Mi vivencia personal con el movimiento de 1968 Por Manola Álvarez Sepulveda
En ese entonces era una joven recién titulada en las licenciaturas en Ciencias Diplomáticas y en Derecho de la UNAM (las estudie simultáneamente, lo aclaro por aquello de la edad). Al día siguiente de mi último examen profesional, primero de julio, empecé a impartir una cátedra en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales y fue en ese contexto que participé en el movimiento estudiantil.

Un desacuerdo con motivo de un partido de fútbol americano entre las vocacionales 2 y 5 del politécnico y una prepa de la Universidad iniciaron el conflicto. Para pacificar a los estudiantes los granaderos intervinieron y lanzaron un bazucazo contra la prepa de San Ildefonso. Las protestas por esta acción represiva llevaron a los jóvenes a lanzarse a las calles.

Las marchas eran totalmente pacíficas. Nadie llevaba instrumento alguno que pudiera usarse para agredir. Y cuando pasaba una ambulancia o un carro de bomberos, la columna les permitía el paso, aunque fuera para que regresaran con sus mangueras a lanzar agua contra los manifestantes que corríamos para ponernos a salvo.

Nada que ver con las marchas de ahora, en dónde el miedo a que los llamen reprensores y los comparen con sus antecesores, ha hecho de la policia un adorno ridículo y a los anarcos una furia incontenible e impune.

La facultad de Ciencias Políticas se declaró en huelga y todos los días había asambleas para discutir los planes de acción. Como suele ocurrir, las reuniones se convirtieron en una lucha por destacar los protagonismos personales, el contenido y la actitud es igual a los debates actuales en el Congreso de la Unión, por lo que dejé de acudir el 18 de septiembre, fecha en que el ejército entró a Ciudad Universitaria, llevándose detenidos a mis compañeros catedráticos.

Al día siguiente indignados por la violación a la autonomía universitaria íbamos por el Viaducto, conducía el vehículo mí esposo Alejandro C. Manjarrez: quedamos en medio de un convoy del ejército lo que desató su furia y chocaron a propósito contra nosotros. Al reclamarles nos dijeron que si se tomaba alguna represalia contra ellos, nos atuviéramos a las consecuencias. Fue un momento de gran indignación y temor por la actitud de los soldados aun a sabiendas de que era hija de un general y por el antecedente de la intervención en la Universidad.

México estaba en la mirada de todo el mundo por la cercanía de las Olimpiadas. Muchos corresponsales extranjeros ya se habían acreditado en nuestro país y seguían con atención el conflicto. También se estaba dando la lucha soterrada por la sucesión presidencial. Y los intereses tanto de los grupos de derecha como de izquierda trataban de imponerse.

Cuando se realizó el mitin en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de repente se oyeron unos disparos contra el ejército, lo que desató el fuego cruzado que cobró cientos de víctimas entre los estudiantes.

Ahí estaban varios de mis alumnos de quienes nunca supimos su paradero.

Después de estos lamentables sucesos mucho se ha discutido sobre el origen de esta agresión. En la situación política y mediática en que se encontraba México, el menos interesado en cometer un acto de represión parecería ser el gobierno. Algunos analistas sostienen que existían infiltrados que se identificaban por un guante blanco, el llamado Batallón Olimpia, y que fueron los que detonaron el conflicto. ¿Quién los dirigió, y a quién convenía este acto?

Dos años después de estos acontecimientos tuve la oportunidad de cuestionar sobre el evento a Luis Echeverría, entonces Presidente electo.

Mi padre el diputado constituyente José Álvarez y Álvarez de la Cadena, había fallecido y junto con mi madre nos entrevistamos con Echeverría en su casa de Cuernavaca con la intención de solicitarle mi incorporación al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología recién creado (a pesar de todo lo logré).

Echeverría había sido un admirador de los constituyentes y los atendió acompañándolos en sus giras, desde que era un empleado menor de la Secretaría de Gobernación.

Con la imprudencia y el valor propios de la juventud, le dije que en la UNAM, era considerado como un asesino y que las instalaciones estaban llenas de consignas en su contra por la represión al movimiento del 68. Tuvo la deferencia de dedicarme mucho tiempo para explicar su punto de vista en vez de ordenarme que me retirara.

RESPONDIÓ que la cercanía de las Olimpiadas produjo hechos como los siguientes:

Se movieron los actores políticos que pretendían obtener la candidatura a la presidencia de la República; actuaron los enviados por el imperialismo norteamericano y los grupos extremistas de izquierda se infiltraron en el Movimiento estudiantil. Todo ello para lograr el desprestigio del gobierno de Diaz Ordaz y acabar con las posibilidades de su candidatura. Eso dijo y agregó:

Que por ello se realizó el ataque contra el ejército, haciendo parecer como que procedía de los manifestantes y que al contestarlo en defensa de su integridad, lamentablemente se dio el fuego cruzado que acabó con la vida de cientos de estudiantes.

Echeverría me dijo que lograron lo primero, sobre todo cuando Díaz Ordaz aceptó la responsabilidad de la acción por ser el jefe máximo del ejército.

No obstante lo anterior Echeverría fue el candidato del PRI a la presidencia y ganó.

Él consideró que estos fueron los verdaderos motivos y a los que señaló, los autores intelectuales de esa represión.

De la presencia actual de los “anarquistas”, que seguramente no saben lo que quiere decir el término, tal vez tardemos mucho en conocer su origen y propósito.

Por el momento les hago llegar mi experiencia personal que ojalá les sirva para entender mejor el Movimiento de 1968.

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