El discurso presidencial Por Alejandro C. Manjarrez
El diputado constituyente Ignacio Ramos Praslow, nos regaló una frase que debería alertar a los gobernantes que gozan con hablar en público:

“Al calor de la improvisación nacen con extraña fecundidad una sarta de pendejadas”.

Lo dijo en su calidad de orador durante los festejos del 50 aniversario de la Constitución de 1917, conmemoración que se llevó a cabo en la Cámara de Diputados cuando ésta operaba en el edificio de la calle Donceles, en la ciudad de México.

Y vaya que muchos políticos se han empeñado en comprobar lo fecundo de las improvisaciones retóricas. La lista es larga. Así que basten los siguientes ejemplos:

El gobierno de Felipe Calderón, que en alguno de los casos “chachalacos” superó al de Vicente Fox, abundaron hechos catalogados como tristemente célebres, empezando por el “haiga sido como haiga sido”, frase que duró seis años en la cartelera hasta que su autor decidió imitar el estilo vernáculo del presidente venezolano Hugo Chávez, amigo de Fidel Castro, el líder revolucionario que recibió una de las ofensas más burdas en la historia de las relaciones diplomáticas entre Cuba y México (“comes y te vas”).

La verborrea de los últimos dos presidentes acabó con la fama de los priistas Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo, uno lenguaraz y el otro grandilocuente. Las soflamas de Luis y Pepe quedaron bajo los escombros de sus, en el primer caso, galimatías y, en el segundo, apagados ladridos. Sobre estos restos tanto Felipe como Vicente pusieron una Amorphophallus titanium o “falo titánico” (referencia sin connotación sexual), que es la flor más apestosa y más grande del mundo.

Palabras y palabrotas
La retórica presidencial que de manera arbitraria concentro en los cuatro presidentes mencionados, es una especie de parámetro que mide el grado de oficio político de quienes han sido electos por el voto popular. Basta escuchar lo que dicen para poder establecer que —permítaseme el fárrago— no es mejor aquel que habla más, sino el que deja hablar a los demás para hacer un poco más. O para clarificar este mi galimatías me valgo del dicho de Leonardo Rodríguez Alcaine, alias “la Güera”, expresión que aunque vulgar define el objetivo del discurso político: “El chiste no es orinar sino hacer espuma”.

A ese comentario plural y prosaico agrego la “sentencia” de Andrés Manuel López Obrador, frase que funciona como lápida elaborada con la piedra de algún monolito de la cultura olmeca asentada en Tabasco: cuando se defendió de la verborrea presidencial que lo satanizaba (léase Fox), Andrés Manuel dijo tres palabras espléndidas: “¡Ya cállate chachalaca!”

Resumo:

Si convertimos lo anterior en una especie de osamenta agregándole los escombros, la lápida y la ofrenda, tendremos algo parecido a un “cadáver exquisito” (técnica surrealista) pintado con las aportaciones de los políticos hablantines, lenguaraces y chambones.

Ahora preguntemos:

¿Dónde diablos quedó el oficio político que hizo importantes a muchos mexicanos que adoptaron la estridencia de las chachalacas? (ave parda de cola grande y alas cortas). ¿Qué hicieron los políticos para acabar con la tradición republicana?

Respuestas que parecen simples:

La mayoría se olvidó de la tradición del discurso culto, bien articulado, calmo, conceptuoso, preparado, entendible y sobre todo corto (máximo 10 minutos). Esto último, obvio, lo más difícil de lograr debido a que, diría Mark Twain, hacen falta tres semanas para preparar un discurso supuestamente improvisado.

Toda perorata lleva la rúbrica de su autor, firma que a final de cuentas avala el “certificado de origen” de las palabras del político que las expele. Es raro encontrar a uno que hable, cautive y convenza a sus escuchas. Esto porque no entretienen y, si acaso resultan agradables, les cuesta trabajo persuadir. La razón podríamos encontrarla en el origen o estructura del discurso casi siempre elaborado por “escritores fantasmas” ajenos al sentimiento y forma de ser del emisor que les paga para que piensen y escriban por él. También hay que tomar en cuenta que muchas de las veces ese tipo de escritores se topan con una piedra; es decir, con políticos que carecen de formas y de presencia; de ideas, cultura, voz, naturalidad, movimientos, fuerza visual, carisma, personalidad, emoción y talento.

