Menosprecio al periodismo poblano Por Alejandro C. Manjarrez
Hubo una vez en Puebla un alcalde cuyo jefe de prensa decidió hacerlo invulnerable a la crítica. “Que te madreen hasta que se cansen –le dijo el comunicador a su jefe–. Te haré el presidente municipal más fuerte del país y después serás gobernador”.

A un año de aquella digamos que estrategia chabacana, el munícipe de marras empezó a resentir los efectos de tantos y tan frecuentes golpes mediáticos. “¡Oye Miguel, me siguen madreando y según veo no dejarán de hacerlo! ¡Qué onda güey!”, exclamó y al mismo tiempo reclamó Victoriano Álvarez García. La respuesta que escuchó le hizo considerar la posibilidad de que terminando el periodo para el que había sido electo, tendría que dedicarse a otra cosa que no fuera la política.

Miguel le dijo que los “chicos de la prensa” lo estaban golpeando porque no les soltaba la lana y además porque no fluía la propaganda institucional. “Son voraces e insaciables”, argumentó para defender su “estrategia”. Lo curioso de esa definición es que la aplicó mal porque la voracidad y avaricia era el sello de la administración municipal. . Todos sus integrantes de primer nivel concluyeron el trienio con reservas económicas suficientes como para invertirlas en inmuebles turísticos, allá en las zonas de desarrollo.

Sobra decir que el Vitín, como lo motearon sus allegados, se fue de Puebla para nunca más regresar. Sucedió hace tres décadas.

Sirva esta breve historia como marco de lo que podría estar ocurriendo tanto en el ámbito del mandatario estatal como en el entorno del primer regidor del H. Ayuntamiento de Puebla. En ambos casos debido a que la prensa está siendo vista con el criterio que he referido. Da la impresión que por ahí en alguna oficina pública medra agazapado un pequeño e influyente Napoleón que piensa lo peor de los periodistas o, igual que Miguel, que supone que “son voraces e insaciables”. Podría ser, por qué no, que el comunicador o quien sea utilice su derecho de picaporte o la facilidad, cercanía y confianza para influenciar al alcalde o al gobernador y, depende de quién se trate, aconsejarle que resista hasta que la prensa crítica se extinga. Todo es posible en nuestra época de modernidad y ambiciones políticas desfasadas; inclusive que los políticos en el poder concluyan su mandato más desprestigiados que la maestra Elba Esther Gordillo.

Ante ese probable escenario se vería muy mal que los periodistas soslayáramos los errores y las fallas de cada uno de los gobiernos, el estatal y el municipal. En el primer caso porque está más que claro que la prensa local no les merece consideración alguna. Y en el segundo debido a que el responsable del área aún no entiende que sólo son tres los años de poder, lapso que se reduce día con día. A dos años y medio del final la imagen del alcalde sigue en declive.

Dicho lo anterior tengo que preguntar:

¿De dónde vendrá esa absurda política de comunicación? ¿Acaso se deriva del rencor a los periodistas o del odio a la libertad de expresión? (no me refiero a la comodina que ponderan los comunicadores auto-inventados, sino la que dignifica a la prensa) ¿Formará parte del menosprecio al efecto y trascendencia de la letra impresa? ¿Será por alergia a los libros, revistas y periódicos llenos de caracteres y frases ajenas a las fórmulas tecnocráticas?

No sé las respuestas ni me atrevo a adivinar cuáles podrían ser las causas de las peregrinas políticas de comunicación. Lo que salta a la vista es que ni Goebbels (el tipejo que dijo que una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad) las hubiera avalado.

Respetado lector: pareciera que conforme pasa el tiempo el periodismo escrito de Puebla se acerca a la adopción del epígrafe que encabezó el último editorial del periódico italiano La Gacetta del Popolo: “Cada diario que muere es como si muriera una parte de nuestra libertad… ¡Un robo a la opinión pública!”

En fin, lo peor por dramático y contrastante con el periodismo ético, es que haya –parafraseo a Norbert Wiener– personas que tomaron la comunicación como profesión, sin tener nada que comunicar. Me refiero a quienes la hacen de cajas de resonancia repitiendo lo que les ordenan decir, ya sea porque les pagan por hacerlo o bien porque venden la presencia pública que obtuvieron gracias al medio electrónico que les abrió los micrófonos. Mal para ellos y los concesionarios porque el público, su público, percibe la intención.

Concluyo esta entrega resumiendo varios de los pensamientos que forman parte de la herencia de comunicadores, periodistas, medios electrónicos y prensa escrita: la opinión pública domina, pero no gobierna. Y al gobierno no le conviene oprimir o tratar de manipular a la opinión pública, menos aún robarle lo que ha costado muchas vidas y mucho tiempo: la libertad de expresión.


Alejandro C. Manjarrez 

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