La dama de la lluvia Por Alejandro C. Manjarrez
Alto. Delgado. Sorprendido. Su estatura sobresalía. Las líneas profundas de su rostro de tez blanca y sus ojos transparentes e inquietos mostraban su pérfido carácter. “El gringo —decían sus espléndidos anfitriones— llegó a Puebla para realizar una misión secreta. Después parte a la ciudad de México donde lo espera gente muy importante.”

Por su guía y acompañante veracruzano supieron que Poinsett era emisario especial de “mister Monroe”, entonces presidente de Estados Unidos:

“Viene a reconocer el terreno y aprovechará para entrevistarse con Santa Anna —comentaban con discreción—. Su misión es confirmar lo que el barón Alejandro de Humboldt escribió en su Ensayo político sobre la Nueva España.”

El cuchicheo se perdía entre los acordes de la orquesta de cámara. La curiosidad concentraba todas las miradas en el gringo recién llegado a Puebla. Y éste, apenado por el exceso de halagos, usó su experiencia diplomática para rechazar el te déum que invariablemente se ofrecía a los visitantes distinguidos.
El tipo validó así su fama de masón; sin embargo, como representaba la influencia anglosajona recibió sin distingos el mismo trato que la levítica sociedad poblana ofrecía a quienes deseaba cortejar.

—Como seguramente sabe, señor Poinsett, Puebla tiene ya 50 mil habitantes. Después de la capital, somos la ciudad más importante de la República...



—También tenemos privilegios, su excelencia: nuestro arzobispo es el más respetado por la grey mexicana debido a sus profundas convicciones espirituales y a la bonhomía que le prodiga su Santidad, el santo padre de Roma León XII...

—Además contamos con grandes industrias que procesan el algodón para producir tejidos de lana...

—Y somos los que fabricamos loza de la más alta calidad en México, tan bella o mejor que la Talavera de la Reina elaborada en la madre patria...

Mareado por tanta presunción, sin despegar su vista de las flores de nochebuena que adornaban un rincón del enorme comedor tallado con el arte barroco indígena, Poinsett tomó la decisión de abandonar la reunión después de agradecer la “agradable anfitrionía”. Quería retirarse a descansar. Se encontraba exhausto por el esfuerzo realizado al tratar de entender las conversaciones que durante varias horas escuchó en un inglés champurrado. Tenía en mente escribir las primeras notas sobre algunas de las familias más influyentes de México. Y le urgía hacerlo para no perder detalle: “Cómo es posible que haya tanta pobreza junto a las elegantes, amplias y cómodas casas de piedra”, reflexionó mientras iba preparando su retirada y se despedía de los pálidos y sonrientes rostros que formaban la corte provinciana.

—Está a punto de caer la noche —dijo a sus anfitriones que habían dispuesto llevarlo a la residencia de la familia Arango—; les ruego me indiquen hacia dónde ir para conocer un poco más de esta señorial y hermosa fortaleza.

Hubo varias propuestas. Todos querían acompañarlo. Sin embargo, el visitante mostró parte de su ostentosa autoridad puritana, y con el acento masónico que le distinguía los convenció de que era mejor caminar solo. “La meditación debe hacerse sin compañía —les dijo—, sobre todo en esta hermosa ciudad custodiada por guardianes leales e insobornables. Me refiero a las torres y cúpulas que nos muestran el lugar donde la oración purifica el alma.”

Impresionados por la frase del visitante acordaron dejarlo solo para que caminara por las calles de Puebla. Poinsett se retiró pensando: “¡Cuánta lacra, cuánta pobreza! Nadie me va a creer que frente a estas enormes y admirables casas de piedra pululan decenas de seres escuálidos y harapientos que enseñan sus deformidades para despertar compasión. Humboldt tiene razón: los hombres de este país trabajan lo precisamente indispensable para poder vivir y pasársela de manos a boca. Si sufren algún accidente o pierden un miembro o se consumen por alguna enfermedad, llegan a las ciudades para subsistir de la caridad pública. Lo extraño y curioso es que la gente rica les dé limosnas como si con ello se ganaran indulgencias. No cabe duda: en México la paradoja es parte de lo cotidiano...”

