Espiritismo y política Por Alejandro C. Manjarrez
Junto con la primera manifestación inmaterial sonó la pequeña campana que colgaba del techo.

Después se elevó la cajita de música, movimiento que parecía responder a la petición de Rafael Álvarez: “Amajur, si existes ocúpate del padre Carlos María”, había dicho el anfitrión, palabras que provocaron la curiosidad de los asistentes.

La tapa del instrumento golpeó cerca de la cabeza del padre Heredia.

Enseguida aparecieron varias luces pequeñas que hicieron sonar los juguetes previamente colocados en distintos lugares de la habitación.

Entre ese barullo acompañado de destellos se presentó el ectoplasma del maestro Joel Amajur: se le mostró al padre Heredia, precisamente. Le tocó la cabeza y vertió agua en un vaso; después movió el líquido y lo agitó con el dedo antes de dárselo al jesuita.
El sacerdote lo bebió sin rechistar y sin ninguna precaución.

Se hizo un pesado silencio.

Enseguida apareció el espíritu de la hermana María de Jesús rodeado un halo de intenso brillo. Al aproximársele al padre Heredia, la fosforescencia bañó su rostro.

El ectoplasma se alejó y empezó a repartir flores a los concurrentes.

Segundos más tarde desapareció y su lugar fue ocupado por la energía del maestro Enrique del Castillo. Éste saludó a los asistentes con su seña característica: tres golpes sobre la caja de música.

En ese momento varias pequeñas luces rodearon a Del Castillo levantando además al voluminoso médium “Luisito” con todo y silla; ciento veinte kilos de carne y huesos se elevaron como si el gran bulto fuese una pluma de canario. El médium se paseó por los aires hasta que llegó al otro extremo del salón.

El maestro Amajur se acercó de nuevo a Heredia y como constancia le dejó un papel escrito a mano con la siguiente leyenda:
“Tu hermano, querido padre.”

El motivo de la sesión espiritista organizada por los hermanos Álvarez y Álvarez de la Cadena (José y Rafael), así como por Plutarco Elías Calles, era investigar los fenómenos del espiritismo. (De todo ello dan cuenta los periódicos de la época y algunos libros escritos por investigadores, Gutierre Tibón entre ellos.)
Por esa inquietud científica invitaron al famoso padre Carlos María Heredia, el mismo que junto con Harry Houndini dedicó parte de su vida a desenmascarar a los farsantes que siguieron el camino de las hermanas Fox, un par de mujeres originarias de Hydesville, pueblo enclavado en el estado de Nueva York.
Según cuentan los relatos de la época, las Fox simulaban invocar a los espíritus, actuación que les dio éxito y dinero. Así y durante varios años, aquel método foxista engañó a miles de incautos (nótese la relación de apellidos y acciones con Vicente, el de Marthita).


Una de ellas, la más corpulenta, aprendió a usar los dedos del pie aplicándole una fuerza desusada: con las falanges golpeaba el piso para hacer creer a los vivos que se trataba de la respuesta del espíritu convocado, golpes que se escuchaban como si fueran llamadas del más allá.

El par de féminas vivió de la mentira y la ingenuidad de sus víctimas hasta que alguien les descubrió el truco.

Al enterarse de esas y otras historias, Rosa Álvarez, la hermana menor de Rafael y José, se preocupó por encontrar la causa de lo que más tarde supo que eran facultades paranormales. Se sentía diferente a la generalidad y decidió investigar los fenómenos parapsicológicos apoyándose en los estudios científicos sobre el tema. No quería caer en lo ridículo.

Rosa Álvarez fue, pues, una mujer inteligente, preparada, ágil, despierta, simpática y con carisma. De ahí que hiciera muchos amigos.

Cuando aprendió a manejar esa facultad combinándola con su capacidad intelectual, su vida adquirió otro sentido; sin embargo, nunca se mostró diferente a quienes la rodeaban. Siempre tuvo una actitud honesta, estilo que le ganó muchos amigos y amigas. Una de éstas fue la señora Refugio Pacheco, madre de José López Portillo: las dos pasaron muchos años compartiendo su amistad y experiencias familiares.

