CONSPIRACIONES Y HOMBRES ILUSTRES

De mis impresiones en el destierro, ningunas tan hondas ni tan fuertes como las que recogí durante mi estancia, en la segunda mitad del año de 1924, en España. Y quiero traducirlas hoy, en sencillos relatos, como un homenaje al pueblo español y a los fundadores de la Segunda República Española.

Las juntas en la casa de Salmerón

En 1924 la dictadura del general Primo de Rivera se hallaba en toda plenitud, pero ya se sentía cómo se alzaba la nación en contra de un régimen usurpador que había destruido hasta la afición de las viejas instituciones españolas. No sólo los hombres representativos de fuertes corrientes de opinión, sino todo aquél que tenía conciencia de su dignidad ciudadana, procuraba de algún modo desacreditar a la dictadura y colaborar en el derrocamiento del régimen.

Las personalidades de más alto relieve social y político conspiraban.

En México había yo cultivado la amistad de don Marcelino Domingo. En España me enseñé a amar la rectitud de su vida, la fuerza de sus convicciones, la elevación de su pensamiento. Nuestra amistad se hizo íntima y caminando guiado por su mano, conocí la realidad intensa de aquel momento histórico de España.

Don Marcelino Domingo tenía grabado en la mente este pensamiento que normaba su conducta:

Como quiera que se realice la oposición, yo he de participar en ella. No quiero que se diga con razón algún día que yo supe de una conspiración sin que en ella hubiera participado.

A la sazón los conspiradores tenían sus reuniones en la antigua residencia que habitó el ilustre republico don Nicolás Salmerón. Todo Madrid —o por mejor decir, toda España— tenía conocimiento de las conjuras. En ellas participaban políticos eminentes, ya provinieran de la vieja e irreductible oposición republicana y socialista, ya de los ex monárquicos distanciados del régimen por el advenimiento de la dictadura del marqués de Estella. Entre los personajes militares de mayor representación —no es ya una indiscreción relatarlo— se contaban el capitán general Valeriano Weyler y los tenientes generales don Francisco Aguilera y —¡quién lo creyera!— don Dámaso Berenguer, el mismo que años más tarde había de ser jefe de la Casa Militar del Rey y sucesor de Primo de Rivera en el gabinete dictatorial.

Las conspiraciones se hacían a ciencia y paciencia de la policía. Cada uno de los hombres que concurrían a las juntas iba invariablemente seguido de un policía. No pocas veces mi desconcierto subía de punto cuando el agente que vigilaba al señor Domingo nos salía al paso para darnos informes al siguiente tenor:

—Don Marcelino, dése usted prisa porque ya todos los señores están reunidos.

O bien, para decir esto otro:

—Hoy no habrá junta. Ya todos se fueron, porque parece que los señores X o Z no pueden venir…

El movimiento debería estallar en forma de una huelga general de carácter revolucionario. El ejército no iba a realizar un golpe de fuerza. Por el contrario: iba a acuartelarse.

Los políticos españoles, celosos siempre de sus responsabilidades cívicas, se habían preocupado por definir su posición frente al gobierno. Había sido Primo de Rivera quien, por medio de un cuartelazo y tomando el nombre del ejército, suspendió la Constitución en complicidad con el rey, disolvió el Parlamento, destituyó al gobierno y, en suma, creó la dictadura. El ejército ahora, no iba más que a desautorizar al usurpador, volviendo a sus cuarteles y dejando que el pueblo revolucionario constituyera un nuevo gobierno cuya autoridad habría de prolongarse hasta la reunión de una Asamblea Nacional Constituyente.

Mi afán de cooperar de algún modo en el movimiento republicano me hacía inquirir con mi amigo, cada vez que había tenido lugar una junta revolucionaria, cuáles eran los planes acordados, cuáles los puntos concretos de acción y cuál el día o la época en que debería producirse el gran acontecimiento. La respuesta de don Marcelino era, casi invariablemente, la misma:

—El día y la forma en que estalle el movimiento es lo de menos. Lo interesante es prever el porvenir. Analizamos los grandes problemas que se presentan en España. Tomamos acuerdos y establecemos compromisos sobre la forma cómo debe constituirse el gobierno provisional y cómo deben plantearse y resolverse en sus líneas generales los problemas de España. Recorremos la historia de la Primera República para no incurrir en los errores que determinaron su fracaso. La Segunda República, para cimentarse sólidamente, necesita aprovechar la experiencia que arroja la historia. Hoy hemos llegado a un acuerdo sobre la autonomía de Cataluña (o sobre Marruecos, o sobre no importa qué otro problema fundamental…)

