La Revolución: ¿algo que celebrar? Por Manola Álvarez Sepúlveda
Esta pregunta se la hice hace muchos años a mi padre, José Álvarez y Álvarez de la Cadena, justo cuando iba en el primer año de la licenciatura, en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, con la suficiencia de una joven que se sentía dueña de la verdad y el conocimiento. Él, quien había sido un revolucionario que por sus méritos llegó al grado de general de brigada, además de diputado constituyente en 1917 y jefe del Estado Mayor Presidencial de Plutarco Elías Calles, mirándome con cariño y comprensión me dijo:

“Los jóvenes no comprenden el significado de la Revolución, porque desconocen cómo se encontraba México en la época porfirista. Los indígenas vivían una verdadera esclavitud. A los yaquis de Sonora se les enviaba al sureste a las plantaciones de henequén, en calidad de esclavos. Muchos morían por las condiciones climáticas y de cautiverio.

“Los obreros trabajaban jornadas extenuantes de 12 horas, sin que se les otorgara ninguna prestación. Sus pagos se hacían en las tiendas de raya, igual que a los campesinos; por ello se endeudaban de por vida, siendo ésta otra clase de esclavitud.
Cuando decidían ir a una huelga eran reprimidos con violencia. “Mátalos en caliente” fue la consigna.

“Los campesinos no eran propietarios de sus tierras y trabajaban para los terratenientes, entregándoles su vida, su salud y su futuro.

“Ante los países extranjeros se aparentaba una situación de estabilidad, paz y desarrollo. Sin embargo, Porfirio Díaz cometió el peor atentado contra la patria al entregar al dueño del suelo la propiedad del subsuelo, que desde épocas prehispánicas, la colonia y la independencia pertenecían a la nación. En ese momento las compañías deslindadoras, que cobraban en especie por su trabajo, eran las propietarias de grandes extensiones de tierra y por esta determinación, también del petróleo y todo lo que se encontrara en el subsuelo. Sobra decir que eran en su mayoría norteamericanas.

“Ante esta situación lamentable de nuestro México, aunado a la falta de democracia, que tenía por más de 30 años a un dictador, Francisco I. Madero, un hacendado soñador e ingenuo, llamó al país a la insurrección contra Porfirio Díaz, el día 20 de noviembre después de las seis de la tarde. Pensó que los problemas del país se resolverían en forma automática, si se lograba una elección libre. Tuvo el mérito de poner su vida y su fortuna al servicio de la causa.

“Después de haber desconocido a Díaz y Corral en el Plan de San Luis y después de ganar las primeras batallas contra el ejército federal, comete el error, asesorado por su familia, que eran todos conservadores, de firmar los Tratados de Ciudad Juárez, en donde reconoce a Díaz, le pide su renuncia y a cambio acepta licenciar a sus tropas. Esto le costó la vida, ya que quedó a disposición del enemigo, a quien incluso puso al frente de sus tropas: Victoriano Huerta.

“Después del asesinato de Madero y del vicepresidente Pino Suarez, Venustiano Carranza se levantó en contra de Huerta y empezó una nueva etapa revolucionaria. Los ideales reivindicatorios de los obreros, campesinos y del pueblo en general fueron llevados por los representantes populares al Congreso Constituyente.

“Llegamos a Querétaro 218 diputados llenos de ilusiones por poder servir al pueblo por el que luchamos durante el conflicto armado. Vimos con desilusión que el proyecto de reformas a la Constitución de 1857 que presentó Carranza, no llenaba las expectativas de nuestro movimiento. Así que el grupo de jacobinos como nos llamaban a los que estábamos por que la Constitución incluyera los derechos sociales, aunque fuera en contra de la estricta doctrina jurídica, nos reuníamos fuera de los horarios de sesiones, para elaborar las iniciativas de los artículos 3º., 27, 123 y 130. Como siempre pasa con los inexpertos, nos ganaron la presidencia y por ende no nos dejaban hacer uso de la palabra, por lo que teníamos que gritar desde nuestros lugares. Sabíamos que sólo contábamos con 2 meses para que se promulgara la Constitución y por ello dejamos de abocarnos a los detalles de técnica constitucional, para lograr ser la primera Carta Magna en el mundo que contenía los derechos sociales.

“Muy importante fue reivindicar para la nación la propiedad del subsuelo, que llevaría posteriormente a la Expropiación Petrolera. El desconocimiento a la personalidad jurídica de las instituciones denominadas iglesias, que alejaba al clero católico de la vida política, que tanto daño le había hecho a México. El establecimiento de la educación como obligatoria, gratuita y laica, para dar a nuestro pueblo herramientas para defenderse de la explotación. La protección a los trabajadores, que sería la base del derecho laboral. Lo logramos y tuvimos la satisfacción de que Venustiano Carranza la avalara, ofreciendo incluso su vida para apoyarla, aún cuando no fue su propuesta, sino el resultado del trabajo de los constituyentes.

“Todo esto es lo que tenemos que celebrar. De la Constitución surgieron muchas instituciones, que como el Seguro Social, la Reforma Agraria, Petróleos Mexicanos, hicieron que México viviera en paz, sin dictaduras y con desarrollo durante muchos años. Lo que sucedió después, si los ideales por los que luchamos fueron traicionados por presidentes que dieron vuelta hacia la derecha, (falleció cuando Luis Echeverría Álvarez era candidato a la Presidencia de la República) ya no es consecuencia de la Revolución. La justicia social ha sido siempre el anhelo de México, y si no se ha logrado seguramente los jóvenes como tú, trabajaran por una nueva Revolución que la consiga.”

Sus reflexiones fueron compiladas en un libro titulado: “Justicia Social Anhelo de México”, mismo que será presentado en el aniversario de la Constitución, el 5 de febrero de 2011.

alvarezenriqueta@hotmail.com



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