Juan Pablo, hermano… un beato “mexicano” Por Andrés Beltramo Álvarez

Ciudad del Vaticano.


Karol Wojtyla nació en Polonia, pero Juan Pablo II es mexicano. Con ese sentimiento, cientos de católicos de México, de todas las clases sociales, viajaron a Roma para asistir a la beatificación del “Papa peregrino” el pasado 1 de mayo.

“No me lo creo todavía, es una cosa increíble, a mí Juan Pablo II me hizo el primer milagro de venir aquí y me hizo otro milagro: mi compañero de asiento en el avión me regaló 200 euros (unos 440 dólares) para mis gastos, porque yo le conté que mucho no tenía”, relató Beatriz Cedillo Mendoza con el rostro emocionado mientras hacía una enorme fila para ingresar a la Basílica de San Pedro.

Fue en la mañana del 30 de abril. La plaza vaticana era un mar de gente. Todo estaba listo para la llegada a los altares del pontífice más mediático de la historia de la Iglesia.

La mujer, madre de seis hijos y originaria de Toluca (Estado de México), confesó haber vendido un negocio de tortas que montó en 1992. Sólo así pudo pagar los 32 mil pesos que le costó el pasaje aéreo para por primera vez viajar a Europa.

Como ella, otros tantos mexicanos gastaron elevadas sumas de dinero en su traslado y estancia de cuatro o cinco días en la capital italiana, únicamente con el objetivo de asistir a la ceremonia que, si bien les fue, siguieron a través de una pantalla gigante.

“Vale la pena, lo recomendaría 100 mil, 200 mil veces, las que fuesen, para todos los mexicanos”, aseguró entusiasta Juan Anguiano González, originario de Tuxpan (Veracruz), quien sólo estuvo en la “ciudad eterna” por escasos cuatro días. Para él, asistir a la beatificación, fue vivir “el máximo de la fe”.

Beato en tiempo récord
Juan Pablo II llegó a ser declarado beato seis años y 29 días después de su muerte ocurrida el 2 de abril de 2005. Esto fue posible gracias a la voluntad de su sucesor, Benedicto XVI, quien dispensó al Papa polaco la espera de los cinco años que se exigen a cualquier católico, antes de iniciar su camino hacia los altares. Wojtyla tuvo un carril “privilegiado”, lo cual atrajo varias críticas.

Desde el inicio de este 2011, las quejas por tan veloz proceso surgieron desde los extremos del “tradicionalismo” y del “progresismo”. A los detractores del reconocimiento al pontífice polaco los acomunó una percepción: el caso de Marcial Maciel Degollado, fundador de los Legionarios de Cristo.

“Conservadores” franceses e ingleses emitieron cartas de protesta, mientras los “progresistas” –sobre todo en México– organizaban conferencias y publicaban desplegados para expresar su indignación. Sobre las críticas habló Joaquín Navarro Valls, quien fue vocero de Juan Pablo II por más de 20 años: ante un reducido grupo de periodistas reconoció que el caso del fundador de los Legionarios ha sido uno de los casos más dramáticos de abusos sexuales en la Iglesia.

“Es un hecho histórico que el inicio del proceso canónico contra Maciel, tuvo lugar durante el pontificado de Juan Pablo II y terminó en los primeros meses del pontificado de Benedicto XVI. Yo mismo fui la persona que comuniqué esto a la opinión pública –dijo enfático–. Al inicio del proceso canónico, Maciel juró ante Dios que todo era una calumnia. La beatificación no es un juicio sobre el pontificado, sino sobre su santidad personal”, agregó.

Ángelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos del Vaticano: coincidió que el Papa será declarado beato, no por su impacto en la historia o en la Iglesia, sino por el modo en que vivió las virtudes cristianas.

Religiosidad popular
Los señalamientos fueron desbordados por el entusiasmo colectivo despertado por la beatificación. Aunque los responsables de la logística habían estimado la asistencia en 300 mil fieles, el domingo 1 de mayo la Prefectura de Roma calculó en un millón y medio las personas que siguieron el acontecimiento en la capital italiana.

El flujo de peregrinos se sintió ya desde los últimos días de abril, con motivo de la Semana Santa católica. La ciudad fue adornada con cientos de pendones que mostraban fotografías de Karol Wojtyla, mientras edificios del centro acogieron exposiciones, espectáculos y conferencias.

“Roma demostrará que sabe ser para todos una ciudad que acoge, queremos que todos los peregrinos y los turistas puedan sentirse realmente en su casa, en un ambiente de extraordinaria amistad y cordialidad”, declaró el alcalde capitalino Gianni Alemanno, cuando presentó las medidas de seguridad en torno a la beatificación.

