El juego de las máscaras Por Alejandro C. Manjarrez
> La historia de un niño cuyo abuelo dispuso su llegada al poder
> Diez gobernadores le prepararon el largo camino
> El último fue quien lo empujó a la oposición


Si usted no cree que traemos marcado nuestro destino, quizás esté de acuerdo con la tesis de Ortega y Gasset sobre que el hombre es él y su circunstancia.

Pero si no le convence la disyuntiva enunciada, entonces le propongo leer lo que pareciera el argumento de una novela política cuyo desenlace, bueno o malo, podrá confirmar lo que ya sabemos por ser testigos e incluso protagonistas de la trama política que vivimos.
Esta es, pues, la historia de tres personajes de primera línea. Uno de ellos el patriarca, general y médico; otro el alumno de éste, a la sazón un joven diputado y pastor del rebaño diputadil; y el tercero el nieto a quien su sino lo llevará hasta el espacio que cuarenta y dos años antes ocupara el abuelo.

Claro que conoce usted a las estrellas del enredo. Son los dos Rafael Moreno Valle, abuelo y nieto, y Melquiades Morales Flores, ahijado político del doctor y general. Los tres coinciden a pesar de su generación. Esto porque cuando don Rafael tenía alrededor de cincuenta y dos años, su nieto acababa de nacer y Melquiades apenas alcanzaba el cuarto de siglo. Uno era gobernador, el otro el bebé destinatario de todas las ilusiones de la familia, y el tercero beneficiario de la benevolencia y confianza del mandatario que lo hizo líder de la XLV legislatura poblana.

Uno y otros han sido beneficiarios del poder que delegan los electores, mismos que votan sin saber si el votado llegará al mando lleno de resabios o complejos o con una cultura histórica que le ayudará a no repetir los errores del pasado.

Los diálogos que incluyo, aunque imaginarios, se ajustan a los hechos y están en sintonía con el ambiente que todos hemos visto, algunos con azoro y otros con el sentido lúdico que ayuda a eludir los estragos que ocasiona la decepción. Son charlas tomadas de las conversaciones que escuché de terceros o porque fui testigo ocasional.

1969-1972

–Te tengo dos buenas noticias –le dice el gobernador Moreno Valle a Melquiades en cuyos ojos se nota la humedad que produce la emoción. –Por tu juventud el tiempo te da la oportunidad de ocupar esta silla, dependerá de tu disciplina. Yo sólo he puesto mi granito de arena para ayudarte a encontrar tu destino. Aquí tienes este dinero; repártelo entre los diputados. A cada uno dale quince mil pesos. Diles que es el apoyo que tú gestionaste para que se recuperen de los gastos de la campaña. Te ayudará a mejorar tu relación con ellos y, aquí viene la segunda buena nueva, tú serás el líder del Congreso.

La impresión le cerró la garganta a Melquiades que miró al general con la humedad cubriéndole sus ojos. El gobernador hizo un gesto amistoso para animarlo a decir algo pero el diputado sólo alcanzó a articular un “gracias” entrecortado.

Tres meses después de aquel grato encuentro volvieron a reunirse el gobernador y el líder de los diputados. Fue el día en que el general y doctor le participó a Melquiades una muy mala noticia.

–Melquiades –soltó el mandatario–, aquí tiene usted mi renuncia. Hágala del conocimiento de los diputados. Cumpla con su deber. Y cuídese porque usted forjará su destino...

–Con todo respeto, señor gobernador, no se la acepto. Somos un estado libre y soberano y los poderes están con usted…

–No, no. Espera. Te agradezco Tu lealtad pero recuerda que soy un militar que obedece al presidente de México. Además estoy enfermo. Así que haz lo que debas hacer. Y no te preocupes porque al fin podré disfrutar a mi nieto que en tres meses cumplirá los tres años.

Acongojado, Melquiades tuvo que acatar la instrucción y aceptar la renuncia de su hacedor para enseguida dar posesión del cargo de gobernador interino al abogado Mario Mellado García y horas después a Gonzalo Bautista O’Farril, el sustituto.

