Antes y Ahora Por Esther Guadarrama Benavidesn

Los estilos de crianza han cambiado conforme pasa el tiempo, pero hay una diferencia sustancial entre lo que viven ahora los niños y lo que nosotros pasamos. El asunto es, ¿por qué ahora la crianza es tan complicada y antes no lo era?  Tendría que comenzar diciendo que antes vivíamos en un mundo en donde existían líderes, utopías a seguir, ahora no los hay, desde que el capitalismo se instauró, no podemos esperar que haya líderes, la democracia no lo permite; no hay ideales a seguir más que un mundo globalizado. Antes nos decían que nos esforzáramos para alcanzar nuestras metas, teníamos deberes en la casa y toda la filosofía de vida se encontraba basada en el “deber ser” y ahora no es así; los padres sólo buscan que sus hijos “sean felices” con lo volátil e inespecífico que eso puede ser, porque con esta bandera no se tienen exigencias, no se persiguen metas, no hay esfuerzo.

Antes nuestra madre nos decía: haz esto. Y se hacía. Ahora los chicos contestan: “Ahorita”, o “no maaaa, es que no me inspiro, no me nace”.

Ya parece que esa era una respuesta pasada, más de dos nos hubiéramos quedado sin dentadura. Ahora todo está basado en “la felicidad”, una que desconocemos, que no hemos definido pero que nos lleva a vivir en la sensación y nos olvidamos del deber, la superación, el hecho de poder alcanzar metas. Los chicos no tienen nada que perseguir; sólo buscan ser igual que todos, para poder encajar en la aldea global, globalmente desinteresados por su futuro y el esfuerzo que implica alcanzar las cosas. No sé si decir que este neo-hedonismo está matando al espíritu de la juventud.

Evidentemente la realidad económica nos ha llevado a la necesidad de que laboren ambos padres, sin que nadie se pueda quedar a cargo de la crianza de los niños en casa. En ello, cuando un progenitor –sea papá o mamá- tiene que salir del horario pactado, se deshace con los niños, les compran cosas, les prometen visitas a lugares, son encargados con sumo cuidado y casi con un sistema de gps de vigilancia. Los niños en estas circunstancias se vuelven tiranos. Nada más terrible para un papá o mamá que un niño que le diga “estoy aburrido”, porque entonces los padres echan a andar toda una maquinaria para complacer a los niños. No creo que ninguno de nosotros hubiéramos podido decir que nuestros padres se aterraban con nuestro aburrimiento. Creo que a muchos nos habría quitado el aburrimiento con labores en casa o cosas parecidas y la queja simplemente se hubiera desvanecido.

La realidad de ahora es una en donde los derechos son preponderados; si a los niños los corregimos, estamos expuestos a que nos digan cosas como “cuidado mamá/papá, estás violentando mis derechos, no me maltrates”, lo que deja a los papás impávidos ante tales respuestas. Pero, ¿y los deberes?, no se diga del Interés Superior del Menor, en donde los niños tienen derecho a expresarse. Sí es cierto, qué bueno que hay derechos, pero qué malo que no igualemos los deberes, qué malo que no propongamos que los niños sean responsables de sus actos, que sólo estemos centrados en lo que supuestamente es mejor para ellos. Ahora para todo traumamos a los niños, creo yo que si todo ello fuera verdad, estaríamos realmente traumados todas las generaciones anteriores. Ha sido ir de un extremo a otro, antes toda la represión, ahora todas las concesiones.

Los adolescentes exigen de los adultos permisos para salir, que se les tolere todo, embriagarse, ser promiscuos, meterse en problemas y estar incondicionalmente para ellos en todo. Y esto es incongruente. Si ellos toman decisiones de adultos, tendrían que responsabilizarse como tales. Peor aún, le han comido el mandado a los padres que han decidido bajar los brazos y ceder ante las múltiples exigencias, mezclado con su sentimiento de culpa. De ninguna manera; la autoridad tiene que permanecer, no como autoritarismo, pero es importante que haya figuras de autoridad, que los adolescentes sepan que hay límites en su actuar y sobre todo consecuencias de sus actos, no que exijan y exijan sin límites. Pero esto depende de los adultos, depende de que sean claros y concretos con sus normas, que haya consecuencias de los actos de sus hijos, que cumplan dichas consecuencias, aunque a veces piensen que son muy severos. No importa, creo que es más importante pensar en criar buenas personas, empáticas, asertivas, con ganas de salir adelante, preparadas para una realidad brutalmente violenta, brutalmente fuerte; que pensar en que nuestros hijos sean felices a pesar de todo y sobre todo. No podemos seguir criando seres altamente frágiles dentro de un entorno tan corrosivo.

Los medios de comunicación como sal y pimienta no ayudan a la situación, sobre todo lo que a mí me preocupa es que se prepondere la violencia, la crudeza de la misma, que cada vez sean más específicos los programas, más apegados a la realidad. Me da miedo que sobreprotejamos a los niños de todo el entorno y por otra parte, los dejemos que libremente entren en contacto con una realidad convulsa en los medios masivos de comunicación. Papá/mamá ¿qué haces? Cuidas a tus hijos tanto y al final del día los dejas frente al televisor a que convivan con sicarios, prostitutas, homicidas. Dejas que tus hijas crean que sólo pueden ser vistas y reconocidas si son sensuales, si su vestimenta es diminuta y su actitud es de seducción continua, sin que importe en ellas nada más. No me parece que estemos prestando tanta atención a la televisión ni a los videojuegos. Tenemos que estar al pendiente de los niños, porque cada vez son más insensibles a la violencia, más insensibles a las catástrofes, y cuando des-horrorizamos el horror, entonces sí estamos en problemas, entonces estamos frente a una sociedad enferma, agresiva y perversa.

enemos que fortalecer las habilidades de nuestros hijos, minimizar sus defectos cuidando en qué nos fijamos de ellos, qué les recalcamos, de qué nos quejamos de ellos. Requerimos seres resistentes, conscientes, responsables, empáticos, compasivos. No máquinas globalizadas insensibles e intolerantes. Necesitamos estar más presentes, verdaderamente presentes. Necesitamos preocuparnos, educar a nuestros hijos en vez de mimarlos, olvidarnos de que por todo los vamos a traumar, que no podemos poner límites, cuando es lo contrario. Se requiere de disciplina, pero si la palabra nos les gusta, digamos que se requieren de límites sanos, que para el caso es lo mismo. Amar a nuestros hijos no es sólo quererlos y darles todo lo materialmente posible; amar a nuestros hijos es enseñarles la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, hacerlos personas de bien, honrar nuestras palabras, cuidar nuestros hechos y sobre todo, fortalecer a nuestros hijos enseñándoles que la vida tiene orden, jerarquías, porque de lo contrario, entregamos seres altamente vulnerables, seres frágiles y que no pueden vivir sin sus padres, que no pueden resolver ni enfrentar las adversidades de la vida. Y si no podemos hacer esto último, entonces sí hemos fracasado como padres. Créanme cuando les digo que los psicólogos no lo resolvemos todo, no podemos suplir ni el amor ni la disciplina, no tenemos varitas mágicas para enderezar a sus hijos, aquellos que sólo son sus propios espejos.
           
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