¡Aguas Rafa! Por Alejandro C. Manjarrez

El gobernador poblano va que vuela para ocupar los primeros lugares de la fama política nacional. Gracias a esa dinámica, la gente de Televisa se ha mostrado encantada porque el entusiasmo del mandatario les ha puesto en bandeja de plata la comercialmente peleada atención de los tradicionalmente complicados poblanos.

Somos testigos, pues, de algo parecido a un culebrón o talk show cuyo rating estará garantizado mientras que las otras cadenas televisivas guarden silencio y no se les ocurra escoger a Puebla para aumentar sus ingresos o competir con Televisa ubicándose en el otro lado, el de la crítica a lo que usted quiera y mande.

Lo que ocurra seguramente afectará a los poblanos de manera positiva o negativa, depende cómo se reaccione ante este fenómeno masivo de comunicación política.
En el primer caso lo provechoso vendría si junto con la promoción que estamos viendo, llegan a Puebla inversiones que detonen el desarrollo económico y por ende laboral.

Ahora bien, en el ámbito de lo dañino caben desde la inversión directa en propaganda (que seguramente la hay o la habrá) hasta el hartazgo de los ciudadanos, actitud ésta que podría convertirse en chunga, burla o reclamo si el exceso resulta ofensivo o se interpreta como un atentado contra la inteligencia ciudadana.

Es en esta última reacción donde cabe el título de la entrega que está usted leyendo, expresión que data de la época de la Colonia, cuando las bacinicas se vaciaban aventando su contenido a la calle. ¡Aguas!, gritaba el atento lanzador de los orines nocturnos, exclamación que a veces resultaba tardía con las obvias y apestosas consecuencias.

¡Aguas gobernador!

Los poblanos han empezado a rumorear sobre el tema de su comprensible entusiasmo, talante que parece parte de una propaganda política cuya deficiencia podría consistir en que lo prematuro, valga el terminajo, ha despertado el sospechosismo.

Sin pretender ubicarme en el terreno donde se mueven los emisarios del pasado, cuyos vaticinios son tan molestos como las aguas menores del orinal en cuestión, trataré de visualizar los efectos de las dos vertientes que han surgido de la madrugadora promoción del titular del poder Ejecutivo:

Si todo sale bien, Puebla tendría la difusión televisiva como para que volteen a verla los mexicanos, incluidos actores de telenovela, bailarines, cómicos, productores de películas y series de televisión, vendedores de ilusiones, fraccionadores, industriales, comerciantes, artesanos, pintores, dramaturgos, profesionistas y vendedores de publicidad política. Claro, ninguno de ellos con el carisma y las intenciones que hicieron famosa a la madre Teresa de Calcuta.

Pero si las cosas no resultan como se ha planeado, podríamos resentir desde las revanchas del negocio de la comunicación masiva, hasta reacciones negativas hacia la promoción de la imagen pública del mandatario. Por ejemplo: los señalamientos de los dirigentes de los partidos políticos ajenos al proyecto morenovallista, los mismos que buscan la simpatía y el voto de los electores. A esto hay que agregar los efectos de la rumorología poblana cada día más sofisticada y efectiva. Súmele el deseo de venganza de los miles de poblanos que se sienten afectados por la invasión de personajes que llegaron a Puebla como si fuesen los nuevos conquistadores o, peor, miembros de un nuevo imperio con tufo extranjerizante. Y agréguele el hecho de que la oposición (jóvenes en su mayoría), aprovecharán todo lo que pase en Puebla para llevar las aguas mayores a su molino.

Decían los abuelos que no por mucho madrugar amanece más temprano. La sabia y quizá centenaria frase lleva su carga de sabiduría; es decir, la recomendación para que los nietos caminen y no corran, avancen sin hacer escándalos que despierten las envidias y las críticas que forman parte del ser humano que –vuelvo a los abuelos– debe conservarse desconfiado y suspicaz para que los acontecimientos negativos no lo agarren papando moscas.

¡Aguas góber! El horno no está para bollos.

Respetado lector: esta opinión no hubiera pasado en el periódico donde escribía y dejé de hacerlo porque fui censurado. Sin embargo, gracias a esa lamentable actitud, mi pluma no tiene cadenas ni candados. Lo digo porque uno de los nuevos funcionarios públicos me lanzó la siguiente advertencia: ¡Aguas Alejandro! Te estás acercando al infierno.

acmanjarrez@hotmail.com
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