LA BUENA SEMILLA, EL SALVOCONDUCTO* Por Alejandro C Manjarrez

La familia de Pelagio tuvo que marcharse de Tochimilco cuando Emiliano Zapata tomó el pueblo para establecer ahí uno de sus cuarteles, el que le servía de escondite. Nadie los obligó a dejar su casa y tierras; sin embargo, la fama que precedía al revolucionario morelense los forzó a vivir en Atlixco primero, y después en la ciudad de Puebla. “Mejor váyanse porque a mi general Zapata le gusta fusilar a los güeritos”, les había aconsejado Fortino Ayaquica, ex trabajador de don Román, padre de Pelagio.

Una vez obtenido su título de maestro de música de la escuela en donde, por cierto, siendo estudiante reprodujo las proclamas de Aquiles Serdán, Pelagio empezó a trabajar como auditor en el tren México-Puebla. Combinó así sus actividades docente y revolucionaria, esta última al lado del coronel Porfirio del Castillo. Estaba en su apogeo la Revolución armada que detonó Serdán, cuando una de sus balas acertó en el pecho de Miguel Cabrera. Eran tiempos de violencia, de carencias y reacomodos políticos debido a que Porfirio Díaz acababa de dejar la presidencia de la República a Francisco León de la Barra Quijano.

Un día de tantos, cerca de Huejotzingo, el tren donde viajaba Pelagio fue dinamitado por las fuerzas de Zapata. La confusión y el pánico se apoderaron de los pasajeros y conductores, pues todos sabían que los revolucionarios que asaltaban al ferrocarril tenían órdenes de fusilar a su tripulación. Los zapatistas separaron a los pasajeros e hicieron una fila con el personal del tren.

“Fórmenlos y mátenlos”, fue la frase que produjo en los trabajadores la sensación de impotencia ante lo injusto. Unos soportaron el maltrato estoicos, mudos del susto. Otros rezaron pidiéndole a Dios que los salvara. Y pocos protestaron sabedores de que sería lo último que podrían hacer. Entre éstos estaba Pelagio.

Cuando se colocó a los “sentenciados” en el improvisado paredón, el general Fortino Ayaquica, quien había dirigido la operación de asalto al tren, reconoció a Pelagio.1

— ¡Espérense! —Ordenó al jefe del pelotón—. ¡A ver muchacho venga usted pa’cá! —instruyó al maestro de música y auditor del ferrocarril. Lo separó del grupo y le dijo casi en secreto—: Voy a ver qué puedo hacer por tu vida. Se lo debo a don Román, tu señor padre—. Después se dirigió al jefe de la unidad para ordenarle—: ¡Usted sígale y no deje a nadie vivo! —En ese momento el joven maestro intervino y pidió clemencia por sus compañeros:

—General Fortino —dijo Pelagio—, déjelos vivir... Ellos no tienen la culpa; sólo son trabajadores igual que yo…

—Mire muchacho; mejor cállese. Tuvo la suerte de que yo mande a este grupo si no ya estuviera en el paredón. No me obligue a regresarlo con los que van a morir…

Fortino tenía ante sí al hijo del dueño de la finca donde había trabajado como caballerango. Pelagio ya no pudo hablar; las lágrimas de impotencia y dolor le rasaron los ojos. Ayaquica se molestó con la reacción que una vez más le mostraba el lado bondadoso y amable de los Manjarrez. Cuando iba a decirle el motivo de su decisión se escuchó el estruendo de los rifles que mataron a los ferrocarrileros.

El salvoconducto
El general Fortino Ayaquica decidió llevar al preso a Calpan, lugar donde Domingo Arenas había establecido su residencia. Quería informarle a su jefe las razones por las que perdonó a uno de los hombres sentenciados sólo por trabajar en el ferrocarril controlado por el gobierno. Ya frente a su superior, Fortino justificó su decisión:

—Domingo, mi general —le informó—: este muchacho es hijo de un hombre bueno y noble. Yo trabajé en su finca. Su forma de ser y de respetar a los demás me hizo confiar en él. Mi familia y yo le debemos mucho de lo bueno que hay en nosotros. Por eso perdoné la vida del muchacho.

