La herencia* Por Alejandro C. Manjarrez
El efecto que ocasiona la corrupción tiene un proceso largo y penoso poco visto o analizado en virtud al otro trayecto, el luminoso que ha hecho del nuestro un país de oportunidades. Se trata de un fenómeno cuyas causas se pierden en el día a día, lo cual, insisto, obliga a revisar —aunque sea a vuelo de pájaro— algunos de sus antecedentes u origen de lo que hoy padecemos como si fuese una peste social.

Con este arbitrario compendio intento resumir los orígenes de la llamémosle cultura de la corrupción, práctica que inicia con la Conquista, evento éste que produjo el choque de creencias causado por el encuentro de razas que detonó el mestizaje que nos hizo una raza singular:

Hernán Cortés llegó a la tierra de Anáhuac al lado de cuatro centenas de feroces soldados, tropa que recibió el apoyo de los frailes instruidos o condicionados —no lo sabemos con precisión— para que confesaran y perdonaran los pecados de la soldadesca, gente por cierto de la peor calaña. En su rastro aparecen las violaciones tumultuarias y los asesinatos de recién nacidos producto del “pecado” o cohabitación con las indígenas, así como los castigos y torturas a los niños y a las mujeres.
También la esclavitud disfrazada de encomienda cuyas víctimas, incluidos los niños, cual ganado, sufrieron la marca del fierro candente. Los salvajes del viejo mundo llegaron al nuevo decididos a despojar de su riqueza a los nativos de América.

Además del sacramento de la confesión, la otra chamba asignada a los frailes consistió en convertir al pueblo conquistado, trabajo que les resultó relativamente fácil debido a la espiritualidad combinada con los temores irracionales, la creatividad y la sumisión, actitudes que conformaron el sincretismo nacional, circunstancia que, gracias a las características del suelo y el clima así como a la ternura del pueblo, hizo de la mexicana una raza proclive a ser fácilmente manipulada.

El padre de la corrupción
La razón del éxito español se debió, recalco, a la inocencia de los habitantes de América y, desde luego, a la perversidad de quienes llegaron ávidos de lo que en su país jamás hubiesen tenido: poder y riqueza. Estos incentivos aderezados con la buena suerte del conquistador, la viruela y el misticismo de los conquistados, permitieron a Hernán Cortés ser un hombre poderoso que no tuvo límites para lograr sus ambiciosos objetivos. Además de ello

    …lo que dio a los españoles una ventaja decisiva fue la viruela, que llegó a México en 1520 a través de un esclavo enfermo que provenía de la Cuba española. La epidemia resultante avanzó hasta matar casi a la mitad de los aztecas, incluido el emperador Cuitláhuac. Los aztecas supervivientes se vieron desmoralizados por la misteriosa enfermedad que mataba a los indios y perdonaba a los españoles, como si fuese un aviso de la invencibilidad de éstos. En 1618, la población inicial de México, que era de unos 20 millones, había descendido hasta aproximadamente 1.6 millones de personas.[1]

Don Hernán, padre de la corrupción mexicana, pasó a la historia como un personaje cubierto por las sombras de sus acciones, negrura que se iluminó con las luces del Encuentro cultural que él no planeó y, quizás, nunca entendió. Tampoco imaginó que llegaría a convertirse en el precursor histórico del mestizaje o pie de cría de la raza cósmica definida así por José Vasconcelos.

Ya sabemos pero no está por demás repetirlo, que Cortés se topó con un pueblo noble profundamente espiritual y por ende supersticioso. Como gobernante tuvo la ayuda de los naturales que sin darse cuenta se traicionaron a sí mismos cuando vieron en él al mítico Quetzalcóatl, la deidad áurea que los abandonó prometiéndoles regresar, comprobando —además— que era inmune a la enfermedad que a ellos mataba. Como político ejerció el control valiéndose de su paradójico poderío militar, fuerza consistente en el uso de la pólvora y la táctica castrense-criminal de sus cuatro centenas de soldados sedientos de sangre, sexo y riqueza. Como hombre ambicioso supo manipular al pueblo, igual que pudo haberlo hecho el mítico dios blanco que seis siglos antes se había esfumado de la faz de la tierra. Como creyente se valió del pensamiento mágico del indígena, condición que le permitió utilizar la estrategia basada en causar temor entre los caciques que, de acuerdo con sus costumbres, ejercían el control sobre los macehualtin. Como ser humano fue una basura: genocida, frío, cruel, temerario, ambicioso, traidor, falso, mañoso, calculador. Como católico se sintió apoyado y perdonado por Dios a través de los “emisarios del Ser Supremo”, entre ellos —sin demérito de su confesor en turno— Bernardino de Sahagún, Vasco de Quiroga, Pedro de Gante y Bartolomé de las Casas, los frailes cuya misión —inicio del trayecto luminoso que refiero arriba—, además de catequizar, fue la de rescatar la cultura indígena, implantar ideas sociales, establecer el sistema educativo amerindio, preservar la vida de los naturales de América y perdonar los pecados de la españolada, faltas que los alcanzaron para, presumo, herir su espíritu religioso lleno de buenas intenciones. Todo ello, insisto, bajo el enorme manto del catolicismo español, protección que hizo las veces de lastre al desarrollo intelectual, científico y cultural de México.