II

Influencia fatal de la guerra del Rif

Un día me sorprendió Marcelino Domingo con una grata proposición. Por su conducta la Junta Revolucionaria pedía de mí que me trasladara a Tánger, Marruecos, y que de allí procurara llegar hasta el campamento del caudillo insurgente del Rif, Abd-el-Krim, para sugerirle que suspendiera su ofensiva sobre Xaven y Tetuán, en espera de que se produjera el cambio de régimen en España. La República garantizaría al caudillo la autonomía del Rif, reservándose sólo el dominio sobre las plazas de soberanía española situadas en África: Ceuta, Melilla y Larache y el Peñón del Alhucemas. El Rif, con ayuda de España, constituiría un nuevo Estado que se pondría bajo la garantía de la Sociedad de Naciones.

La solución era perfecta.

Una semana después me hallaba en Tánger y había logrado facilidades para llegar hasta el campamento del gran jefe rebelde. Pero los acontecimientos se produjeron con fatal rapidez. Abd-el-Krim había emprendido su fulminante ofensiva. La ciudad santa de Xauen se encontraba ya en su poder. Un ejército español, en derrota, se retiraba hacia Tetuán. Y los militares españoles, en presencia de este acontecimiento, posponían los problemas internos, solidarizándose con Primo de Rivera hasta que se resolviera el problema militar de Marruecos.

Un aviso oportuno me hizo regresar a Madrid. El movimiento revolucionario quedaba pospuesto indefinidamente.

Pero los conspiradores civiles proseguían su tarea, planteando soluciones concretas a los problemas concretos de España, para cuando llegara el momento de asumir la responsabilidad inherente a la creación de un nuevo régimen.

III

El sentimiento popular y el escepticismo de los intelectuales

Desde mi arribo a tierras españolas me dominó el propósito de auscultar el sentimiento político del pueblo español. En mis viajes por Galicia, Asturias, la Montaña y Andalucía, inquiría con la gente más humilde, y el resultado era siempre adverso a la monarquía, particularmente a causa de la guerra del Rif tan injusta como sangrienta. En Bilbao y en Madrid la oposición era más exaltada, y en Cataluña la aversión por la monarquía y por la dictadura avivaba el espíritu de liberación nacional, hasta convertir el viejo ideal autonomista en un anhelo, cada vez más generalizado, de separación.

Primo de Rivera había clausurado la Universidad Catalana, suprimido las sociedades de estudios y de investigaciones catalanas, prohibido la lengua y la música y hasta los bailes catalanes. La represión sólo engendraba una mayor exaltación de los catalanes. Y las sociedades e institutos clausurados por el dictador proseguían en secreto, con mayor afán, sus patrióticos estudios e investigaciones, con la ayuda económica, espontánea y abundante, de todo el pueblo.

El sepelio de don Ángel Guimerá —que tuve ocasión de presenciar— constituyó un verdadero plebiscito en que se mostró el sentimiento de la colectividad catalana: las anchas y espaciosas ramblas de Barcelona estaban colmadas por la multitud, y no había una sola persona que hablara el español; yo enmudecía, para no parecer sospechoso ante la pacífica pero imponente protesta de aquel pueblo.

Sin embargo, la mayoría de los políticos e intelectuales españoles —mismos que incubaban y dirigían la oposición a la dictadura y a la monarquía— no creyeron jamás que la simiente republicana hubiera germinado en el pueblo español, ni menos aún que éste se mostrara dispuesto a promover un movimiento insurreccional.

En una visita que hice en la cárcel Modelo de Madrid a don Ángel Ossorio y Gallardo, este ilustre jurisconsulto y político (hoy miembro prominente de la Comisión Redactora del Proyecto de Constitución Republicana) expresaba su escepticismo:

—No existen fuerzas organizadas —decía— capaces de derrocar a la monarquía; ni el pueblo se inquieta aún por la cosa pública. Si el rey y el dictador lo quisieran, restaurarían el imperio de la ley después de una sucesión de gobiernos, cada uno de los cuales les fuera otorgando mayor cantidad de libertades, hasta restablecer la Constitución.