El general Arenas miró sorprendido a quien era su mano derecha. Acababa de descubrir una nueva faceta en el campesino cuya fama contradecía ese novedoso talante. Levantó las cejas ordenándole que continuara.

—Le pido a usted mi general Arenas, que le conceda un salvoconducto y con ello la vida. Si es necesario fusilar a alguien más, pos aquí está su amigo con el pecho dispuesto a recibir el plomo…

El general zapatista resopló e hizo una mueca para conceder lo que pidió Ayaquica. Enseguida tomó del brazo a Pelagio para advertirle:

—Tenga Usted presente que es el primero, y espero que el último, de los hombres que estando en la línea de ejecución se salvan del viaje al otro mundo. Agradézcale a la virgencita y a su padre porque sembraron en Fortino la semilla de la bondad que ojalá ya no dé más frutos. —El general aspiró profundo e ironizó con los ojos fijos en las mujeres que recatadas presenciaban la escena—: ¡Perderíamos la Revolución…! Y Fortino y yo tendríamos que ponernos las faldas que usan estas viejas.

Una vez liberado, Pelagio emprendió su regreso a la Ciudad de Puebla. Lo hizo caminando durante dos días, tiempo que le permitió meditar sobre las semillas que el hombre debe sembrar en su vida, tal y como lo había hecho su padre. Al llegar a su casa de la esquina de Cruz de Piedra y 18 Poniente, le sorprendió ver que su familia llevaba a cabo sus exequias, pues por los informes de los pasajeros ya lo consideraban muerto. Todos rezaban fervorosos y sollozantes un rosario en su memoria.

Pelagio se paró en el quicio de la puerta de aquella habitación con olor a parafina y nardos. Quedó impresionado ante los rostros de su familia, facciones que mostraban el dolor acentuado por los contrastes de las luces y el titilar de las velas.

Desconcertados, miembros y amigos de la familia suspendieron el rezo cuando apareció el muerto vivo y sonriente. Algunos creyeron que se trataba de una presencia fantasmal, susto que fue el preámbulo de la felicidad que momentos antes no existía.

Las aguas broncas, diez años después

No pasó mucho tiempo para que se agitaran aún más las aguas broncas de la Revolución. Pelagio siguió con la costumbre de sembrar sus propias semillas. Pese a ello, otro día de tantos, cuando la revolución delahuertista perdió (1923), él y sus hermanos: el gobernador Froylán C. Manjarrez, David y Gilberto Bosques Saldivar (éste último su cuñado) fueron declarados perseguidos políticos sentenciados al paredón. Todos tuvieron que dejar su cargo y huir para no ser aprendidos y fusilados.

Juan Andrew Almazán, en su papel difícil de amigo-enemigo y jefe de la zona militar, en cumplimiento a las instrucciones del presidente Álvaro Obregón, los detuvo en las orillas de Puebla.

La amistad pudo más que la orden tajante de ejecución. Sin embargo, como no podía liberarlos envió un telegrama para informar al Presidente de la República sobre la aprehensión. Éste respondió que se daba por enterado del fusilamiento, sugerencia u orden disfrazada que Almazán desestimó.

—No puedo hacer más —les dijo afligido—; tendré que mandarlos a la ciudad de México para que sea el propio Presidente quien determine qué hacer con ustedes.

El fusilar a una familia amiga, entre ellos a un gobernador, implicaba un enorme peso moral y político que Almazán no quiso ni pudo asumir. La responsabilidad le había quitado el sueño. Aguardó hasta el siguiente día para ordenar que los llevaran a la estación del tren.

—Espero que ocurra un milagro en el camino —dijo Juan Andrew con un gesto extraño. Después se despidió de mano de cada uno de los detenidos como si ese fuera el último adiós.

En el trayecto hacia el Distrito Federal, los ferrocarrileros camaradas de Pelagio le advirtieron discretamente que al arribar a los andenes de la Estación de San Lázaro serían fusilados.

