LA ESPAÑA AUTÉNTICA

EN EL CURSO DE LA HISTORIA

  1. Signo de la raza

No podemos hablar de la raza sin esclarecer diáfanamente nuestros conceptos, los hombres en cuya convicción tiene profunda raigambre el valor universal de las ideas; los que profesamos un principio inconmovible: que al ser humano no lo diferencian en la vida social, ni los rasgos étnicos, ni las convencionales barreras políticas, ni mucho menos la circunstancia incontrolable de haber nacido en una latitud determinada, sino el hecho de hallarse enrolado en uno de los dos bandos que en dialéctico choque hacen avanzar la historia: el bando de los explotadores y el de los explotados.

El progreso de las técnicas del capitalismo ha realizado la neta división de la humanidad en dos capas superpuestas, que se extienden salvando los océanos y traspasando los valladares que el reparto político del mundo ha levantado entre las naciones. El campesino maya —que sufre el doble látigo del sol peninsular y del “mayocol” blanco— es más hermano del pescador finlandés, brumoso en la lejanía de sus aguas polares, que del chiclero explotador de hombres más que de árboles, próximo en el espacio, amparado por las mismas instituciones y dueño, quizás, de la misma lengua.

Afines son entre sí todos los oprimidos y afines todos los opresores. Las manos de aquellos se tienden en cadena, de continente a continente, para ir apretando la fraternidad proletaria del orbe. Los lazos que a éstos amarran, envuelven el mundo con la red del inversionismo y con la férrea malla del crédito manejado por la plutocracia, y lo sojuzgan con las flotillas de aviones guerreros y de acorazados que, pasando sobre el derecho de gentes, se envían de un país a otro para reforzar los puntos débiles de la coraza imperialista.

La raza tiene para nosotros un significado social que se limita por tales realidades. Es peligroso dejarle crecer más allá de sus términos justos, porque entonces, el concepto racial se desborda y divide a los hombres que por condición deben permanecer unidos, mientras pretende encerrar, en círculo de artificio, a elementos que representan intereses irreconciliablemente opuestos.

Pensando en la raza, los Hohenzollern soñaron someter al mundo. Pensando en la raza, se ha expulsado de Alemania al factor de la nacionalidad más dúctil, más pensante, más fino y sutil. Pensando en la raza, se ambiciona reconstituir el mundo de los césares y se domeña por la violencia al último pueblo libre del continente negro. Pensando en la raza, por fin, se impulsan, la una contra la otra, fracciones de proletarios que no tienen más injerencia entre sí que servir a distintas banderías de explotadores.

Este día debe solemnizar, no la consagración de glorias raciales que presupongan menosprecio y hostilidad para los hombres de otra tez y de otro lenguaje, sino la superación de los prejuicios nacionalistas y el reconocimiento de que cada quien se debe a una estirpe histórica.

Porque, ¿en nombre de qué raza pueden alzarse voces mexicanas, de acento revolucionario, en día como hoy? ¿Acaso de la blanca, que vino a estas tierras —jaspeada por el cobre agareno—, en la armadura del conquistador o en el hábito del religioso? O bien, ¿en nombre de la sangre aborigen, envilecida por la opresión hasta hacerla perder los atributos de la dignidad humana, carne de dolor y de trabajo, riqueza a flor de tierra, más preciada que el filón de oro o el géyser de petróleo? ¿Será, quizás, en nombre de la tercera raza —la mestiza—, surgida del impacto de la conquista y multiplicada al correr de los siglos?

Por el aniversario, hoy nos obligaría avivar en el recuerdo las hazañas del descubrimiento y la dominación, obra de hombres —últimos de la Edad Media y primeros del Renacimiento español— que engastaron en la corona imperial de Carlos I las rutilantes gemas novohispanas.

Pero loar a capitanes de aventura, a encomenderos, a frailes, a inquisidores, esa es tarea que corresponde a otros. A mí, no.

  1. La aportación de España al movimiento universal

Lo que me importa, entonces, es poner de resalto la aportación histórica que la auténtica España ha entregado al movimiento universal de las libertades, porque los mixtificadores del nacionalismo español ignoran o trastuecan los valores propios del pueblo que más amplia influencia ejerció en la preparación del mundo moderno. Ellos suplantan la genuinidad de lo español y pretenden ostentar en su lugar precisamente las interpolaciones extranjeras que han sido causa indubitable de agobio y decadencia para España. Española es la estirpe de las ideas de libertad, de autonomía, de respeto a la personalidad y a la voluntad de los hombres. No el catolicismo, que es romano; ni el absolutismo, que es austríaco y es borbónico. Españolas son las cortes, las comunas, las cartas forales; no las dictaduras, ni los pretorianismos, ni las cuarteladas

“España es por esencia, porque así lo exige el espíritu de su territorio, un pueblo guerrero, no un pueblo militar”. El autor del Ideario español distingue claramente que el espíritu guerrero es espontáneo y el espíritu militar es reflejo; que el uno es esfuerzo de organización y el otro, esfuerzo contra la organización. El espíritu guerrero es orgánico; el militarista es simplemente coactivo.

Desde que España fue arrancada a la vida sombría de las peleas contra los africanos, y convertida por sino histórico en dueña y señora de anchos dominios y de gentes a quienes ni siquiera conocía, se encuentra en su meollo una levadura de libertad que fermenta a través de los siglos. Asombra la capacidad de aquel pueblo para imponer sello propio a todas sus edades. Resuena en la galería de los tiempos la voz de una España romana, de una España arábiga, de una España visigoda, de una España arriana, de una España mozárabe, de una España católica, que jamás se desnaturaliza, porque permanece fiel a sí misma. Afronta, sabedora de su fuerza, los vaivenes de su destino y nunca se diluye, ni perece aplastada por las conquistas. Roma la tuvo por la provincia imposible de ocupar, pero difícil de someter —perdurable verdad que comprobó a su costa el propio Bonaparte—. Fácil la ocupación militar; imposible la dominación.

No en vano Ángel Ganivet —uno de los pocos pensadores que justifican la existencia de un siglo XIX español— concibe la historia de España como una serie inacabable de invasiones y expulsiones, como una guerra permanente por la independencia.