Y como se le arguyera que el republicanismo cobraba nuevos ímpetus de día en día, él concluyó en forma displicente:

—Sí, es verdad; Cataluña, la más valiente región es capaz de agitarse; pero ya vemos cómo se ha plegado ante la amenaza de represión de la dictadura. De ahí en más no veo otra fuerza organizada que el socialismo… ¡Y en tan corta escala!…

Y don Ángel Ossorio y Gallardo resumía la opinión de la casi totalidad de estos hombres que estaban forjando una obra cuyos resultados y trascendencia sobrepasaba a los cálculos más optimistas.

Todavía hace unos meses, los jóvenes españoles que visitaron nuestra ciudad con motivo de un congreso estudiantil, difiriendo de mis opiniones, contemplaban la revolución republicana como una perspectiva remota, que acaso correspondiera a ellos, más tarde, plasmar.

Y sin embargo, apenas contaron con tiempo bastante para retornar a tierra española, donde la suerte les reservaba brillante papel en las gloriosas jornadas de abril.

Nada de extraño tiene que la opinión en América haya juzgado siempre que la oposición a la monarquía era más bien un movimiento espiritual de las “élites” pensantes, que la resultante de un vasto y enérgico movimiento de la opinión popular nacional.

Sólo los viejos luchadores del republicanismo histórico: Marcelino Domingo, Indalecio Prieto, Largo Caballero, Besteiro, Lerroux, creían en el próximo advenimiento de la República; pero acaso haya sido con ingenuidad, porque veían esa posibilidad desde 1917.

El Nacional, 19 de junio de 1931.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

LA EMBAJADA DE ESPAÑA Y EL NUEVO CONCEPTO DE LA DIPLOMACIA

La elevación al rango de embajadas, de las misiones diplomáticas de México y España, es el coronamiento de una gestión diplomática hábil y oportuna. Por más que habría sido digno de mayor aplauso que el anuncio del propósito del gobierno de México de elevar a embajada su representación en Madrid, se hubiera hecho simultáneamente al reconocimiento de la República Española, no debemos escatimar el elogio que merecen el tino y la diligencia con que procedió nuestra cancillería, primero para lograr que fuera México el primer país del orbe que reconociera a la novísima República, y después para conseguir —con beneplácito de mexicanos y españoles— la elevación a la más alta categoría, de las antiguas legaciones mexicana y española.

La decisión del gobierno de México es doblemente interesante, por el momento en que se tomó y por ser España la primera nación europea ante la cual México acreditará un plenipotenciario permanente con el rango de embajador.

Y como coronamiento de este suceso feliz se anuncia por parte del gobierno español, que el primer embajador de la Segunda República lo será el ilustre periodista don Julio Álvarez del Vayo.

La política internacional de México, de algunos años atrás, se viene caracterizando por la marcada tendencia a señalar preferencias por los pueblos de nuestra propia raza. Ayer —todos los sabemos— la única embajada acreditada por nuestro país, lo era ante la Casa Blanca, como si con ello hubiera pretendido el gobierno atribuir una importancia preeminente a las relaciones de México con los Estados Unidos. Esta fue la característica de la diplomacia de la dictadura del general Díaz.

La revolución, en cambio —como consecuencia del sentimiento de solidaridad racial, que es uno de los fenómenos que exhibe nuestro gran movimiento social y político—, se preocupó por hacer extensivo a la mayor parte de los gobiernos del continente, lo que antes era una distinción reservada a nuestros vecinos del norte.

No se fijó México en las grandes potencias mundiales —Gran Bretaña, Alemania, Francia, el Japón o Italia— para que fuera ante ellas ante quienes se acreditaran embajadas, de la misma suerte que se venía haciendo con Washington, sino que escogió a los pueblos de nuestra propia raza, lengua y cultura, por pequeños que sean y con ello pudo demostrar nuestro país, que el ritmo de la vida de relación en materia internacional no se determina en México por la influencia polarizadora que ejercen las grandes potencias, sino por la interpretación fiel del sentimiento de la colectividad nacional.

¿Cómo era, entonces, que siendo España el tronco racial de donde se han desprendido, como nuevos brotes de vida, las repúblicas hispanoamericanas, no se procuraba establecer cerca de la monarquía borbónica una política paralela a la seguida con los Estados hispánicos de nuestro continente?