Ya lo imaginaba —les dijo—. Si así lo decide Dios, es obvio que no tendremos escapatoria.

—Pues parece que Dios te escuchó porque improvisamos un falso movimiento de trenes para facilitar que tú y tus hermanos bajen subrepticiamente —le informó casi en secreto uno de sus compañeros.

—Está bien, pero primero hagamos un simulacro para ver cómo reaccionan nuestros custodios —propuso Gilberto Bosques después de enterarse del plan que le llenó de gozo—. Tal vez alguno de ellos tenga la misión de delatar a quienes nos ayuden.

La advertencia de Gilberto hizo recapacitar al grupo. Y el líder de aquel propósito decidió hacer la maniobra para observar, como lo anticipara Bosques, las reacciones de los ferrocarrileros. Así descubrieron a los habilitados como agentes secretos comisionados para evitar el escape de los presos.

—En el próximo movimiento esos custodios quedarán aislados por otros compañeros. No permitiremos que se muevan —dijo el auditor encargado del ferrocarril.

Se preparó lo que sería la maniobra definitiva para llevarla a cabo cuando el tren estuviera a unas cuadras de la terminal. Como ya no hubo tiempo para otro simulacro alguno de los ferrocarrileros musitó: “Que Dios nos ayude”.

—Tienen que darse prisa y bajar antes de que los compañeros rompan el cerco que les formamos —instruyó el auditor—. Y tú te llevas a estos polizones —dijo el ferrocarrilero al pasmado Pelagio que ignoraba que sus pequeños hijos se había subido al tren cuando éste ya estaba en movimiento.

— ¿¡Qué hacen aquí muchachos!? —preguntó el acongojado y sorprendido padre. Sin esperar la respuesta los abrazó.

— ¡Listos! —Dijo el auditor—. ¡Este es el momento!

Los detenidos descendieron del tren con agilidad felina (Pelagio acompañado por sus hijos Luis y Gustavo) para enseguida ser recogidos por los compañeros que conducía los dos automóviles medio ocultos debajo de un frondoso árbol. Los vehículos partieron con sus pasajeros cada uno por distintos rumbos.

Cuestionado por su superior, el responsable de vigilar el viaje de los detenidos respondió apenado: “Se los tragó la tierra, Jefe”.

Después de varios días a salto de mata Pelagio y su familia encontraron refugio en Milpa Alta. Sus hermanos Froylán y David, junto con Gilberto Bosques, partieron rumbo a Veracruz disfrazados de carboneros. Una vez superada la contingencia que incluyó su periplo por diferentes tierras, entre ellas Cuba, Froylán se fue a España y Gilberto Bosques regresó a México para un día de tantos toparse con Álvaro Obregón. “Ahora sí, éste me mandará aprehender y fusilar”, le dijo Bosques a su esposa cuando caminaban por el bosque de Chapultepec y se cruzaron en el trayecto del auto que llevaba al Presidente. Bosques no sabía que Obregón ya había dado la vuelta a la página de la revolución que encabezó Adolfo de la Huerta.

Gracias a la previsión que en su caso estuvo acompañada con el compañerismo, la inteligencia y la fraternidad, las buenas semillas volvieron a dar sus frutos: los protagonistas de estos episodios revolucionarios pudieron cumplir lo que les había deparado la vida, destino por cierto relacionado con el arte, la cultura y el humanismo. Lo que siempre lamentaron fue que por aquella fuga concertada, el presidente Obregón decidiera ordenar el cese de miles de ferrocarrileros porque, supuso, en esa bola estaban los cómplices de los Manjarrez y de Bosques.

Era pues la época de las aguas broncas de la Revolución, como denominó Froylán C. Manjarrez al lapso en comento.

*Capítulo de mi libro: La corrupción, herencia atroz (Confidencias del poder)


Labra Manjarrez, Armando: esbozo biográfico de Pelagio C. Manjarrez. Revista Conservatorianos, 2002.



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