Un día en la vida de un gobernador Por Tobías Cruz
Después de reflexionar sobre la promoción “vive un día como Rey” o como artista, me pregunté: ¿y por qué no como político mexicano? Imaginé las escenas y concluí que son casos parecidos si partimos del boato que en los tres casos forma parte de la costumbre.

Así que me puse a recabar algunos datos para escribir sobre la vida de un gobernante (nada más un día), y mire usted lo que encontré:

Quienes ejercen el poder suponen que para hacer mejor su trabajo, necesitan vivir, dormir y despachar en un espacio de dos o tres hectáreas, cuando menos. Con helipuerto desde luego (un gobernador no anda en otra cosa) y alberca techada, cancha de tenis, salón de usos múltiples, comedor en alguna parte del jardín y un conjunto de oficinas para albergar a quienes trabajan cerca del titular del poder Ejecutivo.

Ahora imaginemos a uno de esos ejemplares de la fauna del poder, un tipo insatisfecho con la herencia de su antecesor.


Puede ser cualquiera de los gobernantes que usted conoce, el mismo que maneja a su arbitrio miles de millones de pesos, liquidez que le permite vivir como rey, cuando menos por seis años.

Un semestre antes del día imaginario
Esta conversación se lleva a cabo en un elegante hotel de la ciudad de México:

—¡Destruyes todo lo feo Paolo! Quiero un edificio inteligente, seguro, con espacios luminosos y colorido pastel. El misterio, la seguridad y el poder deben ser el eje de la construcción.

—Lo que quieres puede costar más de 20 millones de euros —advirtió Paolo, el arquitecto neoyorkino de origen italiano, amigo de nuestro personaje.

—No importa el costo Paolo. Ya veré cómo lo resuelvo. Diré que el gasto corresponde a un tema de seguridad nacional. Recuerda que en México estamos en guerra.

La obra de remodelación inició meses antes de la toma de posesión. El gobernador saliente había pactado con el gobernador electo para, entre otras cosas, dejar la residencia oficial a fin de no estorbar al proyecto de su sucesor. Los trabajos del proyecto “Paolo” concluyen en tiempo y forma para que al otro día de la protesta de ley el titular del poder Ejecutivo se instalara en sus nuevas oficinas.

En ese ambiente de acabados de lujo y maderas exóticas, todos los días se despierta el mandatario e inicia su día como, diría mi abuelita, cascabelito: por donde camina se escucha su alegría combinada con la preocupación de todo gobernante.

En algún lugar de su bunker lo espera un expreso doble, de esos exóticos. El mesero ujier cumple con eficacia su trabajo y le entrega al Jefe el humeante placer. Este colaborador es el único que lo ve en fachas; es decir, con el cabello sin gel.

Después de una hora de acicale y uno que otro toque de maquillaje, el góber baja al comedor. Ahí está el chef rogándole a Dios que el Jefe haya amanecido de buen humor; tiene listo varios platillos ya que se enfrenta a un hombre de finos y variados gustos, por ejemplo, omelette con queso de cabra y salmón, jugo de arándano y pan negro con una hoja de oro y mermelada de higo (el oro sirve para mantenerse joven).

Pasados 40 minutos aparece la esposa. Se saludan y platican unos momentos. No duermen juntos. Ella tiene actividades fuera de casa, por lo que sale de ahí como alma que lleva el diablo. Llega la comitiva: 4 hombres y una mujer. Le hacen un resumen de lo que ha salido en la prensa. Él pregunta:

–¿Alguien me madreó?

–Los de siempre señor –le responden con cautela–, los temerarios.

–Pronto acabaremos con ellos. ¿Algo importante?

–No señor puros chismes y críticas. No aguantan el progreso. Son pueblerinos.

–Querrás decir, nacos –remata el Jefe con una sonrisa que le ilumina el rostro.

Después de la amena charla, el equipo le informa de sus actividades e invitaciones, el informe de tres gobernadores. El mandatario dice que asistirá a los tres y los reta: “A ver cómo le hacen para que llegue puntual a todos.

Olor a nuevo
El helicóptero aterriza en la residencia oficial. Le llaman el Ferrari del aire. Es de los más sofisticados. Puede volar con cualquier clima. Siempre huele a nuevo, que es el aroma que le gusta al Ejecutivo, igual que los otros tres por aquello del “hoy no circula”. El capitán de la nave le pregunta al “patrón” si ese día practicará unos aterrizajes. “No hay tiempo, la agenda está cargada”, responde el góber angustiado por la presión de los tres informes de sus pares.

–¿Ya llegó Héctor? –pregunta mirando para todos lados.

–Ahí viene corriendo –le informa uno de los ayudantes.

–Qué onda güey, siempre llegas tarde –increpa el Jefe a Héctor.

