La sociedad civil, la solución Por Alejandro C. Manjarrez

Imagine el lector una enorme máquina procesadora de fenómenos sociales. Sí, un aparato lleno de engranes, poleas, tubos, medidores de presión, mangueras, válvulas, pantallas y botones para lo que se le ocurra. Y véala trabajando a lo máximo, echando humo, vapor y calor por todas partes. Podríamos llamarla “Cerebro”.

La máquina de marras tiene un enorme depósito por donde alimentarla con todo tipo de problemas; por ejemplo: sobrepoblación, corrupción, conflictos políticos, bajos salarios, carencia de fuentes de trabajo, hambre, marginación, insalubridad, hacinamientos urbanos, ignorancia, deficiencia educativa, programas televisivos violentos,  valemadrismo oficial, expropiaciones de tierras, ambiciones políticas, problemas agrarios, en fin, todo aquello que fomenta el capitalismo salvaje cuyo principal mercado es, precisamente, la gran masa humana mal pagada, el sector que forma el mercado ideal para la venta masiva, aunque ésta sea de productos baratos y corrientes, pero que dejan dinero, mucho dinero.

Siga usted con la imaginaria y vislumbre lo que pasa al final del proceso: el artefacto avienta al territorio nacional los productos terminados y hasta en contenedores. ¿Cuáles? Pues el vandalismo, el secuestro, los asaltos, el robo en sus diversas manifestaciones, el crimen organizado o no, la violencia intrafamiliar, la prostitución infantil o adulta, la guerrilla, los asesinatos entre políticos, el narcotráfico, los latrocinios burocráticos, las invasiones de tierras, los linchamientos, el envilecimiento de la política orientada por el lucro y las cuotas de poder; en resumen: la corrupción en sus diversos campos y niveles de gobierno.

Ahora bien, trate de encontrar la solución para, en primer lugar, evitar que funcione mal ese aparato del infierno y, en segundo término, si acaso no se corrige el funcionamiento de la máquina, procurar que ésta ya no reciba la materia prima que actualmente utiliza.

¿Está en chino?
Vaya que lo está porque primero tendríamos que acabar con la violencia social desbordada por el desempleo y auspiciada por las crisis económicas cuya recurrencia ha fomentado la descomposición del tejido social. Al mismo tiempo habría que procurar que los programas económicos del país –de los gobiernos municipales, estatales y federal– tengan un sentido integracionista; es decir, que la “justicia social” o el “bien común” alcance a las próximas  generaciones, sean cuales fueren los mandatos que coordinen el esfuerzo y la participación de los ciudadanos. Para lograrlo, los gobernantes sólo tienen que ponerse de acuerdo empezando por hacer de lado sus intereses políticos e ideológicos y así, sin lastres partidistas, fijarse una meta común razonada y consensuada.

Y sigue en chino…
La principal dificultad para resolver este grave problema generacional, es el odio mutuo entre los protagonistas de la política mexicana. El PAN odia al PRD. En los PRDs que existen se vomita a los panistas, y con el producto de ese miasma unos a otros se salpican, se atacan. Los del PRI se odian entre ellos pero hacen mutis y sonríen cuando algún correligionario convoca al resto para tratar de destruir a los gobernantes de otros partidos. A la “nueva” clase política, MORENA, le avientan la hiel y esta se defiende. La ambición del poder ha ido acabando con el prestigio del poder. Diría Juan de Palafox y Mendoza: los hombres que ejercen el poder son víctimas de su propio poder. O interpretando a Hobbes (Discurso sobre el Estado), uno de los clásicos que está en las antípodas del obispo citado, habría que establecer que la dificultad se encuentra  en que la primera inclinación natural de toda la humanidad, es el perpetuo e incansable deseo de conseguir poder tras poder, ambición que sólo cesa con la muerte.

Pero ni Hobbes ni el barón de Montequieu –que dijo más o menos lo mismo– tomaron en cuenta que con el paso de los años el mundo tendría ciudadanos comunes despiertos y muy bien informados gracias a los medios de comunicación, ahora instantáneos y universales.  No había entonces manera de vislumbrar lo que sucedería cinco o cuatro siglos después, dependiendo del personaje. Sin embargo, ambos establecieron la causa del deterioro social: el perpetuo e incansable afán de abusar del poder.

La sociedad
Ahora, por ventura, la perpetuidad y los abusos enunciados ya tienen un límite, su “coco” pues. Se llama sociedad civil. Y el “cómplice” ideal de ésta, es precisamente la prensa en sus diversas expresiones: escrita, radiada y televisiva. Por ello usted y yo somos testigos fieles y alarmados por el actual desbarajuste de la política, caos que precede a lo que sin duda será la regeneración del quehacer público. Ojalá.

Ahí está, pues, la sociedad civil que habrá de impulsar esa regeneración basada en –sigo con la “alegoría imaginaria”– frenar el proceso de la máquina productora de los conflictos que agobian al país. ¿De qué manera? La del mexicano cuyas respuestas son siempre creativas y oportunas. Creo que ya lo hemos empezado a hacer valiéndonos de proyectos firmes, decididos y estructurados bajo el principio de la unidad como eje de todas y cada una de las acciones.