La razón es obvia. Las relaciones internacionales en nuestro hemisferio, no se rigen por conveniencias tales como las que imponen la necesidad de proveer alianzas ofensivas o defensivas, del tipo de las que aún tiene que sufrir Europa; por lo contrario, es atendiendo solamente al sentimiento público como se intensifican y se expresan esas relaciones, por medio de los actos externos propios de la diplomacia. Era lógico, en consecuencia, que un país como México, fuertemente peculiarizado por las corrientes de renovación social y política que vienen gobernando nuestra vida interna en las dos últimas décadas, no se inclinara a exhibir extremos de cordialidad y de afecto por una monarquía de tendencias absolutistas, y que cada vez iba apartándose más del sentimiento del pueblo español, que sería, en última instancia, a quien nos interesara complacer con cualquier acto de nuestra diplomacia.

Por más que sea un principio de la más sana y honesta política internacional la no intervención de un Estado en los asuntos internos de otro, no cabe duda que se va abriendo paso de día en día una nueva tendencia que pretende significar —aun cuando no sea por medio de declaraciones oficiales—, la solidaridad de los pueblos y, consecuentemente, de los hombres de Estado, según las tendencias políticas predominantes en los regímenes de gobierno de los distintos países. Más claramente: el advenimiento de una democracia despierta entusiasmos en todos los regímenes democráticos de otros pueblos, como el advenimiento de las dictaduras provoca a su vez entusiasmos en otros regímenes afines. Era natural que Gerardo Machado se afanara primero, y se ufanara después, por la elevación a embajadas las legaciones cubana y española, cuando Primo de Rivera había usurpado el poder implantando su dictadura; como era natural, asimismo, que el propio Primo de Rivera estableciera una embajada en Chile tan pronto como el militarismo de la citada república había emulado al Marqués de Estella derrocando al gobierno constitucional.

En aquella época habría sido deseable, inclusive, que al simple advenimiento de Primo como dictador de España el gobierno de México, sin vana arrogancia, pero obrando con irreprochable firmeza, hubiera retirado a su ministro plenipotenciario de Madrid, dejando a un simple encargado de negocios para la tramitación de los asuntos corrientes que pudieran interesar de verdad a nuestros residentes o “paseantes” por la vieja España.

Obrando con la misma lógica, los gobiernos de México y España expresan hoy con el mismo calor con que ayer lo hicieran los dictadores, las simpatías y las afinidades de tendencias y de emociones renovadoras, que caracterizan o deben caracterizar a dos regímenes de honda raigambre popular y de incontenible afán renovador.

Más aún: la interdependencia de los Estados, que condiciona la vida moderna, va forjando y robusteciendo de día en día, agrupaciones de hombres cuya acción se solidariza pasando sobre las fronteras de cada país.

De igual manera que el obrero crea la Segunda y la Tercera Internacional como organismos de coordinación de los esfuerzos del proletariado; organismos cuya influencia se refleja a menudo en la gestión política de los partidos obreros u obreristas en cada nación; y así como el capitalismo, a su vez, procede de igual suerte para la defensa de sus intereses o privilegios, así también, aun cuando no se haya formalizado hasta hoy, existe la tendencia, (enunciada ya con propósitos de realización por hombres del valer y de la autoridad de Edouard Hèrriot), de formar la Gran Internacional de la Democracia, llamada a fortalecer a los regímenes democráticos y a combatir a las dictaduras, ya sea por medio de expresiones y actos de simpatía y de solidaridad entre los hombres del poder, como los que ahora llevan a cabo las cancillerías de México y España, o por medio de la influencia que ejercen en lo personal, en la prensa y en la tribuna, los estadistas, los escritores y, en suma, cuantos se empeñan porque se afiancen en el mundo regímenes propios de nuestro tiempo y de nuestra civilización.

Este nuevo concepto sobre la política internacional, determina una revolución que debe operarse —y de hecho se opera— en la gestión diplomática. La diplomacia moderna debe expurgarse de los formulismos inocuos que la habían distinguido, para traducirse en una gestión de compenetración, que comprenda por una parte, y exhiba por la otra, el sentimiento de los pueblos.

