Ladrones de ilusiones Por Alejandro C. Manjarrez
Puebla es una entidad kafkiana en un país kafkiano. A partir de este aserto no debería sorprendernos lo que ocurrió después de las elecciones donde el que no gritó como chachalaca nada más escupió al cielo. Diría el clásico: por eso estamos como estamos.

Ya que me metí en los terrenos de Kafka, antes de pergeñar algo sobre Puebla y México le trascribo una breve historia que muestra el lado humano y sensible de este genio:

Cuando Kafka caminaba por las calles de Viena, se encontró a una niña triste y llorosa que se quejaba por haber perdido a su muñeca. El solitario escritor se le acercó para consolarla; le dijo que no se preocupara; que su muñeca acababa de irse a un interesante viaje; que él la había visto partir; que conversó con ella y que la mismísima muñeca le había prometido escribir a la niña para contarle sus aventuras. Finalmente Franz logró convencer a la pequeña y ésta dejó de llorar.

Nos cuentan los biógrafos del escritor, que impresionado por ese venturoso encuentro, Kafka dedicó los últimos días de su vida a escribir las cartas que la muñeca envió a la niña.

Nuestro realismo mágico
En las últimas cuatro décadas de la vida pública poblana hubo de todo, como en botica. El derrumbe de tres poderosos gobernadores (general Antonio Nava Castillo, general y doctor Rafael Moreno Valle y el doctor Gonzalo Bautista O’Farril); varios movimientos estudiantiles relacionados con la política estatal, algunos con su cuota de sangre; crímenes, vendettas y acciones legales violentas que aún no figuran en la estadística necrológica poblana a pesar del medio millar de muertes; la complacencia de la prensa dominada, corrompida o irresponsable porque, entre otros olvidos, omitió referir eventos como el de Pantepec (26 campesinos asesinados por guardias blancas) y el de Izúcar de Matamoros, donde se dio algo parecido a la ley fuga, en este caso aplicada a secuestradores y delincuentes que asolaban la región (nunca se supo nombre y número de muertos pero deben haber sido el equivalente a la cantidad que operaba en la región).

También tenemos lo que fue la mediatización y control económico de los “jefes de línea” de la Universidad Autónoma de Puebla y, por ende, la postración del pensamiento crítico. Y qué decir de la validación del cacicazgo en la región de Atlixco; del enriquecimiento insultante de varios gobernadores y sus secuaces o socios; de las maromas legaloides para vender o concesionar el patrimonio del pueblo, estratagemas auspiciadas por varios gobernantes; de la participación de algunos empresarios en los procesos de corrupción solapados por el gobierno; de la manipulación de la justicia con el propósito de favorecer a los amigos y parientes de personas con intereses políticos; de la comalada de nuevos millonarios, algunos de ellos testaferros del titular del poder Ejecutivo; y de la vista gorda que adoptaron los partidos políticos, todos sin excepción.

Por esas y otras actitudes parecidas, se desmoronó la credibilidad del pueblo hacia los políticos. La sociedad no hizo mucho caso a las corruptelas de los miembros de la burocracia dorada. Decidieron guardar para mejores días los agravios en su contra, quizás esperando el momento de alzar su voz y denunciar hechos ilícitos o injustos que fue el pan nuestro de cada día. Por ello siguió funcionando la vieja componenda:

“Si tú me ayudas yo te ayudo, de lo contrario me veré imposibilitado y no podré meter la mano por ti”.

Mientras eso pasaba en Puebla, el país también sufría convulsiones políticas que llevaron a la sociedad a vivir con el Jesús en la boca y el cuchillo de la esperanza clavado en el hipotálamo. El mal de la corrupción invadió las estructuras e hizo del mexicano un pueblo que guardó en algún rincón de su cerebro todas las ofensas del poder ése que —parafraseo a Juan de Palafox y Mendoza— es la miseria de su propio poder.

La bocanada de oxígeno
Las elecciones de 2012 hicieron las veces de bálsamo que cura todo menos los malos recuerdos. El proceso electoral sorprendió a la sociedad y al gobierno del estado de Puebla le permitió reacondicionar su esquema futurista (curiosamente era el mismo que llevó a Enrique Peña Nieto y a Televisa a la fama), método que de la noche a la mañana se convirtió en lastre a pesar de lo que había dicho Moreno Valle: que la promoción televisiva traería a Puebla muchas inversiones, derrama que mejoraría las condiciones del pueblo, además de borrar la mala fama pública que dejó Mario Marín Torres, el Precioso que, dicen, se llevó hasta el mecate.

