El complot de la mosca Por Alejandro C. Manjarrez
“¡Gasa!”, ordenó el jefe de cirugía del Centro Médico Nacional.

Necesitaba cubrir el corte que acababa de suturar.

La enfermera instrumentista se la entregó tal y como la había sacado del sobre esterilizado.

Cuando el cirujano desplegó la banda para colocarla sobre las puntadas, vio azorado que en uno de sus dobleces estaba una mosca momificada.

— ¡Qué es esto! —gritó provocándoles un terrible susto a los médicos que lo asistían.

No hubo respuesta.
— ¿¡Qué hace esta pinche mosca aquí!? —inquirió de nuevo.

Todos se quedaron mudos. El cirujano esperó a que alguno de sus compañeros rompiera el silencio. Los miraba a través de sus pequeñas gafas. Ninguno se atrevió.

Ante semejante y justificable silencio ordenó a uno de sus asistentes:
—En cuanto termine de operar llama usted a los directores. Es urgente. También convoque al jefe de compras y al director administrativo. Esto es intolerable!!

Tres horas más tarde se llevó a cabo la reunión. El tema de la mosca unió criterios y produjo un acuerdo unánime: había que suspender la compra de ése y de otros productos del mismo fabricante. Y desde luego cambiar de proveedor.

Se enteró el representante de la industria médica y la alarma puso en acción a sus directivos y se llevó a cabo otra reunión donde la mosca momificada fue el tema.
Ninguno de los directivos de la empresa pudo asimilar que el motivo de la cancelación del jugoso contrato fuera porque uno de sus productos, en este caso la gasa, sirviera de estuche al cadáver del insecto.

—Ese es un cuento” —arguyó el principal—. Alguien les ofreció más comisión.

— ¿Cuánto nos compra el Seguro Social? —preguntó el director general de la empresa.

La respuesta del encargado de ventas acrecentó la preocupación del personal de primer nivel:

—El 60 por ciento de la producción de insumos hospitalarios.

En efecto, vendas, gasas, material para curación y casi todos los materiales que se usan en los quirófanos, figuraban en el stock médico del IMSS, la mayor parte fabricada por la industria a punto de una crisis por la mosca infiltrada.

“¿Y cómo diablos se metió ese insecto en la gasa?”, se preguntaron desde el presidente del consorcio farmacéutico hasta la secretaria que había escuchado las discusiones.

Nadie pudo responder.

Para encontrar la respuesta se comisionó a tres de los directivos. La misión: inspeccionar la planta de San Martín Texmelucan, epicentro del terremoto médico-comercial.

Al grupo no le costó trabajo descubrir que la mosca era una de los millones de insectos que se reproducían cerca del laboratorio. Ahí cerquita, en el terreno colindante, donde había miles de vacas y, en consecuencia, toneladas de excremento.

Revisaron las mallas que protegían las ventanas y descubrieron que una de ellas tenía un pequeño orificio por el cual pudo haberse metido la mosca causante del alboroto. Resuelto el misterio sólo quedaba el reclamo.

¡Ajá!, ¿y a quién hacérselo?

¿Qué autoridad había permitido la instalación de un establo en el parque industrial?

¿Qué fue primero: el ganado o la planta?

La estrategia
El asunto de la mosca llegó hasta las oficinas del holding médico.

Sin darle muchas vueltas, los ejecutivos tomaron la decisión de presentar una protesta formal ante las autoridades sanitarias y económicas de los gobiernos de México y el estatal de Puebla. Había que hacerlo rápido debido a que las pérdidas podrían sumar cientos de millones de dólares.

Manuel Bartlett, entonces gobernador de Puebla, recibió a los comisionados de aquel consorcio.

La conversación fue corta y concluyó con la advertencia que sorprendió al mandatario:

“Se resuelve de raíz el problema y se le informa al gobierno federal las causas para que revierta la decisión que nos afecta, o nuestras plantas salen inmediatamente de Puebla e incluso del país.”

Bartlett pidió una semana de tolerancia.

La comisión aceptó.

Ya a solas el gobernador puso a varios de sus colaboradores a investigar para que a la brevedad le presentaran el plan que solucionara la contrariedad. Les dijo que quería información precisa. Y advirtió que la estrategia tendría que dar resultados inmediatos y definitivos en las siguientes setenta y dos horas, ni un minuto más.