Si a estas alturas el amable lector está pensando en quién tiene esas llamémosles cualidades (además de la ética y la honestidad), le aseguro que no encontrará a más de tres. O si su corazón late del lado del PRI, supongo que ya habrá configurado en su mente la imagen de Enrique Peña Nieto. De ello hablo más adelante. Antes permítame un fugaz recorrido que espero nos conduzca al estilo discursivo del hoy presidente de México, un hombre cuyo oficio político proviene de diversas fuentes, algunas alentadoras y otras poco o nada ejemplares.

Entre el escándalo y el pecado
Adolfo Ruiz Cortines, veracruzano de origen, implantó en México la cultura de la omisión. Como a los presidentes que le sucedieron, a él también le arrobó la malsana costumbre de ser leal y agradecido hasta la ignominia con quienes habían sido sus impulsores o cómplices en la lucha por el poder, actitud que sería loable si esos amigos o mecenas no hubiesen sido tan corruptos como lo fueron.

A ese lado oscuro se debe que sus subordinados le endilgaran el mote de “viejo zorro”. Empero, en este nuestro México de grandes contrastes quedó la idea de que don Adolfo dio al cargo la dignidad republicana que se perdió en el mandato de Vicente Fox e incluso, en algunos momentos, en el de Felipe Calderón. Tal fama se debe a que contra lo que hicieron otros presidentes, Ruiz Cortines constriñó sus participaciones discursivas a los actos donde el primer mandatario de México tenía la obligación de hablar en nombre de la República. El resto de las intervenciones se las delegaba a sus colaboradores, dependiendo la temática de la reunión. Con ello evitó el desgaste que produce la verborrea política combinada con la improvisación, actitud que permitió a la sociedad olvidar las omisiones de don Adolfo para considerarlo como un presidente sensible, serio, adusto, enérgico e inteligente.

Décadas después
Sin variables ni agregados, los herederos del poder impulsaron el modelo económico neo liberal, esquema ajeno a nuestra idiosincrasia. Se inspiraron en la orientación recibida de los tecnócratas contratados por ellos, la mayoría jóvenes profesionistas capacitados y entrenados en las universidades donde suele manifestarse el fundamento capitalista, político y filosófico de Adam Smith, padre del liberalismo económico, doctrina que los corruptos mexicanos convirtieron en “capitalismo de cuates”, esquema que prohijó al hombre más rico del mundo y otros más que gracias a sus fortunas aparecen en la revista Forbes donde, como bien lo sabe el lector, están los principales millonarios del orbe, incluido el narcotraficante “ojo de hormiga”.

De golpe y porrazo —y además por decreto— los presidentes mexicanos dieron un violento giro para acercar a la nación al formato norteamericano alejándola del alma nacional, espíritu éste que fue conformándose de acuerdo con el sincretismo surgido del mito de Quetzalcóatl, el milagro guadalupano y el realismo social interpretado por la Constitución de 1917. Milagrosamente y durante décadas, esta triada pudo medio frenar las ambiciones de los gobiernos del coloso de norte para mantener vigente el nacionalismo basado en la historia y tradiciones del pueblo de México. Inclusive la sociedad soportó y toleró al poder autoritario que se valió de la corrupción para mitigar los efectos perniciosos de la “dictadura perfecta”, como la definieron Evgueni Alexándrovich Evtushenko y Mario Vargas Llosa.

Uno tras otro nuestros gobernantes se tragaron las trapacerías cometidas por sus antecesores. No alteraron la idílica relación que inventó la clase política del país, beneficiarios todos de lo que Ruiz Cortines estableció como regla no escrita: la impunidad de los servidores públicos. Había que evitar que el escándalo causara más daño que el pecado.

¿Beneficios del priismo?
Adolfo López Mateos fue un caballero con carisma e inclinaciones sexuales que lo convirtieron en el garañón presidencial. “¿Qué toca hoy, Humberto? —era la primera pregunta de la mañana a su secretario particular—: ¿Viajes o viejas?”. Fue tal su afición por las mujeres, que en la última etapa de aquel gobierno (y de su vida), don Adolfo casó por la iglesia con una bella educadora con la que tuvo dos hijos. Los que nos enteramos de la boda se debió a que el padre de la hermosa mujer (le decían el “suegro de la nación”) justificaba la relación y presumía de su parentesco político mostrándole a quien se dejaba la película de la boda religiosa entre López Mateos y su hija. La historia de ese gran romance es digna de una telenovela.