Meses más tarde se repitió la historia al recibir de Bautista la renuncia al cargo y tomar la protesta de ley a Guillermo Morales Blúmenkron, el cuarto gobernador de aquel accidentado sexenio donde fue determinante la participación de los universitarios y el periodismo local.

Así, en seis años, la carrera política de Morales Flores se enriqueció con muchas experiencias de tipo personal y público. Entendió que el poder es efímero y que por este hecho hay que formar, orientar e impulsar a quienes podrían heredarlo, postura, estilo o prevención que permite mantener la vigencia política. En ese lapso acudió varias veces a la casa del general para llevarle algún presente o manifestarle su agradecimiento y lealtad. En alguna de sus visitas Melquiades vio a su ex jefe orgulloso, repuesto y contento con su condición de abuelo. Ahí estaba Rafita, el más pequeño de la dinastía.

Curso intensivo
La carrera política de Melquiades Morales Flores está enlazada a la de Rafael Moreno Valle Rosas: tuvo la fortuna de aprender del abuelo del hoy gobernador electo lo efímero del poder y la conveniencia de sembrar para el futuro impulsando a quienes den “oxígeno político”. Por ello el entonces gobernador Moreno Valle hizo presidente de la Gran Comisión del Congreso local a Melquiades, cargo que ejerció con cuatro gobernadores al hilo. Tres décadas después a éste le tocó proteger al nieto del general para dar continuidad a la dinastía morenovallista.

1975-1981
Cuando Alfredo Toxqui es designado gobernador, nombra como secretario de Gobernación a Carlos Trujillo, también protector de Melquiades. Vuelve la calma al estado gracias al oficio político de Toxqui y a las habilidades burocráticas de Trujillo. Uno es el bueno y el otro malo de esta película que dura seis años.

–Señor gobernador –informó Trujillo a su jefe–, ¿metemos al orden a los empresarios?

–Adelante siempre y cuando ya tenga usted los documentos que ponen en entredicho el prestigio de don Juan.

–Están listos, señor. Son denuncias y demandas muy bien integradas, tanto que nuestro amigo podría caer en la cárcel.

–Entonces apriételo y póngame en medio para que yo pueda intervenir y ayudarlo. Pero procure usted que él solicite mi intervención. Sólo así mejoraremos la relación con la iniciativa privada…

Melquiades estuvo cerca de Trujillo. Le sirvió en los asuntos electorales y en algunos de los conflictos, entre ellos el de la UAP. Vio cómo aquellos empresarios alebrestados cambiaban su postura y terminaron diciendo que Toxqui era el mejor gobernador que había tenido Puebla. Su testimonio de piedra le permitió cursar el equivalente a una maestría en política local, trayecto en el que sus servicios, discreción y eficacia lo convirtieron un político confiable. Por ello fue nombrarlo candidato a una de las diputaciones federales, después de haber sido líder de la CNC local, posición ésta que le ganó algunas enemistades, entre ellas la de Eleazar Camarillo, dirigente de la CROM de Atlixco y enemigo jurado de los campesinos afiliados a la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos.

Eran los días en que Rafael Moreno Valle nieto entraba a la pubertad escuchando de su abuelo las historias del poder en las cuales Melquiades pudo haber sido una referencia tangencial sí, pero necesaria por lo que había detrás y lo que vendría después..

1981-1987
Guillermo Jiménez Morales gana la gubernatura prácticamente sin despeinarse. Melquiades está cerca de él (fue su compañero diputado). Aspira ser el presidente del PRI estatal pero se le atraviesa Gustavo Carbajal Moreno (presidente del CEN del PRI), cuya influencia le permite imponer como dirigente a uno de los miembros de su ayudantía. No hay nada que hacer. Melquiades apechuga y ayuda a su nuevo compañero de partido que en materia política dejaba mucho que desear. Es la época en que los priistas comprueban que las decisiones verticales suelen abonar el camino del error. Y se produce un comentario uniforme en el sentido de que si Javier Bolaños pudo ser presidente del PRI, cualquiera podría serlo.