El genio hispano se encuentra equidistante del nacionalismo violento, que prefiere vivir en la tiniebla a reflejar la luz de fuera, y de la pasiva entrega de lo suyo a los imperialismos que señorean el mundo en milenaria rotación.

Es verdad establecida que todo cuanto viene de fuera a un país, ha de acomodarse al espíritu del territorio, si quiere ejercer una influencia real. Y el lúcido pensamiento de España, fiel a este principio, reconoce que “si existe un medio de conseguir la verdadera fraternidad humana, éste no es el de unir a los hombres debajo de organizaciones artificiosas, sino el de afirmar la personalidad de cada uno y enlazar las ideas diferentes por la concordia y las opuestas por la tolerancia”. Tal ha sido el lema de España desde antes que constituyera su unidad, y sigue siéndolo en la democracia que hoy libra dramática lucha por pervivir y afirmarse, a pesar de la calumnia que la presenta como facción tiranizante encaminada a impedir el libre ejercicio de la voluntad política del pueblo.

Conforme la guerra de Reconquista desenvolvía los actos de su drama multisecular, devolviendo al desierto lo que del desierto había llegado, afloraba en las provincias rescatadas la fuerza anímica que constituye el pie de verdaderas tradiciones de España. Las huestes de los caudillos cristianos desplazaban a gobernantes, guerreros y nobles moriscos; pero quedaba fija la población civil, el “estado llano” —artesanos, labradores, letrados—. Los mismos que habían permanecido, gestando la nacionalidad, cuando el poder romano había sido debelado por las invasiones bárbaras, y cuando el dominio gótico fue a su vez abatido por los caudillos agarenos, en la hora cenital de la pujanza arábiga. Cambio de señores nunca significó en la historia mutación honda de la masa popular.

Iba naciendo un pueblo de singular estructura entre los que en Europa habían salido ya de la oscura matriz del medioevo. Isla de tolerancia, puerto cerrado en que convivían los moros de cultura y de paz —estirpe nobilísima de Córdoba y Granada— y los judíos sutiles —maestros del saber, sagaces en la política, entendidos en la economía— y los cristianos vencedores —más capitanes que hombres de intelecto— y también la masa agraria, grueso sedimento de todas las sangres que habían corrido, como vino espeso, en el lagar de la Península.

Las leyes reflejaban la diversidad de condición que distinguía entre sí a los grupos étnicos. Se maridó el señorío de rey con el dominio del castellano feudal, y la propiedad romana se avino con el régimen comunal que estamparon a su paso los legisladores visigodos. Las ciudades se alzaban para batir al abencerraje bajo el pendón de la fe; pero, alcanzado el triunfo, exigían de sus caudillos cartas forales que garantizaran contra futuros absolutismos los privilegios y las libertades del pueblo. Se formaron las behetrías de mar a mar, comarcas libres que eran dueñas de escoger señor para que las rigiera, a su cabal arbitrio, sin consultar siquiera la voluntad regia. Se robusteció un sistema municipal que varias veces ha sido capaz de decidir la suerte de la nación entera. La jura ante Cortes quedó impuesta a los soberanos como condición previa de pleitesía. Y fue en las de Aragón donde se estableció que cada uno de los delegados del pueblo valía tanto como el rey, y todos juntos, más que el rey, con notoria antelación, a la histórica, fecha en que Juan sin Tierra reconoció paridad a los varones ingleses.

Allí está la auténtica tradición de España. No en la intolerancia religiosa, ni en el absolutismo. Tampoco en las conquistas violentas, que la hieren en su carne, pero dejan intocado su espíritu. Ni siquiera en el imperio “donde no se ponía el sol”. España, conjunto de pueblos, todavía no un Estado nacional, es la España, primigenia, genuina, toda verdad y toda vigor. En su política, en su administración, en su comercio, en su docencia, hasta en la dirección superior de su gobierno, se había infiltrado la beta de los hebreos y los moros. Y nadie les montejaba su infidelidad.

  1. Suplantación de España

Para que hubiera intolerancia suicida, ortodoxia estrecha, servilismo oficial, fue preciso que Isabel de Castilla y de León —implacable fuerza al servicio de una idea mística— se impusiera a sí misma la tarea de hacer el Estado español, y de hacerlo para que sirviera de brazo al Dios de los ejércitos, cuyo patrimonio espiritual, habilidosamente convertido en doblones, derrochaba con espléndida largueza su epicúreo pontífice.

Así sufrió la España aún nonata su primer desangre. Pagó el error de abanderarse con el signo de la cruz y el privilegio que un Borja dio a sus soberanos en la bula Inter Coetera, perdiendo la espuma de su sangre. Y los judíos fueron a Flandes y a las costas del Mediterráneo, aventados por la Inquisición. Y allí se habla todavía en la intimidad sefardí, el suave y quebrado español del siglo XV. Y los moros refinados, hechos a vida civilizada, fueron a correr la suerte de los suyos y a diluirse en las blancas ciudades argelinas.

El segundo capítulo de la llamada “tradición de autoridad”, comienza a ser escrito por la casa extranjera de los Austrias, Carlos I de España y V de Alemania, nieto de Isabel la Católica e hijo de Felipe el Hermoso, llega de su Flandes natal a la Península, sin hablar siquiera el idioma del pueblo. Trae cauda de favoritos extranjeros, rapaces todos, que llegan a España como a tierra conquistada, y sólo se aviene a prestar juramento de respeto a los fueros y a las leyes, porque se proponía ser perjuro y porque de otra suerte no habría podido recabar los tributos que necesitaba para emigrar en pos de la elección imperial, disputada con buen éxito a Francisco I.

Vivía la España de entonces bajo la doble opresión de sus señores feudales, hijos de los que habían expulsado a la morisma, y de la garra germánica. El descubrimiento del Mundo Nuevo le da oportunidad de aligerarse, desviando hacia las tierras nuestras la ambición de caudillos y de aventureros, a quienes el espíritu del pueblo mantenía a raya en su desbordada sed de riquezas y de dominación.

