Puebla, ¿Estado de paz? Por Alejandro C. Manjarrez
En estos días en que fui atacado por la gripe y resulté víctima de un accidente doméstico (me trituré el dedo pulgar), bromeé sobre la posibilidad de que algún brujo contratado por el gobernador me había echado el mal de ojo. Cuando estaba en franca recuperación, en uno de los movimientos de mi cuerpo, el nervio ciático se lastimó provocándome la molestia que tarda de una a seis semanas en sanar, según la información médica a la mano. “Esto es más que un mal de ojo”, le dije a mi esposa. Y los dos reímos, yo con el dolorcillo atravesado en la espalda, y ella compadecida de mi expresión entre sonriente y lastimosa.

En esa ociosidad y en medio de las quejas que invocó el dolor de mi espalda, me puse a pensar en el poder político que adquirió Rafael Moreno Valle Rosas.
Sin ser hechicero ni alquimista, pensé, el tipo puede sentenciar a la muerte civil a cualquiera que se le enfrente. O si ése es su deseo, crear un monstruo burocrático.

Así le di veinte vueltas al tema del poder hasta llegar a las conclusiones que comparto con usted, amable lector. Todas ellas partiendo de la siguiente duda: ¿Qué podríamos hacer con más de 50 mil millones de pesos anuales?

Difícilmente encontraríamos una respuesta ajena al ejercicio del poder político, la única fuente de semejante riqueza.

Esa cantidad de dinero corresponde al presupuesto del estado de Puebla, mismo que excede con mucho a cualquier expectativa personal. Más aun si lo multiplicamos por los seis años de gestión y le agregamos otros varios miles de millones de pesos, incremento que dependerá de la benevolencia del Presidente de México, quien chueco o derecho controla o tiene injerencia en los recursos económicos que produce el país.

¿En qué pensará el gobernador de Puebla, uno de los dioses sexenales (tenemos 32 en el país), cuando ve las cifras reflejadas en los presupuestos y proyectos que él aprobó? ¿Lo hará en los poco menos de seis millones de personas que gobierna?

Diría alguno de sus panegiristas: “Procurará que el presupuesto se ejerza de acuerdo con lo que determinó el Congreso local”. Pues sí, es cierto, pero el dinero forma partidas que a su vez fueron “rotuladas” y asignadas por los diputados que siguen las instrucciones de su jefe, el titular del poder Ejecutivo, el dios de los “pipopes”.

Otro tirón en el nervio ciático acompañado con mi estridente maldición cuyo poder curativo es efímero. Aspiré profundo y proseguí con mi disquisición: ¿Y las leyes?, pregunté. Se supone que el marco jurídico evita que el gobierno administre a su arbitrio los recursos públicos. Ahí están las instancias jurídicas encargadas de cuidar que el “dinero del pueblo” se maneje con la pulcritud legal que exigen los cargos públicos. De acuerdo. Sin embargo, no obstante esto que parece más obvio que la transparencia del agua pura, razoné, todos sabemos que los representantes de la ley (en sus diversas manifestaciones) son digamos que personajes “insaculados” y propuestos por el gobernador para que, conforme a la norma, sean legitimados por los diputados que fueron seleccionados, designados y son controlados por nuestro efímero dios.

El razonamiento me emocionó incitándome a realizar un movimiento brusco. Y ¡zas!, otra vez el dolor que cual descarga eléctrica se refleja en toda la espalda, incluidas las nalgas. Volví a mal pensar del poder político aderezado con el poder psíquico. Empero, una vez más deseché la idea de la brujería que, argumenté, era una práctica perseguida en la época de la Inquisición. Sin embargo…

Hay otras dudas que por incómodas difícilmente se atrevería a aclarar quien por el poder que ostenta debería hablarnos con la verdad. Primera: ¿por qué no funciona la separación de poderes? Segunda: ¿se hicieron pactos comerciales con las empresas que fueron escogidas para distintas obras públicas? Tercera: ¿se están pagando facturas a las personas morales o físicas que colaboraron en la campaña?

