El Origen* Por Alejandro C. Manjarrez

“Un pueblo tiene el derecho a imaginar su futuro”.
Yo añadiría que tiene, también, derecho a imaginar
su pasado: no hay futuro vivo con pasado muerto.
Carlos Fuentes

Si hablaran los muros de la Universidad Autónoma de Puebla, sin duda escucharíamos las conversaciones de los jesuitas fundadores; nos revelarían el sufrimiento y las satisfacciones que se manifestaron conforme las piedras fueron convirtiéndose en las columnas del recinto poblano donde nació el conocimiento científico y también la cultura.

Empero, en lugar de esas palabras y susurros que bien podemos imaginar, sólo escuchamos las voces de la historia, conceptos e ideas reveladas en los libros que —parafraseo a sor Juana Inés de la Cruz— nos platican e inducen a hablar aunque nos quejemos sordos y mudos.

Son esas voces las que desacatan al pensamiento mágico de quienes suponen que tales antecedentes forman parte de las aportaciones de alguna divinidad. Empero, no se trata de un milagro sino del trabajo, la constancia y dedicación de investigadores que han dado sustento histórico a la razón documentada.

Lo curioso es que en ocasiones lo que pareciera algo fantástico, corresponde a una venturosa coincidencia que se apuntala con la ciencia e investigación basadas en el estudio de las distintas culturas. De ahí que por ser yo parte de la misma materia de los ancestros apegados al pensamiento mágico vigente en la época que nos tocó vivir, en este libro, a manera de contraste, combine y mezcle la espiritualidad con el raciocinio científico. Mi intención: insistir en que el desarrollo de la Universidad Autónoma de Puebla tiene como eje las tradiciones, la cultura y la historia, circunstancias que sin duda necesariamente han ponderado y siguen tomando en cuenta sus rectores.

Debido a todo ello, más otras causas relacionadas con el progreso y la cultura, siguen vigentes las demandas de la sociedad ávida de conocimiento. Asimismo, de manera natural o espontánea se han replicado —para mejorar y actualizarlas— las condiciones culturales e intelectuales que acompañan a la inteligencia. También se robusteció el prestigio académico de la Universidad.

Destellos
Confieso al lector que a partir de lo dicho fui seducido por la idea de incluir el nueve en la historia de esa máxima casa de estudios. Esto porque —según lo dicta la ciencia— el número es, además del más alto del sistema decimal (océano y horizonte, argumentaron los pitagóricos), el simbolismo de madurez, humanidad y generosidad, dígito que, al multiplicarlo, siempre se reproduce a sí mismo (ésta última característica representaba la verdad para los hebreos). Agrego el hecho de que el número forme parte de la obra de Dante Alighiere quien lo usó inspirándose en la edad que tenía Beatriz cuando la conoció, musa que, dicen, lo indujo a pensar en que el tres (factor del nueve) conforma la figura espiritual agrupada en el Padre, Hijo y Espíritu Santo, la “Santísima Trinidad”, ni más ni menos.

Ese número “mágico” también lo encontramos en la cultura mexicana. La pirámide maya Ku-kul-klan de 30 metros de altura, por ejemplo, es una de las extraordinarias construcciones que muestran la técnica arquitectónica sustentada en la importancia del dígito mencionado: 9 son sus plataformas, mismas que representan a los 9 señores de la noche y del conocimiento y del tiempo, es decir, las representaciones míticas conocedoras del universo y promotores de la armonía. Según los expertos en cultura maya, estas deidades enseñaron al pueblo a comprender y sentir la unidad manifiesta en el saludo: yo soy tú, tú eres yo. La inclinación de las nueve plataformas del cuerpo arquitectónico (51 grados 51 segundos) es igual a la inclinación de la pirámide de Keops. Ahora bien, si multiplicamos 51 x 51 y sumamos las cifras el resultado será nueve.

Magia, causalidad, ciencia, tradición, cultura o modernización aparte, los apuntes que referiré perfilan cómo fue que el pensamiento mágico chocó con la doctrina comunista cuya aparición alteró lo que durante tres siglos había sido el eje rector de la educación, influencia que mermó un poco cuando, junto con la gratuidad, se manifestaron la democracia política, el socialismo y la crítica digamos que razonada. No obstante, a pesar del cambio que traen consigo los movimientos impulsados por la ciencia y la cultura (incluida la aparición de otras manifestaciones religiosas), en la mayoría de la sociedad ha permanecido —diría Marx— la presencia del “opio del pueblo”.

 (Esa “droga” sería inocua siempre y cuando sus efectos no incentivaran el fanatismo de los intolerantes, sea cual fuere su fobia o su filia. O de excelsitud si pensamos en sor Juana Inés de la Cruz, la mujer cuya espiritualidad, cultura, creencia religiosa y magia la convirtieron en precursora del cambio literario de México. Se repite la magia del nueve como suma de los números de la fecha del nacimiento de la musa: 12 de noviembre de 1651, año establecido por el biógrafo, poeta e investigador Alejandro Soriano Vallés, quien aclaró la confusión derivada de una de las actas bautismales (1648) posteriormente atribuida a una pariente o a cualquiera de las esclavas de la época). Gracias, pues, a ese “opio”, apareció en la escena poblana la semilla del progreso social y científico; ocurrió cuando…

    Los jesuitas “impusieron su dominio y la confesión exacerbada; es decir, la necesidad de someter la política al credo religioso para que éste invadiera los ámbitos del Estado e inspirara los actos de la vida pública de la comunidad. Era la vía rápida para alcanzar ‘la mayor gloria de Dios en la tierra’ —como lo quería San Agustín (354-430) — o, según Santo Tomás (1225-1274), el fast track para convertirse en el instrumento de ‘la educación del hombre encauzándolo hacia el encuentro con una vida virtuosa; la preparación que lo une con el Ser Supremo’.

    Con ese ánimo arribó al Nuevo Mundo la Compañía. Fundaron las universidades que, con el tiempo, propiciarían el abandono de las verdades absolutas. Es el caso del Colegio de la Compañía de Jesús de San Jerónimo (hoy buap) cuya fundación ocurrió el 9 de mayo de 1578.(1)

*Capítulo del libro El legado de la BUAP, próximo a publicarse.

C. Manjarrez Alejandro. Op. Cit.



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