperdicios del petróleo), pero en cada entrega su gente mete barriles de crudo. Ese es uno de sus negocios… Ah, por cierto –agregó antes de despedirse: Manuel Buendía no quiso publicar esta información. Le alzó pelo.”

Tres días después, con el reto clavado en mi mente (“Manuel Buendía…), conversé con Sergio Beltrán López y le platiqué mi experiencia mostrándole copia del contrato referido.

“Préstamela, saco una copia y al rato te devuelvo el documento” –me dijo con un interés poco común en él, un hombre erudito acostumbrado a las sorpresas y siempre dispuesto a confirmar cualquier tesis:

“México está gobernado por corruptos”, aseguraba con la pesadumbre marcándole su rostro.

Sergio profundizó en la investigación documental. Incluso se reunió o se comunicó con algún ejecutivo de la Texas Oil Company. Confirmó lo que me había confiado Hebraicaz: los barriles del desperdicio de petróleo iban acompañados de otros barriles, los de crudo, negociación que producía al grupo sindical una comisión adicional basada en las utilidades de la empresa. Un jugoso profit commission pues.

 

“Suave Patria”

Varias semanas duró la preparación del reportaje que se publicó en la revista Impacto, hebdomadario entonces dirigido por Mario Sojo Acosta.

Aquellos “pelos y señas” mostraron a los lectores los distintos estilos de la corrupción que flagelaba a la empresa más importante de México. Desde el malhadado contrato del sindicato con la petrolera estadunidense, hasta la comercialización de las plazas y la venta de las toneladas de cobre que alguien robaba de los almacenes, por ejemplo.

Después de la publicación del reportaje de marras, La Quina fue aprehendido en su casa de Ciudad Madero, Tamaulipas.

“Le sembraron un cadáver”, dijeron fuentes confiables.

“Encontraron en su casa armas de diversos calibres y de uso exclusivo del ejército”, publicó la prensa nacional.

El encargado de la operación fue Carlos Manuel Sala, ministerio público comisionado para la integración de la averiguación previa y captura de Joaquín Hernández Galicia.

Hebraicaz por fin empezó a vivir sin tener que esconderse de los sicarios al servicio de su peor enemigo.

La Quina ya estaba en la cárcel.

Carlos Salinas de Gortari inició su mandato sin el lastre del liderazgo obrero que para el gobierno representaba Hernández Galicia. Lo había borrado del mapa nacional.

Es obvio que esta acción dejó muy satisfecho a Salinas ya que mató dos pájaros de un tiro. Uno, su venganza personal contra quien supuestamente había financiado el libro: Un asesino en la Presidencia, de José Luis González; y otro, el encarcelamiento del “líder moral” de los petroleros, cuya fuerza le permitía manejar parte de la política nacional e influir en las decisiones presidenciales relativas al petróleo.

“Alejandro –me dijo Sergio Beltrán después de leer el reportaje que publicó la revista Impacto–, hace tiempo que no me sentía tan contento con mi participación en equipo. Si no hubiese sido lo que soy, sería periodista, un oficio que te permite la satisfacción de aportar algo, aunque sea un grano de arena para ayudar a la “Suave Patria” que con sus palabras pintó el genio de Ramón López Velarde.

De Carlos Manuel Sala no supe más.

Desapareció.

Tal vez se ocultó entre las comodidades que el sistema político mexicano provee a sus fieles servidores.

O quizá fue sometido a un peeling político y social que, en este caso, produjo el lodo, el de los veneros escriturados por el diablo, el personaje aquel que nunca falta en todas las historias negras.


acmanjarrez@hotmail.com
@replicaalex


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