A estas alturas de mis lucubraciones dejé de entusiasmarme con las revelaciones que fueron apareciendo conforme se unían las hebras sueltas. Temí por otro tirón del ciático, mismo que me obligara a olvidarme del tema. Así que idealicé al gobernante viéndole como lo que es: el dios sexenal, superhombre que cuenta con el apoyo de sus arcángeles, todos ellos tan o más capaces que él. Pero sólo uno de ellos apareció en el escenario: Fernando Manzanilla Prieto, creador del “palomazo” que se convirtió en eslogan (“Estado de la paz”) y después en programa sectorial.

A estas alturas, por la emoción (o la postura de mi cuerpo) me olvidé de la tensión que corría de la cintura a las piernas. Y me vino a la cabeza las palabras de alguno de los capos internacionales que a pesar de estar preso sigue dando guerra: Marcos Camacho, mejor conocido como Marcola, máximo dirigente de la organización criminal brasileña denominada Primer Comando de la Capital (PCC). He aquí lo que dijo a su entrevistador de O Globo:

“Yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía…
¿Qué hicieron? Nada.
¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? No. Sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre “la belleza de esas montañas al amanecer”, esas cosas…
“Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social…
“No hay solución... La propia idea de “solución” ya es un error.
“¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río? ¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una “tiranía esclarecida” que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice. Y del Judicial que impide puniciones. Tendría que haber una reforma radical del proceso penal de país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta conference calls entre presidiarios…).
“Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país. O sea: es imposible. No hay solución…”

Lo anterior sólo es una muestra de lo que pasa en el mundo y está pasando en México y desde luego en Puebla, en este caso con perfiles todavía disminuidos.

¿Puebla, estado de paz? Se oye bien, como un eco de lo que dijo hasta el hartazgo Mario Marín. De ello le comento en las siguientes líneas redactadas sin la presencia del dolorcillo ése que parece auspiciado por alguna brujería del poder.

El Leviatán camotero
La Secretaría General de Gobierno cabe en la definición de “monstruo burocrático”. Pero no como una hidra funesta de varias cabezas, no, sino como un ente cuyos tentáculos llegan a todas partes, a veces con la intención de acariciar a los titulares de las dependencias, y en ocasiones con la finalidad de limpiar la casa. Es pues una criatura cuya autoría se debe a Rafael Moreno Valle Rosas y Fernando Manzanilla Prieto, los amigos que hace doce años iniciaron el proyecto que hoy funciona casi a la perfección.

De acuerdo con el eslogan adoptado por la Secretaría de marras, esos brazos se moverán para mantener la paz social en Puebla, algo de lo que por cierto presumió Mario Marín Torres. De ahí que la frase “Estado de la paz” pretenda rescatar para el morenovallismo lo que es y seguirá siendo la principal preocupación de los gobiernos de la República, en el caso de Puebla quitándole a su antecesor el derecho de atribuirse lo que funcionó como el plus del marinismo. Es bien sabido que la entidad se considera uno de los pocos estados libres de violencia, calidad que obliga a preguntar: ¿y por cuánto tiempo? No lo sabremos hasta que el sesudo programa sectorial y de corresponsabilidad, como lo designó Manzanilla, muestre sus ventajas o las deficiencias que conlleva la teoría que intenta iluminar el “reino de la oscuridad”.

Antes de abundar sobre el tema aclaro que lo de espantajo o engendro está dicho con ánimo lúdico y no con sentido peyorativo. De cómo veamos las bondades o perjuicios de este nuevo espécimen oficinesco, dependerá de lo que haga, diga o calle quien desde siempre ha sido el factótum del mandatario poblano, influencia que convoca a recordar un dato digamos que histórico:

