La simulación* Por Alejandro C. Manjarrez

Todas las cosas fingidas caen como flores marchitas,
porque ninguna simulación puede durar largo tiempo.

Cicerón

En los últimos años del siglo pasado, Eulalio Ferrer publicó el libro Información y comunicación [1], una de sus obras sobre el tema que dominó y compartió con su generación y las que le sucedieron. En la introducción de esas páginas Ferrer nos anticipó lo que ocurriría al inicio de la primera década del tercer milenio, un “futuro sembrado de asombros tecnológicos y vecindades humanas”.

Líneas después asentó que, debido a la rapidez propiciada por la comunicación electrónica, la frase ritual de estar al día cedería su sitio a la de estar al minuto.

Transcribiré unas líneas del libro mencionado para que sirvan de marco referencial a lo que sabe cualquier mexicano medianamente informado, sucesos que ninguno de los políticos se atrevería a revelar y menos aun a difundir o comunicar porque, si lo hiciere, con ese su acto de contrición republicana, alguno de sus pares —el que tenga poder— de inmediato le decretaría la muerte civil.

Después de la cita de don Eulalio mencionaré hechos reales y conocidos e incluso repetidos hasta el hartazgo pero difíciles de comprobar. ¿Por qué? Pues porque sus autores son expertos en la cultura del silencio; en manejar el ajedrez político y, sobre todo, en la estrategia de la simulación o la conveniente costumbre de la omisión. Por consiguiente, las mujeres u hombres exitosos en la praxis política, algunos de ellos mencionados en las páginas anteriores, podrían ser un buen ejemplo de esa conquista basada, justamente, en ocultar, tergiversar u olvidar aquello que de conocerse lesionaría su imagen.

Es significativa la coincidencia de que los tres principales creadores de los conceptos claves de la información y de la comunicación tuvieron como campo de sus primeros ensayos el Departamento de la Defensa Nacional de los Estados Unidos. Norbert Winer, con su Cibernética, Claude Shannon, con su Teoría matemática de la comunicación, y Larry Roberts, con Internet. Una visión en conjunto, como la que presentamos, nos dirá que los hechos llevan la delantera a las palabras, pero sin las palabras, en su rica fuente de acentos y estilos, no podrá expresarse ni entenderse la comunicación. Seguramente una de las primeras cosas que hemos aprendido en el lenguaje de las palabras y sus constricciones es que aquello que no es explicable o comprensible no es comunicación. Como tampoco es comunicación la que confunde al emisor con el receptor o no precisa bien la identidad de cada uno en el todo. Vale agregar que la incomunicación es una de las formas rotundas de ruptura o de exilio…

Es fácil colegir lo que ocurriría si uno o dos de los políticos importantes usaran los medios de comunicación para dialogar hablándonos sin tapujos con el propósito de abandonar su auto exilio, para lo cual tendrían que confesar las verdaderas razones de su crecimiento y éxito en el sector público. Al minuto se enteraría la sociedad y dichos asertos serían escuchados, vistos y leídos en las redes sociales que, como lo anticipó Ferrer, hoy están sembradas de asombros tecnológicos y gratificantes vecindades humanas.

La mujer u hombre veraz y sincero confirmaría a los “visitadores” de la gran nube lo que ya se sabe pero que es difícil de probar, como acertadamente lo definió Luis Cabrera (“lo acuso de ratero no de pendejo”); que hay muchos políticos que se disfrazaron de honestos; que otro tanto se colocó la máscara de impulsores de la empresa privada; que varios más se pusieron el antifaz de patriotas y nacionalistas; que muchos adoptaron el papel de interlocutores eficaces o defensores de los derechos humanos; y que un buen número de ellos actuaron como demócratas cubriéndose el cuerpo con el vestuario del teatro republicano. Se caerían las caretas para dejarnos ver los verdaderos rostros: los de comerciantes del poder, celestinos de sus jefes, corruptores a sueldo y comisión, cabilderos con licencia y con presupuesto para comprar desde conciencias hasta intermediarios financieros de cuello blanco, así como prestanombres inmobiliarios, encubridores de delincuentes, cómplices de gobernantes corruptos y… la lista es larga, “el vértigo del etcétera”.

Ya que he copiado de Umberto Eco la última frase entrecomillada, transcribo uno de los párrafos de su libro Confesiones de un joven novelista [2] donde, entre otras experiencias, el escritor italiano nos muestra cómo el ingenio de los creadores e inventores como Homero, plantea el camino para mostrar con pocas y significativas palabras lo que por abundante alteraría la paciencia del más prudente de los lectores:

… Homero no nos ofrece simplemente un ejemplo espléndido de lista, sino que presenta también lo que se ha dado en llamar el “topos de lo inefable”. Este “topos” se produce varias veces en Homero (por ejemplo, en la Odisea, canto iv, verso 240 y ss.: “No os relataré cuántas proezas están en el haber del sufrido Odiseo…”); y a veces el poeta —enfrentado a la necesidad de mencionar una infinidad de cosas o acontecimientos— decide guardar silencio. Dante se siente incapaz de nombrar todos los ángeles del cielo, porque conoce su vasto número (en el canto xxix del Paraíso, dice que eso excede la capacidad de la mente humana). Así que, ante lo inefable, el poeta, en lugar de tratar de compilar una serie incompleta de nombres, prefiere expresar el éxtasis de lo inefable. A lo sumo, para transmitir una idea del incalculable número de ángeles, alude a la leyenda en la que el inventor del ajedrez pidió al rey de Persia como recompensa por su invento que le diera un grano de trigo por el primer cuadro, dos por el segundo, cuatro por el tercero y así sucesivamente, hasta el sexagésimo cuarto, alcanzando así un número astronómico de granos: “…que eran tantos, que más millares cifraban / que los escaques cuando se duplican”.
En otros casos, ante algo que es vasto o desconocido, de lo que aún no sabemos lo suficiente o de lo que nunca sabremos lo suficiente, el autor propone una lista como muestra, ejemplo o indicación, dejando que el lector imagine el resto…

Concluyo esta, digamos que metáfora, con una aclaración: yo ya hice mi muestra al incluir en este libro varios políticos en cuyo bagaje personal y público, el conocido, existen actos que suelen ser inexplicables, entre ellos la forma de crecer sus fortunas personales. Y qué decir de lo privado que no conocemos pero que se echa de ver porque ha trascendido como versión no confirmada, diría Luis Cabrera: sólo que en estos tiempos, de acuerdo con lo apuntado por Ferrer, ya no hay forma
de ocultar la riqueza y menos aun la deshonestidad. A este fenómeno de la modernidad se enfrentan los simuladores, personajes que tarde o temprano dejarán descubierta su cola.
Según parece, le quedan pocos días a la impunidad que ha sido el sello de la corrupción política (ojalá que ese tiempo no sea el equivalente al del “intervalo espacial”). La única forma de que esto no ocurra, es que se “caiga el sistema”, la gran nube de internet, o que todas las computadoras se “mueran”. ¡Dios nos libre!

*Capítulo de La Puebla variopinta, conspiración del poder, libro de mi autoría publicado en 2015

[1]Ferrer, Eulalio. Información y comunicación. Ed. FCE, México, 1997
[2]Eco, Umberto. Confesiones de un joven novelista. Ed. Lumen/Futura, 2001



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