La medalla I. Zaragoza, otorgada a Gilberto Boques S. Por Alejandro C. Manjarrez
La medalla que un diputado se robó

La medalla misteriosa

Después de recorrer el mundo apareciéndose en museos, calles y ciudades, el avatar de Gilberto Bosques Saldívar llegó al país y también a Puebla, su tierra natal. De ello dieron cuenta los periodistas Alfonso Yánez Delgado, Gabriel Sánchez Andraca y Óscar López Morales. Los tres coincidieron en la extraordinaria labor del chiauteco en cuya historia está el agradecimiento eterno (por aquello de las generaciones) de los más de cuarenta mil judíos, españoles, italianos, austriacos, alemanes y franceses que salvó de la persecución criminal de Hitler y de Franco. En las siguientes páginas publicamos parte de la luminosa existencia humanista de este sí ilustre mexicano, al cual Maximino Ávila Camacho le robó la gubernatura del estado.

En esas páginas (32-37) enlistamos las preseas y los reconocimientos nacionales e internacionales que obtuvo. Tomo de ellas el dato que seguramente le interesará por los personajes que involucra

José María Cajica, entonces abogado y “gran legislador” (él hacía desde las iniciativas hasta los proyectos que habrían en leyes), le aconsejó a Guillermo Jiménez Morales, a la sazón gobernador del estado: “Señor gobernador: sería para Puebla y su gobierno muy relevante que el Congreso del Estado le otorgara la medalla Ignacio Zaragoza al profesor Gilberto Bosques Saldívar”.

            Fiel a su estilo para ocultar su desconocimiento sobre ese u otros temas, Jiménez Morales preguntó cauto cuál sería el argumento toral del asunto. “La extraordinaria labor diplomática de don Gilberto”, respondió comprensivo el maestro Cajica. Y después abundó haciendo un resumen sobre la labor del poblano que por aquellos días casi nadie conocía en Puebla (la ignorancia también se hereda, que conste). Entusiasmado, el gobernante ordenó al líder de los diputados que “procediera en consecuencia”. Y así se hizo. Y se corrieron los trámites. Y se mandó a hacer la medalla a la Casa de Moneda. E invitaron a don Gilberto para que la recibiera pero él decidió no asistir a la ceremonia ni aceptar la medalla porque –le dijo al que esto escribe– estaba en desacuerdo con la actitud política de Jiménez Morales.

La paradoja
Llegó el día de la entrega de la citada medalla (de oro o bañada y envuelta en un lujoso estuche de madera cerrado con un hermoso moño tricolor). La sesión inició con el debate sobre un “hecho curioso”: por primera vez en la historia del Congreso poblano estaba presidido por una par de jóvenes hijos de dos de los “caciques” más connotados de Puebla. Uno de ellos era Antonio Hernández y Genis y el otro Jesús Hernández Barbosa, vástagos de don Antonio Hernández y Amador Hernández respectivamente (sin parentesco). Los diputados Chávez Palma y Teodoro Ortega, ambos de la oposición, se dieron vuelo disertando sobre la paradoja. Y los aludidos decidieron divertirse porque así se los permitía la ausencia de Jesús Morales Flores, entonces diputado coordinador de la fracción del PRI y, obvio, líder de la Cámara.

            Después del “intenso” debate sobre el origen caciquil del presidente y secretario de la Mesa Directiva, se abordó el asunto de la medalla. Lo digamos que raro es que, excepto Hernández y Genis, ninguno de los diputados presentes conocía la historia, el origen y la labor diplomática del galardonado (el diputado había estudiado derecho internacional, le transmitió a sus compañeros la cápsula histórico-cultural). Tampoco supieron que Bosques no asistiría al reconocimiento debido a –como ya lo dije– su desacuerdo con el estilo del gobierno jimenista. Aparte de Hernández y Genis, los otros que conocían al constituyente poblano eran el referido José María Cajica y Gustavo Abel Hernández, éste último coordinador de asesores de Guillermo.

