Amantes y esposas Por Enrique del Castillo. Desde el más allá

Siempre se ha acusado al hombre cuando sale de casa en busca de un afecto, de un momento de olvido. Algunos lo llaman libertinaje. Pero no. Esto es distinto. Ahora les digo por qué.

Hay mujeres que nos apresan con ternura. Poco a poco nos van poniendo, con mimos, barrotes de hierro. Y con su educación, cerraduras inquebrantables.

Hay otras en cambio que rompen los estuches en que quisiéramos guardarlas como si fuesen piezas de valor o joyas preciosas. Queremos asegurarlas pero ellas no sólo nos retiran de su vida. Prácticamente nos avientan.

El hacernos a un lado, retirarnos, sería en parte educación.

Aventarnos es doloroso pues no saben que podemos sufrir un golpe o herida que de alguna manera buscaremos cómo curarla, desaparecerla.

Para no individualizar hablaré de la generalidad de la vida.

Esposas hay, claro, que debieran estar en jaulas como fieras peligrosas. Y también las hay amantes esposas que ningún altar sería suficiente para ellas, mujeres que olvidándose de sí mismas y dando todo en cambio, sólo buscan para la pareja amor, tranquilidad, comprensión.

¿Esto es lo que quiere el hombre?

No, el hombre de sentimientos por medianos que éstos sean, sólo busca compañía, a una mujer que sea el eco de sus reflexiones y conocimientos. El mismo que quiere que la mujer sea su oyente, su consejera, su admiradora. El que busca una caricia no un látigo. Y esto, por desventura, pocas esposas lo saben dar y abundan las que gritan sus derechos pero se olvidan de sus obligaciones.

Pocas son las esposas que saben entender su verdadero papel. Muchas se sienten conquistadoras. Y unas cuantas saben dar sin esperar nada a cambio.

Cuando se tiene una mujer a la que no se ha hecho esposa, siempre será la novia, la amiga y hasta la madre.

Si antes de dar nuestro nombre a una mujer, todos los hombres pudiéramos conocerla y estudiarla, les aseguro que el matrimonio sería algo secundario.

La verdadera esposa se constituye en la segunda parte del marido. Me refiero a la esposa bondadosa, a la esposa buena, a la mujer completa.

La amante suele tener éxito porque cobija al hombre con su amor escondido. Y el hombre lo disfruta más porque siempre está deseando el cobijo, el calor de una mujer afectuosa, comprensiva, amorosa.

Así es el género humano y en esto también hay clases ya que no toda mujer por el sólo hecho de acompañarnos unos minutos, puede considerarse una amante. Es un grado o definición que no se le puede dar a toda mujer. Amantes hay dignas de un trono porque han salvado la familia de aquel que refugiándose con su amargura logró sacarla a flote. Bellas mujeres que olvidándose de sí mismas no piden nada y lo dan todo. Saben perfectamente que cada minuto su amor peligra. Que nada es seguro.

Las hay, incluso, que económicamente ayudan a los hijos del hombre con el que comparten su amor. Están ciertas que su destino es vivir en la sombra y quedarse solas, a veces aisladas. Y sin embargo, saben dar amor y lo dan con amor.

Los títulos de esposas se ostentan orgullosamente. Se pregonan cualidades que se ignoran. Pero todo lo que se grita es aquello de lo que se carece. Por eso hay que aconsejar a las esposas que se hagan amantes, que vivan la vida que impone el amor del hombre que las ha buscado para disfrutar su ternura.

Ustedes, señoras esposas, son las que les abren la puerta de la calle y luego se espantan al ver a su hombre perdido en ella. Si no le dan nada, todo lo perderán.

¡Sálvense salvándolos a ellos!

Si verdad es que admiración me causan las mujeres que aman, debo confesar también que son admirables las esposas que verdaderamente cumplen como tales.

Así que no expongan a sus maridos a que buscar las espinas de otros jardines.

Cúbranlos con los pétalos de sus virtudes, pues donde han amor, hay integridad.

Ustedes, hombres que exigen, den también amor. Sean los maestros de la probidad moral que piden. Sean amigos. Sean educadores de sus mujeres. Y déjense educar por ellas.