Empieza así el deterioro de la clase política poblana dado que unos, los capaces, se quedan callados, y los otros, los mediocres, suponen que tienen oportunidad de crecer. “Si Javier consiguió la presidencia, yo también puedo hacerlo”, era la frase-queja que recorría los laberintos de la política local y el sello semántico de muchos que llegaron a posiciones importantes pesar de su bajo perfil intelectual.

Faltando quince días para la elección federal de 1985, fallece el maestro Cortés López, candidato a diputado por el séptimo distrito (Ciudad Serdán). Le niegan la posición a su suplente Dario Maldonado Casiano. Y Buscan a quien habría de suplirlo. “Melquiades es un hombre confiable y seguro”, dijo el delegado general del PRI al gobernador. Y esas dos semanas fueron suficientes para que Morales Flores ganara la elección e impusiera un récord en las urnas nacionales (y puede ser que internacionales): votaron por él el 100 por ciento de los ciudadanos inscritos en el padrón electoral, más un 10 por ciento adicional. En total, 110 por ciento.

En aquellos días, en la casa del abuelo Moreno Valle, seguramente se analizó la hazaña melquiadista. Y Rafa, el nieto ya de quince años de edad, debe haber escuchado la satisfacción revuelta con la pena del general impulsor de la carrera de su secretario auxiliar, diputado y líder en su Congreso local. “Melquiades es un maestro en lo que puede hacerse, especialidad que tú nunca podrás darte el lujo de tener”, intuyo que dijo el general a su nieto y que éste asimiló el mensaje-lección.

Favor con favor se paga
Melquiades siguió abrevando en todas las norias políticas, sapiencia que, como se lo enseñó el general Moreno Valle, guardó para transmitirla en el momento en que el destino así se lo indicara. Y llegó otra experiencia más, quizá la menos esperada, la que produjo el arribo al poder del extraño que había jurado no regresar a Puebla porque era la tierra de sus desdichas personales.

1987-1993
El desgaste natural de quienes constituían la clase política, permitió que Mariano Piña Olaya fuera designado gobernador sin más protestas que las caras duras de algunos poblanos. Nadie impugnó su postulación. Tampoco les importó su conocido desarraigo ni su origen natal. Como muchos poblanos, Melquiades también aplaudió esa nominación, quizá porque gracias a la recomendación de Alberto Jiménez Morales, su hermano Jesús formó parte de la campaña política de Mariano.

En esa época Luis Donaldo Colosio Murrieta se hizo cargo del Revolucionario Institucional, y como conocía de las trampas inmobiliarias perpetradas por el gobierno de Puebla, se negó a crear compromisos con el gobernador Piña y su poderoso asesor y factótum. Los veía como operadores de la venta extra legal de las más de mil hectáreas expropiadas a los ejidatarios de Momoxpan. De ahí que mandara llamar al diputado Melquiades para decirle que él sería el nuevo presidente del PRI poblano pero tendría que alejarse de la mala influencia del gobernador: “No le pidas ni les aceptes nada. El partido se hará cargo de tus gastos y del pago de la nómina”, le dijo Luis Donaldo convencido de que Melquiades cumpliría sus instrucciones.

Aquella petición-advertencia perdió fuerza cuando Melquiades acudió a Piña para someterse a su poder, acción que –me dijo Lydia Zarrazaga (+)– provocó que Luis Donaldo lo borrara de su lista. Empero, la buena ventura siguió protegiendo a Melquiades porque el de Magdalena de Kino fue asesinado dejando en su tintero los taches contra quienes le habían fallado o engañado.

