El chango del cardenal* Por Alejandro C. Manjarrez
Juan Sandoval Íñiguez no despegó la vista del Vega Sicilia que él personalmente servía.

—Hágame usted el honor de probarlo —dijo el cardenal a Guillermo Jiménez Morales, al tiempo que señalaba con sus ojos la copa y veía a Tití, el chango adoptado por el prelado.

El sorprendente color de la bebida caía sobre el cristal como una cascada llena de magia. Lo cató Guillermo y dio su aprobación sin poder ocultar su desasosiego por la fría y agresiva mirada del pequeño mandril que lo observaba como si fuese el peor enemigo de su especie.

—Este es un excelente vino —respondió Jiménez—. Su sabor se percibe suave y potente, con un bouquet especiado y elegante. Es de lo mejor que he tenido en el paladar, gustillo que invade todos los sentidos, señor Cardenal; la sensación y aroma se enriquece al ver su color cereza, oscuro, cautivante. Gracias su Eminencia por esta inolvidable y grata oportunidad que me ha permitido compartir con Usted unos sorbos de la milenaria cultura enológica.
Cardenal y Embajador se quedaron viendo como si quisieran transmitirse algunos de sus pensamientos. El simio los miraba nervioso; parecía querer captar las sensaciones de sus dos enormes dioses, uno muy cercano a él, y el otro tan sospechoso como “El extraño”, aquel personaje antisemita llevado a la pantalla por Orson Welles.

La animada conversación versó sobre la cultura universal y la religión que pretende recuperar adeptos. Las palabras de ambos recorrieron los dos mil años de la historia de la Iglesia, incluida su lucha contra el poder civil, confrontación llamada “guerra cristera”. A ratos el ambiente olía a incienso y en momentos se percibía el perfume del poder de esos dos hombres cuya vida se amoldó en cuanto empezaron a hablar de las funciones delegadas al César: “¡Por Dios!”, apostilló orondo don Juan empeñado en dejar constancia del poder celestial.

Hubo muchas coincidencias en los tópicos que se tocaron en el encuentro cívico-religioso. Cardenal y Embajador platicaron como si fuesen viejos amigos. Los prominentes labios de los dos personajes eran observados por el chango que parecía deseoso por integrarse a la conversación. Íñiguez estaba complacido con la actitud de su adorada mascota que así como ponía interés en la plática, de repente se rebelaba para impertinente acercarse a don Guillermo.

—¿Le molesta Tití? —preguntó el prelado una y otra vez pero sin hacer nada para impedir los excesos del pequeño eslabón perdido, como meter sus deditos en el suculento plato del Embajador. —No, no me molesta este simpático changuito —mintió sonriente Jiménez—. Es un buen detalle de su parte, señor Cardenal, el cuidar y educar al mono cuya mirada tiene los destellos de una inteligencia precoz que la naturaleza le impidió desarrollarse para ser racional.

—Dios así lo determinó —terció el príncipe de la Iglesia—. Quizá para mostrarnos que hay muchos hombres que parecen racionales pero que sólo son remedos de este bello animalito.

La conversación se fue animando conforme el vino penetró el organismo hasta formar parte del torrente sanguíneo. Se vertieron ideas y se glosaron costumbres, e incluso se discutieron con civilidad distintas lecturas e interpretaciones sobre libros trascendentes como los de Octavio Paz.

Cultos pero en las antípodas, anfitrión e invitado recordaron el verano de 1691, año de calamidades. Imagino que hasta conversaron sobre la tragedia de las cosechas perdidas por las intensas e inusitadas lluvias. Y también de los efectos que produjo la falta de leña y carbón, y de las inundaciones de la ciudad de México, y del hambre que hizo estragos entre los pobres, y del inesperado eclipse de sol, y de la aparición del chahuixtle en las pocas milpas que quedaban, y de la escasez de maíz y trigo, y de la presencia de los acaparadores y los especuladores que nunca faltan, y de la hambruna que concitó las protestas del pueblo contra las autoridades, en fin, todos los infortunios que afectaron al virrey cuya imagen decayó igual que había caído el prestigio y la economía del gobierno civil.

Aventuro al decir que esta parte de la historia fue uno de los hilos conductores de aquel encuentro. Me baso en el interés de ambos por relacionar los aspectos mágicos y religiosos con las reacciones civiles y de gobierno. De ahí que hayan coincidido en que ante la falta de respuesta de la autoridad, los pobres se pusieron a rezar y organizaron procesiones para convencer a Dios de suspender el castigo. Creo que hasta la Virgen de los Remedios salió en la conversación porque aquella catástrofe que produjo la muerte de niños y ancianos obligó al pueblo a sacar de su recinto a la imagen para llevarla a la Catedral buscando un milagro: salvar la vida de los hambrientos, empezando por los niños y las mujeres.

Ahí seguía Tití confundido por las palabras de los seres humanos. Sus pequeños ojos parecían mostrar el destello de luz intelectual que proyecta el mutismo. De repente se inquietó y se puso a brincar justo en el momento en que salió el nombre de Aguiar y Seijas, arzobispo de México y apasionado enemigo de las mujeres, en especial de sor Juana Inés de la Cruz. Algo afectó el elemental cerebro del chango porque el animal sufrió un ataque de pánico. El cardenal tomó a Titi con cariño paternal hasta que logró calmarlo para que dejara de chillar con la estridencia que taladra hasta los oídos de los artilleros.

—Aguiar y Seijas ocupó el vacío de poder político que produjo la protesta del pueblo —dicen que dijo don Guillermo un poco más tranquilo debido a que Tití había sido controlado—. A partir de ello el Clero adicionó la política a su labor pastoral, acción que, como consta en autos, duró más de cien años para después modernizarse y ejercer su poder de manera tersa y espiritual.

El cardenal se mostró satisfecho con el comentario de su invitado y administró el ritual “piojito” al mono cuyos pequeños ojos seguían fijos en quien fue el primer embajador de México en el Vaticano, mientras los largos dedos de su Eminencia rascaban la pequeña cabeza del changuito.

—Me da gusto escucharlo —le dijo Juan Sandoval—. Se ha ganado a un amigo que le ofrece esta casa, señor Embajador, espacio de reflexión y oración y una de las ramificaciones de Roma. Veo con gusto que Usted ha percibido la esencia del gran poder del Señor que, lo acabo de comprobar, lo escogió como su custodio laico en este mundo de confusiones e intereses ajenos a nuestro credo. Tengo la seguridad de que su Santidad Juan Pablo II, le ha transmitido parte de su extraordinaria energía espiritual.

El chango brincó y volvió a gritar como si algo le hubiera picado en las nalgas. La reacción del mico obligó a Jiménez a dar por concluida su visita para ya no interrumpir aquella relación hombre-animal que bien pudo haberse iniciado en algún lugar parecido al mítico Paraíso. Don Guillermo salió de la residencia del cardenal directo al hotel para bañarse y desinfectarse ya que el olor a chango se le había metido hasta el hipotálamo.

Ya sólo con su amo, el gesto del pequeño mandril cambió: había hurtado la expresión común en los niños que han logrado recuperar la atención del padre o de la madre.

*Este relato forma parte del libro Confidencias del poder. Cualquier diferencia con la realidad es debido a la discreción de los informantes, incluido el tutor de Tití.




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