Hoy todo poderoso, mañana apestoso Por Miguel Ángel C. Manjarrez
Los políticos en México, para desgracia de los ciudadanos, siguen en su mayoría un estilo de vida, personal y profesional, que parece sacada de un curso para aprender el cómo ser político y trascender como corrupto.

Los aspirantes a funcionarios públicos, en todos sus niveles, llevan una estrategia similar. Primero sueñan, hacen planes, se plantean ayudar a la gente y ser los mejores servidores públicos. Construyen un equipo. Suman y prometen. Son amables, inteligentes. Se desviven por "hacer el bien sin mirar a quien". Esto lo pueden hacer durante varios años, un par de décadas o hasta lograr su objetivo; disfrutar el olor embriagante del poder.

Como si fuera una especie de regla no escrita, al momento de que el suspirante-aspirante logra la meta, tal parece que es llamado a una especie de cónclave ultra secreto para ahí aprender la nueva forma de comportarse. Después del periodo de gracia entre el triunfo, la designación o el cambio de una función a otra, el personaje cambia totalmente.
Se vuelve soberbio, altanero, sobrado de sí mismo. Nadie lo merece y él o ella son ahora parte del selecto grupo de los "elegidos por los dioses".

Durante su llamémosle periodo de gracia y fortuna, cumplen compromisos con sus "amigos-patrocinadores" que sacaron las chequeras para apoyar a la causa. Sus agendas se saturan. Se rodean de un grupo de porristas que al unísono declaman: es usted lo máximo. Los críticos están ardidos, quieren dinero. Usted era lo que México necesitaba. Usted es el elegido. Merece vivir como Rey. Para eso maneja su señoría el dinero del pueblo. Usted merece estos lujos y más.

Por obvias razones psico-emocionales, el mortal muta en semi Dios del Olimpo. Su manera de hablar cambia. Su forma de caminar, cambia. Sus costumbres cambian radicalmente. Viajan y compran en otros lugares, mucho más exclusivos. Están acostumbrados a que los traten como lo que ahora son: "miembros de la realeza".

La mala noticia
Como en todo, hay fecha de caducidad. Los periodos de los gobernantes, aunque parezcan infinitos, son fugaces. Se enteran pocos meses de terminar su gestión. Casi siempre la última. Absolutamente todo lo malo que hicieron, negocios o errores administrativos, salen a la luz. Sus equipos son investigados y perseguidos. Lo menos, señalados. Sufren un trauma emocional que los encierran en una depresión absoluta. Se someten a un auto escrutinio para concluir con varias premisas: debí ser más tolerante. Más amable. Escuchar mejor las necesidades del pueblo. Construir. Hacer amigos en todas partes. Ayudar hasta que doliera como decía la madre Teresa de Calcuta. Desvivirme por hacer mi mejor esfuerzo y trascender como un buen funcionario público. Ser un ejemplo. Pasar a la historia como el precursor de algo importante. Pero no. El tiempo pasó y ahora estoy acabado.

Así es en la mayoría de los casos. Todos los políticos son juzgados por la sociedad. Sin poder, son atacados de frente, sin miedo. Denunciados, sin fuero. Señalados, sin ningún recato.

No entienden una ley que siempre ha sido aplicada al entorno político. El importante, carismático, inteligente y humano prodigioso, es el titular del puesto público, nunca el hombre. Nunca el ser humano.

Así que los que quieran trascender, recuerden que el buen gobernante es el que está bien con todos, el que ayuda a todos y el que ve por todos.

¿Conóce a alguno?

Hasta la próxima.

Miguel Ángel C. Manjarrez



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