A cambio de capitanes de aventura, América devuelve a su metrópoli galeones cargados de oro. “Todo lo alteró la posesión y abundancia de los bienes que venían de América —decía Saavedra Fajardo, a principios del siglo XVII—. Arrimó luego la agricultura el arado, y vestida de seda, curó las manos encallecidas por el trabajo”. El orgullo de los Austrias no escuchó la voz del humanista que le advertía:

“vivamos para nosotros y para los demás. La compañía civil —hoy decimos ‘la sociedad’— consiste en que cada uno viva para sí y para los demás. Trabajemos, cultivemos la tierra. Son los frutos de la tierra la principal riqueza. No hay mina en los reinos, más rica que la agricultura. Seamos justos en el gobierno. No alentemos ambiciones ruinosas y fantásticas. Mejor es gobernar bien que ampliar el imperio”.

La savia de España se fue consumiendo en guerras extranjeras y en ruinosas aventuras de política imperial. Flandes, los estados germánicos, las tierras italianas, la Borgoña, los múltiples escenarios de la Guerra de Treinta Años, la penetración en los territorios de América, fueron otras tantas venas abiertas por donde fluyó hacia la nada la vitalidad de un pueblo contrariado en sus destinos por una dinastía que le era extraña.

Con Felipe II, el absolutismo y la intolerancia alcanzaron su culmen. Y en el desastre de La Invencible se apaga el esplendor del imperio.

El sueño de Segismundo enmarca en su símbolo la tragedia de un pueblo llevado por la dinastía austríaca, fuera de su carril y de su aspiración, a servir de instrumento para expansiones cesáreas.

A través de una lenta descomposición, agotadas todas las posibilidades de la Casa de Austria, cuyos sucesores fueron barridos por el empuje triunfador de la monarquía francesa, que ejercía su influencia a través de las fronteras, España en el 1700 concluye de representar su efímero rol como gran potencia entre las directoras de la historia europea. En la guerra de Sucesión por la corona, cuyos episodios escriben Holanda, Inglaterra, Austria y Francia, ve sustituirse la tiranía dos veces secular del germano, por la menos apta y más concupiscente de la Casa de Borbón. La paz se afirma, y es a costa de perder Flandes, Menorca y Gibraltar, como entra en el siguiente ciclo de su existencia de Estado sometido a régimen de príncipes impuestos por coacción extranjera.

Con los Borbones —haciendo honrosa salvedad de Carlos III— se acentúa el absolutismo, cobra nueva fuerza el poder inquisitorial, la corrupción hace de la justicia un tráfico, la incuria mantiene los servicios públicos en condición ineficaz, el poderío de la Iglesia —del que Carlos I se mostró tan celoso, cuando se empeñó en restringir la autoridad papal y el enriquecimiento de las comunidades monásticas— invade en la era borbónica la jurisdicción civil y se filtra en la vida política; las colonias asumen su autonomía, mientras Bonaparte se adueña del gobierno explotando miserables rivalidades entre Carlos IV y Fernando VII, padre e hijos… por lo menos históricamente. ¿A qué seguir hablando de estas vergüenzas, hasta llegar a Alfonso XIII, digno heredero de la bien ganada fama de su bisabuelo Fernando VII, que conquistó renombre como el más bribón de los monarcas?

Por eso he dicho antes que ni los Austrias con su esplendor imperial, ni los Borbones con su torpeza y sus apetitos, ni todos juntos con su fanatismo religioso y el puntal de bayonetas en que asentaron siempre el peso de su trono, representan históricamente, ni pueden representar, la tradición primigenia de España. Son los suplantadores del espíritu español. Son los destructores implacables de las instituciones liberales nacidas del pueblo, desde la Reconquista. Hicieron de los fueros letra muerta y documento de museo. Prostituyeron las Cortes. Vendieron los cargos públicos. Corrompieron los ayuntamientos, la más lozana y genuina corporación de gobierno popular, que fue en orígenes de la nacionalidad la celdilla fecunda de la unidad hispánica. Y como si todo eso no hubiera sido bastante, hicieron perder a los españoles, desde el siglo XVI, “el terreno que otras naciones han adelantado en las ciencias y en las artes”, como lo lamentaba José Cadalso. En España —lo advertía con amargura Mariano José de Larra, uno de los espíritus más penetrantes y audaces de su época— “no había jaulas sino para los vivientes de pluma, que no otra cosa son los escritores. Escribir en España —añadía— es buscar una voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”.

  1. Vías de escape para el genio nacional

El brioso ánimo de España sufrió el castigo de sus opresores, a pesar suyo, con nobleza, con valentía, con denuedo, y colocó todas sus esperanzas en el porvenir. A un pueblo no le es lícito vivir sin gloria. Y como España no podía tenerla en el triunfo, por mengua de la fuerza, la tuvo en el sacrificio y en el arte.

La verdad de España ha sido dicha cada vez que su gente abandona las armas de la dialéctica para apelar a la dialéctica de las armas, de las que el pueblo improvisa tras las barricadas, de las que tronaron contra el imberbe primer emperador durante la epopeya de los comuneros, en la quema de Medina del Campo y en la tragedia final de Villalar.

El pasado tradicional español no fue el que destruyó el arte azteca y la civilización incaica, en el mundo colombino; ni la ruda violencia que dio al traste con las libertades y los fueros. No tiene su símbolo en el rojo y gualda de los Borbones, sino en el pendón morado de las rebeliones que proclamaron la urgencia de organizar la vida de un pueblo que quiere ser él mismo, protagonista de su historia, dueño de su destino y guardafaro de una doctrina igualitaria cuyo acento se confunde con el clamor de las generaciones.

El espíritu público no está muerto, nunca ha estado inerte. Contra los Austrias, contra los Borbones, contra Napoleón —expulsado por las gentes que no sabían leer ni escribir, como lo anota Ganivet—, contra todo lo que aprisione el vuelo del pensamiento y de la determinación irrestricta de la ciudadanía civil. Contra ellos se alza.

Cuando había menos esperanzas de realizar el ensueño de los autores de la nacionalidad, porque el poderío dinástico pesaba como una losa, haciendo de la historia de la filosofía española la historia de la persecución de los filósofos, fueron la literatura y las artes vías de escape para el genio nacional. Y los heterodoxos fueron los verdaderos pensadores nacionales. No era permitido alcanzar verdades fuera de la Iglesia. Entonces, valía crear mundos de belleza y de poesía. Y, en los siglos de oro, Cervantes y el propio Calderón tienen que valerse de encubrimientos sutiles y de subterfugios para decir la verdad suya —que es la del pueblo— sin caer en las hogueras de la Inquisición.

