La cultura del espionaje Por Alejandro C. Manjarrez
Veo en el Despacho Oval a Barack Obama jalándose sus pelos chinos y mentándole la madre a Edward Snowden. También lo escucho decir con su modulada y a la vez penetrante voz: “Es lo más infamante que me pudo haber pasado, peor que el affaire de Bill Clinton con Mónica Lewinsky”.

Lo curioso no está en lo que al principio de esa “jalada de cobija” los asesores de Obama pudieron haber considerado un “mamada”. No. El problema tendrían que verlo a partir de lo que ya había salido a la luz pública, algo que ocurrió antes de la aparición del tal Snowden, para ser preciso en 1998, cuando el escritor Dan Brown reveló la forma y los métodos de espionaje usados por el gobierno de Estados Unidos: lo publicó en su novela La fortaleza digital.

Pero sólo era una novela. De ahí que el poder de entonces no hiciera el caldo gordo a quien después publicó El código Da Vinci, el libro que lleva más de 80 millones de ejemplares vendidos. Prefirieron apechugar e incluso divertirse y comentar con ánimo lúdico las fallas en los datos técnicos novelados por Dan. Uno de estos divertidos fue sin duda Bill Clinton, a la sazón presidente del poderoso país.
Transcribo parte de la presentación de la novela, líneas que dejan ver la infidencia de los empleados del Tío Sam, quizás hartos de lo que sabían y tuvieron que callar:

¿Y qué diablos le dijeron esos tipos sin rostro? Resumo algo de la parte novelada para que el lector mida el tamaño de la infidencia:

Fundada por el presidente Truman cuando pasaba un minuto del medio día del 4 de noviembre de 1952, la NSA había sido la organización de inteligencia más clandestina del mundo durante casi cincuenta años. Las siete páginas de principios doctrinales de la NSA desplegaban un programa muy conciso: proteger a las comunidades del Gobierno de Estados Unidos e interceptar comunicaciones de potencias extranjeras…

El tejado del edificio principal de operaciones de la NSA estaba sembrado de más de quinientas antenas, incluyendo dos enormes radomos que parecían pelotas de golf gigantescas. El mismo edificio era inmenso. Su superficie ocupaba más de sesenta mil metros cuadrados, dos veces el tamaño del cuartel general de la CIA. El complejo albergaba a veinticinco kilómetros de cable telefónico y veinticuatro mil metros de ventanas siempre cerradas…

… el increíble agrupamiento de instalaciones de escucha, satélites, espías y servicios de grabación de comunicaciones en todo el mundo. Cada día interceptaban miles de mensajes y conversaciones, y todos eran enviados a los analistas de la NSA para que los descifraran. EL FBI, la CIA y los consejeros en materia de política exterior de Estados Unidos dependían del espionaje de la NSA para tomar decisiones…

… Durante la década de 1980, la NSA fue testigo de una revolución en las telecomunicaciones que cambió al mundo del espionaje para siempre: el acceso público a Internet. Más en concreto, la llegada del correo electrónico.

Criminales, terroristas y espías se habían cansado de que les interviniesen los teléfonos, y adoptaron de inmediato este nuevo medio de comunicación global…

En realidad, interceptar correos electrónicos era un juego de niños para los tecnogurús de la NSA. Internet no era la nueva revelación informática casera que todo el mundo creía. Había sido creado por el Departamento de Defensa tres décadas antes… Los ojos y oídos de la NSA eran viejos profesionales de Internet…

Prisionera virtualmente de un apagón de inteligencia, la NSA elaboró una directiva ultrasecreta que fue aprobada por el presidente de Estados Unidos (1990). La NSA, apoyada por fondos federales, con carta blanca para hacer lo que fuera necesario en vistas a solucionar el problema, se dispuso a construir lo imposible: un ordenador de desciframiento universal de códigos del mundo…

Cinco años después, con una inversión de medio millón de horas/hombre con un costo de mil novecientos millones de dólares, la NSA volvió a demostrarlo. El último de los tres millones de procesadores, del tamaño de un sello de correos, se soldó a mano. Se complementó la última tarea de programación interna del superordenador, y la vasija de cerámica se selló. Transltr* había nacido. (*Así nombra el novelista a ese superordenador).

