El pequeño munícipe Por Alejandro C. Manjarrez
Seis meses y las cosas siguen igual, tan igual como antes. Eduardo Rivera Pérez, presidente municipal de Puebla, continúa metido en el costal de las expectativas. Aún no da color y prevalece la impresión de que el cargo le ha quedado grande, inmenso.
Ya lo dije pero debo repetirlo: uno de los errores de Blanca Alcalá fue dar a su gestión la espectacularidad semántica poniéndole nombres rimbombantes a las acciones modestas u obligadas por la lógica de gobierno. De ahí que Puebla Capital se llenara de propaganda que exageraba los actos de la presidenta como si éstos fuesen algo extraordinario tanto por su inversión como por su impacto social.

Lo paradójico es que Eduardo Rivera pisa sobre las huellas de las elegantes zapatillas de la primera mujer que gobernó a la capital del estado: su personal ha ideado anuncios, boletines y “noticias” como si quisiera superar al ayuntamiento anterior en lo que podríamos llamar el bluff burocrático. Exacerban la información tratando de que su alcalde gane los espacios mediáticos. Se valen de balandronadas para distraer a los ciudadanos a fin de que no reclamen la falta de acciones cuyos efectos sociales deben ser de trascendencia y que respondan a las demandas de la sociedad no así a las estrategias de marketing.
El bacheo, ¡ah el publicitado bacheo!: se le promociona como si cada hoyo tapado fuese un acto extraordinario que impedirá la salida del espanto que habita en el inframundo, algo que debe provocar el orgasmo espiritual de los miembros del Yunque. Empero no lo es porque en cualquier ciudad existe presupuesto y brigadas que de manera permanente desarrollan ese tipo de trabajo. Más en la capital poblana donde

el pavimento está, dirían los clásicos, viciado de origen ya que es herencia de las empresas que nacieron cuando la derecha empezó a negociar su silencio al vendérselo a los priistas que se llevaron hasta el mecate. Gobernar bien es, pues, una obligación no un acto de gracia. Negociar con los regidores que representan a los grupos políticos, debe ser la condición que distinga al edil del municipio, el que sea. Si éste no ejerce el poder autónomo que le fue conferido, atenta contra el mandato constitucional que protestó cumplir y hacer cumplir; es decir, transgrede la máxima Ley y por ende se ubica en el espacio de los delincuentes. Peor aun si para gobernar el municipio autónomo tiene que pedir permiso o ayuda a sus superiores, actitud propia de las personas no aptas para cumplir con el encargo del pueblo.

A seis meses de haber llegado al gobierno municipal, Eduardo Rivera todavía no muestra la capacidad que presumieron sus panegiristas. ¿Falta de dinero? Tal vez. ¿Exceso de deudas legadas por la que se fue? Puede ser. ¿Ausencia de coraje? Quizás. ¿Mediocridad disfrazada de solvencia intelectual? Ojalá que no por su bien y por el prestigio del partido que lo postuló. ¿Pago de compromisos de campaña? Dios nos libre aunque la ultraderecha poblana esté dispuesta a premiarlo.

Mientras Eduardo se define como administrador público seguramente seguiremos escuchando la propaganda tradicional diseñada, por cierto, conforme a la tradición chambona cuyo criterio, insisto, parece metido en uno de los baches o apagado como las luminarias fundidas. De ahí que persista el estilo bluff basado en destacar lo que por obligación y mandato constitucional debe hacer cualquier servidor público. No es digno de aplauso, pues, aquel que cual Lampedusa cambia todo para que nada cambie.

Ya fue dicho pero hay que repetirlo: el otro asunto que va de la mano con el estilo del primer regidor y sus acompañantes, es la información que engendra las actividades del Ayuntamiento. Opera como si fuese un alud de propaganda cibernética cuyos efectos resultan contraproducentes. Esto porque tal abundancia de, valga la expresión, clones mediáticos produce algo que similar a una indigestión mental provocada por el exceso de bazofia tipo chatarra que, con sólo verla, ya no se consume.

En fin, faltan treinta meses para que el maestro Eduardo Rivera se redefina y rehabilite las políticas públicas de su gobierno. Que pase de la teoría a la práctica. Que hable claro. Que dé la cara. Que castigue a los ineptos que lo han embarcado diciéndole que él será el próximo gobernador. Que salve la fama de su partido. Que rescate la confianza de los panistas que con su voto lo llevaron a la candidatura. Que convenza a sus correligionarios que derrotó en la elección interna. Que ponga orden en su entorno personal. Que actúe como gobernante y no como subordinado. Que tenga luz propia en vez de cobijarse con el brillo del poder que ejerce Felipe Calderón.

¿Podrá?

Tal vez si además de los espaldarazos del panismo nacional, como el que le dio el Presidente con la intención de medio cambiar su relación con el gobernador Rafael Moreno Valle Rosas, éste último se compadece de él y lo toma de la manita para llevarlo por el camino correcto.

Cuentan los que hacen libros utilitarios, que Diógenes fue solicitado por un heredero cuya fortuna iba en descenso a pesar de la tradición familiar de éxito y riqueza: “Qué hago, maestro –preguntó el preocupado comerciante–. Mi negocio cae y no encuentro la forma de evitarlo. Tengo a los mismos empleados que tuvo mi padre, sigo las reglas que legó mi familia y gasto lo mismo que antaño”. El viejo, desaliñado como era, volteó a verlo compasivo y le respondió: “Madruga y cambia a tu personal”.

Bueno, esa es una digamos que receta doméstica entre sacada de la vida extraña de Diógenes. Otra menos burda la encierra la siguiente anécdota protagonizada por el rebelde sabio griego y Alejandro Magno:
"Tú, Diógenes el Cínico ¬–dijo el conquistador desde lo alto de su montura–, pídeme cualquier cosa, ya sean riquezas o monumentos, y yo te lo concederé".

Sin inmutarse por la excelsa presencia de Alejandro, el filósofo contestó: "Apártate, que me tapas el sol".

¿No será que Rafael, el gran gobernador, le quita toda la luz a Eduardo, el empequeñecido munícipe?



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