Necesariamente, si cambia el contenido de la diplomacia, es preciso que cambien también los actores de ella. El diplomático cortado a la antigua, ampulosa figura que vive una vida de representaciones irreales, que está desconectado de las corrientes de opinión que orientan la vida de su país y que se aísla, a la vez, de los centros vitales del país en donde ejerce su misión, debe ceder el paso al diplomático moderno que es el hombre identificado con su pueblo y con el régimen de gobierno al que sirve, y que va como mensajero de un pueblo, a penetrar en el alma de otro pueblo.

Podría ser representante de la monarquía borbónica cualquier duque, señor marqués o señor conde, de prestancia anacrónica, cuya presencia pasara inadvertida para nuestra actividad. Pero para representar a una democracia como la que tan brillantemente se ha instaurado en España, era preciso que fuera designado, como lo ha sido, uno de aquellos hombres que pertenecen a la élite que ha sabido transformar al régimen español.

De igual manera, no podrá nuestra cancillería acreditar ante el gobierno de España a un funcionario como tantos hay, sino a un hombre cuya autoridad lo capacite para transmitir al pueblo español en esta hora trascendente en su historia, el mensaje del pueblo revolucionario de México.

Por esta razón juzgamos que la importancia del hecho de elevar la categoría de las viejas legaciones de México y de España, se corona con la designación como titulares de cada misión diplomática, de hombres de la talla intelectual de don Julio Álvarez del Vayo.

Se completa el cuadro de comentarios que sugieren los hechos que vengo analizando, con la circunstancia de ser un periodista de profesión quien, al incorporarse a la cosa pública de su país, escala la más elevada posición dentro de la diplomacia. Esto significa la importancia que se concede en la democracia española a los valores que representan los periodistas.

Dentro del concepto que de la vida política se han formado los estadistas occidentales, el hecho no es nuevo. En Europa el periodista no es un simple glosador de los sucesos diarios, cuyas opiniones, por trascendentales que sean apenas son leídas por los hombres públicos. Allá cada periodista es realmente un representativo de determinado sector de opinión y un hombre habituado a contemplar los problemas nacionales o internacionales atañederos a su patria. Por esta razón del periodismo surgen generalmente los políticos y los hombres de Estado.

Y del periodismo español, o por mejor decir, de los más destacados rangos del periodismo internacional, es de donde ha salido el señor Álvarez del Vayo, para representar a su patria —hoy más amada que nunca— en nuestro país.

El Nacional, 11 de mayo de 1931.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

La hora de la cita

El verdadero entendimiento consiste en dar valor a los demás.

La Bruyère

 

Para lenguas y campanas, las poblanas.

Dicho popular.

 

Déjeme comentarle una gran experiencia, digamos que romántica. El miércoles pasado, a las 7 de la noche, inicié un proceso de conquista: empecé a coquetear con los y las radioescuchas de la 105.9 de frecuencia modulada. Y me aventé como el Borras para decir que desde “La hora de la cita” (así se llama el programa que estará al aire todos los miércoles) intentaré convencer al auditorio de esta nueva alternativa radiofónica, cuyo formato se adaptará a la personalidad de cada uno de los periodistas y comunicadores entrevistados. Por ventura, creo que comencé con el pie derecho. Verá usted por qué:

Mi colega periodista Alfonso Yáñez Delgado fue el padrino de la primera emisión, en la cual hubo otros padrinos externos. Uno de ellos fue el gobernador Melquiades Morales Flores. Otro, el controvertido senador priista Manuel Bartlett Díaz. El tercero, el también senador panista Francisco Frayle García. Y para cerrar la emisión llamó Rafael Moreno Valle Rosas, secretario de Finanzas y Desarrollo Social del gobierno poblano y aspirante a la gubernatura de Puebla. Los cuatro fueron entrevistados por el invitado, o sea Alfonso. Y a reserva de hacerlo en tiempo y forma, aprovecho este espacio para hacer todas las llamadas que, por el “verdugo tiempo”, no pudieron pasar al aire.

De esas entrevistas no anunciadas surgieron temas que seguramente tratará en sus columnas el colega Yáñez.

Un adelanto:

Manuel Bartlett Díaz: la investigación que está haciendo el PRI respecto al financiamiento extranjero recibido por los “Amigos de Fox” (puede interpretarse como una respuesta a la denuncia sobre la corrupción en Pemex).

