El mito de la piedra: Por qué soltar la mano hoy es una irresponsabilidad

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Hacerlos fuertes no significa soltarles la mano en medio del campo minado

A raíz de un breve video que compartí en mis redes sobre la importancia del respaldo emocional de los padres hacia los hijos, surgió un comentario que me obligó a detener el paso y reflexionar. Alguien sostenía que ofrecerle a un hijo un "aquí estoy para lo que necesites, cuenta conmigo" es, en realidad, una receta infalible para fabricar adultos irresponsables. Una visión que asume que el amor incondicional es una forma de solapamiento.

Nada más alejado de la realidad que enfrentamos en este 2026.

Es cierto, en mis tiempos —y quizás en los suyos— la filosofía educativa era otra. Se nos decía que había que dejar que el adolescente "tropezara con la piedra". Que viviera su primera borrachera, que sufriera la resaca y que, a través de ese impacto contra el suelo, aprendiera los límites del mundo. Pero hay un error de cálculo en esa nostalgia: el paisaje ha cambiado.

De piedras a lanzas incandescentes

En la actualidad, las piedras en el camino han dejado de ser obstáculos romos que solo dejan un raspón en la rodilla. Hoy, lo que encuentran nuestros adolescentes allá afuera son lanzas puntiagudas, filosas, incandescentes y, con una frecuencia aterradora, mortales. Dejar a un hijo a su suerte en el entorno actual no es "forjar el carácter"; es, lisa y llanamente, una irresponsabilidad parental.

Durante la construcción de mi novela Reparación de vidas catastróficas, tuve la oportunidad de sumergirme en testimonios y entrevistas que revelan un patrón escalofriante. El factor común en quienes cayeron en el abismo de las adicciones no fue la falta de "mano dura", sino la ausencia de un abrazo sincero, de un beso del padre o de la atención genuina de una madre. Los adictos no pedían impunidad; pedían cercanía.

La biología no sabe de modas

Hay un dato científico que no podemos ignorar por más que queramos apelar a la "vieja escuela": la corteza prefrontal. En la adolescencia, esta zona del cerebro —encargada del control de impulsos y del juicio— no ha terminado de madurar. Tenemos a jóvenes navegando tempestades de impulsividad sin un timón funcional.

La investigación para mi obra me permitió confirmar que la puerta al infierno de las drogas más devastadoras casi siempre se abre desde un cerebro ya intoxicado. El alcohol inflama esa corteza prefrontal, nubla el juicio y deja la puerta entornada para que lo peor del entorno entre sin resistencia.

Estar presentes es un acto de resistencia

Decirle a un hijo "puedes hablar conmigo si te metes en un problema" no es darle permiso para delinquir; es tender un puente de plata para que, cuando el conflicto llegue —porque llegará—, el adolescente no busque refugio en el dealer de la esquina o en la soledad del consumo, sino en la guía de quien ya recorrió el camino.

No se confunda. No se trata de sobreproteger, sino de no dejarlos al amparo de los infiernos. Hoy más que nunca, la prevención es un acto de presencia. Hable con la verdad sobre las consecuencias de las sustancias, vigile los entornos, conozca las amistades.

Hacerlos fuertes no significa soltarles la mano en medio del campo minado. Significa ser el puerto seguro al que puedan volver cuando el mundo intente prenderles fuego. Cuide a sus adolescentes; hoy las piedras ya no solo hacen tropezar, hoy las piedras matan.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica