Gilberto Bosques, su grandeza Por Manola Álvarez Sepúlveda
Durante la entrega del “Ángel de la Esperanza 2010”, reconocimiento póstumo que el periódico Síntesis otorgó a Gilberto Bosque Saldivar, el salvador de más 40 mil judíos y españoles republicanos, conversé con su hija Laura.

Le pregunté lo qué pensaría su padre si pudiera ver al gobierno federal actual. Ella respondió: “Estoy segura de que no podría creer que la derecha ultra conservadora haya recobrado el poder en México. Ellos no saben gobernar. Están totalmente rebasados. Sólo ven pasar los acontecimientos pero no tienen una estrategia para enfrentarlos”.

Coincidimos en que el presidente Felipe Calderón sufre de verborrea y que sería muy saludable para nuestro país que se pusiera un esparadrapo en la boca. En Estados Unidos, por citar un hecho, los amantes del american way of live desataron una cruzada en su contra porque tuvo la imprudencia de atacar a Estados Unidos en su propio Congreso: criticó la discriminatoria ley Arizona.
Después le respondieron que si estaba tan molesto debería impedir que México siguiera siendo un paraíso para el narcotráfico, ya que –aquí mintieron– acababan de legalizarse las drogas, es especial la mariguana, cocaína y heroína.

Con esta que fue una calumnia respondieron a la falta de tacto del discurso calderonista ante los representantes en el Congreso norteamericano. Lo mismo sucedió con su exigencia sobre la prohibición de exportar armas a nuestro país sin reflexionar en que por ser algo casi sagrado para el capitalismo salvaje, es un tema que no se puede tocar de manera tan burda. Tanto se exacerbó el sentimiento antimexicano de los conservadores yanquis, que un miembro de la patrulla fronteriza se internó en el territorio mexicano y asesinó a quemarropa a un jovencito de 14 años, según él porque lo agredió a pedradas.

Todo ello trajo a mi memoria la última vez que don Gilberto estuvo en esta ciudad para recibir en vida el homenaje que le hizo el Congreso del Estado de Puebla: con letras de oro se escribió su nombre en los muros del recinto.

El homenaje
Lo recuerdo con sus 100 años a cuestas lleno de entusiasmo y emoción al participar con los diputados poblanos en la ceremonia. Me tocó el uso de la palabra y dije lo que en seguida resumo:

Aún se oía el quejido sentimental de la patria ofendida por el comportamiento de algunos de sus hijos que adoptaron la bandera del invasor, cuando Gilberto Bosques vio la primera luz el 20 de julio de 1892. La vida de este ilustre poblano se inició entre la luminosidad del talento de sus padres y la herencia patriótica de Antonio Bosques, su abuelo, que peleó en la guerra de tres años, contra la intervención francesa y el Imperio de Maximiliano. Aprendió las primeras letras escuchando la melodía verbal que brota de la experiencia y el amor materno. Doña María de la Paz Saldivar le transmitió, además de los valores morales y la reciedumbre que distingue a los hombres valerosos y verticales, el respeto que merece el género humano.

Todavía era un niño que empezaba a sacudir sus alas en el nido de las flores mixtecas, cuando allá en el suelo que lo vio nacer, en Chiautla de Tapia, sus paisanos ocasionaron los primeros calosfríos y malos presentimientos al dictador Porfirio Díaz. El gobierno inició entonces la persecución contra los insurrectos y puso en práctica el crimen como método para acallar las protestas de un pueblo oprimido, vejado y maltrecho. Aquel niño de diez años pudo presenciar el 3 de mayo de 1903, cómo el temido y perverso alférez Ignacio Contreras, eficaz soldado del ejército de la dictadura, asesinaba a varios chiautecos que se habían sublevado contra la oligarquía criolla. Allí, en esa tierra caliente con noches de obsidiana traslúcida, como el propio Bosques la define, los revolucionarios anónimos se encontraron cara a cara con la muerte, mostrándole al hombre tierno que ese paso final es una de las formas heroicas de consagrarse a la patria.

Quizás ese vigoroso ejemplo, o tal vez la herencia genética o la educación familiar que recibió en el “paisaje seco, duro áspero, solemne y grande”, pudieron ser lo que impulsó al entonces joven estudiante normalista de 17 años para cambiar la dulzura del hogar por los riesgos que conlleva la búsqueda de la justicia social. Sin duda que fueron estas y otras vivencias la forja espiritual de su recio carácter que brilló en Europa al salvar miles de vidas de la fanática persecución a los judíos, y las venganzas y asedio fraticida del fascismo franquista.

