El Lencero Por Redacción Réplica

Juan Lencero (1525) nunca imaginó que su entonces pequeña y modesta posada se convertiría, primero, en una de las haciendas que usaba Antonio López de Santa Anna para pasar sus noches de amor intenso y sus días de meditación política y, después, en un museo ahora enmarcado con la magia que tiene la naturaleza veracruzana.

El satanizado Santa Anna (quizá el mejor “agente inmobiliario” del mundo y el mexicano que se ganó a fuerza de dislates políticos el epíteto de traidor) pudo haber supuesto que en ese hermoso lugar donde instaló con Dolores Tosta – su bella y joven cónyuge –, podría olvidarse de la venganza de Inés, su primera esposa, la misma que le hizo un sabroso mole cuya carne fue la del gallo de pelea consentido del siete veces presidente de México. En su novela “El seductor de la patria”, Enrique Serna escribe lo que hoy se antoja como una anécdota histórica. Vea el lector lo que ocurrió entre Antonio e Inés, después de que ésta se enteró de la pasión que su marido sentía el general por la inocente Dolores:
“–¿Se puede saber qué pasó con el Cola de Plata? –preguntó Santa Anna–. Fui a sacarlo de su jaula y no lo encontré. Sixto dice que anoche le dio de comer y lo encerró en la jaula…

“–Es verdad –admitió Dolores con una sonrisa cruel–. Ahí estaba anoche, pero yo lo saqué hoy en la mañana.

“–Y ahora dónde está?

“–En tu barriga... ¿Verdad que es sabrosa la carne de gallo?”

Inés, magistralmente retratada en la novela que cito, la mujer que tan celosa se puso de Dolores Tosta, recibió en la cara una bofetada que la mandó al suelo. Sin embargo, aquella valiente y sufrida dama no sólo soportó la ofensa, sino que hasta se divirtió con la reacción de su esposo: además de vomitar el mole de su gallo preferido entre maldiciones y juramentos, el “seductor de la Patria” guardó luto por varios meses en honor, precisamente, de “Cola de Plata”.

Pues ahí en esa hermosa hacienda, hoy museo a cargo del gobierno de Veracruz, el turista puede imaginar lo que Santa Anna y sus hombres planearon entre sus voluminosas paredes y amplios jardines. Y admirar la añosa higuera que sirvió de sombra a Santa Anna y a sus gallos, hoy convertida en un majestuoso árbol centenario.  Y sorprenderse de la capilla construida ex profeso para la ceremonia religiosa en la se comprometieron de “por vida” Dolores y Antonio, “espacio de Dios” que tiene el sabor colonial no obstante la fecha de su erección (1842-1844). Y disfrutar la vista del dique artificial que retiene las aguas del riachuelo que cruza la hacienda, otrora la piscina del general moteado como el “quince uñas” (había perdido la pierna en una de las batallas que libró).

La idea de Lencero, el soldado de Hernán Cortés, resultó premonitoria ya que aquel paso obligado para quien viajara a Veracruz, hoy lo sigue siendo pero para los viajeros que acuden a Xalapa y al puerto esperando disfrutar la oferta turística del estado de Veracruz (clima, bellezas naturales, calor humano, afecto bullanguero).

Cuando usted, lector, visite esos lugares, programe una parada en El Lencero. Ya ubicado en ese espacio haga un ejercicio de imaginación: recree las anécdotas que guardan sus paredes, los jardines, la capilla, las arcadas y desde luego la higuera, el inmenso árbol que data de la época de la Conquista, sombra, como ya lo dije, de don Antonio López de Santa Anna, y también refugio de sus gallos, las aves que sin duda se hartaron de comer brevas e higos, el manjar que, nos dice la historia, fue uno de los frutos predilectos de Platón, estimulante también del apetito sexual y símbolo eterno de la fecundidad, condiciones éstas que les endilgan a los gallos, incluidos los de Santa Anna.






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