“El escándalo hace más daño que el pecado”
Ahora doy un paso para atrás para mostrar lo que a mi juicio es la actitud que dio origen a los males que flagelan a la nación.
Adolfo Ruiz Cortines implantó en México la cultura de la omisión. A él como a los presidentes que le sucedieron los arrobó la malsana costumbre de ser leales y agradecidos hasta la ignominia con quienes habían sido sus impulsores y cómplices en la lucha por el poder, actitud que sería loable si esos amigos o mecenas no hubiesen sido tan corruptos como lo fueron.
Sin variables ni agregados, los mandatarios subsecuentes impulsaron el modelo económico neo liberal, esquema ajeno a nuestra idiosincrasia. Lo hicieron inspirados en la orientación recibida de los new tecnócratas, jóvenes contratados por ellos, la mayoría profesionistas capacitados y entrenados en las universidades donde suele manifestarse el fundamento capitalista, político y filosófico de Adam Smith, padre del liberalismo económico, doctrina que en México los corruptos convirtieron en “capitalismo de cuates”, esquema financiero que produjo al hombre más rico del mundo y varios más que por sus fortunas forman parte de las listas de Forbes donde, como bien lo sabe el lector, aparecen los principales millonarios del orbe.

De golpe y porrazo —y además por decreto— los presidentes mexicanos dieron un violento giro para acercar a la nación al formato norteamericano alejándola del alma nacional (como lo definió Alfonso Reyes), espíritu éste que fue conformándose de acuerdo con el sincretismo surgido del mito de Quetzalcóatl, el milagro guadalupano y el realismo social interpretado por la Constitución de 1917. Milagrosamente y durante décadas, esta triada pudo medio frenar las ambiciones de los gobiernos del coloso de norte para mantener vigente el nacionalismo basado en la historia y tradiciones del pueblo de México.

Inclusive la sociedad soportó y toleró al poder autoritario que se valió de la corrupción para mitigar los efectos perniciosos de la “dictadura perfecta”, como la definieron Evgueni Alexándrovich Evtushenko y Mario Vargas Llosa.

Uno tras otro nuestros gobernantes se tragaron las trapacerías cometidas por sus antecesores. No alteraron la idílica relación que inventó la clase política del país, beneficiarios todos de lo que Ruiz Cortines estableció como regla no escrita:
la impunidad de los servidores públicos. Había que evitar que el escándalo causara más daño que el pecado pues.

Cultura ergo idiosincrasia
Llegamos al estadio histórico que ratifica las diferencias entre México y Estados Unidos, desigualdad que puede ser medida por la esencia de las constituciones de los dos países; a saber:

Una, la nuestra, privilegia el interés de las mayorías mientras que la otra, la del Tío Sam, lo hace con el interés individual. En la de México existe la carga cultural que amalgama la experiencia de los ilustrados de Europa con treinta siglos de nuestra historia; es decir, las vivencias, sufrimientos, juegos esotéricos, grandiosidad mística, plenitud artística, sensibilidad creativa, luchas fratricidas, la tragedia de la Conquista, la dominación colonial y las revoluciones de los siglos xix y xx. La cultura pues.

La otra Constitución se sustenta en la concepción esotérica de la individualidad suprema a imagen y semejanza de Dios, combinada ésta con un mercantilismo capitalista cuya aplicación tiene el “inalienable derecho” de basarse en la inviolabilidad y el criterio medieval de la propiedad.

Es curioso, y además alarmante, que en nuestra actualidad ocurra lo que sucedió con el Imperio romano tardío cuya caída, nos dice Josep Fontana en su libro Europa al espejo, criterio replicado por Joaquín Estefanía (Contra el pensamiento único), se debió a la práctica de anteponer los intereses privados a los colectivos.

Menciono lo anterior, de manera sucinta, no como crítica filosófica o política (me auto descalifico para este ejercicio) sino con el ánimo de evidenciar que en la preparación universitaria de los últimos gobernantes, puede existir la confusión que produjo su estancia académica en Estados Unidos, influencia que les hizo olvidar la historia de México y por ende su esencia. Tal vez le ocurrió a Rafael Moreno Valle Rosas, cuyo estudios pre universitarios iniciaron precisamente en la preparatoria de aquel país, donde la teoría inclina sus banderas ante el pragmatismo.

Ser pragmático infiere olvidar, no tener conciencia histórica y además ubicarse lejos de las tradiciones y, en consecuencia, en contra de los intereses del pueblo. Haga de cuenta que se repite el despotismo ilustrado porque nuestros “monarcas” actuales aplican la fórmula de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, con una desventaja: carecen de la influencia intelectual y la diversidad de ideas que produjo la Ilustración. De ahí que hayamos presenciado una metamorfosis kafkiana pero al revés: para ese tipo de gobernantes, el pueblo es el que se transforma porque lo ven como un apestoso escarabajo, razón por la cual se resguardan en sus bunkers palaciegos.

Acudo a la anécdota inicial para concluir que ninguno de los nuevos “monarcas” sería capaz de escribir una carta a los niños y niñas cuyo futuro es desesperanzador desde que desaparecieron sus juguetes para, en su lugar, aparecer los escarabajos del capitalismo salvaje.

acmanjarrez@hotmail.com
Twitter: @replicaalex



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