Las Corruptas primeras damas Por: Patricia Coen
Los servidores públicos pasan por una etapa bastante crítica. La sociedad ya no cree en ellos aunque a veces algunos supongan que el nuevo gobernante implementará acciones que acabarán con la pobreza.

La verdad es que siempre fallan, unos por corruptos, otros por incompetentes y lo menos porque son rebasados por la corrupción.

Si no me lo cree entonces invoque al político que más admira, y en un ejercicio serio sométalo al escrutinio de sus amigos preguntándoles si lo conocen y confían en él.

Quizá ese personaje logre salvarse si no encaja en alguno de los siguientes supuestos:

Si es servidor público le dirán que puede ser todo, menos eso, servidor, porque si está en el gobierno seguramente le sacará o ya le sacó provecho a las bondades del poder, empezando por el cambio de automóvil y de atuendo.

Y peor, si antes compraba su ropa en Soriana ahora va al Palacio de Hierro y, siguiendo el ejemplo de sus antecesores, viajará al extranjero para comprar en las tiendas para la “gente bonita”.

En ese ejercicio incluya a las esposas o primeras damas. Verá sus atuendos, sus cinturones y bolsas. Varias mostrarán orgullosas el lujoso escudo de Hermes, de Louis Vuitton, Channel o Gucci, por solo nombrar a cuatro grandes de la moda. La bolsa también es un elemento que puede mostrarnos la lamentable moda de los políticos: la corrupción. Más si está llena de dólares o euros.

La verdad es que da pena que nuestros gobernantes formen una especie de club social para alejarse del recuerdo de su pobreza, y además que tengan la oportunidad de codearse con los millonarios. Por eso van a los lugares de moda, no en sus ciudades, sino en el extranjero.

Ahora lo invito a pensar en la vestimenta de las primeras damas: bolsos de marca cuyo costo oscila entre los diez mil y cincuenta mil pesos. Y fíjese en el bolso que nunca repiten. Sin escuchar sus respuestas imagino que muchos de ustedes pensaron en equis presidente municipal o zeta gobernador del estado, el que sea. Y que se sorprendieron por el dinero que gastan en comprar las bolsas a la esposa y los automóviles a sus vástagos. ¿Y los cinturones, los tacones, los trajes sastres y accesorios? Todo ese atuendo sale del dinero del pueblo. Haga cuentas pero no se enferme por favor.

Cualquier lujo que se den nuestros flamantes funcionarios cae sin duda en el delito de peculado. Esto porque usan el dinero del pueblo para cosas personales. Esto a pesar de la cultura de la transparencia que aún no muestra los montos de las partidas secretas, o cuánto reciben los presidentes municipales de los giros negros y de las extorsiones a la ciudadanía, y a dónde paran las multas.

Los disfraces
Es de llamar la atención que la esposa del político importante se vista como una artista de cine cuando antes no tenía ni para un chal de Sanborns. Y más cuando la vemos manejando una camioneta de lujo. Si eso pasa en el inicio de cualquier gobierno, imagínese lo que atesoraron o atesorarán al final de los gobiernos.

Recibir regalos costosos, es también un delito. Varias de las impolutas señoronas, ayer del montón, se hacen como que la virgen les habla cuando reciben regalos costosos de sus esposos. “Tú recíbelo vieja y no preguntes de dónde viene”, ha de decirle el espléndido marido. Puede ser que las sufridas damas se justifiquen diciendo que es un premio a su arduo trabajo con los desvalidos, los desamparados y los vulnerables.

Bueno, pues eso y más ocurre en el nuevo club de beneficiarios de la Revolución o del Bien Común.

¿Qué pasará el día que el pueblo llano conozca el precio de ese estilo de vida de las primeras damas que emulan sin éxito a la reina Sofía de España, por ejemplo?

Mientras que se despeja la duda sigamos admirándolas con el cinturón en cuya hebilla aparece el escudo de la marca, algo que no harían sus paradigmas como la mencionada reina y su par la de Inglaterra. Veámoslas pues como si fuesen las estrambóticas y a veces vulgares artistas que cobran por promocionar las marcas.

¡Ajá! ¿Y qué dirá la madre soltera que tiene que trabajar dos turnos para mantener a sus hijos? No lo sé. Supongo que lanzaría un escupitajo a la cara de esas damas, salivazo acompañado con el término ¡corrupta! u otra de las expresiones de desprecio y venganza de clase.

Así que primeras damas, no sean tan obvias. Todos sabemos lo que ganan sus maridos. Y aunque no sean tres pesos, tampoco es tanto dinero como para que ustedes se inventen un nuevo look como lo hacen las nuevas ricas. Tengan vergüenza pues. Recuerden que sus trabajadoras domésticas son nuestras informantes.

Hasta la próxima.




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