¡Cómo perdura el anatema de Fuente Ovejuna contra la tiranía! “¿Quién mató al Comendador?” —inquiere el personaje de Lope, en el tablado—. “¡Fuente Ovejuna, señor!”, replica la voz unánime del pueblo. Frente a los excesos de la soldadesca, se yergue como retén nunca vencido el espíritu de la España agraria, la España eterna, que define la superioridad del hombre que produce sobre el hombre que mata: “que no hubiera un capitán —dice el villano—, si no hubiera un labrador”.

  1. La República y sus gestos heroicos

En la quemante tragedia de hoy son depositarios de la tradición los que defienden las instituciones contra la cuartelada antisocial que desearía ver retrogradar a España a los tiempos en que España era, por imposición de las dinastías y las influencias extranjeras, la campeona de las ideas muertas que, por fortuna, no pudieron triunfar como unidad católica contra la Reforma. No habiendo dinastía extranjera a quien servir con asomo de justificación, sirven los intereses del imperialismo internacional. No se atreven todavía a proclamar una nueva Restauración, y proclaman los privilegios de casta, mientras hacen el juego a las potencias fascistas que pretenden sumir al mundo en una nueva Edad Media.

La República no es, como aspiración popular, una forma vacía. España ha querido la República, porque es brecha abierta hacia el socialismo, porque llenará el sitio vacío en el estadio del mundo, con la gran democracia social de tipo moderno que la confabulación del último Alfonso con los March y los militares, no ha permitido que España sea.

Mientras que los milicianos inmolan sus vidas empujados a cumplir designios extranjeros. Bajo el roble foral, el espíritu de sus mayores vuelve a congregarse para darles ánimo, como legítimos sucesores que son de una línea de sangre castiza, la única española. La vida contemporánea de Europa se polariza en dos sentidos irreconciliablemente opuestos, y los representantes de una tendencia —la de la regresión y la tiranía— hacen del caudillaje cuartelario que se esfuerza por asesinar las libertades en la Península, su marioneta y su instrumento. Entretanto, los autores de la “conspiración desde el poder”, que prepararon al frente de las instituciones la destrucción de las instituciones mismas, suplantan la tradición hispana cuando hablan de orden, de ley, de respeto a los de arriba y de sumisión de los de abajo. Mano extranjera con guante nacionalista. Garra mal encubierta por sedosas declaraciones. Traición a la patria, sahumada por el incienso católico. Continuidad del borbonismo y negación de España.

Así como hay un apoyo “desde arriba” para los traidores hay también un refuerzo “desde abajo”, desde la hez de la soldadesca, desde los bajos fondos del mercenarismo, desde la barbarie africana. La “Legión Extranjera”, vertedero por donde se deslizan delincuentes y descasados de todas las nacionalidades —hombres, ya lo he dicho en otra ocasión, sin patria, sin conciencia, sin moral— lo mismo que batió a los marroquíes en su solar nativo, mancilla hoy el suelo español con su presencia en las filas rebeldes. Y los contingentes moros, bárbaros e inconscientes, que no son depositarios del brillante pasado árabe, sino unos simples peleadores de alquiler, deshonran la memoria del último abencerraje, de Abd-el-Krim, cuando niegan la anchura libre del desierto donde nacieron y unen sus armas a las de los asesinos de su propia autonomía, en una patria que no es la suya. Eso sí, amparados por la bendición pontifical.

Las fuerzas leales y los milicianos son el pueblo en armas. El mismo que desgarró su carne en campos resonantes de historia. El que probó sus dotes guerreras dondequiera que se le obligaba a ir para sustentar un imperio de tres siglos. El que ascendió a las cumbres del humano heroísmo en Zaragoza. El que dio al mundo una riqueza literaria que sólo Inglaterra supo igualar, aunque no sobrepasar. El que explora todas las virtudes del espíritu creador, con vigor admirable y no menos admirable iniciativa. Ese es el que hoy se manifiesta en las milicias y en los batallones femeniles.

Y que no se compare a la mujer que pelea y que muere por las libertades, con la “machona” snob de cabaret y modales hombrunos. La misma altura excepcional que la historia reconoce en Isabel I, en Blanca de Castilla o en Agustina de Aragón, ha remontado con mejores títulos la mujer anónima que perece bajo la metralla italiana o germánica, fortaleciendo los bastiones de la República. Es la mujer de España. En ella renace, aflorando en las arenas del tiempo, en el desbordamiento de su abnegación y sus arrojos, aquel estoicismo de Séneca, el primer filósofo español, el único filósofo español, que dio su timbre a la nacionalidad desde antes que ella alboreara en el horizonte de Europa.

  1. El crimen de Europa

Es flagrante el delito de las potencias que sabiamente refuerzan la causa de la traición y el retroceso en España. Por culpa de ellas, el caso español y los casos semejantes que en el pasado reciente han ocurrido, y la diplomacia europea no es ya más que un juego de formas y una feria de insinceridades. Pero siquiera son cínicas en su intervención y directas en el seguimiento de sus fines. Ellas quieren una España fascista, para alcanzar más pronto una Europa fascista. Los medios no importan, el derecho internacional no tiene cañones, la justicia y la ley son dóciles al fuerte. Van rectas a sus fines y no ponen tibieza en su actuación.

En cambio Francia, regida por su primer gobierno de izquierdas, traiciona sus principios seculares y cava su propia tumba con la tibieza de sus actos. Hay horas históricas en que la abstención es crimen mayor que la más criminal de las participaciones. E Inglaterra, tradicionalmente adicta al más débil, no tanto por hidalguía cuanto por evitar el crecimiento de sus posibles rivales, se mantiene inerte, indecisa, satisfaciendo con su neutralidad a los inversionistas que se prometen medro al triunfo del fascismo español.

No entienden las grandes democracias de Europa que su suerte es la suerte de las instituciones españolas. Una cadena de duros eslabones se tiende en su torno, y se remachará si el militarismo abate a la República. Si no los deberes de solidaridad que caracterizan la convivencia contemporánea, entre hombres como entre nacionales, un egoísmo previsor debe hacerlas actuar en defensa de instituciones que no por ser españolas dejan de ser simbólicas de las libertades europeas.

