Leona Vicario, mensajera de libertad e independencia Por Martha Chapa
En el marco de las celebraciones del 2010 es preciso reflexionar sobre aspectos trascendentes de la vida nacional, por decir la libertad de prensa, lo que me evoca a una mexicana ejemplar: Leona Vicario, señorona y heroína legendaria que considero fue la primera periodista de nuestro país.

Un derecho que la constitución consagra, y que sólo es y será efectivo en la medida de que, la conservemos y defendamos siempre. Y en todas las formas de expresión, además de la palabra escrita y hablada: la pintura, la escultura, el cine, teatro, radio y televisión, para que sean instrumentos o medios que comuniquen fielmente nuestro pensamiento, cualquiera que sea su signo o tendencia. Basta una sola condición: la honestidad intelectual. De no ser así, nos convertimos únicamente en repetidores de boletines o de consignas propagandísticas. Así cuando no actuamos con honradez, defraudamos a la nación y también a nosotros mismos, a nuestra capacidad interna para manifestar ideas y sentimientos libre y verazmente.
A propósito, las proezas de Leona Vicario deben convertirse en un estímulo para expresarnos sin cortapisas.

Y no se trata de un estereotipo oficial, sino de evocar y ratificar un derecho público. No es, pues de ninguna manera, elogio o halago fácil, sino un testimonio vivo de la libertad de expresión.

Otros muchos hombres y mujeres, también nos convocan: Francisco Zarco, Filomeno Mata. Belisario Domínguez, pero en nuestro género, señaladamente Leona Vicario.

En esta época de cambio, de metamorfosis permanente, es asimismo muy importante la libertad en todas sus acepciones. Por eso me he referido a esa mexicana ejemplar, a Leona Vicario, a quien, por cierto Lucas Alamán, jefe de la reacción conservadora, le escribió una carta injuriosa en la que sostenía que no la movía a combatir la causa de la Independencia Nacional, sino seguir a don Andrés Quintana Roo. Y aunque fuera cierto, no le restaría nada a ella, sino que le agregaría grandeza, pues se conjuntaban sus sentimientos y aspiraciones de lucha. Leona Vicario le contestó con talento, valentía y buenas razones: "[...]Mi objeto en querer desmentir la impostura de que mi patriotismo tuvo por origen el amor, no es otro que el justo deseo de que mi memoria no pase á mis nietos con la fea nota de haber sido yo una atronada que abandoné mi casa por seguir á un amante[...] Confiese V., Sr. Alamán, que no sólo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres; que ellas son capaces de todos los entusiasmos, y que los deseos de la gloria y de la libertad de la patria, no les son unos sentimientos extraños; antes bien suele obrar en ellas con más vigor, como que siempre los sacrificios de las mujeres, se el que fuere el objeto ó causa por quien los hacen, son más desinteresados[...]".

Alamán no sabía lo que era la patria —o lo sabía de otra manera—, ni el amor al pueblo, ni la libertad, pues no podía comprender la causa que la motivaba, estaba invalidado para opinar acerca de la conducta de Leona Vicario, quién fue toda una luchadora romántica, nacida en las entrañas de México; ahí donde se gestan los cambios sociales. Fue hija adoptiva, expósita, como en el caso de otra gran mexicana, Margarita Maza.

Una vida tan intensa y dramática, que parece la de un personaje de novela. Esa la insurgente que huyó de la ciudad vestida con harapos para que no la reconocieran —como otras, que se disfrazaban de hombre para poder expresarse y montada a caballo llegar hasta el campo rebelde, con los suyos, a donde por supuesto la esperaba Andrés Quintana Roo, pues una forma de heroísmo reside también en arriesgar la vida y estar con quien se ama, compartir las luchas y, si el destino lo precisa, morir a su lado.

En fin, que como atestiguamos en diversos episodios históricos, son muchas las cosas que han realizado y plasman las mujeres, por lo que es nuestra obligación reconocerles sus grandes esfuerzos, en especial el de las precursoras, que conducen, y guían hoy nuestras acciones y esos sueños tan anhelados de la equidad de género, en la vida social, política, económica, educativa y cultural.



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