La corrupción del poder poblano Por Alejandro C. Manjarrez

Ningún gobierno puede mantenerse sólido
mucho tiempo sin una oposición temible.
Benjamín Disraelí

¿Qué ocurrió en Puebla para que hoy presenciemos desde la violencia criminal hasta algo parecido a una corrupción institucionalizada?

A pesar de lo complicado de la respuesta me arriesgo a resumirla analizando el actuar de los últimos gobernadores, unos sin visión social y otros con intereses muy particulares…

Como seguramente lo intuye el inteligente lector, son varios los hechos que originaron el conflicto actual decorado con algunas pinceladas sociales y muchos brochazos políticos humedecidos por las corruptelas.

Todo ello (y un poco más) producto de la improvisación ideológica combinada con la mediocridad profesional y el deseo de enriquecimiento, actitudes adoptadas por varios de los gobernantes que hemos padecido. Unos interesados en crear el patrimonio que les permitiese vivir como príncipes, además de legar a sus descendiente la riqueza cuyos beneficios repercutirán en varias de sus generaciones. Y otros empeñados en borrar su modesto pasado pisoteando el respeto a su origen y tradición familiar.

Esto último me recuerda a don Andrés Henestrosa. “Yo vengo como todos los hombres, de muy lejos, de muy abajo; pertenezco a la despeinada, descalza y hambrienta multitud mexicana —escribió—, y he peleado, desde que me acuerdo, por ser mañana distinto al de hoy y pasado al de antier; ser distinto cada día ha sido mi lucha, pero siempre con un horizonte y sin dejar de ser aquel que descalzo anduvo en su niñez.

En Puebla pudimos haber tenido varios Henestrosa empero, por desventura, no fue así ya que dos de los tres con el mismo origen olvidaron su compromiso social. Y lo peor: en lugar de cultura se allegaron la riqueza que dio validez a aquello de que el amor, lo pendejo y el dinero se notan a leguas, ya sea por su estilo de vida o bien por el comportamiento de su familia.

Quizás pensaron en que era mejor ser millonarios que servir como muestra o vestigio del extraordinario mundo prehispánico. Para lograrlo se coludieron con el poder político mimetizándose para sobrevivir y transitar por ese camino hasta encontrar la oportunidad de ser ellos los titulares de ese poder, estatus que lograron después de ser omisos y por ende cómplices de quienes se convirtieron en sus paradigmas.

En ese trayecto aprendieron a manipular conciencias, a alterar procesos electorales, a salpicar para no secarse y a comprar voluntades bajo el norma definida en la frase: “Lo que en política cuesta sale barato”. También negociaron candidaturas dándole espacios a la impunidad, característica de la política de las alianzas contra natura. Le dieron en la madre a la democracia pues. Y en consecuencia abrieron la puerta a la corrupción ideológica que ha hecho de Puebla la ostentosa sede de la política variopinta.

Melquiades Morales Flores y Mario Marín Torres le allanaron el camino a Rafael Moreno Valle. Y éste aprovechó los antecedentes de ambos para documentar —valga el eufemismo—  los manejos heterodoxos de ambos. Así agarró de salva sea la parte a los priistas con influencia política, razón por la cual todos se quedaron quietos, sin rechistar, inmovilidad y silencio que permitió al ex priista gobernar sin la molesta presencia de la oposición.

Esos dos políticos pertenecientes a “la despeinada, descalza y hambrienta multitud mexicana” se hicieron de lado sin importarles traicionar a su estirpe a sabiendas de que el hombre blanco (léase Rafael) gobernaría para imponer su voluntad tanto en las finanzas públicas como en la vida política de Puebla. Sin contrapesos la balanza se inclinó a favor de Moreno Valle. E inició así el cambio que incluye lo que bien podríamos llamar corrupción ideológica.

Y Puebla se pintó de colores*

Mario Marín hizo del PRI una agencia de gobierno con todo y lo que esto implica: desprestigio, componendas, negocios, duda, sospecha, resabios y venganzas. Sus decisiones políticas confirmaron aquello de que en Puebla cualquiera podría ser presidente del Partido Revolucionarios Institucional. Con esa su decisión de camarilla, puso de pechito a sus amigos exponiéndolos a investigaciones ministeriales por el simple hecho de ser parte o estar involucrados en los beneficios exclusivos de la “burbuja marinista”: del gobierno brincaron al puesto político desde el cual distribuyeron entre sus cuates los cargos de elección popular (diputaciones, regidurías y presidencias municipales).

Por esa obvia y productiva cercanía, algunos dirigentes del PRI —incluido su candidato a gobernador— fueron sujetos a investigaciones cuyos resultados propiciaron que el gobierno morenovallista negociara la gobernabilidad valiéndose de lo que descubrió, justamente para quitarle brío a la principal fuerza política opositora. Los “cuadros priistas” no encontraron otra explicación, llamémosle razonable, para justificar el hecho de que su partido permaneciera como si estuviese sedado; es decir, vivo pero sin reacciones que confirmaran eso, que estaba vivo.

El fenómeno descrito recibió el nutriente político llamado Melquiades. Esto porque el ex gobernador priista respetó el compromiso con la familia Moreno Valle (fue beneficiario político del abuelo que lo hizo diputado y líder del Congreso local). De ahí que no haya ayudado a su partido.

Las preguntas de siempre

¿La corrupción se manifestó en la democracia de Puebla? ¿Hubo un acuerdo para que ocurriera la alternancia del poder? ¿Existió algún pacto de impunidad entre Rafael Moreno Valle Rosas y Mario Marín Torres? ¿Se estableció la designación de “chivos expiatorios” que pudieran atemperar las presiones de la sociedad que exige al gobierno castigo para los corruptos cuya opulencia es la prueba fehaciente de sus delitos?

Sí, sería la respuesta. La corrupción existe, ahí está; se ve y se siente; brota como la mala yerba. Sin embargo, se ha omitido para —valga otro eufemismo— garantizar la gobernabilidad y la paz social. Y también, claro, para fortalecer el ejercicio del poder.

De ahí que sea válido abundar con más preguntas:

¿Gobernabilidad es igual a usar la ley para controlar a la oposición? ¿Gobernabilidad equivale a la cooptación de partidos políticos? ¿Gobernabilidad significa poner bridas a los líderes de opinión? ¿Gobernabilidad incluye manipular el concepto de democracia? ¿Gobernabilidad encarna el ejercicio del poder para controlar a los otros poderes? ¿Gobernabilidad infiere el manejo de los organismos electorales? ¿Gobernabilidad equivale a vulnerar el ejercicio de los periodistas? ¿La gobernabilidad obliga a encarcelar a los críticos del gobernante?

Usted, respetado lector, tiene las respuestas.

*Tomado de mi libro La Puebla variopinta, conspiración del poder.

acmanjarrez@hotmail.com
@replicaalex




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