Francisco Frayle: el conflicto legal que enfrenta el Órgano Superior de Fiscalización del Congreso local con la Universidad Autónoma de Puebla, debido a que José Marún y Enrique Doger son primos hermanos, además de que el primero también fue rector de la misma universidad.

Melquiades Morales Flores: la necesidad de nombrar un ombudsman para que medie entre los ciudadanos y la prensa, decisión que deben tomar los propios poblanos.

Debo reconocer que enfrento un severo problema para poder persuadir a los radioescuchas: en el cuadrante existen varios comunicadores que, con trabajo, ética, profesionalismo, ingenio y talento, han logrado posicionarse en este importante mercado. No obstante, estoy decidido (y he aquí mi romanticismo) a que “La hora de la cita” se convierta en un espacio de interés para radioescuchas y radionautas. Confío, pues, en que los miércoles de siete a ocho de la noche sintonicen la 105.9, tanto usted como aquellos que gusten navegar por el cuadrante de la frecuencia modulada (FM), buscando noticias o programas que les informen o diviertan. Estoy seguro de que mis invitados me ayudarán a convencerlos de que “La hora de la cita” es una buena alternativa para informarse y conocer la esencia del periodismo.

Aclaro que no le haré al Orson Welles, es decir, que me abstendré de utilizar la ciencia ficción (o política ficción) para lograr un efecto parecido al que tuvo la adaptación de “La guerra de los mundos” a un hecho real, programa radiofónico que —como se sabe— el 30 de octubre de 1938 provocó pánico entre los oyentes de Nueva York e hizo más popular al entonces actor de teatro y después protagonista de “Ciudadano Kane”. De ninguna manera. Aunque usted no lo crea, a pesar del gran parecido, pues por muy voladores que sean, los políticos nada tienen que ver con los ovnis o los marcianos.

Tampoco buscaré la imitación como método para ganar audiencia. Dios me libre. La intención es ser originales y eludir cualquier parecido con los “talk shows” como el de Cristina, a cuyo ingenio le debemos la frase que han hecho suya muchos indiscretos: “Secreto que no se divulga, envenena”.

Para concluir esta publicidad personal (si no la digo, reviento) hago la siguiente reflexión:

Desde que la palabra permitió a los hombres y mujeres intercambiar información de manera intuitiva primero y después con sonidos articulados guturalmente, hasta la creación del lenguaje, la comunicación ha sido el vínculo integrador de la humanidad. Sin comunicación el hombre no tendría historia y tampoco habría comunidad, es decir, “universalidad en el más alto sentido del entendimiento y comportamiento humanos”.

De ahí que me haya entusiasmado la posibilidad de ganar su corazón llegando a su inteligencia a través de sus oídos y, al mismo tiempo, por sus ojos lectores.

Siete meses después, el programa “La hora de la cita” cambió de semanal a diario, o sea, de lunes a viernes, por varios años.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

DE CONDISCÍPULO A OPERADOR POLÍTICO

En el curso de la campaña que lo llevaría a la gubernatura, y estando ya en el poder, Mariano Piña Olaya tuvo aquellos “ímpetus peligrosos de sinceridad” que José Vasconcelos escribió en su obra Ulises Criollo, recordando algunos de sus fracasos como orador. La franqueza del oaxaqueño nos da oportunidad de conocer sus primeros traspiés políticos ante la “masa humilde”.

“Un día hablé que antes de intentar democráticas y actividad política –dice– el pueblo necesitaba emprender la campaña del agua y del jabón. A pesar de mi intención pura, el consejo pareció a unos ofensivo, a otros impolítico, y dejó desilusionada mi capacidad demagógica”.

Sobra aclarar que el parecido de Piña Olaya con Vasconcelos se constriñe a la preocupación aséptica que todavía en nuestros tiempos es una ofensa a los campesinos, cuya marginación y pobreza los mantiene lejos del agua de consumo y, obviamente, del jabón, hoy, como siempre, un artículo de lujo para los pobres. Sin embargo, como Piña Olaya usó la misma tónica de limpieza con los campesinos, hago esta referencia con la idea de asentar lo importante y benéfico que es para los políticos recordar o conocer las experiencias de gente tan capaz e inteligente como Vasconcelos. Insisto, pues, que la historia es el prólogo del porvenir y que, apreciándola, evitamos la repetición de errores y desaciertos.