Como si fuese una operación contra el terrorismo industrial, el grupo de Bartlett se puso a trabajar para resolver el problema provocado por el subversivo y asqueroso insecto.

El rancho, las diez mil vacas y los millones de moscas pertenecían a Cirilo Vázquez Lagunes.

Hablaron con él; le ofrecieron beneficios económicos y políticos que nunca imaginó. Pero el controvertido ganadero rechazó cualquier trato con el gobierno.

“Son mis vacas, es mi rancho y pago mis impuestos —dijo cortante—. Háganle como quieran. No he violado ninguna ley, así que a mí me la pelan.”

Ante la actitud de Vázquez Lagunes, la única solución posible ubicaba al gobierno del estado en los linderos del delito, digamos que justificado. No podían expropiar por el tiempo que se llevaría el decreto y la obvia suspensión que decretaría el poder Judicial de la Federación.

Bartlett estudió con su ojo jurídico los escenarios legales y las repercusiones de tipo político. Finalmente encontró la forma: había que involucrar al gobierno federal.

El pitazo
“Llegan a ese rancho toneladas de droga”, dijo el gobernador a Lozano Gracia, procurador general de la República. Era viernes.

Al lunes siguiente la PGR puso en acción el operativo para “incautar” la propiedad y, de acuerdo con el trato telefónico, entregársela en custodia al gobierno de Puebla.

Pero como también había que detener las acciones del rebelde Cirilo Vázquez, un juez federal libró la orden de aprehensión contra el ganadero. Éste fue aprehendido en un concurrido restaurante de la Angelópolis. La causa: delitos contra la salud.

“El rancho está a su disposición gobernador. Mande a su gente para que se lo entreguemos hoy mismo”, informó el procurador a Manuel Bartlett.


La propiedad fue puesta bajo resguardo del gobierno de Puebla. Y también los cinco caballos pura sangre, y las miles de cabezas de ganado, y los millones de moscas, y los cientos de toneladas de estiércol convertido en abono.

Siguió la operación limpieza y en horas quedó resplandeciente el enorme predio.
Los caballos fueron llevados al rancho de quién sabe de quién.
Martha Gamboa Cerdán, secretaria de Desarrollo Urbano y Ecología, sudó la gota gorda para poder cumplir las órdenes de su jefe. “¿Qué hago con las vacas?”, preguntó.
“Lo que usted quiera pero que desaparezcan cuanto antes”, le respondió Bartlett.
Los animales desaparecieron de manera misteriosa, sin dejar rastro.

El reportaje
Arturo Luna Silva, entonces colaborador de la revista Réplica dirigida por el que esto escribe, entrevistó al recién liberado Cirilo Vázquez (después de varios meses de juicio la Corte lo amparó y salió libre y sin cargos).

La versión de Cirilo fue demoledora:

“El gobierno me robó mis vacas y mis caballos pura sangre”, se quejó y señaló a Manuel Bartlett como el autor intelectual del “robo”.
“Es la versión del afectado —le dije a Arturo—. Sólo te falta la del gobierno.”

Luna no quiso buscarla por equis razón, pero estuvo de acuerdo para que se cumpliera ese segmento del reportaje, precisamente con las entrevistas a los personajes señalados por Cirilo como autores de, aseguró éste, un robo de Estado.

—Martha, necesito entrevistarte para que me orientes sobre un tema delicado —le dije por el teléfono a la titular de la entonces Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología.

—Con mucho gusto —respondió atenta—. ¿Te parece bien el próximo martes? (era sábado).

Le manifesté mi acuerdo y antes de despedirnos me preguntó:

— ¿De qué se trata? Adelántame algo —pidió.

Le expliqué a grandes rasgos y se produjo un largo silencio.

—Martha, ¿estás ahí? —pregunté.

—Sí, sí, Alejandro… Oye, si quieres ahora mismo hacemos la entrevista —propuso preocupada.

Entendí que había puesto el dedo en la llaga burocrática. Se hizo la entrevista y Martha habló con reservas. No obstante, dijo parte de lo que usted leyó líneas arriba. Y así lo publicó la revista Réplica.