Pero antes de dejar constancia en el exterior de su pasión y anhelo libertario, Gilberto Bosques se había declarado enemigo de la dictadura porfirista, acompañando en esa misión, al prócer Aquiles Serdán. Su ánimo revolucionario le impulsó a seguir en la lucha contra las actitudes feudales y las inclinaciones decimonónicas. Junto a Venustiano Carranza participó en varias acciones bélicas. Y ya dedicado a transmitir los beneficios de la Revolución, se trasladó a Tabasco, donde por el cuartelazo contra las autoridades constitucionalistas, tomó las armas para defender la plaza de Huimanguillo y resistir con sus compañeros hasta que las fuerzas carrancistas recobraron el Estado…

Su incursión en la docencia, donde por cierto realizó un relevante papel, orientó su esfuerzo a la organización del primer Congreso Pedagógico Nacional, realizado en marzo de 1916, que significó la primera tentativa para reformar la educación en México…

También representó a Puebla en el Congreso de la Unión, donde brilló por la dignidad que impuso a la función legislativa. La solvencia de sus inquietudes sociales, políticas, económicas e internacionales quedó impresa en sus artículos publicados en la revista Economía Nacional y el periódico El Nacional, órganos que dirigió poco antes de ingresar al Servicio Exterior, a donde llegó ya con profundos conocimientos de política internacional. Sus editoriales sobre asuntos económicos mundiales enriquecidos con la información que le proporcionaban los consulados de México en el mundo, se transmitieron a través de la estación de radio de la Secretaría de Comercio.

Gilberto Bosques fue un hombre de su época. Como Ignacio Ramírez, El Nigromante, demostró que nuestra nación es libre y que a ella pueden acudir todos los hombres que anhelen ese estado natural y primigenio. México, con Bosques, abrió sus puertas a los perseguidos del feudalismo, de los rencores del fanatismo, de la estulticia fascista y de la bota opresora del militarismo. Ayudó a que parte de la humanidad encontrara en tierra azteca las libertades para el saber, las profesiones honrosas, los cultos los goces de la familia y la benevolencia de un país en pleno desarrollo, joven, vigoroso y agitado por su empuje progresista.

Allá en el viejo mundo, desde París donde fungía como cónsul general al estallar la Segunda Guerra mundial, el profesor Bosques tradujo su experiencia en una labor humanitaria. Los perseguidos españoles, judíos y franceses miembros de la resistencia, encontraron la mano diplomática mexicana tendida sin condiciones. Y gracias a la capacidad negociadora del mexicano que logró arrancarle al gobierno francés dominado por Alemania las garantías del derecho de asilo, muchas familias en el mundo viven orgullosas de México y de su dignidad diplomática.

Hitler lo apresó junto con su esposa María Luisa C. Manjarrez y sus hijos; le mantuvo como rehén durante más de un año, etapa en que Bosques volvió a demostrar la reciedumbre de su espíritu, de la raza, de la estirpe guerrera fraguada en la tierra caliente del sur de Puebla. No se amilanó. Por el contrario, demostró al mundo la grandeza de la cultura, el arte y la historia de nuestra nación.

Terminado el cautiverio volvió a la patria donde fue recibo por miles de personas de diversas nacionalidades que lo aclamaron llevándolo en hombros hasta el automóvil que lo esperaba…

Cuando asistió al Congreso de Puebla para recibir el reconocimiento, Bosques tenía 100 años de edad y una trayectoria de la cual he apuntado unas líneas. Lo paradójico fue que el gobernador Piña Olaya no asistió porque “tenía la agenda muy ocupada”. Y digo paradójico porque en el homenaje del viernes 4 de junio ocurrió lo mismo con la presidenta municipal Blanca Alcalá y el gobernador Mario Marín: tenían una agenda muy ocupada.

¿Qué le pasa a los gobernantes modernos, acaso el poder les afectó la sensibilidad social y el raciocinio histórico que presumieron cuando candidatos?
Usted, lector, tiene la respuesta.

alvarezenriqueta@hotmail.com



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