Las primeras sombras de la noche le permitieron observar la siempre oportuna labor del farolero. Lo miró como si nunca hubiera sabido que el aguarrás servía de combustible para las farolas que en Puebla alumbraban las calles desde 1723. “Después de todo —musitó irónico—, estoy en una ciudad iluminada”. Observó curioso la perspectiva formada por las luminarias que parecían marcar el destino de las calles. Recordó uno de los comentarios de su anfitrión sobre la leyenda de los ángeles que usaron un cordel para trazar la ciudad. Sonrió. Y antes de expresar para sí otro de sus sarcasmos, fue impactado por el tenue brillo del farol que caía sobre la figura de una mujer cuyo pelo claro captaba la brevedad de aquella luz casi ficticia: cabellera y haces luminosos se desparramaban para acariciar el delgado talle de la dama. Su femeneidad estaba cubierta por un vestido pegado al cuerpo. Él la admiraba sin poder descifrar si ella había surgido de la nada, o si era un fantasma del pasado, o si se trataba de una materialización de un sueño perdido entre las frecuentes pesadillas que lo perseguían.

La brisa que anunciaba lluvia le acercó el inesperado, extraño y enervante aroma de la mujer. En un acto instintivo trató de acercársele, pero ella se alejó dirigiéndose hacia la parte más oscura de la ciudad. La intensa lluvia ahogó momentáneamente los rumores de la ciudad. El gringo apuró el paso tratando de alcanzarla. Ella tomó la calle que bajaba al río San Francisco: cruzó el puente y se dirigió al barrio del Alto. Él la seguía atraído por el aroma y la belleza de esa visión fantasmagórica. Quiso alcanzarla pero ella se introdujo en una enorme casa distinta aunque no menos magnificente a las que poco antes Poinsett había ponderado. Se acercó a la puerta por donde entró la mujer. Traspasó la penumbra de los pasillos y las arcadas de piedra dirigiéndose hacia un tenue y reverberante reflejo de luz. El trayecto terminó frente a la veladora que en vano intentaba iluminar la enorme habitación. Vio afligido cómo se cerraba la puerta del fondo. Trató de correr cuando la voz cascada de un viejo le hizo sentir que se había estrellado contra uno de los gruesos muros de la pieza:

—¿¡A quién busca!? —preguntó el anciano en perfecto inglés.

Antes de contestar, cauteloso, Joel se disculpó del atrevimiento. Y para ganar la confianza de su inesperado interlocutor le dijo que había sido gratamente sorprendido por su perfecta pronunciación del idioma. Después le explicó el por qué de su presencia en esa casa y de dónde venía. El hombre lo escuchó atento. Lo observó escudriñando su expresión corporal. Fijó la vista en su ropa todavía mojada como si buscara en la capa algún vínculo o símbolo que lo identificara con él. Pasaron varios segundos hasta que el anciano rompió el pesado silencio que empezaba a incomodar al intruso. Le dijo en tono paternal:

—Usted también la vio, ¿verdad?

—Así es, caballero. Le agradeceré que me diga dónde vive o si está en este lugar. Creo que la conozco, si es que se refiere a la que mujer que busco...

—No es el primero que se siente atraído por ella...

—¿Quién es y cómo se llama?, es lo que me importa —inquirió el impaciente visitante.

—Su nombre es Imelda..

—¡Dios, debo verla! Dígame dónde está...

—Siéntese y cálmese —le respondió—. Le contaré una historia. Y si después de escucharla insiste en verla...

—Estoy listo. Lo escucho —interrumpió Poinsett.

El hombre que podía tener cien años empezó a platicar su historia. Hablaba un inglés correcto debido a sus estudios profesionales en Londres. Allá vivió más de diez años: Y allá conoció a la mujer que sería su esposa. Llovía intensamente como si el cielo convertido en mar acabara de agrietarse.