Genio y figura
Tiempo después Cirilo fue encarcelado de nuevo.
Y otra vez salió de la cárcel a pesar del empeño legalista de su enemigo jurado, don Fernando Gutiérrez Barrios, a la sazón gobernador de Veracruz.

Aseguraban que Cirilo se había “amarchantado” con uno de los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

También trascendió que su poder de cooptación creció, igual que su extraña fortuna.

Se propagó el hecho de que algunos caciques veracruzanos, tan iguales como él, padecían su carácter atrabiliario y habían jurado vengarse.
Un día de tantos los periódicos informaron que Cirilo Vázquez Lagunes había sido emboscado y asesinado por sus enemigos, que por cierto tenía muchos entre sus pares, los caciques veracruzanos.

La historia de Cirilo parece un cuadro surrealista pintado con brochazos sangrientos. Entre los negros y los tonos escarlatas se alcanzan a distinguir algunos rostros de los políticos que validaron lo que dijo Álvaro Obregón basándose en la artillería de dinero. “Nadie resiste un cañonazo de 50 mil pesos”. Uno de sus enemigos poderosos, quizá el primero, fue José Antonio Zorrilla Pérez, hombre por cierto cercano a Fernando Gutiérrez Barrios. He aquí la anécdota:

El autor intelectual del crimen de Manuel Buendía decidió involucrar a Cirilo para desviar las sospechas que empezaban a merodear en el ámbito de gobierno donde se movía.
El tipo dio pistas falsas sobre la muerte del periodista.

Una de ellas apuntó hacia Vázquez Lagunes, señalamiento que, para suerte de éste, se encargaron de desvirtuar los reporteros de Excélsior, los mismos que investigaban el asesinado de Buendía Téllez Girón.

Lo curioso, lo extraño, es que a pesar de que uno y otro estaban en las antípodas de todo, tanto Bartlett como Cirilo figuraron en la lista negra de Zorrilla y de Gutiérrez Barrios.

¿Por qué? Tal vez por el proceder del secretario de Gobernación que de un plumazo desapareció a la Dirección Federal de Seguridad.

Las dudas
¿De qué pudieron platicar Bartlett y Vázquez Lagunes cuando, según éste, el entonces gobernador trató de convencerlo para que cambiara sus reses a otro corral?

¿Dialogarían sobre sus enfrentamientos con Zorrilla y Gutiérrez Barrios?

¿Hablarían de política y de economía?

Nunca lo sabremos porque uno se murió. Y para el otro, o sea Manuel Bartlett Díaz, el secreto forma parte de su prevalencia política y pública.

Remembranza feliz
Tres lustros más tarde, en abril de 2009, surgió el tema “Cirilo Vázquez”. Estábamos en Xalapa departiendo con diputados de Veracruz, convivio organizado después de la presentación del libro de mi esposa (Espionaje y contraespionaje en México).

Alguien hizo referencia al crimen de Cirilo, a su influencia política, a su estilo rijoso y “echado pa’delante”.

Ahí estaba la oportunidad y yo la aproveché tratando de provocar a Manuel Bartlett con el siguiente comentario:

—En Puebla se produjo todo un barullo por una mosca, también propiedad de Cirilo Vázquez, ¿lo recuerda?

Esta última frase sorprendió a los comensales:

“¿Una mosca propiedad de Cirilo Vázquez?”, imagino que se preguntaron dos que tres.

El ex gobernador pensó su respuesta mirándome con sus ojos de político perverso, inteligente, satisfecho, feliz.

Espantó a la mosca transformada en “torito”.

Soslayó la “metamorfosis” semántica y empezó su historia kafkiana, el relato del poder, la otra versión madurada, conveniente, difícil de comprobar:


—Cirilo había hecho de aquel rancho un centro de acopio de mariguana y de otras sustancias. Se lo comuniqué a Lozano Gracia, procurador general de la República, y éste ordenó el operativo que metió a la cárcel a ese delincuente. Lo agarraron saliendo de un restaurante. Fue todo un escándalo mediático…

Después de escuchar a quien fue gobernador de Puebla, senador de la República, secretario de Gobernación y de Educación Pública, entendí el porqué del odio jarocho que Cirilo Vázquez sentía hacia Manuel Bartlett, el político que cual judoca usó la fuerza del cacique para derrotarlo.

acmanjarrez@hotmail.com
@replicaalex


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