Los excesos de la prensa Por Alejandro C. Manjarrez
Porque lo conozco, estoy seguro de que Rafael Moreno Valle Rosas quiere pasar a la historia como un gobernador acertado, prudente, justo, popular, admirado y querido por los poblanos. Esa es su intención. Y para ello se empezó a preparar desde el día en que su padre aceptó a regañadientes que su primogénito, o sea él, se dedicara a la política.

Porque sé de su vocación por el trabajo en equipo casi le puedo asegurar que si se le endilga o comete un error de procedimiento o de forma de gobernar, es porque alguno de sus asesores pudo haberlo aconsejado mal basándose en una errónea interpretación de los antecedentes y la información, o incluso, por qué no, tratando de ganarse su apapacho mediante el tradicional uso de la lisonja, recurso que sirve para mantener el cargo y de paso estrechar los lazos de amistad.

Podría estarle pasando a nuestro gobernador. Tal vez. Finalmente es un ser humano con virtudes y defectos. El tiempo se encargará de mostrarnos hasta qué grado afectaron o no los consejos de su staff. E igual validaría la añeja y por ello histórica actitud que resumo en la siguiente expresión:

¡Guay de aquel subordinado que se atreva a decir algo que moleste al jefe!

Valgan estas ideas pergeñadas a vuelapluma para, de manera breve y como marco referencial, compartir con el lector lo que podría convertirse en una falla con consecuencias mediáticas negativas para el proyecto del gobierno poblano. Me refiero al llamado “sabadazo” que ocurrió en viernes, día negro por cierto para Ricardo Henaine. En este caso la razón moral fue alterada por lo que en apariencia es un procedimiento jurídico inducido, dirigido o apurado por el poder Ejecutivo, acción que de existir y comprobarse borraría todo lo bueno que se ha dicho. Para poder abundar sobre el tema tendremos que esperar las reacciones judiciales y mediáticas del afectado y de su equipo de abogados. Y a partir de ello retomar este asunto cuyo tufo a corrupción empezó a percibirse desde hace dos regímenes.

Esta necesaria y recomendable espera me lleva a compartir con usted, para después comparar, algunas observaciones sobre los estilos de los últimos gobernadores que, igual que Moreno Valle, también tuvieron sus momentos de crisis.

Mariano Piña Olaya decidió delegar el poder en su súper asesor Alberto Jiménez Morales. Éste se encargó de todo, incluida la imagen de su jefe, para lo cual nombró a su hijo director general de Comunicación Social. Vimos, pues, cómo operó el sistema de controles y en lo personal constaté el estilo para “moderar” la crítica hacia Mariano. Un ejemplo:

“Este muchacho, hombre… creo que se llama Rodolfo Ruiz –dijo Alberto Jiménez vía teléfono a José Bolaños, director de La Voz de Puebla– (yo estaba en la oficina de Pepe y éste me confió las palabras que no escuché), nos ha dado muchos problemas así que ya no publiques sus notas”. Bolaños, fino como es, le respondió con el clásico atole con el dedo: “No se preocupe, don Alberto. Yo veo cómo resuelvo el problema”. Rodolfo siguió causando estragos al ego del Asesor y al ánimo vernáculo del Gobernador. Y usted y yo sabemos en qué estrato quedó la imagen de Piña Olaya.

Manuel Bartlett Díaz leyó, escuchó y ponderó cuanta mención se hizo en su contra o en perjuicio de la fama pública de sus colaboradores. Su intención, según le dijo a uno de sus empleados de confianza, era descubrir dónde estaban las fallas para resolverlas. “Los periodistas nos ayudan porque ellos dicen lo que nosotros no sabemos”, fue el argumento que ese alguien me confió. Bartlett concluyó su sexenio con el respeto de la mayoría de los poblanos (la minoría fue la oposición que nunca lo aceptó como gobernador). Permítame mostrarle un bosquejo del estilo de aquel mandatario. Me baso en la conversación que ambos sostuvimos:

–Aunque respeto lo que escribe –me dijo al día siguiente de que los matamorenses “tumbaron a pedradas el helicóptero”–, no estoy de acuerdo con lo que hoy dice su columna de Síntesis.