En estas mis palabras sólo hay el interés y la obligación que se adquiere cuando se es padre. No me importa si hago efecto a las inteligencias mediocres. Mi objetivo es otro y pregunto: ¿por no lastimar a algunas personas, tendríamos entonces que privar de la verdad a quienes por estar más preparados saben cómo conducirse?

Nunca me cansaré de sentir por la mujer una gran admiración, un gran respeto y una profunda devoción. Pero esto no quiere decir que desconozca los males de que adolece y que hablando con la verdad busque salvar hogares, matrimonios.

¡Esposa!, bello nombre.

Amante, látigo que fustiga a las mujeres, nombre que otras lanzan para lastimar y menospreciar a quienes lo son.

¿Han pensado lo que quiere decir amante? Es amor mismo. Amante puede ser la esposa, la madre, la hija y la hermana.

Esposa, sólo aquella que ha cambiado su firma por otra.

Entonces, ¿por qué insistir en lastimar con esa palabra que define a otras que tienen el orgullo de serlo?

Aunque parezca necio, reiterativo, vuelvo a decir que no autorizo ni encamino los pasos hacia el libertinaje. ¡No! Lo que digo es que si la mujer pide, antes tiene que dar.

De un árbol disfrutamos su sombra, sus flores y sus frutos. Y díganme señoras mías, ¿no es el hombre en la vida de cada una de ustedes ese árbol?

¿Por qué entonces molestarse si ustedes no lo riegan, ni lo cuidad, ni lo podan? ¿Y por qué sorprenderse si viene otra a hacerlo? Lo curioso es que ustedes disfrutan del trabajo de aquella. ¿Por qué acusarla si ustedes han lanzado todo a la calle y es otra la que lo trata de conservar? A ustedes no les ha robado nada, sólo ha recogido lo que ustedes han tirado.

Si les importa este hermoso árbol, del que ustedes sólo esperan protección y sombra, cuídenlo. No se atengan a su belleza ni a su inteligencia. El hombre al igual que el árbol, pide ternura, amor y cuidado. ¿Ustedes creen que la corteza que lo cubre lo libera de sus golpes? No hijas, también sufre y le duele al igual que ustedes.

El árbol extiende sus ramas para cubrir de cuidados a quien se le acerca.

En la tempestad de la vida, cuando él tiene que cubrir lo que hay dentro de su hogar como lo moral, el dinero y las apariencias, ¿quién responde a estos temporales?

Las ramas de él, del hombre.

¿Quién se apega a él con más derecho? ¿La que lo compró con una firma o aquella que lo cuidó con amor y ternura? Lo hace la mujer que sabe y entiende sus desvelos, sus amarguras y sus decepciones.

El hecho de haber aventado una semilla, con la autorización de compra-venta, no implica lo haya creado. El agua que la regó y dio a sus raíces vida, fue de otra mano.

Entonces, ¿por qué reclamar?

Si queremos disfrutarlo, cuidémoslo antes.

Hagan de sus flores, perfume y fruto consérvenlo para ustedes regándolo con amor, podándole con respeto y haciendo de ello una devoción de cuidados.

Cuando así lo hagan podrán pedir la sombra, las flores, el fruto.

¿Y qué pasa con las esposas madres y las amantes madres? Tema más duro todavía. Pero sigamos adentrándonos en el camino de los zarzales. Las piedras que me avienten a mí por decir lo que digo, ustedes sabrán desviarlas.

Conste que dije: esposas-madres.

La mujer que está asegurada socialmente, siempre grita ser esposa para poder ser madre.

La amante primero tiene que ser madre y ningún derecho le asiste ni a ella ni al hijo para pedir cuidados de amor.

La esposa lo tiene todo. Sus hijos por derecho también lo tendrán.

La amante deberá esconder el orgullo que siente toda mujer al ser madre quiere doblemente al hijo porque el padre no de ese hijo nunca contará en su vida.

¿Cuántas veces tendrá que esperar las migajas de la otra casa, para cubrir las necesidades en las que frecuentemente se juega la vida del hijo?