Más condenable es la tibieza de las naciones democráticas, que el inicio ardor de los gobiernos fascistas. Conservar la paz internacional a costa de ceder posiciones y de guardar el presente vendiendo el porvenir, es política miope, indigna de las grandes democracias.

Yo contemplo como rasgamiento de mi propia carne la tragedia presente de España. Sigo con la pasión honda que debe animar a quien se asoma a la historia, para entenderla y vivirla, los azares de la lucha entre los que pugnan por dar un aporte español, nutrido de tradiciones libérrimas, a la corriente universal de las ideas, y los que han vuelto las armas compradas por el pueblo contra el pecho del pueblo. Y no me descorazona, si acaso viene, la contingente preponderancia de las huestes militaristas sobre las falanges proletarias de España. Aun vencida la República, si llegara a serlo, el pueblo quedaría armado y enhiesto su espíritu guerrero, no militarista, que es el signo de su precisa individualidad en el conjunto humano. Porque estas peleas se plantean a distancia, y no son los azares bélicos los que las decide, sino la vitalidad de los pueblos y la validez de las idealidades.

Y el pueblo español es vital, si los hay, y la democracia social es meta fija en la carrera de las naciones.

Hombro a hombro con varios de los que hoy son paladines de la Revolución Española hecha gobierno, viví yo los días de la conjura en que la Cárcel Modelo alojaba a los mejores y más limpios guiadores del pueblo. Y desde entonces aquilaté su fe, la confianza que se ha trocado en heroísmo y la férrea contextura de sus espíritus.

Ellos triunfarán, porque son la España libre. Ellos triunfarán, porque son la España auténtica. Ellos o sus hijos. Pero la causa de la justicia resplandecerá en el horizonte de la Península materna, de la recia tierra del Quijote y del Cid.

El Nacional, 13 de octubre de 1936.

Discurso de Froylán C. Manjarrez pronunciado el día 12 de octubre de 1936, publicada en El Nacional el 13 de octubre de ese año y reproducido, en forma de folleto con el mismo título puesto por el periódico que él dirigió (Manjarrez, Froylán C., La España, auténtica, en el curso de la Historia, Oficina de Publicaciones, de la Secretaría de Educación Pública, México,1936).

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

LA REPÚBLICA EN LA IZQUIERDA*

Al cumplir la Segunda República Española su quinto aniversario, quiero dar voz a mi emoción personal —reavivada por el recuerdo de días convividos al lado de algunos de sus iniciadores, en épocas de persecución y de lucha— y decir con cuanta afinidad el pensamiento revolucionario de México se suma y se confunde con el de los constructores de la nueva patria hispana.

No basta la comunidad de sangre para ligar a dos pueblos. Más que eso, ligan entre sí a dos nacionalidades la unidad de miras para avizorar los mismos problemas humanos, el paralelismo de aspiraciones y la convergencia hacia idénticas expectativas.

Por eso, mientras señorearon el poder las facciones derechistas, de intento y por irreductible imperativo de mi convicción, cesé de interesarme en las diarias incidencias de la política española. La República no podía ni puede estar representada por rezagos del sistema que fue desplazado por anacrónico, por caduco, por hallarse corroído de toda carcoma moral, cual era el régimen monárquico.

Porque la acción derechista en el cuerpo del nuevo engranaje político no se sustentaba siquiera en lo tradicional español visto como rodrigón del presente e inspiración del porvenir o entendido como marca de legitimidad que a ningún pueblo le es permitido perder, sino que pretendía —en un esfuerzo no bien disimulado de neutralización— adulterar las nuevas formas y los impulsos revolucionarios, para esconder bajo la capa de instituciones republicanas el pacto y la condescendencia con las fuerzas enemigas de la nacionalidad, traicionando así en sus principios cardinales a la República.

De España se ha dicho que ha conocido todas las formas de la gloria, y hace un lustro conoció una nueva; hacer honor a su pasado del único modo como es glorioso hacerlo: liquidándolo para que no pese sobre el porvenir.

Reducida por sino histórico a su aislamiento peninsular; exhausta bajo la mano de la monarquía, el peso del clero y la garra de una dictadura militar, España había vivido años de ignominia que las virtudes innatas de su pueblo no merecían tolerar.

Incapacitada para buscar su recuperación material en empresas anexionistas, mancillaba su tradición al jugar papeles de comparsa en el tablado de África, simulando “cumplir el testamento de Isabel la Católica”, pero en realidad manteniendo una guerra tan insensata como extenuadora de las mejores energías humanas y de las mermadas riquezas que reclamaban otro más justo empleo.

El pueblo español, bajo una opresión que parecía sin esperanza, era fiel a la doctrina de Séneca, que Ganivet considera como esencia de su ser nacional: no se dejaba vencer por nada extraño a su espíritu; pensaba, en medio de los accidentes de la política monárquica, que tenía dentro de sí una fuerza fecundante, algo firme e indestructible, como un eje adamantino que le permitiría resurgir, íntegro y lozano, para cumplir mejores destinos.

Mientras España no pudo reconcentrar sus energías dentro de su propio territorio y labrar prosperidad y justicia de bancarrota y privilegio, en tanto no acertó a reconstruir la esencia de su espíritu, que tan abundantemente había dejado escapar por todas sus puertas y hacia todos los vientos, era para nosotros, la España de la monarquía, una entidad ajena, antitética, pudiera decirse hostil.

Por eso los revolucionarios de México acogimos con el calor con que se acoge lo que es nuestro el movimiento que creó la Segunda República.

El vaivén de acontecimientos políticos de México me llevó hasta España cuando sobre ella caía todo el peso de la dictadura de Primo de Rivera, y entonces aprendí a conjugar el sentimiento y la rebeldía de lo mexicano revolucionario con el ansia de renovación que latía allá, sofocada donde quiera por la violencia. La cárcel era el punto de remate para los conspiradores republicanos; y allí y en la lucha por organizar las fuerzas populares contra la monarquía, fue donde renové conocimiento y amistad con Marcelino Domingo y otros de los hombres que incubaron con su espíritu la Segunda República.

