Steve Jobs, la magia de la manzana Por Alejandro C. Manjarrez
Nunca la muerte de algún empresario había causado el impacto emocional como el que provocó la desaparición física de Steve Jobs. La razón: su espíritu innovador y su genialidad que, combinados, produjo el carisma que cautivó a quienes conocieron su vida o lo trataron de cerca. Ello a pesar de su estilo huraño, talante que lo hizo selectivo tanto para conformar a su grupo de amigos como para convocar a quienes serían sus colaboradores, los que formaron parte del espacio donde no cupo la mediocridad en ninguna de sus manifestaciones.

De una u otra forma todos tenemos algo que ver con ese talentoso hombre de negocios, ya sea porque nos permitió librar las honduras de la brecha generacional gracias a sus computadoras amigables, o bien porque inventó el mundo virtual por el que transitan miles de millones de seres humanos guiados por la i. La i de la música, la i de las imágenes, la i de la inteligencia, la i de la innovación, la i de la imaginación. Pero la historia de esta i no acabó con la muerte de Jobs. No. Apenas ha iniciado y aún nos falta observar cómo enriquecerá al mundo cibernético y de qué manera estará presente la cauda del genio en cuyos genes lleva la mística y la sabiduría del mundo árabe.
La genialidad de Jobs
Sin duda una de las raíces de la genialidad que mostró provino de su genética, talento heredado tanto su madre como del padre biológicos. Y también el carácter, actitud que se combinó para bien con el medio donde se desarrolló. Esa naturaleza y sus encuentros con la ciencia indujeron a Steve a innovar a partir del principio que debería inspirar a otros precursores. Las personas, le dijo a su biógrafo Walter Isaacson (El País, 9 de octubre de 2011), “están ocupadas haciendo lo que sea que hagan mejor y quieren que nosotros hagamos lo que mejor hacemos. Sus vidas están abarrotadas; tienen cosas mejores que hacer que pensar en cómo integrar sus ordenadores y dispositivos”.

El principio de una nueva era
Antes de la aparición de Jobs en el mercado de la cibernética, se dio el boom de las computadoras que surgieron como armatostes tamaño refrigerador gigante, aparatos que funcionaban en un ambiente enfriado ex profeso para evitar que explotaran las a la sazón llamadas “maquinas inteligentes”. Varios de esos grandes computadores sirvieron para controlar el manejo de las Olimpiadas del 68, por ejemplo. Al poblano doctor en matemáticas Sergio Beltrán López (Premio Nacional de Informática), le tocó instalarlo y programarlo. Se trataba del sistema que entonces era el último grito de la tecnología electrónica, mismo que iniciaba su funcionamiento con tarjetas perforadas con códigos que a su vez generaban la información concentrada vaciándola en los enormes carretes alimentadores del procesador de los números, cifras, nombres y otros antecedentes. Enseguida ocurría el milagro consistente en vomitar hojas impresas con la trascripción y ordenamiento de los datos requeridos, procedimiento que arrobó a la cauda de imitadores o piratas carentes de creatividad. La copia retrasó el desarrollo de la computación, rezago que dos décadas después puyó el ánimo de Steve Jobs, el inquieto innovador inspirado en las ideas que pueden resumirse en la frase del astrónomo Johannes Kepler (Isaacson, dixit): “La naturaleza ama la simplicidad y la unidad”. En fin, todo ello marcó el cambio en donde el principal protagonista fue el creador de Apple-Macintosh.

Sistema binario
La cultura maya se adelantó varios miles de años al esquema matemático binario en el cual se basa los ordenadores. No se sabe con precisión, pero se habla de que por el año 2000 antes de nuestra Era, los mayas ya conocían y dominaban las ciencias astronómicas, e incluso que habían diseñado una computadora matemática tipo ábaco. El viejo mundo se tardó un poco más dado que el indio Pingala y el filósofo chino Shao Yong hablaron sobre el tema, el primero en el siglo tercero antes de nuestra época, y el segundo mil años después de iniciado el periodo que vivimos. A partir de ahí, lentamente, cual tortuga, caminó la tecnología hasta llegar a mediados del siglo pasado cuando de manera formal se construyó la primera computadora (UNIVAC) que abrió el mercado para que naciera otra, la IBM, la de las Olimpiadas del 68. Un cuarto de siglo más tarde se disparó el desarrollo de la computación. Y Jobs tuvo la visión de conectar al usuario con la tecnología.

El salto tecnológico
Steve Jobs buscó la perfección que lo indujo a soñar. Finalmente concretó su sueño cuando logró que Apple controlara el mercado dándole un sentido pulcro: innovó, coloreó, redujo y facilitó la relación entre el hombre y la tecnología computacional. También inventó el ratón para facilitar la operatividad de sus ordenadores, “animalito” que acariciado por millones de seres humanos se “comió” las teclas cuyas combinaciones hacían funcionar los complicados sistemas operativos creados por la competencia tradicional, el sector cuyo crecimiento se basó en piratear los complejos y enredados diseños de sus pares, también piratas.

En otra de sus revelaciones biográficas Jobs nos dice:
“No hacemos estas cosas porque seamos unos maniáticos del control. Las hacemos porque queremos fabricar grandes productos, porque nos importa el usuario y porque nos gusta asumir la responsabilidad de toda la experiencia en vez de producir la porquería que otros fabrican”.

Junto con su famosa i, el genio recién desaparecido inventó las tecnologías amigables, cambio que agrupa diseño, poesía, ferocidad, inspiración, sensibilidad, perfección, sensualidad, armonía, arte, dependencia y atracción. Dio prevalencia a la Era de la manzana, el fruto prohibido cuya metamorfosis inició en el Paraíso cuando, según el pensamiento mágico, propició la atracción sexual. Avanza la civilización y el concepto de la manzana cambia para dar significado a la política monárquica del siglo XIV (¿recuerdan a Guillermo Tell?). Dos siglos más tarde el fruto cae en el jardín de Issac Newton (Woolsthorpe) y, según cuenta la leyenda, lo incita a investigar y descubrir la ley de la gravedad y la atracción de los cuerpos celestes. Y ya en los días finiseculares esa manzana reaparece coloreada y con el mordisco perfecto que simboliza el final del mítico hechizo para iniciar la innovación científica de las sociedades modernas.

Es posible que Steve Jobs nos tenga preparada otra sorpresa. Igual que la de los mayas y los árabes y los chinos que también fueron innovadores pero en la ciencia astronómica, la literatura y las matemáticas. ¿Cuándo? Mucho antes de lo que imaginamos, quizá uno de estos días, en el momento menos esperado, a través del invento que comunica al mundo y adereza nuestra vida: las iPhone. Así que prepárese porque la imagen de Steve podría estar guardada en el nuevo sistema operativo de la serie 5 y, en un proceso de sinestesia, reaparecer para colorear la música y dotar de arte a la vida de los usuarios de su marca.

acmanjarrez@hotmail.com
Twitter: @replicaalex




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