Todo cambia para que nada cambie
Con el Encuentro o Choque de civilizaciones empezó en América la conformación de la nueva sociedad cuyo sincretismo se formó con la otra mezcla, la de los fetichismos de dos pueblos: el conquistador y el conquistado. Esa lucha espiritual —por cierto todavía vigente— fortaleció las creencias sustentadas en la magia y reforzó las formas y estilos para engatusar, corromper, mentir, disfrazarse, sobornar y extorsionar, costumbres que impactaron a los religiosos de los siglos posteriores y, entre otros nocivos efectos, lastimaron a creadores como Sor Juana Inés de la Cruz, por ejemplo.

Ni el incienso ni los rezos ni las promesas del cielo o la amenaza del inframundo, lograron espantar a los “malos espíritus” hoy posesionados del alma de los gobernantes que llegaron al poder —ricos o pobres— casi todos descendientes ideológicos de Hernán Cortés, unos y otros disfrazados de pueblo: los ricos de prosapia para permanecer “donde hay”. Y los audaces o pobres de origen, para ser aceptados en el club donde el que no huele a dinero, apesta.

Han pasado más de quinientos años del arribo de Cortés al entonces territorio dominado por los aztecas. En ese lapso los mandatarios cambiaron sí, pero para actualizar las costumbres de sus antecesores. La clase gobernante se modernizó con el ánimo de dominar a los testigos fortuitos de cualquier estilo de corrupción. Diría Alfonso Reyes (Visión de Anáhuac): se trata de una rémora que ha hecho de la nuestra una tierra salitrosa y hostil.

La modernidad obligó al rico a inventar nuevos métodos que les ayudarían a explotar al menesteroso. El pobre que ambicionaba el poder político se vio obligado a adoptar estilo y costumbres de quienes se hicieron millonarios aprovechándose de los programas del gobierno y las inclinaciones corruptas de los gobernantes. Cada cual, a su manera, siempre dispuesto a manipular la confianza de la masa (todavía sumisa y supersticiosa empero, ante el hartazgo, presta a externar su reclamo), maniobras que permiten incrementar la fortuna personal basándose en la vieja pero aún vigente fórmula: los políticos pobres empeñándose en crear su riqueza económica y por ende el bienestar de sus herederos; y los que —políticos o no— siempre han sido ricos —la mayor parte de ellos— sacándole provecho a las necesidades de la gente.

Así de simple ha funcionado el sistema político mexicano. No importa quién sea el mandatario en turno o cuál el partido en el poder. La mayoría de los gobernantes son succionados por la gran estela que dejó aquel capitán peninsular, el conquistador —reitero— de un pueblo sencillo, crédulo, inocente e impresionado por la imagen del hombre blanco y barbado, reproducción casual de quien seis siglos años antes había arribado a las costas de América, llegada que —cuenta la leyenda— fue consecuencia de alguna de las contingencias marinas que empujaron a uno o varios grupos de navegantes de occidente. ¿Vikingos, chinos, siberianos? ¿Y por qué no extraterrestres?, reclamaría sonriente don Pedro Ferriz Santa Cruz.

El reflejo negro
El político mexicano actúa como si estuviera encantado por el “espejo negro de Tezcatlipoca”. Le atrae ese influjo. Se mete dentro del cristal azogado para, desde ahí, ver el reflejo invertido de su propia imagen. Digo “espejo negro de Tezcatlipoca” porque en él suelen mirarse aquellos que adoptan la vileza de ese dios de la noche y, en consecuencia, actúan como si se acogieran al poder de quien —nos cuenta la mitología azteca— nunca cambia porque domina el tiempo y los sentimientos de las personas que resultan perjudicadas por los contrastes y dualismos, fenómeno que —según el mito que parece realidad— ha dado forma a este mundo imperfecto, contradictorio, alrevesado, injusto.

