La prensa y el petate del muerto Por Alejandro C Manjarrez
Ahora resulta que los periodistas estamos de moda. Le quitamos el sueño a quienes ostentan o detentan el poder. Se ponen nerviosos debido a que, suponen, sabemos lo que hay detrás de cada político o servidor público que se las da de honesto y moral, sólo porque ha sabido esconder sus asuntitos bajo la alfombra del olvido o en alguno de los rinconcitos del closet.

La razón de semejante fama, digamos que mediática y burocrática, se debe al empeño que ha demostrado el nuevo gobierno para exigir lo que es obvio y muchos practicamos debido a la vocación que nos metió a este honroso oficio, actividad avalada, por cierto, con la presencia de varios premios Nobel y uno que otro intelectual galardonado con el Pulitzer. Gabriel García Márquez, uno de ellos. Mario Vargas Llosa, otro. En fin.

No hay ley que obligue a los periodistas a ser éticos. Como tampoco existe norma que fuerce a los servidores públicos a ser honestos. Simplemente se es o no ético como se puede ser o no honesto. La ventaja para nosotros, los periodistas, es que no manejamos el dinero del pueblo y menos aun dependemos de la mentira para recibir el aplauso o el voto. No.

Nuestra obligación se centra en denunciar a quienes defraudan a la sociedad, ya sea mal utilizando los recursos públicos o, lo que es lo mismo, usándolos para beneficio de los amigos que comparten las ambiciones del poderoso en turno. Esta es una de las razones que incomodan al poder y que han motivado las intentonas, legales o extralegales, que buscan callarnos o asustarnos con el petate del muerto.

Tratar de cambiar lo que podríamos llamar la directriz del periodismo, equivale a borrar con las nalgas la historia que han construido aquellos que propiciaron y propician la libertad de expresión, desde la Ilustración hasta las constituciones mexicanas de 1824 y 1917, cuya trascendencia llega a la época actual (Declaración de los Derechos Humanos -1948- y el Pacto de Costa Rica -1969). Estamos hablando de una cultura inalcanzable para quienes, como Mobutu o Leónidas Trujillo, por ejemplo, rinden culto a la personalidad. Ah, e incluya el lector las reglas que la ética periodística obliga a respetar, como es el caso de la honra y la dignidad.

Sobre la vida privada hay que decir que el tema ya fue ampliamente discutido en las leyes mexicanas, estableciéndose que los servidores públicos no pueden ampararse en este principio cuando involucran sus acciones personales con el ejercicio del cargo. La SCJN estableció que “…no debe olvidarse que la opinión pública es el medio para controlar a los depositarios del poder y que la libertad de prensa es necesaria para la vida política y social, y que debe interpretarse con criterio amplio atendiendo al fin que es el bien público, social, general. (…) Los límites de la crítica aceptable son, por tanto, respecto de un político, más amplios que en el caso de un particular. A diferencia de este último, aquél inevitable y conscientemente se abre a un riguroso escrutinio de todas sus palabras y hechos por parte de periodistas y de la opinión pública y, en consecuencia, debe demostrar un mayor grado de tolerancia”. (Manuel Bartlett vs Germán Martínez).

Contra lo que suele ocurrir en la política, cualquiera que se sienta buen periodista es porque entendió que antes debe ser un buen ser humano para, con esa calidad, servir a los demás sintiéndose orgulloso de la profesión que, a veces, adquiere los tonos del apostolado.

Y aquí nos asalta la siguiente duda: ¿serán buenos seres humanos aquellos que con el látigo de las leyes legisladas a modo pretenden tapar el sol con su dedo cesáreo? La respuesta sería negativa si partimos de que algo malo subyace en la vida de quienes menosprecian la inteligencia del pueblo.

Anteayer, uno de los columnistas que trató el asunto que hoy me ocupa, citó en Twitter a Gustavo Díaz Ordaz para, de manera tangencial, sugerir que en Puebla podría ocurrir lo que pasó con nuestro paisano y la prensa de entonces: amenazas, encarcelamientos por delitos prefabricados, persecuciones fiscales, compra de conciencias editoriales, presiones financieras a los empresarios de la prensa, y otras linduras más que hoy están muy bien documentadas.

Para descargo del actual gobierno hay que decir que aún no se han concretado las represalias que el complaciente poder Legislativo incluyó en los artículos 1958 y 1958 Bis del Código Civil del estado de Puebla. Cuando ocurra, si es que pasa, estoy seguro que Rafael Moreno Valle Rosas pasará a la historia como el gobernador represor de la prensa, algo nada digno para su proyecto personal.

Concluyo con una frase de Gabriel García Márquez, misma que, espero, limpie el conducto donde está atorado el veinte.

“La tecnología más compleja que manejan los periodistas es el lenguaje, la palabra.”






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