Aparte de la “jalada de cobija” a cargo de Dan Brown, existen muchos antecedentes que demuestran la vocación de espía (o la necesidad, depende su punto de vista) que tiene el gobierno vecino. Lo malo es que México ha sido y seguirá siendo uno de sus países preferidos para poner en acción esa costumbre que tanto poder y dinero les ha generado. Debido a ello los mexicanos perdimos la mitad del territorio, por ejemplo. Ocurrió después de que vino a visitarnos quien pudo haber sido el primer espía norteamericano. Me refiero a Joel Roberts Poinsett. El tipo primero llegó de incógnito (así lo dijo a quienes lo recibieron en Veracruz) para corroborar lo que Alejandro de Humboldt investigó, documentos que éste ingenuamente había compartido con Thomas Jefferson, presidente del gobierno estadunidense (de esos estudios, que por cierto contaron con la ayuda de la estructura del clero mexicano, salió el libro: Ensayo Político de la Nueva España, 1811). Poinsett regresó a México en 1811 ya como embajador (el primero en la historia) con instrucciones para propiciar la división de los mexicanos en el poder, desbarajuste que permitió la invasión norteamericana (1847).

Otra de las linduras del espionaje ocurrió en 1924 cuando el embajador James R. Sheffield quiso desestabilizar al gobierno de Plutarco Elías Calles con la intención de impedir que se reglamentara el artículo 27 de la Constitución, para lo cual contaba con el apoyo moral del clero político mexicano. El “diplomático” representaba los intereses de las compañías petroleras y sus socios, entre ellos el secretario de estado Frank Billings Kellogg. Falló la estrategia (Plan Green) gracias a que el gobierno mexicano hizo uso del contraespionaje y se descubrió la trama, confabulación que Calles denunció ante su homólogo, el presidente Calvin Coolidge. Esto produjo la remoción de Sheffield y en su lugar llegó Dwight Morrow.

Antes, en 1913, Henry Lane Wilson se puso de acuerdo con el traidor Victoriano Huerta para derrocar a Francisco I. Madero, e incluso asesinarlo junto con el vicepresidente José María Pino Suárez (ya habían matado a Gustavo, el hermano de Madero). Los veneros que escrituró el diablo (López Velarde, dixit) fue una de las causas de tan ruin conspiración que, como siempre ocurre, desconoció el gobierno de William Howard Taft.

A Lázaro Cárdenas le correspondió recuperar para México lo que habían pillado las compañías petroleras beneficiarias del espionaje gringo en nuestro territorio. Sin embargo, algunos de sus sucesores recularon dándole al gobierno del país vecino la oportunidad de reiniciar su espionaje so pretexto de combatir el comunismo que amenazaba a la democracia y la paz mundiales. Es el caso de Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, por mencionar a tres. Esto además de lo que refieren las filtraciones de WikiLeaks (51 mil 642 textos) y el fenómeno político que representan varios de los mexicanos (los traidores) que llegaron al poder adoctrinados en las universidades de Estados Unidos, los mismos que participaron o colaboraron para que México prescindiera de sus compromisos ideológicos, tal y como lo propuso la influyente Heritage Fundation.

Todas las conspiraciones o asuntos de Estado referidos en libros y documentos, han quedado rebasados por la travesura de Edward Snowden, hoy el enemigo público número uno de Barack Obama y colaboradores. Y lo peor: ni los técnicos de la NSA ni los agentes del FBI y la CIA pudieron impedir que ello sucediera a pesar de que, escribió Dan Brown, cada contratación pasa por una batería de tests de inteligencia y de poligrafía individual, investigaciones sobre su pasado, análisis de su caligrafía e interminables horas de entrevistas que incluyen preguntas grabadas sobre sus preferencias y prácticas sexuales, como aquella que refiere si el entrevistado copuló o no con animales. Algo anda muy mal al otro lado del Río Bravo.

Así que, como reza el refrán, con esas mulas hemos tenido que arar.

acmanjarrez@hotmail.com
Twitter: @replicaalex



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