Cuando Mariano Piña Olaya decidió disfrutar del cargo de gobernador, creó a su propio monstruo peludo. El toque mágico recayó en la persona de Alberto Jiménez Morales, el “gran asesor”, cuyo poder prevaleció los seis años del gobierno. No obstante que don Beto hizo bien su trabajo, la eficacia que lo distinguió acabó por afectar el prestigio del entonces mandatario. Al final del día Mariano quedó como la marioneta de Jiménez, apreciación que se debió a que el Gran Asesor complacía a su jefe con variadas estrategias de tipo personal. Sabía cómo manejarlo y, según dijo la canalla administrativa de la época, encontró la forma de mantenerlo ocupado para que no metiera su cuchara en los asuntos del gobierno. “Déjame a mí el trabajo pesado –dicen que le dijo– para que tengas tiempo de cultivar tus excelentes relaciones, mismas que nos ayudarán a impulsar el desarrollo de Puebla”. Piña le hizo caso y durante seis años se regodeó con el poder y lo que éste trae consigo, incluyendo los llamados de la libido.

¿Podría repetirse la influencia que, por exagerar en el ejemplo, popularizó Rasputín, aquel monje que manipuló al zar y a su esposa?

Tal vez pero con algunos asegunes dado el séquito que rodea a Moreno Valle, varios de ellos con el ego insuflado ya sea por su talento o incluso, por qué no, por su metro-sexualidad. Dejemos pues que las estrellas nos muestren la verdadera personalidad de los integrantes del grupo y sigamos con el tema que nos ocupa.

En lo que podría llamarse su Leviatán, Manzanilla ha propuesto acciones que, parafraseo a Hobbes, consideran la competencia que permite al hombre alcanzar sus objetivos; establecen la desconfianza en la práctica de gobierno como principio para garantizar la seguridad; y, lo que es consecuencia de lo anterior, funcionarán para generar el prestigio que llevaría al gobernador (y al propio Fernando) al estadio donde juegan los políticos reputados.

Lo anterior es desde luego una arbitraria síntesis del documento que elaboró el equipo de Manzanilla (200 páginas). Pero ello nos muestra que el objetivo primario es la seguridad y por ende la paz, que, como ya se dijo, forma la parte axial del sexenio. Transcribo el párrafo respectivo: “…diseñamos nuevos esquemas para la protección de la sociedad y la coordinación interinstitucional y, apoyados en la tecnología, buscamos prever y reaccionar en conjunto ante todo aquello que ponga en riesgo la gobernabilidad, el orden, la paz y el progreso”.

Ello sugiere que los ayuntamientos estarán “infiltrados” por un programa cibernético que detectará los focos rojos que suelen prenderse, precisamente en los municipios. Hay que recordar que el esquema ya fue probado por la Secretaría de Gobernación federal con el resultado harto conocido. Creo que se llamó o se llama: “Semáforo”.

El documento también plantea la necesidad de contar con poblanos “con esperanza que vean en el Gobierno un guía y un compañero en el proceso de transformación”. Es obvio que no están en ese propósito los más de dos mil despedidos y aquellos que son considerados “nacos con taparrabos”, o sea varias centenas de millares de poblanos.

Manzanilla y el beneficio de la duda
En un interesante ejercicio político, Fernando Manzanilla Prieto enseñó su don en el manejo del poder. Ocurrió ante los periodistas y directores de los medios de comunicación poblanos, reunión en la que el Secretario General de Gobierno dejó escuchar su voz, que es la del gobernador. Mostró cómo maneja la brida, a veces haciéndolo con firmeza y en ocasiones aflojándola para que sus colaboradores muestren y dejen constancia del rango de libertad que él les ha concesionado.

El hecho que aconteció el lunes pasado, valida lo que digo atrás sobre el documento que, entre otros temas de gobierno, plantea la necesidad de que los poblanos colaboren para alcanzar la transformación de Puebla. Es la intención de Manzanilla. Sin embargo, la realidad social podría impedir aquello de que Puebla sea el “estado de la paz”.