Uno viene en ricos pañales. Se canta su nacimiento pomposamente. Se cumple con la sociedad que impone su registro, su bautizo y demás rituales.

Para el otro, a hurtadillas tendrá que hacerse su canastilla. Y si la llegara a tener, habrá que seguir escondiéndolo y cubriéndolo con lágrimas: ocultar aquel cuerpecito que ningún derecho se le concede por ser producto de un “amor prohibido”, definición ésta tan absurda como el prohibir que el ser humano ame.

¿Cuántas veces con el mismo hombre se lucha para que ocurra el nacimiento de su hijo? ¿Cuántas veces desgarrando sus entrañas evita que viva lo que debe ser la continuidad de su vida? Y si esto no sucede, el niño es el motivo de los cuchicheos. Lo triste es que muchos de estos seres suelen vivir sin identidad.

Esposas que alardeáis de vuestros derechos, matad a estas mujeres por la moral de que hacéis ostentación, pero matadlas con el cuidado de vuestros maridos, con las armas que Dios ha puesto en vuestras manos.

Amen a sus maridos, cuídenlos porque son unos niño; respételos porque son su sombra y entonces exíjanles. Pero si nada dan, al menos no quiten lo que a otra pertenece.

Escucho decir: leyes, códigos, concubinato, concubinas. Pero las leyes, ¿quién las hizo? Aquellos que las necesitaban.

Estas mujeres obran bajo la ley de su corazón y esta ley sólo la entiende quien la sufre.
Los abogados saben tan poco de esto porque se han llenado la cabeza de códigos con los cuales hay que darles en la cabeza.

El propósito de mis palabras es hacer que la mujer reconozca que sus virtudes tienen más fuerza que sus derechos. Al hombre más lo ata la virtud y ternura de ellas, que los códigos y las leyes.

La mujer siendo la delicadeza misma, debería actuar por sus sentimientos.

Mujeres hay que son corderos hasta conseguir el nombre. Después se convierten en leonas tituladas. La vida del hombre entonces debe ser la de un domador de circo, pues a la fiera ante el público se le domina aunque en casa ella mande, gruña, arañe, hiera. Es entonces la mujer es rechazada abierta o sutilmente.

La mujer puede valer tanto con papeles o sin ellos. La educación le da el sentimiento verdadero del amor. Cualquier ignorante puede guardar consideraciones, aunque no sepa ni leer su nombre. En cambio hay mujeres intelectuales que quieren tratar a zapatazos al esposo, desconociendo el valor de ellas mismas. Es entonces cuando yo diría al hombre: “habla en el idioma en que te llamen”.

Si se sabe interpretar lo que he dicho, será una lección preventiva para los hogares. Y no se crea que mi deseo es abrir a los hombres la puerta del libertinaje. No, por el contrario: estoy enseñando a la mujer sus deberes, sus derechos y obligaciones; pero no habré de lastimar a mujer alguna y menos a la que por su propio deseo se ha puesto al margen de la vida y la sociedad.

Cada lágrima de estas mujeres, es plomo en el corazón de vuestros maridos. Si ustedes los quieren, sálvenlos de esta situación. En la mano de cada una de ustedes queda la vida de ellos. Así como ustedes dependen totalmente de ellos, ellos dependen de ustedes moralmente.

Feliz me siento, pues, con que se me entienda. Y orgulloso estoy de que lo dicho se considere como meta de ustedes. Ojalá.

Para que haya flor, perfume y fruto, antes hay que regar con amor y bondad la raíz del árbol.

Diciembre de 1954.



*Nota de la Redacción: El maestro Enrique del Castillo se transformó en una energía que, cuentan las crónicas de la época, certificadas éstas por científicos dedicados a estudiar los fenómenos paranormales (uno de ellos el padre jesuita Carlos María Heredia), estuvo manifestándose en diversas sesiones espiritistas. Suponemos que en una de ellas y a través del médium llamado “Luisito”, dictó la conferencia que usted acaba de leer. ¿Por qué? Habría que preguntárselo, si acaso se puede



ARTÍCULOS ANTERIORES