Puedo afirmar que desde entonces —siete años antes del triunfo republicano en las elecciones generales del año 31— el sentimiento de quienes preparaban el nuevo orden de cosas era un sentimiento de izquierdas que pugnaba por la reforma agraria, por la evolución del derecho obrero, por el desafuero total de las influencias clericales en la vida pública y en la escuela, por una educación exenta de prejuicios, por el reconocimiento efectivo de la autodeterminación de las regiones, como unidades históricas y políticas, y porque los mandamientos institucionales que se forjaran como base de la República, tuvieran una estricta aplicación y una cabal vigencia.

La época en que los partidos derechistas ejercieron el poder es período que considero totalmente perdido para la obra de transformación que iba implícita en la mutación del régimen. Y juzgo que la revolución de octubre, y el posterior triunfo del Frente Popular, que fue, andando el tiempo, su feliz consecuencia, vinieron a salvar la nacionalidad española de un relapso que habría convertido sus instituciones en simples entelequias ayunas de sentido trascendente para la vida hispánica.

Pero la arrolladora victoria de las izquierdas, tan cercana en el tiempo, a este aniversario, hace que la ocasión presente tenga un énfasis más. La República izquierdista es dos veces la República, porque es ella misma en toda su puridad y puesta en el carril de su destino verdadero.

Ha sido eliminado hasta el estorbo representado por un jefe Ejecutivo cuyos antecedentes, cuyo matiz político y cuyas convicciones personales no se acordaban, ni era posible que se acordaran, con el pensamiento avanzado del Frente Popular.

Esta libertad para opinar en materias que atañen a la República Española, es fuero que los revolucionarios de México reclamamos para nosotros, porque sentimos que las distancias entre ambas naciones se salvan por el puente de los altos intereses sociales, que hoy por igual preocupan a los hombres de todas las latitudes.

Creo que, como la nuestra, es la Revolución Española un movimiento en marcha. No puede decirse de ella lo que Lepuy afirmó de la francesa del 1789, cuando quería enaltecerla poniéndole punto final. No es el fin último llegar al poder, sino emplearlo continuamente en el desarrollo de un programa de radicales reformas, que haga posible el imperio de la justicia social y la equitativa distribución de las riquezas entre quienes las producen. No basta haber conquistado el gobierno; hay que educar a los reemplazos nacionales, de tal manera que sepan mejorar la obra de hoy; hay que comunicar las regiones del territorio; hay que dar la tierra a quienes con su esfuerzo la hacen producir; hay que irrigar las comarcas calcinadas por la sequía; hay que hacer de cada hombre y de cada mujer un trabajador capacitado para exigir respeto a sus derechos clasistas y a sus derechos cívicos; hay que constituir, en fin, una nacionalidad con los restos de una descomposición social de siglos. Y ello es obra de sostenido aliento, que exige continuidad, tesón, desinterés.

Por eso la Revolución Española y la Revolución Mexicana son fuerzas en marcha, que se acercan a plena realización a través de superaciones sucesivas.

Sólo así podrá realizarse el pensamiento optimista, la vidente fe de Joaquín Costa, que se preguntaba si España habría de perderse para la humanidad, y luego contestaba a su duda con el más caluroso de los entusiasmos; “creamos nosotros aún en la eternidad de la raza española; pero creámoslo con fe viva, cimentada en obras.”

El Nacional, 15 de abril de 1936.

* Discurso pronunciado por el señor Froylán C. Manjarrez, ante el micrófono XEFO, en la velada que organizó el Partido Nacional Revolucionario con motivo del V Aniversario de la Segunda República Española.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

EL FILO DE LA NAVAJA

No se ha de juzgar el valor del hombre por sus grandes cualidades, sino por el uso que de ellas sabe hacer.

Rochefoucauld.

 

El cargo más desgastante en cualquier gobierno es, sin duda, el de procurador general de justicia. En él confluyen todo tipo de influencias políticas, sin faltar desde luego las presiones que ejercen las mafias y los grupos cuyo método es el soborno. Pocos de sus titulares se han salvado de acusaciones o señalamientos que ponen en duda su honorabilidad. Y por ello es que casi todos han concluido su gestión con el prestigio desportillado.

Parafraseando a Salvador Díaz Mirón, podríamos decir que son pocas, muy pocas, las aves de este tipo que salen del pantano sin manchas en el plumaje.

Carlos Alberto Julián y Nácer es una de las víctimas de esa especie de avalancha que arrasa con las reputaciones más prístinas. De ahí que lo publicado por “Intolerancia Diario” nos permita pergeñar lo que ocurre en las entrañas de la dependencia, donde las componendas son el pan nuestro de cada día.

Salta a la vista, pues, que la capacidad profesional del excandidato no le sirvió para protegerse de las salpicadas delincuenciales.

O que algunos parientes abusaron de su buena fe, comercializando la supuesta influencia familiar.

O que la declaración en contra de él y de su compadre Adán Cortés Ulloa sea una más de las feroces reacciones de exagentes judiciales resentidos o molestos por no haber recibido el reparto del botín, la impunidad o la protección prometida. De cualquier manera, la víctima vuelve a ser un exprocurador de Justicia, tal y como en su época ocurrió con otros como Gutiérrez Manzano, Sáiz de Miera, Peruyero, López Rubí y Fernández de Lara, por sólo citar a los más recientes.

De Zamudio recordamos su participación en el conflicto entre universitarios y gobierno. Sáiz de Miera fue acosado por las presiones que le provocaron una crisis existencial. A Peruyero lo rebasó la misma corrupción que había aplastado a Gutiérrez Manzano. López Rubí padeció la influencia y directriz del entonces “Gran Asesor”, además de sufrir las explosiones anímicas de su jefe, el gobernador Mariano Piña Olaya. A Gutiérrez Manzano lo vemos como chivo expiatorio de las atrocidades protagonizadas por los hermanos Inurreta, quienes, entre otras cosas, irrumpieron en el hogar de la madre de un militar de alto rango y de un prominente miembro de la colonia libanesa. Y Fernández de Lara le hizo al camaleón para poder sortear con éxito los efectos de un poder manejado con los excesos que promueve el valemadrismo.

¿Qué fue lo que a Nácer le dejó algunas muescas en su imagen?

