Rafael y su sucesor Por Alejandro C. Majarrez
El gobierno parecía alterado. Se hizo evidente el conflicto de intereses entre el nuevo mandatario y los viejos servidores públicos, uno y los otros políticamente ligados con Rafael. El ambiente estaba tenso, sin embargo, a pesar de los problemas, aún prevalecía el respeto a la jerarquía ostentada por el heredero del poder.

Contrariamente a los tropiezos de la cosa pública se transitó más o menos bien hasta que el cacique y legador del gobierno sintió que había perdido el control. Ocurrió meses después del amigable y arreglado relevo político. La alteración coincidió con la escalada delincuencial que puso al descubierto los daños ocasionados por el heterodoxo ejercicio del poder que acostumbró perseguir a sus críticos. El frenesí provocado por la ola de delitos y contradicciones, consecuencia de los temores que agobiaban al nuevo Ejecutivo, molestó al ex gobernador cuyo popular reclamo altisonante no se hizo esperar:

—¡Qué carajos pasa en Puebla cabrón! ¡Te dejé encargado del gobierno y mira lo que has hecho:

puras pendejadas! ¡Perdiste el control y lo peor: ya no escuchas a mi gente! ¡Parece que olvidaste que soy tu jefe y que me debes todo, absolutamente todo lo que eres, incluida tu fortuna! ¡¿Estás consciente?!

El sucesor en el poder Ejecutivo palideció. Por su mente pasaron los días aquellos en que el jefe pendejeaba a sus subordinados, él entre ellos. Pensaba en los agravios que había soñado cobrar valiéndose del cargo, precisamente. “Es un tipo peligroso por toda la información y controles represivos que formó y aún maneja”, caviló tratando de quitarse de la mente los deseos de vengar ofensas y maltratos contra su persona. En esas andaba cuando sus dubitaciones fueron interrumpidas por la voz de Rafael cuyo cambio repentino mostró una de las facetas de su bipolaridad. El nuevo gobernante se volvió a estremecer. Anonadado escuchó el tono amenazante y a la vez amistoso e irónico, actitudes que formaban parte del estilo usado por el ex cuando deseaba confundir a sus subordinados:

—Mira hermano: recuerda que obran en mi poder los pelos y señas del origen de tu riqueza personal e incluso la familiar. En otras palabras y para que me entienda usted, Señor Gobernador —punzó mordaz—, lo tengo agarrado de los testículos. Así que no le busque chichis a las culebras y póngase a trabajar pero sin salirse del guión que le dejé. ¡Ah! Y por favor no pierda la sonrisa que tantas voluntades le ha ganado, incluida la mía. ¡¿Está claro pedazo de…?!

“¿Y ahora qué le respondo? —debe haber pensado el aludido—. Si le hablo con la verdad terminaremos enfrentados y el perdedor seré yo, sin duda. Así que mejor apechugo sus arranques y le acaricio el ego. Quizá me deje de joder”,

—Señor, amigo, padrino —se animó el nuevo mandatario—: a pocas horas de haber recibido la estafeta de tu gobierno fui llamado para asistir a Los Pinos. Lo ordenó el señor presidente. Sin preámbulos ni consideraciones, en ese mi primer encuentro el Señor me puso ante una preocupante disyuntiva. “Mira gobernador —me dijo de sopetón y con la frialdad que da el máximo poder del país—. Tienes la oportunidad de recibir el apoyo de Rafael lo cual procuraría cierta tranquilidad a tu gestión; el tipo es millonario. Por otra parte existe una alternativa: que el gobierno de la República se solidarice con tu proyecto y destine una importante cantidad de recursos con el fin de impulsar la obra pública en tu entidad. Esto además, obvio, de otros beneficios de carácter social que igual harán del tuyo un gobierno productivo. Pero para lograr esto último debes alejarte de la influencia de quien te heredó el cargo. Y hacerlo con inteligencia para evitar cualquier  tipo de conflicto cuyas consecuencias afecten a la República…

—¡Eso no puede ser! —increpó Rafael interrumpiéndolo mientras manoteaba. ¡No puedo creerlo! ¡El presidente y yo somos muy buenos amigos! ¡Él sabe que en Puebla ejercemos la soberanía constitucional! ¡Así que no andes con mamadas burocráticas! ¡O estás de mi lado o te declaro enemigo de los poblanos! ¡Escoge! ¡Recuerda que no tratas con un mamarracho!

Vaya follón.

El mandatario palideció. Su mente atrajo las tradicionales advertencias y comunes amenazas de su jefe y paradigma. Recordó los favores recibidos de él así como los compromisos adquiridos con él. Apareció su sentido de sobrevivencia e hizo gala de su capacidad empática, histriónica. Carraspeó antes de soltar las siguientes frases:
 —Rafael: espero que sigas confiando en mi. He encontrado la forma de no alterar nuestra relación con el presidente de México. Haremos como si tú y yo nos hubiésemos distanciado. Para ello tienes que autorizarme a remover a varios de nuestros amigos. Seguirán en la nómina sí pero su actuar será tras bambalinas. Además, con el aprecio y respeto que me mereces, te sugiero que simulemos habernos distanciado. De esta forma el estado de Puebla se vería beneficiado al ejercer varios de los programas de la Federación. Estaríamos trabajando en todo aquello que te fortalezca…

Y eso fue lo que ocurrió.

Respetado lector: si acaso pensaste en que el Rafael de esta historia es el mismo que anda de la Seca a la Meca en busca de la candidatura presidencial, me disculpo contigo y te aclaro: en efecto, los hechos relatados son reales; ocurrieron cuando el general Rafael Ávila Camacho se pasó por el arco del triunfo las indicaciones del presidente Adolfo Ruiz Cortines. El militar decidió no hacer caso a la petición presidencial, misma que consistía en que otro fuera el hombre designado para sucederlo en el gobierno poblano. Ávila Camacho no meditó en las consecuencias e implementó un madruguete para dejar en el cargo a Fausto M. Ortega, personaje catalogado por la clase política como el “mozo de estribos” del entonces gobernador

Partiendo pues de esta llamémosle acotación, te pido lector cómplice que de encontrar alguna semejanza con lo que acontece en los tiempos que corren, tomes en cuenta que ésta se debe a una mera coincidencia o simple casualidad.

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@replicaalex


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