RESPETO = AMOR Por Esther Guadarrama Benavides
A veces juro que quisiera regresar el tiempo, que tuviéramos cosas lindas que se han perdido: la cortesía, la amabilidad, la tolerancia y sobre todo el respeto por los demás. Antes, todos sabían cuál era su trabajo y lo hacían diligentemente. Entiendo que tenía sus contrapartes, y que la mujer no había conquistado los territorios que ahora podemos visualizar ¿Pero? Hay tanto que se ha perdido, que en el recuento de las cosas, no sé si son más pérdidas que ganancias.

Todos los días trabajo con gente que se encuentra en proceso de divorcio, y en realidad sólo un pequeño porcentaje de ellos, refieren que las cosas desde el principio estaban mal. Si pudiera ponerle un porcentaje, me atrevería a decir que el 2%; todos los demás me cuentan las más hermosas y extraordinarias historias de amor, me platican miles de detalles y lindos momentos que ni siquiera se me hubieran podido ocurrir.¿Y qué sucedió entonces? ¿Eligieron mal? No lo creo, lo que creo, es que en muchos de los casos el respeto se extravió, no se ocuparon roles precisos, no se hicieron acuerdos, pero sobre todo, nadie se detuvo para los insultos, las injurias, y tantas cosas que se dicen.

Las personas verdaderamente llegan laceradas por las palabras; yo no creo que las palabras se las lleve el viento, tal vez sólo por aquello de incumplir promesas que se dicen; pero cuando se reciben insultos de las personas a las que amas, las palabras son taladros que penetran en el alma y que generan en el sentido negativo, heridas incurables.

Las palabras que decimos cuando nos enojamos, aquéllas que cuando nos calmamos ya no podemos regresar, las palabras que decimos heridos y que hieren mucho más de lo que a nosotros nos han herido. Las palabras, las benditas palabras que no podemos borrar ni de nuestra mente, ni de la mente de la gente a la que se las hemos dicho. Creo que el mundo cambiaría en gran parte si midiéramos nuestras palabras; si antes de herir, esperáramos un poco, si entendiéramos que el enojo sólo crece con las palabras, y llega a un punto en donde pareciera que algo extraño hablara a través de nosotros y destruyera en un segundo aquello que nos ha tomado un tiempo en construir.

Me parece entonces, que el punto se encuentra en el respeto, el respeto a los demás y por supuesto el respeto a nosotros mismos. Creo que en una parte lo hemos logrado, al colocar como algo importante el cuidado de la salud, pero se nos ha pasado la mano de tueste con el narcisismo, porque disque nos queremos tanto que ya no podemos querer a nadie. Creo que es esta sociedad no sólo consumista, sino narcisista, nos hemos vuelto depredadores unos de otros. Concatenado a ello, creemos cosas que el tiempo nos demuestra que son falsas como: que podemos hacer que las cosas sean permanentes, que la juventud sea permanente, que el dinero nos haga felices, que no necesitamos de los demás, que siempre estaremos bien. Los determinismos nos tienen asfixiados y abrumados, queremos mantener una realidad irreal, porque cierto es que todo cambia todo el tiempo, eso sin lugar a dudas. Lo permanente, es la impermanencia, pero nos aferramos a cosas sin sentido, sin darnos cuenta que lo que nutre a nuestra alma son las relaciones interpersonales que establecemos, son los lazos, los vínculos, los afectos; todos ellos son los que nos curan y nos permiten mantenernos no sólo cuerdos, sino que nos hacen seres humanos. Votaría porque todo fuera más cara a cara y menos redes sociales, que todo fuera vernos, hablar, apapacharnos, igual decirnos las cosas que pensamos, pero de frente. Creo que la admiración y el respeto van de la mano, cuando conoces a alguien te vas fascinando de la persona, de lo que hace, de sus alcances, de sus posibilidades. Las personas siempre nos sorprenden en los encuentros, tienen magia en sus seres, todos ellos, pero si no damos el espacio para conocerlos, nos perderemos lo mejor de este mundo.

Lo que cura, no son las terapias, es la relación; lo que cura no son las técnicas por más antiguas y probadas, es el escuchar y ser escuchado, el reconocer y ser reconocido, el ser visto, tocado, amado, eso es lo que sana todo. Nada más hermoso que la caballerosidad, pero también, nada más hermoso que una dama se comporte como tal. Tal vez suene de la vieja guardia, y aunque no soy tan vieja, puedo reconocer la importancia del respeto, del cariño, de la suavidad en el trato y: la tolerancia. Cosas simples como nunca de los nuncas dirigirse a la pareja con groserías, mucho menos insultar o menospreciar a alguien que se quiere, por supuesto que también a quien no se quiere, a todos.

El respeto establece la cultura para la paz, diría Benito Juárez, y no lo decía gratuitamente, lo decía con conocimiento de causa. Y yo lo apoyo, apoyo que honremos nuestras palabras con amor, apoyo a que nuestros hechos sean congruentes con lo que decimos, y que por cursi que parezca, respetemos a los demás, desde decir un hola, buenos días, con permiso, por favor, gracias.

Se nos ha olvidado que las áreas de servicio son para eso, para servir. Que una sonrisa, un buenos días, una mano extendida, son la mejor terapia y contención de la ira; que una palmada en el hombro, y un afecto fraterno, son un bálsamo para el alma. Sobre todo, se nos olvidan los pequeñitos, aquellos a quienes tenemos que educar, y que por supuesto, es nuestro ejemplo la parte más importante de todo, porque es el que verdaderamente es contabilizado como aprendizaje.

Podrá sonar pasado de moda, pero el respeto es la base de las relaciones interpersonales, el respeto es la base del amor verdadero, de la congruencia en que el que te quiere, no te daña. Si alguien dice que te quiere y te daña, podrás llamarlo de miles de formas, podrás enmascararlo de mil y una maneras, pero amar es cuidar; de otra forma será narcisismo, será ceguera, será lo que sea, pero nunca amor. Así como la disciplina y los límites son la verdadera demostración del amor hacia nuestros hijos, así también el respeto es una herencia en la promoción de una cultura para la paz, la concordia, la caridad y la compasión.

Hay cosas que no pasan de moda, y el respeto tendría que ser en los rubros del corazón, el más importante, porque de otra forma, el amor no puede hacernos florecer en todo su esplendor, no puede desplegar su magia y contagiar a cada poro de nuestro ser como está llamado a hacerlo. El amor sólo germina y echa raíces con el abono del respeto, la lealtad y el afecto; de otra forma no logra su propósito verdadero, convertirnos en personas, porque eso, como diría Rogers, es un proceso de vida que sólo se da en amor y por lo tanto, en congruencia. Bien diría mi abuela, hechos son amores y no buenas razones. Y yo agregaría pequeños cambios en respeto traen como consecuencia, grandes cambios en amor.

psic.esthergb@gmail.com

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