Desde joven, Pepe, el hijo de doña Refugio, descubrió en la amiga de su madre a una mujer con cualidades y capacidad de vidente.

Ella, Rosa Álvarez y Álvarez de la Cadena, decía que los polos de su cerebro tenían una permanente conexión, lo cual permitía que le funcionara mejor su raciocinio gracias a que enlazaba el sentido común con la información que había recabado, escuchado o leído.

No obstante los argumentos de Rosa, la familia López Portillo estaba segura de que poseía facultades paranormales.

Un día de tantos, José López Portillo le hizo una petición:

“A ver tía —le dijo: me acaban de nombrar director de la Comisión Federal de Electricidad. Quiero que me digas si me irá bien y además que visualices lo que me espera. Necesito tu pronóstico.”

Rosa sonrió como solía hacerlo cuando tenía algo importante que decir. E hizo un arbitrario resumen de lo que hoy se llama prospectiva:

“Pepe, estás empezando una carrera que te proyectará a otros posiciones públicas más importantes. Cuídate de los corruptos que ahí trabajan. Que no te involucren porque tienes que llegar limpio a los cargos que tu destino, ahora en manos de Luis Echeverría, te tiene asignados.”

Pasaron los meses y José fue nombrado secretario de la Presidencia. Imagino que recordó aquella conversación y de inmediato llamó a la “tía Rosa” para comunicarle la buena nueva.

“Te felicito ­—respondió escueta la señora Álvarez—. Pero aún te falta lo mejor. Así que espéralo.”

López Portillo hizo entonces una apuesta con doña Rosa.

“Si eso que tú dices ocurre, juntos nos tomamos una botella del mejor champagne. ¿Te parece tía?”

“Me gusta la idea —ripostó Rosa—, pero tienes que comprar y guardar dos botellas más porque nos van a hacer falta, una para cada festejo.”

Al poco tiempo José López Portillo fue nombrado secretario de Hacienda y Crédito Público.

De nuevo la llamada telefónica prometida.

Y otra vez el alentador pronóstico:

“Nos la tomamos, pero falta la mejor de todas.”

“Tía, ¿te das cuenta de lo que acabas de decir? Lo que faltaría es la presidencia de México.”

“Entonces cuida tu amistad con Echeverría y guarda la champagne. Ah, y no te olvides de la apuesta ni de tus amigos.”

López Portillo nunca se olvidó de Rosa Álvarez y Álvarez de la Cadena. Incluso fue padrino de la boda civil cuando ésta casó con Eduardo Ferrer McGregor, controvertido ex ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Entonces la pareja de viudos sumaba alrededor de los 150 años de edad. Y sus hijos ya eran personas de fama pública.

(Claudio Farías Álvarez, citado en otra de las historias de este libro —“Feromonas, dinero e influjo”—, es uno de ellos).

En el tradicional discurso de parabienes matrimoniales, el entonces presidente de México advirtió a los recién casados:

“Les quiero pedir un favor: no vayan a salir con su domingo siete, así que, don Eduardo, tía Rosa, nunca se olviden de los anticonceptivos o cuando menos los preservativos…”

Mal chiste, pero muy festejado dado que su autor era el presidente de México.

Pobre Pepe
Todo indicaba que el José López Portillo iba a ser un mandato con el prestigio republicano que se le negó a Luis Echeverría y a Gustavo Díaz Ordaz. Pero no fue así porque el tipo llegó al final de su sexenio muy desgastado; en la calidad de perro que él mismo se endilgó.

El nagual le había robado el alma transformándolo en escuincle.

Su imagen cayó dentro del espejo negro de Tezcatlipoca, el dios guerrero del norte y contradicción de la fraternidad.

Quetzalcóatl lo abandonó.

El espíritu de Calles nunca entró a Los Pinos.

La tía Rosa se le murió.

Sasha Montenegro se le volteó.

Los hijos lo desconocieron.

Y acabó sus días viendo la espalda de los banqueros y empresarios mexicanos que una vez le juraron amistad eterna.

“Pobre Pepe”, fueron las palabras de sus últimos amigos, su epitafio político.

Pobre México, fue la frase que se metió en las mentes de los exégetas de la política, actividad que había entrado al tobogán del desprestigio…




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