–¿Y en qué no está de acuerdo? –pregunté mostrándome sorprendido. Bartlett pidió un periódico. Una vez que lo tuvo en sus manos se quitó los lentes y me leyó lo que yo había escrito poniéndole énfasis a las frases que le molestaron. Después me dio su versión de los hechos mientras que yo lo miraba sin hacer ningún gesto.

–Oiga gobernador –le dije con la seguridad que surge de la razón–. O a usted lo engañaron o mis fuentes, que por cierto estuvieron en aquel evento, son unos mentirosos, igual que los pilotos que acabo de entrevistar aquí en el patio de Palacio.

–¿Los pilotos? –preguntó sorprendido.

–Sí, los pilotos del helicóptero. Aceptaron que por temor a ser linchados despegaron antes de que funcionara la segunda turbina. Y a uno de ellos, creo que es el capitán, se le salió el motivo de la mentira que alguien difundió; es el seguro del aparato. El tipo me dijo acongojado: “Hay una cláusula que establece el no pago si el accidente se debe a un error de pilotaje”.

Don Manuel cambió de actitud y entonces hablamos del impacto internacional de la noticia (“helicóptero derribado a pedradas en Puebla”). Le hice la broma sobre una posible demanda en su contra por parte de la Bell (marca del aparato). –Imagínese –comenté– el ejército gringo dejará de comprar ese aparato para su Guerra del Golfo. Usted sería el culpable por sugerir que las piedras son más eficaces que los misiles. Bartlett tomó bien la broma y horas después se entrevistó con los dirigentes del Frente Cívico Matamorense, precisamente para desactivar esa “bomba mediática”.

La antítesis de Mariano y Bartlett fue Melquiades Morales Flores. El hoy senador prefirió consentir a los buenos y a los malos periodistas para no meterse en problemas. Su trato con la prensa fue suave y terso. Incluso se excedió en su tolerancia al aceptar las decenas de entrevistas banqueteras que daban la nota de ocho. Era, pues, el amigo de todos y todas las reporteras. Sin habérselo propuesto impulsó el ejercicio periodístico. Concluyó su gobierno con muchos amigos pero, al mismo tiempo, con un montón de críticos, digamos que benevolentes.

Después llegó el satanizado Mario Marín Torres, a quien no le hizo falta tener asesores en imagen o en prensa ya que –se lo dijo a los “burbujistas”– él nunca leía los periódicos. Es obvio que esa mala costumbre lo alejó de la prensa y por ende de la realidad. Ya sabe el lector lo mal que le fue en su mandato a pesar de su manga ancha para repartir prebendas y “publicidad” a su pequeño grupo de amigos, periodistas o directores, de algunos medios de comunicación. Volvamos a Moreno Valle con la pregunta con que inicié esta entrega:

¿Rafael pasará a la historia como un gobernador acertado, prudente, justo, popular, admirado y querido por los poblanos?

Puede ser siempre y cuando se libre del efecto incienso. Quizá lo logre si se le ocurre fomentar la libertad de expresión y poner freno a la lisonja externa proveniente de periodistas o editores que se rasgan las vestiduras para, supuestamente, defenderlo, a veces adoptando el estilo del sapo aquel que criticó al cocodrilo por hocicón. El colega Alejandro Mondragón definió con certeza a esta especie; les dijo que son más papistas que el Papa.

El problema para esos “papistas” y para el titular del poder Ejecutivo, es que con ese tipo de prensa, todos, periodistas y gobernantes, perdemos credibilidad. Esto porque los lectores compran periódicos, escuchan programas, consultan la web o ven la televisión esperando las verdades que ellos saben que existen aunque ignoren los detalles. Pero si en lugar de la realidad únicamente se publica o difunde propaganda del gobierno, el medio se queda sin lectores, escuchas o televidentes, depende si es periódico, radio o televisión. Y el columnista político se ubica en la mediocridad periodística donde los elogios al gobernante pueden llegar al extremo de ponderar sus poderosas flatulencias.

Seriedad, señores editores. Propicien la libertad de prensa en vez de la promoción de sus negocios. En nuestro medio, esto último sí que es un exceso, y muy criticable, tanto o más que las campañas reivindicatorias.

acmanjarrez@hotmail.com




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