DOS HISTORIAS ENTRELAZADAS Por Pedro Nicodemus

Mi esposo me engaña…

Después de muchas llegadas tarde pude darme cuenta que Jorge me engañaba.

Primero lo olí a un perfume desconocido y él aseguró que era el aroma del jabón líquido del gimnasio al cual va todos los días. “Ya reclamé al gerente porque ese menjurje huele a mujer barata”, dijo molesto.

Después vi que su camisa estaba manchada de carmín y deduje que alguna de sus compañeras de trabajo lo había abrazado (fue su santo).

Estaba raro porque no me veía a los ojos y supuse que se debía a la carga de trabajo que suele distraerlo los fines de mes.  Pobrecito, me dije, las que tiene que pasar para que sus hijos y yo tengamos una buena vida.

Una de esas noches que deseaba sexo me le acerqué cariñosa y él gruñó como si estuviera profundamente dormido. Empecé a tocarlo y cuando llegué a su zona erógena brincó levantándose para ir al baño: “Me cayó mal la cena”, dijo. Y yo que le creí.

Cuando empecé a mirarlo con los ojos de la sospecha haciéndole preguntas extrañas como: “¿Qué piensas del adulterio?”, él respondió nervioso con otra pregunta defensiva: ¿Alguna de tus amigas engaña a su marido? Al otro día sin tener por qué me llevó unas flores. “Son para que recuerdes cuánto te amo”, dijo el sinvergüenza.

Otra ocasión me regaló una churumbela con diferentes piedras. Su esplendor me sedujo provocándome para que lo abrazara como cuando éramos novios. Olí el aroma a sexo. ¡Qué bárbara!, pensé, lo que es el poder de la mente que conserva los olores de aquellos momentos felices, juveniles. ¡Ah, la burra! No caí en cuenta que Jorge estaba impregnado del tufo aquel que dejan las jovencitas cuyo deporte preferido es el sexo, precisamente.

Fueron tantas las huellas y los indicios y las pistas y los vestigios y los rastros producto del engaño, que me convencí de que Jorge, mi amado esposo, me era infiel, me ponía los cuernos, me había visto la cara de pendeja. ¿Qué hago?, pensé. ¿Lo dejo que siga en ese camino y adopto el consejo que me dio Juanita, la esposa del senador…? ¿Hago como que le creo sus mentirillas…? Finalmente opté por el camino cómodo que alguna vez dibujó con palabras mi sabia abuela: “Más vale creer que averiguarlo”.

Un año después del “descubrimiento” comprobé que a veces conviene perdonar a quien no pone los cuernos. ¿Saben por qué? ¿No? Bueno, se los digo:

Los papeles se voltearon y yo fui quien empezó a oler a sexo, a perfumes ajenos, a llegar tarde, a comprar para Jorge algún detalle, a ponerme nerviosa, a sentirme mal, a decir mentiras piadosas, a bañarme a deshoras, a verlo de reojo, a sentir remordimientos, a enojarme conmigo misma. Sufrí mucho por las miradas y los reclamos de mi pequeño hijo. “¿Por qué llegas tan tarde, mamá?” Me preguntó un día. Y esas palabras me obligaron a cambiar. Hoy aprovecho que Jorgito está en la escuela o en natación o en la clase de música o en la escuela de fútbol para ir a Superama, encargar la despensa a una de las empleadas y salir de ahí como alma que lleva el diablo para encontrarme con un atlético y hermoso sexoservidor. Regreso por las cosas que “compré” y llego a la casa como si nada hubiera pasado.

¿Y qué hace Jorge, mi esposo? Nada, sólo me mira de frente y, por su actitud, creo que sigue el sabio consejo de la abuela, el ya famoso “más vale creer que averiguarlo”.

Y mi esposa también…

Un día llegué al psicoanalista con un terrible dolor existencial. Le platiqué que había encontrado a una mujer extraordinaria. Me dio cuerda y con su “ajá, explícame por qué es extraordinaria”,  empecé a hablar como si cada palabra sirviera para sacar los remordimientos que me dolían como enormes espinas clavadas en el pecho. Entre las cosas que le dije recuerdo haber dibujado con frases los senos de Iralia, protuberancias que parecían torneadas por alguno de los dioses del Olimpo. Me entusiasmé tanto que sin haberlo pensado antes, ese día pude describir el placer del sexo, algo que nunca había dicho ni sentido a pesar de mis múltiples experiencias, incluidas las que tuve con Lucero, mi esposa, una hembra que llama la atención en donde quiera que se pare. En una hora dije más palabras que las que había pronunciado en la semana anterior. El doctor me miraba complacido como si estuviera disfrutando mis recuerdos y hasta los orgasmos que no dije pero que él pudo haber imaginado.

“¿Lo sabe su esposa?”, preguntó con morbo, digamos que profesional.

Creo que no, le respondí.

Él sonrió como lo hacía mi padre cuando conversaba conmigo sobre algún amor estudiantil. Me pareció extraña su actitud; complaciente quizás o tal vez cómplice. Su consejo fue: “Toma unas vacaciones con tu mujer y si se presta la ocasión háblale de sexo, como lo has hecho conmigo. No tienes que decirle tu relación con Iralia. Coméntale que lo soñaste o que lo pensaste o que recordaste tu época de joven cuando ella todavía no estaba en tu vida. Son las mentiras piadosas o medias verdades que ayudan a sobrellevar e incluso a mejorar el matrimonio.

Ese día llegué a casa decidido a irme de vacaciones pero consciente de que mi esposa tenía varios compromisos. Con el mejor de mis encantos le dije que me acompañara a descansar. “Estaremos tres días en Playa del Carmen”, sugerí temeroso de que aceptara. Sorprendida por la invitación, con una mirada que nunca le había visto, ella dijo que no me preocupara; que fuera solo ya que se me notaba tenso; que me haría mucho bien meditar allá en las seductoras playas del Caribe. Le tomé la palabra y al otro día me encontré con Iralia en aquel paraíso de enamorados donde, en efecto, me puse a meditar sobre la vida y sus placeres.

Regresé a mi hogar con la cola entre las piernas. Volvió el remordimiento aquel, el de las espinas enterradas en el pecho. Cuando estaba a o punto de acostarme entró Lucero oliendo a sexo, a perfumes ajenos. “Te compré esta corbata, mi amor”, comentó. Yo me quedé mudo sin poder reclamar lo que intuía. Ella lo notó y con un extraño rubor en las mejillas me dijo:

“Jorge: ¿por qué no hablamos de nuestras aventuras juveniles, cuando tú y yo todavía no nos conocíamos…?”

Sonreí como lo había hecho el psicoanalista. Callé mis reclamos que podrían ser los de ella. Y me dormí con una frase perforando mi conciencia: “Desde cuándo Lucero me engaña”.

Desperté convencido de que el volver a sentir la vida interior de Iralia, su candente humedad y su agitada respiración, me ayudaría a encontrar la fuerza espiritual que necesitaba para poder perdonar a mi esposa.

Así que prefería no saber el nombre del sancho. Y me vino a la memoria la sonrisita del terapeuta…

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