Eduardo Rivera, ¿alcalde o vasallo? Por Alejandro C. Manjarrez
El municipio libre, dicen los clásicos, es la célula del federalismo. Y los ayuntamientos el espacio donde se manifiesta la esencia de la voluntad popular. Por ello el alcalde que no dignifica su cargo se auto descalifica como tal. Peor aún cuando además inclina la cerviz ante quien ejerce el poder político. ¿Cabe en esta definición Eduardo Rivera Pérez?

Antes de responder la complicada pregunta, el lector me permitirá rememorar algunas de las actitudes de cuatro de los munícipes poblanos y, por ende, los talantes de quienes en ese momento gobernaban al estado de Puebla bajo la consigna: “sólo mis chicharrones truenan.”

Mundo Lado Sanz, munícipe de Tehuacán, se opuso a los designios del gobierno de la entidad cuyo operador quería manejar el producto financiero de los prostíbulos de aquella ciudad (licencias, derechos, recompensas). La maquinaria política se movió, los vasallos del gobernante operaron (incluido un notario público-legislador), se inventaron delitos graves y el alcalde fue señalado como delincuente.

Lado murió de la impresión y el coraje entreverados, dado que él había usado su propio dinero para solventar las deudas y obligaciones del Ayuntamiento. Era gobernador Mariano Piña Olaya.

Llegó al poder Manuel Bartlett y se enfrentó al “alcalde histórico”, como se autodenominó el panista Gabriel Hinojosa Rivero, por cierto el primer munícipe de Puebla opositor del PRI. Al fin rebelde y consciente de su participación histórica (esa sí), el hijo de uno de los fundadores del PAN (Luis Hinojosa) decidió irse por la libre basándose en la autonomía municipal. Incluso pidió que el gobierno federal (priista) le entregara las participaciones sin que éstas pasaran por el control de la administración bartlista. Logró su cometido y hoy camina orgulloso por su ciudad natal.

Blanca Alcalá Ruiz, primera mujer en gobernar el municipio de Puebla, compartió el poder con el gobierno de quien adquirió fama internacional como macho antifeminista. Me refiero a Mario Marín Torres. Alcalá no quiso aprovechar su condición histórica y se doblegó ante el poder marinista. Digamos que cuidó su futuro político a partir de negociar sus cuentas públicas, precisamente, sometiéndose a los designios del “Precioso” que entonces, como hoy sucede, controlaba al Congreso local. Entre otras de sus complacencias, Blanca aprobó el cambio de uso del suelo de la zona endémica de Puebla, espacio donde mal sembraron varios fraccionamientos, mismos que la sociedad poblana descubrió una vez que fue abierto el Periférico oriente, cuando la alcaldesa ya no lo era y los marinistas siguieron siendo socios.

Enrique Doger Guerrero llegó al poder municipal contra el deseo de Mario Marín, a la sazón candidato a la gubernatura y ex alcalde de Puebla. Como rector que fue de la BUAP, Doger entendió que no podía doblegarse ni perder la dignidad y en consecuencia la vergüenza. Fue así como se convirtió en el alcalde incómodo para el gobierno del estado (léase Mario Marín), condición que después le permitió aspirar a otros cargos de elección popular avalado por el plus de su anti marinismo, condición que contrastaba con su pro morenovallismo.

Ahora respondo la pregunta sobre Eduardo Rivera:
A Lalo, como le dicen sus amigos, le fallaron todos sus movimientos futuristas. Uno: se le apagó la veladora Josefina Vázquez Mota. Dos: debido a la derrota electoral del PAN, tuvo que borrar la raya que había trazado para que Rafael Moreno Valle no metiera su cuchara en los asuntos del municipio. Tres: superado el golpe existencial, decidió cambiar de estrategia para seguir en su jugada personal. Todo esto a pesar de la obligación constitucional que se deriva de representar a la voluntad popular y ser primer regidor del Ayuntamiento de Puebla, condición que, ya lo dije, forma parte esencial de la célula del federalismo mexicano. Podría decirse que Rivera arrió la bandera de la autonomía municipal para izar la del morenovallismo a ultranza.

¿Está mal este llamémosle chaquetazo ideológico-partidista-político-republicano?
No, si partimos de que para los políticos que no saben hacer otra cosa, la disidencia combinada con la dignidad le obligaría a trabajar el doble con la esperanza de recibir la mitad. Y sí, si nos basáramos en que la obligación del político que aspira a trascender, es no defraudar a quienes representa, que en su caso son los ciudadanos que él gobierna.

Lo malo es que el sí y el no, enunciados, no incluyen la certeza de una respuesta positiva de parte del gobernante estatal porque los dos son entes cuya química (parafraseo a Humberto Aguilar Coronado) impide la conexión natural. Pero lo peor para el alcalde podría presentarse si la próxima legislatura escucha el corazón de su líder y paradigma (el góber) e inspirados en ello los diputados (y el Orfise, obvio) deciden hurgar con ojo draconiano sus cuentas públicas. A estas alturas el amable lector podría suponer que al presidente municipal le iría muy mal si se arroga el papel de alcalde digno. Puede ser. No obstante que existe semejante peligro, tendría la oportunidad de tirarse a suelo blandiendo todos los argumentos que surgen de la persecución política y la transgresión al 115 constitucional. Esto siempre y cuando en su fuero interno predominara la dignidad republicana. De todo ello depende que Eduardo Rivera Pérez sea alcalde o vasallo, digno o indigno.

acmanjarrez@hotmail.com
@replicaalex




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