La ausencia
Como no llegó don Gilberto, el pleno decidió nombrar a otro diputado para que se trasladara al domicilio del homenajeado con el fin de entregar la famosa medalla. La comisión recayó en José Alarcón Hernández quien, orgulloso y complacido, aceptó cumplir el honroso encargo. Pero algo pasó en las horas siguientes porque la medalla se esfumó, desapareció. Y aunque el acta de la sesión correspondiente consigna que la “Ignacio Zaragoza” le fue entregada al diputado Alarcón, éste jamás acudió al domicilio de la familia Bosques y, en consecuencia, nunca más nadie supo nada sobre aquel galardón que el parecer se quedó en el limbo de la corrupción.

¿Qué pasó? ¿Pepe la guardó para entregársela a los bisnietos de Gilberto Bosques? ¿Se la robaron y apenado se tragó la denuncia, el informe? ¿Supuso el honrado emisario que con sus 90 años a cuestas don Gilberto pronto pasaría a mejor vida? ¿Paró en el patrimonio de alguno de los coleccionistas que desde hace años compran y atesoran ese tipo de monedas? ¿Se la clavó?

Mientras y para nutrir su ánimo benevolente debo decir que en esos entonces no existía Internet y que por ello Gilberto Bosques todavía no ingresaba a la “carretera de la información”. Hoy, sin embargo, es distinto y el chiauteco ya está referido y además forma parte de Google, por ejemplo. Poco más de treinta mil seiscientas referencias entrecomilladas, es decir, específicas, menciones todas sobre su actuar y su vida, información que de haber existido en los tiempos de Jiménez Morales, la medalla de marras nunca se habría “extraviado”.

Otra de medallas
Poco antes de que llegara a su término el mandato de Jiménez Morales, Manuel Espinosa Yglesias fue homenajeado por los empresarios de Puebla que, encabezados por el propio gobernador, le ofrecieron un aplauso de larga duración. Los dueños del dinero y acaparadores de los créditos blandos y también de los duros, dinero que años después formó parte de Fobaproa, se habían dado cita en el Congreso local poblano para ser testigos de la entrega de la medalla Ignacio Zaragoza, que en esa ocasión el Congreso del estado le otorgó al ex banquero.

            Emocionado, a punto de las lágrimas, don Manuel le preguntó al gobernante: “¿Y cuánto me costará esto?”. El rostro de Jiménez Morales adquirió el color de la vergüenza que surge cuando alguien descubre lo que el apenado no quiere que se sepa. Y le respondió sonriente, nervioso: “Nada señor, usted ya nos ha dado mucho”

            Espinosa Yglesias no encontraba la forma de mostrar su agradecimiento ya que la medalla de marras “no le costaría nada”. De acuerdo con la costumbre y experiencia del millonario que forjó parte de su fortuna en su tierra (la lana de William Jenkins pues), la vida y el prestigio del héroe de Puebla, deberían tener un alto costo tomando en cuenta su lugar en la historia. Así que sin pensarlo más se quitó de la muñeca el Rolex Rey Midas para obsequiárselo al hombre que vivía sus últimos meses como mandatario. “Tenga usted, gobernador –le dijo con un nudo en la garganta–, es un modesto presente de su amigo para que me recuerde y comparta conmigo estos gratos e importantes minutos”.

Aparte del oro y el mecanismo perfecto del Rolex, pasadas las semanas Espinosa Yglesias tuvo que ponerse con otro “cuerno” igual de millonario que las anteriores “donaciones” (el Parque Ecológico, el Mercado la Victoria, el campus de la BUAP, y la hoy controvertida UDLA). Visto el hecho con los ojos del optimismo, podemos decir que una vez más Zaragoza derrotó a las fuerzas invasoras, en este caso las que “irrumpieron” en la casa del pueblo, que es el Congreso local...

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@replicaalex

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