En primer lugar, dos que tres dizque familiares se valieron de los apellidos o del paisanaje para lucrar y delinquir. Hubo uno —cuyo nombre no recuerdo— que murió asesinado supuestamente por sus cómplices, ladrones de autos y motociclistas. Otro (de ese sí sé su nombre, pero lo omito para no ulcerar los ojos del lector) que tiene una orden de aprehensión en su contra y se encuentra prófugo (este columnista lo denunció por fraude y, cuando se iba a ejecutar dicha orden, alguien por ahí lo alertó y, quizás, hasta le ayudó a ocultarse mientras buscaba la protección de la justicia federal, protección que a final de cuentas le fue negada). Y respecto a Cortés Ulloa, el lector ya sabe lo que se publicó en el diario referido.

Según vemos, a don Carlos Alberto la vida lo está castigando, ya que su bonhomía y buena fe no han sido recompensadas. Es, dicen, un excelente padre de familia y un amoroso cónyuge. También un amigo capaz de quitarse el saco para ayudar al cuate que se lo solicita (aquí es donde pudo haber perdido). Como maestro tiene muchos alumnos agradecidos. En la religión se ha destacado por su entrega espiritual. De la Secretaría de Gobernación más o menos salió bien librado. Y la candidatura lo hizo crecer en el difícil oficio político.

¿Por qué entonces la mala suerte? Pues por su cargo en la Procuraduría General de Justicia, lugar en el cual el más tullido de los coyotes (apunte usted desde abogados hasta agentes policiacos) es alambrista consumado. De ahí que, de no haber tenido ese cargo, seguramente otro sería su destino, experiencia que deberían tomar en cuenta aquellos que anhelan o gustan caminar por el filo de la navaja.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

Las vueltas de la tortilla

El corazón tiene sus razones que la razón no comprende.

Pascual

 

Al final de cuentas, Carlos Alberto Julián y Nácer le ganó a Mario Marín Torres. Esto es porque el ahora titán de la Secretaría de Educación Pública superó los escollos que, según las malas lenguas, le había puesto el exmunícipe de Puebla. Y aún más, llegó a una dependencia que, dada la nueva época priista, parece el lugar ideal para promocionar cualquier candidatura, incluida desde luego la de gobernador. No en balde, pues, los 65 maestros poblanos que hacen las veces de líderes sociales en las más de tres mil comunidades de la entidad. Sólo tiene que convencerlos. Reto que para Mario parecía pan comido.

En otras palabras, podemos decir que don Carlos volvió a vencer a Marín en una rivalidad con historia: data de la época en que Marín era juez de lo familiar y Carlos Alberto magistrado del Tribunal Superior de Justicia. Uno, el superior jerárquico en funciones de visitador, detectó anomalías en el procedimiento de cierto negocio manejado en el juzgado del otro, que se fue con la finta. Y tal como lo establece la Ley Orgánica del Poder Judicial, de inmediato procedió a informar al entonces magistrado presidente, a quien no le quedó de otra más que solicitar la renuncia del funcionario chambón o, si usted quiere, del jovenazo cuyas ambiciones (de todo tipo y tamaño) ya empezaban a notarse.

En el régimen de Manuel Bartlett ambos rivales volvieron a encontrarse: Nácer como procurador general de Justicia y Marín en la subsecretaría B de Gobernación. En esta etapa apareció en escena el ínclito y nunca bien ponderado Valentín Meneses, agradecido con Mario porque éste le había conseguido la agencia del Ministerio Público ubicada en Cholula, cargo en el cual Vale estuvo hasta que el procurador —su jefe— se enteró del origen de la recomendación. Y ¡zas!, que a Meneses le llega el injusto cese inmediato, fulminante, desgastante y hasta dañino para su salud: terminó en la sala de operaciones sometido a una intervención quirúrgica (creo que fue de la vesícula biliar).

Más tarde el destino le dio la vuelta a la tortilla y don Mario creció de tal manera que no aguantó la tentación del, para él, satisfactorio revire o venganza al estilo epicúreo: el control electoral que ejercía misteriosamente se pasmó para ocasionar la derrota anunciada del candidato Nácer y de los cinco que buscaron la diputación local con la esperanza de recibir el calor político del edil. El único que ganó la elección en uno de los distritos locales de la capital del estado fue “Chunquito” Javier López Zavala —hijo político de Marín—, quien obtuvo la presidencia de la Comisión de Educación del Congreso local para, entre otras cosas, dedicar su tiempo a organizar un referéndum que le permita legitimar ante el Pleno la iniciativa de derogar la Ley del Talión.

No pasó mucho tiempo para que otra vez la tortilla diera la vuelta y Nácer disfrutara de lo que podríamos llamar su resurrección (también anunciada) a la vida pública y, además, la enorme satisfacción de imponerse a las adversidades sembradas por enemigos políticos, curiosamente todos de la misma bandería. Es lo que mostró ayer en el programa del periodista Alejandro Mondragón (“Al portador” 1280 AM), expresiones que dejaron expuesta aquella actitud que embriaga a las personas que obtienen la victoria ambicionada.

Con esta nueva (o renovada) cara en el gabinete melquiadista, se amplía la lista de aspirantes priistas a la gubernatura si es que, como se espera, Nácer busca y gana la diputación federal. Y Mario Marín queda en el cuarto lugar en el orden de posibilidades elaborado por este columnista a partir de la edad, el prestigio político, la experiencia y el sector que cada uno representa.

¿Por qué?

Porque antes que él (de abajo para arriba, claro) están Carlos Alberto Julián y Nácer, Germán Sierra Sánchez, José Luis Flores Hernández (tome usted nota de que Flores le ganó a Sierra en la elección interna) y Rafael Moreno Valle Rosas.

Vamos a ver lo que opinan los maestros, profesionales que no se cuecen al primer hervor.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

LA OBRA DE LA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLA

Cumple hoy un año de vida la Segunda República Española. Quienes nos sentimos orgullosos de haber hecho nuestra la causa de los republicanos españoles, no a contar de los días luminosos de la proclamación de la República, sino desde la época en que los hombres que ahora rigen los destinos de España preparaban el advenimiento de la democracia española, en la calle, en el destierro o en la cárcel, es justo que nos ufanemos de poder registrar, como un hecho trascendente en la Historia, el afianzamiento de las nuevas instituciones plasmadas por los representantes del pueblo español.

La República se planteó como un movimiento de limitadas proporciones, se ejecutó cuando ya se tenía una visión más amplia de la necesidad de imponer soluciones renovadoras de mayor trascendencia; y se ha consolidado como un fenómeno social y político de caracteres franca y progresivamente revolucionarios.

En los años prolongados de la dictadura del general Primo de Rivera y durante el gobierno innocuo de don Dámaso Berenguer, ante la necesidad de provocar las menores resistencias en el interior, y ante el peligro de concitarse la enemistad de las potencias extranjeras, los republicanos españoles restringían al mínimo sus aspiraciones: “Haga usted la República conservadora, y nosotros la apoyaremos” —decía en una célebre epístola Marcelino Domingo, uno de los más valerosos e intransigentes republicanos, a José Sánchez Guerra, ex primer ministro de la corona y a la sazón líder de la oposición a la monarquía.

Fue de este modo como don Niceto Alcalá Zamora, antiguo ministro, ocupó la más alta jerarquía en la oposición republicana y acaudilló la insurrección incruenta del 14 de abril.

Pero cuando la República fue un hecho, el espíritu revolucionario del pueblo español se desbordó como un torrente salido de cauce, no conformándose con las soluciones propias de un liberalismo conciliador y romántico, sino reclamando una transformación íntegra de los modos de vida de la nación española, para libertarse lo mismo del latifundista que del cura, del capataz que del cacique.

Contemplar, aunque sea en sus líneas generales, este proceso ejemplar de transformación social y política, es rendir un justo homenaje a los artífices de la Segunda República Española.

España vive aún dentro de la etapa constituyente de la era republicana. Votada la Constitución, electo el presidente de la República y reformado el gabinete con toda la fuerza legal, no por eso fueron disueltas las Cortes Constituyentes, juzgando, preciso que con el mismo espíritu con que fueron dictadas las leyes fundamentales, debe procederse a la elaboración de los ordenamientos complementarios que habrán de revestir al nuevo estatuto jurídico de la nación española.

Los aspectos salientes de la compleja tarea que han emprendido el gobierno y la Asamblea Constituyente españoles, pueden resumirse del modo siguiente:

Primero: Integración del nuevo Estado español;

Segundo: Elaboración de las normas jurídicas que han de regir la vida política de España, y

Tercero: Reorganización de las condiciones de vida de la colectividad española en sus múltiples aspectos sociales, económicos y espirituales.

La forma de integrar el Estado fue el primer problema que se planteó a la consideración de los nuevos estadistas, a la caída de la monarquía. Como he explicado en otros momentos este problema radica en la existencia real de un conjunto de colectividades que, aun cuando se reconocen todas ellas como de origen hispánico, conservan —a despecho de los siglos de dominación de las Casas de Austria y de Borbón— características raciales, costumbres y cultura, genuinas, que afirman la personalidad de las regiones hispánicas en el grado en que cada pueblo ha hecho, un culto del cultivo de lo propio.

El regionalismo, que aparecía como el escollo que pudo haber precipitado el fracaso del gran esfuerzo constructor de la República, ha sido resuelto con rara habilidad, canalizando las corrientes particularistas, a modo de que la suma de cultura y de los demás valores de las regiones, lejos de que produzcan la desintegración española, constituyan un aporte para enriquecer el acervo nacional.

Así, desde la celebración del Pacto de San Sebastián, se resolvió el problema inquietante de la autonomía de Cataluña, que durante largos años agitó a España e interesó al mundo.Hoy no resta, a este respecto, más que la aprobación por las Cortes Constituyentes del Estatuto Catalán.

El federalismo español se distingue de los demás sistemas federales que se han ensayado en Europa y en América, en que no enmarca dentro de cuadros jurídicos precisos, el grado en que deba ejercerse la autonomía, sino que deja al desarrollo natural de cada región, la conquista de los derechos de autonomía. Castilla y Andalucía, sin género de duda, no extremarán sus demandas en la medida en que lo hacen Cataluña y los países vascongados, pero éstos como aquéllas, sin desatender el cultivo de lo propio, seguirán siendo parte del Estado español, ya no por obra de alianzas fortuitas de casas dinásticas que sólo supieron mantener su dominio con apoyo de la violencia, sino por la voluntad expresa del pueblo.

De las normas jurídicas que han de presidir el funcionamiento de la democracia española, lo que más se destaca es la decisión de confiar la gestión parlamentaria a un solo cuerpo legislativo: el Congreso de los Diputados. Aquí triunfa una vez más la vieja tesis liberal, que pretende que se ejercite la soberanía popular sin el freno moderador de un senado.

La evolución del derecho obrero en España no es un fenómeno propiamente nuevo. Como en todo país que fuerza su marcha hacia la industrialización, el poder de los trabajadores organizados supo imponer, aun en tiempo de la monarquía, normas de convivencia social que, en mayor o menor grado, garantizaban los intereses de los trabajadores industriales.

El paso más importante que en esta dirección ha dado la República, consiste en el proyecto del ministro Largo Caballero, de conceder a los trabajadores organizados una intervención directa en la dirección de las empresas industriales, a la manera proclamada por Wissel en la Constitución alemana de Weimar.

Y el problema de la vida rural, que en la España contemporánea se plantea en la misma forma y con características semejantes a las que prevalecían en México antes de la revolución, lo ha abordado el ministro Domingo en proyecto que ha merecido ya la aprobación del gabinete de Azaña y que actualmente es considerado por las Cortes Constituyentes.

La Ley Agraria Española —ha declarado el presidente del Consejo, señor Azaña— tenderá a encontrar una solución pacífica del problema de la falta de trabajo en los distritos rurales, proporcionando una distribución equitativa de la tierra en las provincias donde la propiedad se encuentra en poder de unas cuantas manos. Las leyes agrarias, no explotarán, sino que mejorarán necesariamente las condiciones del trabajo agrícola, lo que representa una base más firme para la paz social y para la sustentación del régimen republicano.

Esta es, en su esencia, la obra de la Segunda República Española, consumada en el primer año de su existencia.

El Nacional, 14 de abril de 1932.

Froylán C. Manjarrez

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