—Hace cincuenta años me casé con ella —dijo con un dejo de tristeza—. Nos trasladamos a Puebla porque mi padre, emparentado con la familia de doña Micaela Pérez de Aguayo, me encargó la custodia de esta enorme casa. Aquí fuimos muy felices hasta que un día como hoy ocurrió la desgracia: la lluvia produjo una gran avenida y los daños fueron incalculables. Poco antes del cordonazo mi esposa había ido al río para traer a Mefisto, nuestro caballo favorito; pastaba cerca de la ribera. Supongo que la sorprendió la avenida porque nunca más volvimos a verla, ni a ella ni al caballo. Lo único que encontré fue su vestido de seda intacto y limpio.

—Me apena mucho su desgracia, señor, pero no me ha contestado lo que le pregunté. Yo no busco a un fantasma, busco a la mujer que acaba de entrar...

—Es la misma, señor Poinsett, se llamaba Imelda.

—La mujer que busco ya no... ¿Cómo sabe usted mi nombre?

—En efecto señor. Es la misma. Cada año vuelve y siempre hay alguien que como usted viene a buscarla. ¿El nombre de usted? Lo escuché y créame que no recuerdo dónde ni cuándo. En ese momento el gringo sintió un intenso frío interno. Comprendió que su encuentro tenía algo de sobrenatural. Sin embargo, en su mente escuchó una voz que le ordenaba: “¡Insiste! ¡Encuéntrala! !Ella existe¡” Se despidió del viejo y, sin decirle cuándo, le prometió que regresaría.

La lluvia se había convertido en “humor que desecha el cielo.”

Dos años más tarde el presidente Adams nombró a Poisett ministro plenipotenciario comisionado para gestionar en México la compra de Texas, misión en la cual fracasó. No obstante, sus argucias lograron desestabilizar al gobierno mexicano hasta que en 1847 Estados Unidos ganó la guerra anunciada.

En esa época Poinsett ya no estaba en México. Vivía en Charleston, Carolina del Sur, Estados Unidos, donde fue enterado de que los mexicanos habían perdido la mitad de su país y los norteamericanos ampliado su territorio. Nunca olvidó sus visitas a Puebla. Como si acabara de verla, todavía conservaba la imagen de la mujer que amó sin siquiera tocarla. Aquel encuentro visual era lo único que atemperaba su sensación de sentirse ahogado por una lluvia permanente desbocada e incontrolable. Recordarla hacía que el delirio cesara. Su tormentoso carácter cambiaba cuando percibía el perfume de Imelda. La rigidez de su vida envuelta en neurosis e iracundia hacía que los suyos lo vieran como si fuese la viva representación de Mefistófeles. Y cuando de repente se trasformaba para sin darse cuenta repetir el nombre de la mujer de sus sueños, sorprendía y confundía a quienes se habían acostumbrado a verlo parado en el mismo borde de la locura.

La noche lo sorprendió sentado en el pórtico de su casa, justo al lado de unas flores de nochebuena bautizadas por él como poinsetia. Y sus ojos acuosos volvieron a distinguir la hermosa figura de la mujer: a diferencia de otras ocasiones, ese día la vio sonreír en medio del fuerte aguacero, saliendo de entre las oscuras arcadas de la casa donde años antes la había perdido. Ella se le acercó a un brazo de distancia. Pero él ya no la pudo tocar: estaba físicamente impedido para mover sus extremidades. Su vivificante aroma le llenó los sentidos. Y segundos después dejó de respirar. Nota del autor: Joel Roberts Poinsett fue el primer embajador de Estados Unidos en México. Conocía bien su trabajo que consistía en investigar la conducta de los hombres importantes de la época para saber dónde sembrar la discordia y después hacer que las fuerzas políticas se enfrentaran. Desestabilizar fue su misión. Y en México tuvo éxito. Es obvio que lo real de este relato se constriñe a la actividad oficial del personaje que, en efecto, visitó Puebla en varias ocasiones. Lo demás es producto de la imaginación.




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