Ese llamémosle proceso de regeneración, inició con el tema de la seguridad pública; es decir, con las marchas organizadas para repudiar la violencia. El origen de este fenómeno relativamente nuevo, ya lo había apuntado Héctor Teutli en su artículo de la revista Diálogo y debate (número 12, abril-junio del año 2000). Entonces el investigador del Instituto de Ciencias Penales propuso algunas de las causas de la violencia que hoy padecen los habitantes de distintas partes del país. “La pobreza y el desempleo estructural y la ruptura de la institucionalidad jurídica, se han ido agravando peligrosamente”, dijo hace diecinueve años. Y hoy todos somos testigos y víctimas de la violencia desbordada que ha trastocado la fortaleza de las instituciones y mantiene en vilo a la sociedad: miles de muertos, unos decapitados, otros incinerados y muchos más encostalados. Levantones y secuestros; latrocinios burocráticos, y adosado a esto, la ineficiencia gubernamental. La actitud del menosprecio oficial hacia quienes no están el poder o en la política, también forma parte de la noticia de todos los días y del análisis editorial cotidiano. Y eso duele, como diría el ranchero.

A lo anterior agregue usted las amenazas veladas o abiertas así como las vendettas entre narcotraficantes. Ante este panorama cualquiera supone que México está ensangrentado. Y hasta el más optimista entiende que en el narco participan los desertores del ejército, algunos del grupo de élite entrenados en el manejo de armas sofisticadas y dispuestos a matar (al enemigo, supuestamente). Igual sabemos que en las “fuerzas del orden” (nombre ahora romántico) hay grupos infiltrados que obedecen las instrucciones de los distintos cárteles.

El silencio estridente
Después de analizar la protesta silenciosa y las consecuencias que ésta produjo, queda claro que de la sociedad y de nadie más depende la solución del problema que representa la delincuencia exacerbada por las carencias y lo que ha fabricado o excretado la “máquina” procesadora de fenómenos sociales.

Todos esos gritos silenciosos y razonados nos llevan a concluir que la gran solución está en lo mismo que fue tratado en este espacio como si fuese un argumento novelesco. La creación de un organismo cuyo objetivo sería analizar, estudiar y proponer acciones que prevengan el delito y la violencia criminal. El dinero para su operación provendría de fundaciones, de organismos de la sociedad civil y del gobierno federal. En su organización habría treinta y dos oficinas, cada una ubicada en las ciudades más importantes del país y con personal calificado para el trabajo preventivo. Su misión: informarse para informar a las autoridades de todo aquello que ocurra en el territorio nacional.

“El semáforo”, ya usado anteriormente, se llamaría el programa de marras. Su estrategia estaría dividida en tres colores para hacer más fácil definir el grado de dificultad de cada uno de los problemas que se detecten. Por ejemplo: en la “zona verde” se captaría cualquier cosa que pudiera dañar la vida ecológica regional (talabosques, incendios provocados o no, avenidas y trombas, etcétera). En el espacio “ámbar” se registrarían las alteraciones sociales provocadas por la delincuencia menor (secuestros exprés, robos a casas habitación, asaltos a mano armada, narcomenudeo, robos de automóviles, lavado de dinero, entre otros delitos). En el “rojo” se vaciaría la información para nutrir los programas de vigilancia y seguimiento, así como todo lo relacionado con la delincuencia organizada, hoy tan extendida.

El equipo
El método descrito se basaría en la labor de quienes colaboren en la organización. Sus informes alimentarían el programa informático basado en mezclar y analizar los datos captados. El resultado permitiría elaborar desde las prospectivas hasta los operativos para frenar a la delincuencia. Ello ayudaría a conocer las que podrían ser reacciones sociales nocivas y el comportamiento de los sistemas de seguridad pública. Incluso, el programa podría detectar lo que ocurra en el círculo familiar de los delincuentes organizados o no. Y aquí viene lo interesante:

El nuevo organismo manejado por un grupo de expertos en seguridad, tendría otra particularidad: regularía, controlaría y vigilaría a los ex militares sospechosos y a sus familiares, vínculos y relaciones que permitiría obtener información privilegiada sobre las actividades secretas de los narcotraficantes.

Se trata, pues, de una red informativa profesional que todos los días y a todas horas desmenuzaría y organizaría los datos recabados para ipso facto actuar en consecuencia. Sería la respuesta a las demandas de la sociedad que a través de este plan colaboraría con los gobiernos, federal, estatales y municipales.

Si llega a consolidarse la idea que ahí está en las entrelíneas de las demandas de la sociedad civil, dejaría de funcionar la máquina (de alguna manera hay que llamar al “monstruo”) que procesa los fenómenos sociales para aventar al territorio nacional productos con las siguientes leyendas: vandalismo, secuestro, asaltos, robos, crímenes, violencia intrafamiliar, prostitución infantil o adulta, guerrilla, asesinatos políticos, narcotráfico, latrocinios burocráticos, invasiones de tierras, linchamientos, envilecimiento de la política y corrupción...

Ojalá.

alemandelaro@gmail.com
@replicaalex


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