Tres días de fiesta
Los festejos por Juan Pablo II duraron tres días e iniciaron la noche del 30 de abril con una vigilia nocturna en el Circo Máximo de Roma, la explanada al aire libre ubicada a unos pasos del Coliseo. Más de 200 mil almas abarrotaron el lugar para oír los testimonios de quienes conocieron de cerca al pontífice. Entre ellos Stanislao Dziwizs, su secretario personal durante casi 40 años, y el mismo Navarro Valls, quien fungió como su vocero por unos 25.

La monja francesa Marie Simon Pierre contó cómo se curó milagrosamente del mal de Parkinson tras las oraciones a Wojtyla de todas sus compañeras de congregación. Esa curación inexplicable fue certificada como “milagro” por El Vaticano y considerada la prueba divina de la santidad del extinto Papa.

En vigilia tuvieron lugar cinco enlaces satelitales con igual número de santuarios marianos en diversas partes del mundo, entre ellos la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe de la Ciudad de México, desde donde se rezó un misterio del rosario y se dedicaron cantos a la Virgen.

La noche en blanco
Al finalizar el momento de oración, los peregrinos pasaron la “noche en blanco”. Muchos recorrieron algunas de las ocho parroquias católicas del centro romano que permanecieron abiertas en la madrugada. Otros se trasladaron hacia El Vaticano, blindado por las fuerzas de seguridad italianas desde la tarde del 30 de abril.

Miles de personas se agolparon en los accesos y acamparon allí para apartar un lugar. Sólo fue cuestión de pasar unas horas ya que las vallas abrieron en torno a las 05:00 horas, tiempo local (03:00 GMT). En ese momento una ola de gente invadió la Vía de la Conciliación, la gran avenida que une la Plaza de San Pedro con el Río Tíber.

La mole de peregrinos fue contenida por los voluntarios a unos metros de la plaza vaticana: poco a poco y por columnas los fieles pudieron ingresar a San Pedro, lo cual, tras una noche de cansancio, en algunos devotos, despertó indignación.

Celebración majestuosa
“Nosotros, acogiendo el deseo de nuestro hermano Agostino cardenal Vallini, nuestro vicario general para la diócesis de Roma, de muchos otros hermanos en el episcopado y de muchos fieles, tras haber tenido el parecer de la Congregación para las Causas de los Santos, con nuestra autoridad apostólica, concedemos que el venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, Papa, de ahora en adelante sea llamado beato y que se pueda celebrar su fiesta en los lugares y según las reglas establecidas, cada año el 22 de octubre”.

Esa fue la fórmula pronunciada por Benedicto XVI, gracias a la cual Karol Wojtyla se convirtió en beato. Ante delegaciones oficiales de 87 países, decenas de cardenales, obispos, sacerdotes, diplomáticas y gente común se descubrió la imagen oficial del nuevo beato en la fachada de la Basílica de San Pedro.

Un único aplauso que duró varios minutos enmarcó el canto del himno a Juan Pablo II, mientras dos religiosas llevaron hasta el altar una reliquia para su veneración, la sangre en estado líquido tomada del Papa poco antes de su muerte.

“¡Juan Pablo II ya es beato!”, fue el grito de Joseph Ratzinger al inicio de su sermón en el cual reconoció que la rapidez de la beatificación se dio porque ya desde su muerte, el “papa peregrino” tenía “perfume de santidad”.

Y ese “perfume de santidad” atrajo a decenas de miles que desfilaron ante un gran féretro de madera con los restos del obispo de Roma, colocado frente al altar mayor de la Basílica de San Pedro. Según datos oficiales, más de 350 mil fieles veneraron las reliquias antes que éstas fuesen depositadas la tarde del 2 de mayo en la Capilla de San Sebastián, en la nave derecha de la Basílica.

Los mexicanos estuvieron presentes de principio a fin en las fiestas por la llegada a los altares del Papa que más veces visitó su país. Así lo atestiguó Manuel Fernández, originario de Mexicali (Baja California).

“Estar aquí es una bendición que uno no se merece; somos parte de un grupo de estudiantes que estamos aquí desde diversas partes; muchos verán en casa la ceremonia, pero estar pisando esta tierra es algo que simplemente no se puede describir en palabras”, afirmó.

La devoción casi sublime de los mexicanos por el beato Wojtyla, fue explicada por Joaquín Navarro-Valls, el histórico vocero vaticano.

“El Papa dijo a los mexicanos: vosotros sois superiores como seres humanos a lo que vosotros pensáis de vosotros mismos, podéis hacer mucho. Es decir le abrió horizontes, le descubrió al pueblo mexicano los horizontes reales de cómo eran de verdad. Yo creo que lo entendieron. El pueblo mexicano respondió como tenía que haber respondido”, sentenció.

andresbeltramo@hotmail.com
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