–Es que vengo de finanzas señor. Se tardaron en llenar el maletín.

El helicóptero despega.

Continúa el acuerdo

–Son los veinticinco millones de pesos para Charly (el corredor de bolsa). Me dijo el secretario de Finanzas...

–¡No me des tantas explicaciones carajo! ¡En esos temas no me meto!

Después de algunos minutos arriban a un hotel en Polanco, Distrito Federal. Bajan del helicóptero, llamado cariñosamente por el gobernador como “La Pantera”. Lo espera otro gobernador. Se encuentran en una suite. Negocian acuerdos y alianzas. Miras al futuro. Sueños y apoyos.

Termina la reunión y cambia de suite. Ahí está Charly. Se abrazan. Chulean sus corbatas. Piden su expreso doble con un gajo de limón y un alfajor argentino, de esos envueltos en terciopelo y finamente empacados en una caja de madera preciosa. La plática es concisa y clara.

–Aquí está el maletín. Ya sabes cómo manejarlo. Nomás no te mandes con tus comisiones cabrón.

Ambos se carcajean.

–Oye Bro– pregunta el góber–. ¿Y la lana de los corderos? (léase burócratas que se mochan con la mitad del sueldo). Ése es un fondo de contingencia ¡eh!. Luego te dirán para dónde va.

Los amigos se dan un abrazo. Ambos huelen a dinero.

–Me tengo que ir, hermano. Nos vemos pronto en Texas.

El gobernador sale presuroso y aborda La Pantera. En cuestión de minutos aterriza donde está listo el jet lo llevará al informe del colega.

En el avión aguardan dos secretarios. Acuerdan con él asuntos escabrosos. Aprovechan lo discreto del espacio previamente revisado de acuerdo con la preocupación del servidor público: “No nos vayan a aplicar lo que le hicimos al candidato.”

El jet llega puntual.

La rutina se repite dos veces más. Todo perfecto. Satisfecho el gobernador regresa a su estado tal y como lo planeó su ayudantía. Aterriza el Ferrari en la residencia oficial, el palacio privado, la casa del pueblo.

Ahí se toma media hora para cambiarse de ropa. Realizar la rutina de aseo personal y se prepara para las reuniones en la sala de juntas que concibió Paolo inspirándose en la Casa Blanca.

La junta
No está de muy buen ánimo porque el Presidente no le tomó la llamada. Le preocupa su futuro, sin embargo, sigue con la idea de que es un ganador.

Escucha el informe de sus colaboradores. Formula todo tipo de preguntas y respuestas. Reclama y no permite justificaciones. Prefiere despedir antes que perdonar. Supone que todo debe ser perfecto y acorde con su imagen de gobernador, el mejor del país, el que todos lo aman, el que salvará a México. Existe una realidad diferente en el ámbito cercano al “amo”, y otra que lacera –como dicen por ahí– a los ciudadanos de a pie, la realidad que no entra a las oficinas del amo.

La transparencia
–Señor, la prensa quiere saber dónde están las 4 camionetas blindadas que están destinadas a su familia, así como las aeronaves –se atreve un subordinado.

–¡No les importa! No andes con mamadas. Si no puedes resolverlo pídele a Charly que te ayude a cuadrar todo. Y ya no jodas con ese tema.

La reunión termina después de tres horas. Todos se retiran. El jefe aún tiene una cena privada en uno de los comedores de la pequeña casa del mandatario ubicada en una zona boscosa. Vuela hacia ese espacio decorado con el lujo que permite el exceso de dinero: cuadros de pintores modernos que rivalizan con las joyas de arte del Renacimiento y uno que otro elemento mexicano, como para taparle el ojo al macho y quedar bien con las visitas cuyo mexicanismo los hace pasar como nacos.

La conversación es amena. Ha terminado el tráfago del día y hay que relajarse. El tema de ésa y casi todas las noches es el poder: que el Presidente de México, que el secretario tal, que las relaciones con el capital gringo, que la reunión en Suiza, que las clases de pilotaje, que el yate de Azcárraga, que los romances furtivos, que los compromisos presidenciales, en fin.

La cena concluye con un buen sabor de boca. Despide a su acompañante. Y regresa al nido oficial. Nadie a su alrededor se atreve a decirle que el poder es pasajero, que un día no lejano concluirá. Mira desde la ventana de La Pantera millones de luces encendidas. Sabe que sus súbditos duermen y sueñan con el día en que se acabe la corrupción. En su rostro se dibuja una leve sonrisa cuando piensa en el pueblo, en la masa social que espera encontrárselo en cualquier camino, trepado en su auto, y dispuesto a revolverse con la chusma que con su voto lo hizo gobernador. Él sólo sonríe.

Hasta la próxima.

@Cruztobas
tobiascruz@revistareplica.com




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