La gemela espiritual de Juana Inés* Por Alejandro C. Manjarrez
Venciste mujer, con no dejarte vencer.
Pedro Calderón de la Barca

En alguno de los espacios de México, en este caso lejos de las jerónimas, Herminia también conspiraba contra el poder que ejercía la Iglesia. ¿Cómo hacer para vengar las ofensas a la inteligencia?, se preguntaba mientras armaba su conjura.

La rabia fue inoculada en su alma por el padre Barcia: la ofendió frente a los feligreses diciéndole que era una mujer pecaminosa. Con engaños y promesas celestiales, alguno de los soldados de Cristo la había llevado al Convento de Belén, igual que lo hizo con otras mujeres secuestradas por esos curas que, argumentaban, cumplían el “deber divino” dictado por el arzobispo Aguiar y Seixas: “Quítense el vestido talar”, instruyó su Eminencia a la escuadra de Barcia—. Disfrácense y sin pecar seduzcan a las prostitutas. Pídanle a Dios que les ayude a salvar el alma de estas pecadoras”.

Disposiciones extrañas pero irrebatibles por venir del entonces general en jefe de todas las órdenes monásticas en México.

Molesta, indignada por aquella costumbre que refiere Fernando Benítez en su libro El peso de la noche, Herminia urdió el plan contra quienes la miraban con el odio y la confusión que ella provocaba en los curas, célibes o no, y en los maridos arrobados por su belleza y cautivados por el aroma de sus feromonas. Durante semanas pensó en cómo vengarse y ridiculizar al sacerdote que prácticamente era dueño del Convento de Belén, lugar al cual llevaban a las “pecadoras de la carne”. Quería exhibirlo y al mismo tiempo propiciar que los devotos conocieran los disparates del clérigo. Para ello buscaba que desde el púlpito lanzara consignas contra el pecado de las mujeres, frases que solía acompañar con extrañas rogativas que pedían el perdón de Dios. Herminia estaba decidida a provocarlo para que él, Barcia, mostrara en público sus actitudes ubicadas entre el fanatismo y la locura

Antes de llevar a cabo su plan deliberó:

“Dios quiera que los feligreses se den cuenta de que, en su obsesión, el padre Barcia ve a las mujeres con odio enfermizo. Alguien debe contenerlo. Confío en que el Santísimo me perdone por arrogarme esa misión”.

Herminia apenas contaba con dieciocho años de edad.

Llegó el día planeado. La ofendida regresó al templo de Belén para asistir a la misa dominical. Iba vestida de manera muy recatada pero con tonos que por chillantes herían las pupilas de los ojos ajenos. Barcia subió al púlpito para iniciar la lectura de la epístola de San Juan. Leía embelesado y cuando dijo “Dios es amor”, el cuchicheo de los fieles le hizo voltear hacia donde las mujeres se santiguaban mientras los hombres mostraban su atisbo pecaminoso. Sus ojos se encontraron con la sonrisa de Herminia ya despojada del colorido ropaje que ella misma había diseñado para poder quitárselo en un santiamén y, mediante esa acción, atraer la mirada del sacerdote y su feligresía. La penumbra de la capilla estaba iluminada por el brillo intenso de aquel cuerpo desnudo cuya blancura contrastaba con lo negro del triángulo de su sexo. De haberla visto el poeta Yehudá Haleví —supongo—, seguramente hubiese dicho: “El fulgor delicado y la fragancia de su belleza la envolvían”. Lo parafraseo para agregar que en ese momento el sol de la virginidad invadió el templo y sus haces de luz dieron vida a las ánimas de los santos encerradas en muñecos policromados.

— ¡No...! ¡No por favor! ¡Dios sálvame de esta horrible visión!” —gritó el sacerdote poco antes de caer convulsionándose y con el rostro envuelto en la espuma que arrojó su organismo.

Barcia se retorcía en el suelo asistido por su diácono. Asustada, Herminia aprovechó la confusión y huyó de la iglesia cubriéndose con la capa gris que uno de los sorprendidos feligreses se quitó para entregársela. Impresionada por la reacción del cura, corrió alejándose del templo. Estaba confundida. Se sintió mareada. Su cuerpo sufrió un extraño estremecimiento. No obstante, una vez superadas la confusión y reacciones, le dio gusto recordar los aplausos y gritos de alegría de quienes habían festejado su arrojo.

Días más tarde Herminia supo que Barcia padecía de una extraña enfermedad; que pueblo y curas insistían en culpar al diablo porque, dijeron, “entró al santuario vestido de mujer”. Se lo comentó Nepomuceno Cruz, el criollo que después de haberla cubierto con su capa y ser testigo de las reacciones del temido padre Barcia, la siguió cauteloso, prendado de ella, atraído por su cuerpo, seducido por su energía…

*Tomado de mi novela El laberinto del poder, autobiografía de un gobernante

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