Así pues, el que es rico y producto de esa égida, se cree con méritos para especular con el dolor y la miseria del mexicano pobre; la razón: necesita incrementar su capital. Ahora bien, si se trata de un ciudadano de origen humilde pero que ingresó al mundo del poder político, lo común es que imite al rico no obstante que lo repudie por representar a quienes explotaron a sus ascendientes o convertirse en clones de alguno de los que mancillaron la dignidad de la raza indígena.

El político pobre, insisto, observa al rico como el dador de la oportunidad que le permitirá alcanzar el beneficio de la riqueza, mientras que el rico piensa en los pobres sólo porque le interesa mantener vigente el proyecto que incluye su renuevo sexenal, inserción que le ayudará a incrementar su capital. El poderoso dispuesto a negociar con los que explota siempre y cuando saque provecho a esas concertaciones. Y el hombre-pueblo resignado con el trato que recibe —cualquiera que éste sea—, incluso, en muchos casos, ofreciéndose para engañar a sus semejantes, igual que como en su época lo hicieron los operadores indígenas de Hernán Cortés.

El que fue pobre y, por ende, “producto de la cultura del esfuerzo”, ve a su pueblo con ternura pero convencido de nunca más volver a esos sus orígenes modestos. Se corrompe para huir de la pobreza. Y a pesar de que presuma su pasado o ideología, lo que dice lo exterioriza dientes para afuera, consciente de que entre más dinero tenga, más lejos estará de regresar a la triste etapa de su vida. Esto lo convierte en un moderno cacique siempre dispuesto a vender a los suyos aunque traicione a su raza sólo para obtener mucho dinero y algo de poder político.

De pobres a millonarios
Dicta la costumbre o tradición, que antes de llegar al cargo los gobernantes de cualquier municipio, estado o incluso del país, tuvieron que comprar voluntades o alquilar simpatías, “inversión” que el rico o los benefactores suelen recuperar a través de los programas de gobierno o, lo que es lo mismo, del dinero público. Son los “suertudos” que se creen elegidos de Dios y por consiguiente merecedores de los beneficios terrenales provenientes de la bondad de Jehová, Cristo, Mahoma, el Universo o el dios cuántico, depende sus creencias e intereses espirituales.

¿Por dónde empezar para extirpar el cáncer social cuyo origen es la corrupción?, preguntamos sin encontrar una respuesta contundente. Así que mientras se descubre esa fórmula ideal, será la sociedad la que haga del conocimiento público lo que muchos saben y les consta, ya sea por alguna experiencia personal, o bien porque el destino los hizo testigos de calidad o damnificados del poder. Cualquier acusación o señalamiento bien fundamentado dará mejor resultado que el guardar el hecho para contárselos a los nietos.

No hay de otra: la denuncia sigue siendo la única forma de burlar la estadística producto del olvido. Si se volviera costumbre sería un acto que en el peor de los casos moderaría la corrupción. Claro que ese tipo de señalamientos son peligrosos; no obstante, dicho peligro se minimiza en la medida en que el pueblo hace suya la causa. Habría que pugnar para que la verdad adquiera certificación de origen y cesen las acciones de los modernos imitadores de Hernán Cortés. Perogrullo diría: cuando la veracidad sea el eje del comportamiento ciudadano, México vivirá un interesante y positivo fenómeno social. Y las redes sociales apoyarían este cambio que incluye la participación de los medios de comunicación y desde luego de las ongs.

Valor moral
La verdad tendrá que llegar a ser un valor obligado en el actuar de los gobernantes. Empero, para que esto ocurra, habría que modificar el concepto de falsedad en declaraciones judiciales dándole otro sentido y penalidad. Ello implica que se legisle con la intención de que la mentira sea un delito grave y, en consecuencia, sin el beneficio de la fianza. Si pasa en Estados Unidos donde hasta los presidentes dejan el cargo cuando se les descubre que mintieron o incumplieron su juramento constitucional. Esto no sucede en México porque la clase política parece trepada en un velero impulsado por los vientos de la simulación, fuerza que le permite navegar en el mar de la mentira.

Seguiremos en las mismas mientras continúe vigente el espíritu y las mañas de Cortés, el peor legado del mestizaje. Peor aun si el servicio público continúa siendo como la casada infiel que Federico García Lorca convirtió en poesía: en cuanto se tocan sus pechos, éstos se abren como ramos de jacintos…

¡Ay Cortés…! Que pinche herencia nos dejaste.

*Capítulo de mi libro en proceso de publicarse intitulado: La corrupción, herencia atroz
[1] Ortiz Quezada, Federico. Código A (H1N1), diario de una pandemia. Ed. Taurus, México, 2009


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