No entiendo vuestra maldad

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Por lo menos, a mí (sea lo que sea para vosotros) no me puede el engaño… ¡ni el consentirlo siquiera!

En verdad, la maldad es todo lo que no puede consentir la verdad de la ética; y sencillamente porque la ética es “muy suya”, sí, es muy dada a estar con dios (pero el de la naturaleza) o aun con el no error, o sea, es estrictamente racional o equilibrada. 

No obstante, cualquier ser humano siempre tiene excusas para eludir a ese mandato ético por una u otra conveniencia, o a veces por una debilidad cultural o a veces por una rentabilidad buenizada o, en fin, en el fondo por egoísmo antropocentrista.

Y ya eso, ¡tan repugnante!, unido a tanto adoctrinamiento de ideologías, de religiones y de fanatismos, dio, da y dará más fuerza o poder para mandar “al carajo” a la misma ética.

Por mi parte, yo únicamente entendí lo mío, es decir, durante toda mi vida entendí de lo que sembré y cuidé (por condición natural) para que amorosamente permaneciera en mi entorno o en el mundo, ¡nada más!; y sólo fue razón o racionalidad, compromiso ético y responsabilidad sin excusas de irresponsabilidad. ¡Y parece poco! 

En convicción y en lógica, es cierto, cada uno entiende de lo que siempre da, o al menos de lo que siempre lucha por darlo, sí, eso es elemental en una honestidad o en un no engaño, porque cada uno únicamente entiende de eso que le ha costado mucho (en renuncias, en puertas cerradas y en otros riesgos) entregar al mundo con toda su voluntad o esfuerzos.

Ante esa entereza de benevolencia, la verdad, no entiendo cómo han fallado otros, cómo han dejado sus interiores tan bajos (¡no lo entiendo!), cómo han cedido tan fácilmente a cualquier sinrazón o estética o apariencia, cómo se han dejado manipular o adiestrar por tantos intereses corruptos en la sociedad o, en definitiva, cómo un mínimo mal les puede tanto.

Aún así, mi sentido de vida es seguir entendiendo de lo que entiendo, de ser leal, muy agradecido y constante con la ética-razón, con el bien y, en todo caso, nunca justificar una responsabilidad con una irresponsabilidad, o una razón con una sinrazón, o una rentabilidad mía con un engaño o perjuicio (racional) que hiciera a la sociedad. Obvio.

Eso está claro, aunque sigo no entendiendo por qué hay tantas guerras, por qué hay tantas riquezas a través de usuras, especulaciones o decisiones indignas, por qué hay tantas estéticas y bellezas pijas e idolatrías subliminales del alma si, la verdad, todos huelen únicamente a podrido. ¡Sí!, ¡exacto!, si todos huelen (sin duda) a falsedad podrida, a súper-hipocresía podrida o a hueeevos podridísimos de lo que podría ser algo de alma y no un infierno.

Por lo menos, a mí (sea lo que sea para vosotros) no me puede el engaño… ¡ni el consentirlo siquiera!

José Repiso Moyano