El crimen de Luis Donaldo y las muertes violentas del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y Francisco Ruiz Massieu, marcaron la vida política de México. Le mostraron al entonces joven profesionista Rafael Moreno Valle el lado negro donde domina el mítico Tezcatlipoca y operan sus modernas reencarnaciones. Estoy seguro que el abuelo lo puso al tanto de las traiciones del poder y la forma de afrontarlas; quizá lo hizo pensando en aquellos campesinos masacrados en Huehuetlán El Chico, matanza que endilgaron al general para obligarlo a dejar el cargo de gobernador.

1993-1999
“Si Bolaños fue presidente del PRI y Piña gobernador de Puebla, Manuel Bartlett también puede ser gobernante y rescatar el prestigio de la política poblana”. Estas frases deambulaban por las mentes de los poblanos hartos de las imposiciones. Y la posibilidad de que Bartlett “rescatara el prestigio de la política poblana”, aplazó para mejores tiempos la animosidad en contra de los políticos desarraigados.

Bartlett, que por cierto conocía bien la vida de casi todos los poblanos, se encontró con Melquiades, primero como diputado federal y después como senador de la República. Lo vio brincar de un cargo al otro sin tomar aire ni impulso. Pudo constatar la popularidad del legislador de oficio y comprobó su buena memoria, cualidad que lo había hecho el amigo de todos. “A Melquiades lo conocen y le mueven la cola hasta los perros del pueblo más alejado de la mano de Dios”, dijo Bartlett al que esto escribe. Lo curioso es que a pesar de saber cómo se movía, cuando don Manuel soltó la sucesión que le había prometido a José Luis Flores Hernández, se le olvidaron la fama y los miles de compadres que entonces tenía el senador de la República.

Aquella omisión o desconocimiento permitió a los Morales Flores entrar de lleno al proceso del cual Melquiades salió airoso y como candidato del PRI a la gubernatura.

Para esos días y con casi treinta años de edad, Rafael Moreno Valle Rosas ya estaba integrado con el senador de la República: su madre y Armando Labra habían convencido al padre de Rafa para que lo apoyara en su ánimo político. El abuelo avaló gustoso la decisión del nieto que había truncado su carrera en el sector financiero internacional. Y aquel fue, creo, el momento para que el general “cobrara” los favores que hizo siendo gobernador; uno de ellos: el impulso a su secretario auxiliar, espaldarazo que adquirió la fuerza de un acuerdo generacional. Por esta razón, sin mediar requerimiento o petición formal, Melquiades abrió su enorme corazón a quien era el acreedor sustituto de su deuda con el doctor y general que, como ya se dijo, lo había puesto en el camino que lo condujo al éxito político, ruta en la que se encontró con Rafa, el treintañero…

El gobierno de la compensación
Melquiades gobernó a los poblanos. Lo hizo dispuesto a mostrarse leal a sus principios. Antepuso el afecto y sumisión hacia quien lo enseñó a respetar los pactos que trascienden.
El doctor Rafael Moreno Valle fue personificado por su nieto y homónimo.

Rafael ganó las discusiones y negociaciones previas a la toma del poder porque tuvo el respaldo moral del abuelo cuyo recuerdo seguía influyendo en el ánimo de Melquiades: fue titular de la Secretaría de Finanzas y Desarrollo Social, incluso con el plus de imponer sus condiciones. Su futuro quedó así en las manos del político hechura de su abuelo.

Por eso Rafael tuvo “manga ancha” e integró su equipo de trabajo con varios de sus amigos y compañeros de Boston y Nueva York. Uno de ellos, Fernando Manzanilla –subsecretario de Egresos– contaba con el plus de haber estado cerca de Zedillo cuando éste coordinó la campaña de Luis Donaldo Colosio. Otro, Luis Bank, amigo de Manzanilla y también su compañero durante la campaña que concluyó con el asesinato del candidato presidencial. El perfil del resto de colaboradores estuvo acorde con su función pública. Con este grupo Rafael inició el proyecto “sucesión” avalado por el gobernador. Y organizó la estructura priista alterna, iniciativa que también contó con la aquiescencia del mandatario.

Los morenovallistas pusieron en práctica el proyecto para alcanzar su objetivo. Convencieron a Melquiades de la necesidad de sustentar las decisiones del gobierno en las encuestas. Y le vendieron la idea de que el PRI (o el Ejecutivo) se basara en ellas para designar al próximo candidato que ocuparía la titularidad del poder Ejecutivo.

Con esta autorización el grupo morenovallista se movió a sus anchas. Llevó a Rafael hasta los rincones más alejados, municipios donde el funcionario entregaba desde las participaciones hasta los apoyos estatales y federales destinados al desarrollo social, algunas veces acompañando a Melquiades y otras representándolo con su venia, afecto, complicidad y simpatía.

Cuando la estrategia morenovallista fue descubierta por Mario Marín Torres, alcalde de Puebla, cargo al cual llegó después de haber sido secretario de Gobernación de Manuel Bartlett y presidente del Comité Directivo Estatal del PRI, percibió lo que parecía un plan con maña. Lo supo porque años antes había tratado de cerca a Melquiades (fue su secretario particular), cirncunstancia que le permitió intuir las intenciones del gobernador y confirmar que éste había “comprado” la idea de manejarse y manejar la sucesión mediando las encuestas. Reaccionó y de inmediato puso a su gente a trabajar para mejorar su impacto mediático.

Dos meses antes de la decisión final, el resultado de los sondeos estaba en contra de Moreno Valle. “Son diez puntos los que nos lleva Marín –reconoció Manzanilla–, diferencia que ya no podremos remontar. Así que hay que pactar con él para apoyarlo y que nos apoye cuando sea gobernador. Es mejor éso a que sea candidato Germán Sierra Sánchez”.

Se hizo el “pacto de caballeros” bajo los siguientes términos: prevalencia en la nómina de los miembros del equipo morenovallista; la diputación local y el liderazgo cameral para Rafael; la diputación federal y en seguida la senaduría. Las cosas marcharon bien hasta que Marín decidió olvidarse del trato al aceptar como candidatos a senador por mayoría relativa a Melquiades y a Mario Montero Serrano. El primero postulado por el CEN priista y el segundo propuesto por él valiéndose de su calidad de gobernador.

La decisión propició que Rafael abandonara al PRI acogiéndose a la influencia de Elba Esther Gordillo enfrentada ya con Roberto Madrazo. La profesora negoció con Calderón, alianza en la que fue incluida la postulación de Moreno Valle para senador por Puebla, candidatura respaldada por el PAN.

Ocurrió el supuesto enfrentamiento. Rafael y Melquiades contendieron en partidos distintos. Dio la impresión que el afecto del ex gobernador lo indujo a manejarse de bajo perfil beneficiando con ello al nieto de su ex jefe. No alteraría el proyecto genético-familiar. Y quizás hasta pensó en que si perdía en la elección él también estaría en la Cámara de Senadores debido al principio de primera minoría. Era un extra en su proyecto de vida, circunstancia que validaría su compromiso generacional. El final feliz pues. La obra del teatro republicano que incluyó ser par del nieto del general.
Melquiades nunca debió perder a pesar de haber mostrado sus cartas a Moreno Valle. Sin embargo, salió derrotado en las urnas para, como dicen los clásicos, caer hacia arriba.

Farol de la calle…
Ya vimos cómo se dio algo que parecía un enfrentamiento entre Rafael Moreno Valle y Melquiades Morales cuando los dos contendieron por partidos distintos, días en que el ex gobernador se manejó de bajo perfil como si su intención fuera la de beneficiar al nieto de su ex jefe o, lo que es lo mismo, apoyar el proyecto digamos que genético-familiar.

Todos sabemos de la extraordinaria experiencia de Melquiades en las “artes” electorales. Y por ello ninguno de los que conocen su trayectoria creyó en la autenticidad de aquella derrota. El menos expresivo dijo que allí había gato encerrado, duda que nació debido a que Melquiades es un experto en esas lídes y, además, era entonces el político más popular y querido de los poblanos: encabezaba todos los sondeos tanto por su popularidad como porque acababa de dejar el cargo de gobernador.