He aquí dos problemas, sólo dos:

El más obvio lo forman los poblanos que por haberse quedado sin chamba, todos los días y a todas horas expresan su coraje contra el nuevo gobierno. Más de dos mil familias cuyo encono los ha convertido en críticos acérrimos del morenovallismo, ciudadanos que se quejan y critican provocándole daños a la imagen del gobernador. La “ventaja” es que este daño aún no trasciende debido a que, por el momento, se explaya en la clandestinidad. Otro de los inconvenientes lo constituye la creciente violencia cuyo útero se encuentra en las zonas marginadas, urbanas y rurales. Lo cito arriba: se trata del crimen organizado, mismo que opera como una transnacional que pudo haber puesto el ojo en Puebla, el “estado de la paz”. Si esto llegare a ocurrir, se requerirían de millones de dólares y de una profunda mudanza psicosocial. ¿Catastrofismo No. Simplemente es la lógica del país en “guerra”, espacio donde participa el gobierno poblano.

Aparte del dinero, la buena voluntad y la estrategia que propone Manzanilla, ¿qué más se necesita para afrontar lo que parece un problema sin solución dado que se gesta en y nutre de la pobreza que crece de manera exponencial? Se requiere de programas elaborados por especialistas honestos, visionarios, preparados, éticos e inteligentes, y a la vez de gobernantes cuya voluntad rebase con mucho a las tradiciones políticas.

Se requiere de propiciar el crecimiento económico junto con la revolución educativa, la culturización de la sociedad, la urbanización inteligente y armónica de las zonas rurales, y el impulso alimentario para que todos coman y puedan discernir.

Se requiere contar con el apoyo de quienes serían los primeros objetivos para moralizar a la sociedad; a saber: sindicatos corruptos o no; presidentes municipales; la mañosa burocracia dorada; los miembros del poder Judicial (que es uno de los reductos de la corrupción sofisticada), y desde luego de los legisladores, marionetas o auténticos.

Se requiere de una reforma radical a las leyes penales para que los castigos atemoricen a todos los delincuentes y éstos transmitan ese temor a las nuevas generaciones que por falta de buenos ejemplos no le tienen miedo a nada, ni siquiera a la muerte ya que la prefieren a la pobreza que parece su inalterable destino.

Se requiere acabar con los políticos mentirosos y corruptos así como de un moderno y eficaz sistema de comunicaciones e inteligencia, además de policías municipales y estatales preparados, honestos y muy bien remunerados.

¿Pero cómo acabar con el fenómeno que se multiplica todos los días debido a que los delincuentes se educan en el más absoluto analfabetismo, y se diploman en las cárceles, y se reciben en los barrios, y adquieren su doctorado en la escuela del crimen, y hacen posgrados en las células criminales que operan en otras entidades y naciones?

Se requiere cambiar los métodos de combate al crimen organizado haciéndolos más ágiles y garantes de la integridad física de los policías, personal que suele trabajar asustado por la muerte que les espera a la vuelta de la esquina.

Se requiere concientizar a la sociedad para que ella misma adopte su sistema preventivo, de respuesta inmediata y de protección contra los delincuentes; que las fuerzas del orden sean respetadas para que los criminales también las respeten y les teman.

Se requiere de una nueva ley que castigue con rigor a los policías que traicionan el código de conducta y la confianza de la sociedad. Es necesario investigar, perseguir y capturar a los servidores públicos que hayan sido engullidos por la corrupción, estén asociados con el crimen organizado, ayuden a los capos o laven el dinero mal habido.

Se requiere encontrar salidas en el mundo que ha sido construido por el crimen organizado, espacios que han succionado a las autoridades que sin darse cuenta ya están contaminadas con ese virus que se desarrolla en la mierda social. Hay que cambiar el estatus de los centros penitenciarios controlados por los reos; construir nuevos penales gobernados, diseñados y equipados para evitar privilegios.

¡Ah! También se requiere de una enorme cantidad de dinero para que, por ejemplo, Puebla o Veracruz o Morelos sean estados de paz social.

En el caso de Puebla habrá que preguntarnos:
¿podrá lograrlo Manzanilla?

Bueno, ya se ganó el beneficio de la duda de la prensa. Ahora falta que aproveche la oportunidad.

acmanjarrez@hotmail.com




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