La libertad de prensa, de mentiritas Por Alejandro C Manjarrez

Lo que enseguida leerá es un pasaje periodístico que me tocó vivir. Forma parte de Confidencias del poder, libro próximo a publicarse. Al final del texto encontrará la razón de compartírselo, no como un avance preventivo editorial sino como una malhadada costumbre del poder hoy reeditado. Va:

El director de la revista Impacto quería relacionarse con los líderes de opinión que entonces trabajaban en Televisa. Mi llegada a la redacción coincidió con su interés en acercarse a ellos para hacer el tipo de alianzas que nacen de las buenas relaciones entre los medios. Sin más preámbulo que unas cuantas palabras de bienvenida, Mario Sojo me dijo seco, directo, franco:

—Ahora vea cómo le hace pero tiene que conseguir las entrevistas de Jacobo Zabludovsky y Raúl Velasco. Es su primera tarea.

Tuve suerte y logré entrevistar al conductor de “Siempre en Domingo”, la estrella que vivía rodeado de la muralla humana que protege a los “ídolos de cristal”.

Con esa entrevista y sin habérmelo propuesto, ingresé al ámbito de confianza de Sojo Acosta, el hombre que tenía como rúbrica personal la siguiente frase:

“Aunque la mentira corra mil años, en un segundo la verdad la alcanza.”
Establecimos una buena relación basada en la confianza. Intuyo que lo convenció mi tozudez producto de la pasión que suele atrapar a quienes amamos el oficio periodístico.
Cada jueves le entregaba mi colaboración y platicábamos cinco o diez minutos.
Pasado el tiempo, uno de esos días lo encontré extraño. Su expresión reflejaba los efectos del golpe a su inteligencia propinado por el poder. En su mirada se percibían el coraje y el temor mezclados. Hizo un gesto de desagrado y espetó:

—Estoy muy preocupado. Me dicen que el presidente De la Madrid se molestó con lo que publicamos. Me acaba de llamar Mauro Jiménez Lazcano y en sus palabras iba implícita la amenaza del gobierno, o de Bartlett, o de De la Madrid, da lo mismo.

Mi cara de sorpresa lo animó a ser más explícito.

—Hablé con Jiménez Lazcano y me comprometí a bajar los ataques al presidente. Esto ocurrió el martes pasado. Y hoy explotó la bomba… por la portada.

Por primera vez Impacto había ilustrado su primera de forros con la efigie de Miguel de la Madrid. Las páginas interiores contenían dos o tres artículos que daban cuenta de los errores de su gobierno. Parecía que Sojo se estaba burlando del trato hecho esa semana.

El director mostró otro gesto de molestia antes de agregar:

—Le expliqué a Mauro que no podemos dar un viraje de 180 grados de la noche a la mañana. Nos pasaría lo mismo que a cualquier automóvil que circula a 120 kilómetros por hora y el conductor volantea para cambiar de dirección: habría una colisión terrible y la revista perdería credibilidad. Pero ninguno creyó que ese número ya estaba impreso cuando establecimos el compromiso.

La vida del semanario siguió su curso. Sin embargo, la existencia de Mario Sojo Acosta se complicó debido a las presiones que alteraron su relación con el poder.

En otro de esos jueves me dijo alterado, molesto, preocupado:

—Temo por mi vida. Mi casa está vigilada. Todos los días me siguen dos tipos. Estoy preocupado por mi familia. Es el poder del Estado lo que ahora pesa sobre mí.

Al poco tiempo de esta última confidencia, lo demandó su socia, la viuda de Regino Hernández Llergo. Fue notorio el apoyo del gobierno que la señora recibió en los tribunales. Don Mario ya no pudo hacer nada para conservar el control del hebdomadario que con el tiempo pasó a ser propiedad de Juan Bustillos, el colaborador de Impacto a quien Sojo le había asignado el manejo de la sección política, así como las relaciones institucionales con el sector público.

Antes de que él llamara la “consumación del atraco legal”, a la revista se le quitó la publicidad oficial. Fue sacada de la lista de medios elaborada por el gobierno (quizás por la Secretaría de Gobernación), directorio que consideró que sólo diez de los periódicos nacionales “reunían los requisitos para promocionar la propaganda oficial”. El borrón se hizo a pesar de que en esa época Impacto era la revista política que más circulaba en México.

La instrucción del presidente Miguel de la Madrid (operada por Manuel Bartlett) llegó hasta los gobiernos de los estados. Y, obvio, varios se homologaron con la Federación. En este caso Impacto no sólo desapareció de la lista sino que encabezó otra, la negra.

La represión “institucional” tuvo éxito. Tanto la Presidencia como la Secretaría de Gobernación consumaron lo que fue un acto de poder, el ejercicio de autoridad basado en el añejo criterio sobre la relación prensa-gobierno: si no estás conmigo, estás contra mí.

Lo curioso de la historia surge del hecho de que, con algunos cambios, aún sigue vigente la frase de Mario Sojo Acosta:

Aunque la mentira se disfrace, la verdad siempre saldrá a flote.

Se trata, pues, de una especie de “virus” que sólo afecta a los gobernantes; de una “enfermedad” que tiene sus ciclos; de una mentira disfrazada de política de comunicación social.




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