Hubo quien aseguró que el ex gobernador decidió no usar su experiencia porque privilegió sus lealtades. Dejó que operara Rafael para dejarlo ganar a sabiendas de que de cualquier manera él llegaría al Senado, un espacio ideal para cualquier político en proceso de retiro.

Hoy vemos el gran final de esta obra puesta en el escenario del teatro republicano donde el personaje principal es el nieto del general y doctor Rafael Moreno Valle, otro ex gobernador que cayó del poder debido a que alguien lo engatuzó.

La dulce venganza
Como ya quedó asentado, antes del desenlace que llevó a Moreno Valle a ganar la elección de gobernador, Mario Marín y él tuvieron varios desencuentros. El más grave pudo ser el incumplimiento del compromiso por la candidatura al Senado. Le siguió el menosprecio a los políticos y burócratas con el sello morenovallista.

Después de aquellos “errores” cuyo origen es más humano que político, empezó una guerra sorda que llegó a ser estridente cuando Rafael obtuvo postulación del PAN y de los partidos aliados para buscar la gubernatura. La lucha electoral se tornó virulenta y Fernando Manzanilla y su equipo diseñaron (o aceptaron) lo que fue la contra-campaña basada en desprestigiar a Marín y al mismo tiempo convocar el enojo de los ciudadanos.

En esa estrategia participaron casi todos los medios nacionales, algunos de manera casual y los menos como parte convenida por los morenovallistas. Se desató así el intenso y demoledor bombardeo contra Marín. Y la sociedad asimiló los mensajes mediáticos, unos subliminales y otros tan directos como una mentada de madre. Al final de cuentas los electores se manifestaron en las urnas.

Rafael Moreno Valle Rosas tuvo el apoyo irrestricto de la maestra Elba Esther Gordillo y, obvio, de sus huestes magisteriales. Los panistas de cepa también se adicionaron a la causa morenovallista. Ni unos ni otros dejaron espacios de maniobra a los operadores del PRI. Cubrieron todas las casillas de la entidad. Y además contaron con el soporte logístico del SNTE y los cuerpos de seguridad del gobierno de Felipe Calderón. Su objetivo fue claro: sin importar el cómo, había que ganar la “joya de la corona”.

De ello y más se dio cuenta Melquiades Morales. Supo que su pupilo tenía la posibilidad de obtener el triunfo en las elecciones y, tal vez por ello, decidió mantenerse lejos del proceso a sabiendas de que lo tacharían de traidor al PRI. Pero no lo fue porque nunca operó a favor de Moreno Valle. Sin embargo, para algunos sí lo es debido a que Rafael se manejó de acuerdo con la estrategia que le aprendió a él, su maestro, aprovechando además los espacios que de manera casual o a propósito le dejaron libres.

Melquiades pareció cómplice de la derrota del PRI, pero no lo fue. Lo que ocurrió es que se sólo aisló si usted quiere inspirado en sus afectos generacionales, teoría ésta que podría ser válida si se tomaran en cuenta las pruebas circunstanciales. ¿Cuáles? Pues, por ejemplo, el no haber aplicado para su beneficio todas las mañas y destrezas para derrotar a Rafael. Y esto, que conste, lo dicen quienes saben que Melquiades es uno de los expertos nacionales en el manejo electoral.

En fin, lo que parece la primera parte de una novela política, trama donde se cumple el sueño del hombre que hace cuarenta y dos años concibió el destino de su nieto, no es mas que una muestra del pragmatismo que ha suplido al compromiso ideológico; la prueba de que el hombre es él y su circunstancia, en este caso la que sin querer o conscientemente planteó el general y doctor Rafael Moreno Valle.

Para concluir le comparto dos preguntas:
Una: ¿el gobernador electo seguirá el ejemplo de su abuelo?
Otra: ¿hará lo mismo que Melquiades?

Ojalá que no y que para evitarlo Moreno Valle Rosas logre reinventarse.

acmanjarrez@hotmail.com



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