Siempre hay un estúpido para una persona narcisista

Salud y orientación
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El narcisista no busca víctimas, busca permisos...

Hay relaciones que no empiezan con un “te amo”, sino con un silencioso “te tolero”. Y ahí, justo ahí, se siembra la semilla de lo que más tarde llamaremos —con tono dramático y mirada de víctima— una relación tóxica.

Pero vayamos despacio, porque la ciencia, aunque no tenga sentido del humor, sí tiene memoria.

Desde la psicología clínica, sabemos que las dinámicas de abuso no son un acto unilateral sostenido en el tiempo por arte de magia. Requieren, inevitablemente, de dos engranajes: uno que empuja y otro que, por razones complejas y profundamente humanas, no se retira. No se trata de culpar, sino de comprender el fenómeno completo. Porque sí: sin conducta que limite, el comportamiento invasivo encuentra terreno fértil.

Dicho de manera incómoda —y por eso mismo útil—: sin agredido, no hay agresor funcional. Sin frontera, no hay invasión.

Ahora bien, ¿por qué alguien se queda? ¿Por qué alguien tolera lo que le duele?

La respuesta no es la estupidez, aunque el título nos guiñe el ojo con sarcasmo. Es más sofisticada —y más peligrosa—: dependencia emocional, patrones aprendidos en la infancia, refuerzos intermitentes (ese delicioso mecanismo psicológico donde el afecto llega a cuentagotas, generando adicción), y una narrativa interna que justifica lo injustificable.

El cerebro, en su infinita capacidad de adaptación, termina confundiendo intensidad con amor. Y ahí aparece el narcisista —ese artista del espejismo— que primero idealiza, luego devalúa y finalmente controla. Pero no lo hace en el vacío. Lo hace frente a alguien que, poco a poco, fue cediendo terreno.

Porque nadie llega un día y dice: “Hoy permitiré que me destruyan emocionalmente”. No. Esto es progresivo, casi elegante en su crueldad. Primero se tolera una crítica, luego un desprecio disfrazado de broma, después un silencio castigador… y cuando uno quiere darse cuenta, ya está pidiendo permiso para existir.

Y aquí viene la parte incómoda —la que nadie quiere leer pero todos necesitan entender—: responsabilizarse no es culparse. Es recuperar el poder.

Quien permite lo que permite no es culpable de haber sido herido, pero sí es responsable de seguir quedándose donde se le hiere. Esa distinción es fundamental. Porque mientras la narrativa sea “me hicieron”, la historia no cambia. Pero cuando aparece el “yo permití”, entonces —y solo entonces— nace la posibilidad de salir.

Sin caperucita no hay lobo. Pero cuidado: el lobo existe. Y muerde. Negarlo sería ingenuo. Lo que sí podemos cuestionar es por qué alguien sigue entrando al bosque sin mapa… o peor aún, sabiendo exactamente dónde vive el lobo.

El narcisista no busca víctimas, busca permisos.

Y siempre, absolutamente siempre, habrá alguien dispuesto a otorgarlos… hasta que deje de hacerlo.

Ese día, el lobo se queda solo.

Y la historia, por fin, cambia de autor.

Paty Coen

Revista Réplica