José López Portillo también se dejó llevar por el perfume de las feromonas. Como Calígula que hizo Cónsul de Bitinia a su caballo Incitatus, don José nombró secretaria del gabinete a su “yegua alegre” (así le decía). Su celo de macho le indujo a desquitarse (y feo) de quien le había “pedaleado alguna de muchas sus bicicletas” (el que la hace no las consiente). Ocurrió en cuanto tomó el poder. Le dijo al Procurador que denunciara y consignara a Eugenio Méndez Docurro, acusándolo de peculado; la razón: el ingeniero le había “bajado” a la más bella de las mujeres que trabajaban en la oficina de la Presidencia, cuando ésta estuvo manejaba por él. Lo del “delito” que llevó a la cárcel a Méndez Docurro, resultó un buen pretexto para la novelesca revancha amorosa presidencial, circunstancia que demostró que José, el esotérico y eficaz abogado, arribó a Los Pinos cargando un fardo de filias y fobias y, al mismo tiempo, cautivado por las mujeres agraciadas. El romance con una de ellas —por cierto de origen poblano-sajón— nada más le provocó a México el problema que terminó con la estatización de la banca.

Adolfo Ruiz Cortines, ya lo dije, puso en boga la omisión que salvó de la cárcel a los corruptos que habían sangrado al país antes de que él llegara a Los Pinos. Gracias a que según él los escándalos hacían más daños que el pecado, se libraron de la cárcel varios burócratas e intermediarios importantes, algunos connotados colaboradores de Miguel Alemán, también veracruzano. Otro gallo nos hubiese cantado si no hubiera existido esa complicidad.

A la conocida historia del poblano Gustavo Díaz Ordaz propiciada por el “fantasma del comunismo” que una noche negra se le apareció en Los Pinos (creo que entró ocultándose entre las piernas de La Tigresa), hay que agregar su estilo pedestre contra los periodistas que lo criticaban: “enemigos del Presidente”, como les moteó su comunicador.

Qué decir de Miguel de la Madrid. Pues nada más que de los crímenes de Manuel Buendía y Carlos Loret de Mola Mediz, dos importantes periodistas (el último ex gobernador de Yucatán) se cometieron durante su mandato.

Y ya para qué abundar sobre Carlos Salinas de Gortari, el genio negro del sistema político mexicano, presidente de la República cuando se culpó al Estado de los crímenes de Luis Donaldo Colosio, Francisco Ruiz Massieu y el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.

Enrique Peña Nieto
Ante la herencia de sus antecesores Peña Nieto necesita eliminar todo aquello que se parezca a ésos y otros antecedentes presidenciales. Deberá convencer a los gobernados hoy mucho más despiertos e informados gracias a la inmediatez que permiten las redes sociales. Está obligado a cortar por lo sano con ese historial, incluido el del gobierno que suple, o sea el del frustrado general en jefe a quien le quedaron grandes todos los uniformes, implicado el de la paz social. También debe cuidarse de las mujeres, y de las complicidades que ocultan los pecados, y de los malos deseos que incitan a la venganza contra periodistas, y hacer hasta lo imposible para que su vida personal y pública no sirva de argumento a otra telenovela.

Y aquí regreso al discurso:

Por lo que escuchamos y vimos en el inicio de su gobierno, no es arriesgado afirmar que adoptó algunas de las reglas de la vieja escuela dándole su toque de renovación generacional. Preparó bien sus primeras intervenciones (no improvisó). Armó y coordinó con eficacia de Estado el “Pacto por México”. Concertó con las fuerzas políticas del país, incluidas las beligerantes. Dio su lugar a los protagonistas del cambio que seguramente ocurrirá. No hizo leña del árbol caído y reconoció lo reconocible de Felipe Calderón. Bajó el perfil a líderes controvertidos como Elba Esther Gordillo. Por las características de su gabinete, el gobierno quedó desvinculado de los viejos vicios representados por los viejos políticos (de costumbre no de edad). Abordó problemas como la corrupción gubernamental y la prevención del delito. E instauró un proyecto para combatir la pobreza.

Ahora sólo nos queda esperar que la costumbre teocrática no induzca a este Presidente a sentirse eso, elegido de los dioses. Y que con semejante condición decida “improvisar” para —sin proponérselo obvio— darle validez y vigencia a lo que dijo Ignacio Ramos Praslow.

acmanjarrez@hotmail.com
Twitter: @replicaalex



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