Los yerros del mandatario poblano (1987-1993) empezaron antes de que fuera nominado candidato al gobierno local. El más espectacular, por su trascendencia, ocurrió en una cena organizada por el industrial Ricardo Hess. En aquella ocasión, los asistentes deseaban conocer la forma de pensar del hombre que llegaría a gobernar a Puebla. Asistieron Manuel de Unanue (a los pocos meses llegó a dirigir a los productores agropecuarios del país), Jorge Ocejo Moreno (también ascendió a la dirigencia nacional de la COPARMEX; después, a la candidatura para la alcaldía y, más tarde, diputado federal por el PAN), José Manuel Rodoreda (alcanzó la cúpula de la Cámara de Comercio local y el liderazgo natural del sector patronal), Heberto Rodríguez Concha (fallecido en funciones de regidor del ayuntamiento poblano —1997— por un tumor en el cerebro, enfermedad que se agravó debido a la presión moral concebida por algún estratega del gobierno de Manuel Bartlett), Humberto Ponce de León, Ernesto Pérez Reyes, Othón Necochea Agüeros y Mario Velázquez Llórente.

Este último cuestionó al invitado especial sobre su amistad con el presidente de México; le dijo que si efectivamente era su amigo, ya le habría dicho si iba o no a ser gobernador. La pregunta de Velázquez propició una respuesta alegre que fue más o menos en los siguientes términos:

“Si supiera la decisión presidencial, no estaría perdiendo el tiempo con ustedes”.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

UNA AVENTURA MONÁRQUICA NO UN PROPÓSITO NACIONAL

Impresiones de Tánger y examen del problema de Marruecos

De entre las grandes impresiones que recogí en mis andanzas fuera de mi país, pocas, o acaso ninguna, tan honda como el recuerdo de la guerra de Marruecos, sostenida con cruel afán en contra de un pueblo que anhelaba estructurar su vida jurídica, y hacer reconocer su soberanía, y vivir pacífica e independientemente en el concierto internacional: el pueblo del Rif.

En los últimos meses de 1926, y en vísperas de que se desencadenara, como un huracán, la ofensiva vigorosa de los ejércitos del caudillo insurgente Abd-el-Krim; ofensiva que liberó por algunos meses a la ciudad santa de Xauen y a la mayor parte del territorio del norte de Marruecos de la dominación española, y que estuvo a punto de culminar en el reconocimiento de la autonomía del Estado del Rif; en aquellos días, digo, en que el pueblo español se inquietaba ante la perspectiva de que llamara a filas a las clases más jóvenes, para conducirlas a la hornaza de una guerra tan despiadada como injusta, un puñado de hombres representativos de la conciencia española, se reunió en juntas revolucionarias para dar al traste con la dictadura del teniente general don Miguel Primo de Rivera, estableciendo como uno de los capítulos del programa que habría de desarrollar el nuevo régimen, la terminación inmediata de la guerra de Marruecos, la constitución del protectorado en los planos de soberanía —Ceuta, Melilla y Larache— situados en la costa de África, el abandono de los territorios sometidos al protectorado de España y el reconocimiento de la autonomía o de la independencia del nuevo Estado del Rif.

Movido por un impulso romántico, propio del espíritu revolucionario de nuestro país, acepté ir a Tánger para introducirme por allí hasta el campamento del jefe rifeño, a efecto de promover en nombre de la junta revolucionaria de España la suspensión de las operaciones militares, para dar ocasión a que se desarrollaran en la Península los acontecimientos que habrían de dar fin a la dictadura, con la seguridad de que el nuevo régimen otorgaría lo mismo por lo que tanto afán luchaba el pueblo marroquí.

Y fui a Tánger. Pero la embellecedora misión con que me honró la junta revolucionaria española, no pudo llevarse a buen término. Apenas iniciados los preparativos para hacerme conducir hasta el campamento del caudillo de la insurrección, éste desplegó su formidable ofensiva sobre las posiciones españolas. Ya no pude detenerse la guerra. Un enviado de Madrid me comunicó instrucciones de la junta, y di por terminada mi proyectada aventura.

Pero ha llegado la oportunidad de que —periodista al fin—, comunique a los lectores de mi país mis impresiones de viajero por aquellas tierras heroicas de África, como prólogo de un análisis suscinto sobre el problema internacional que envuelve la tragedia de un pueblo cuya libertad fue ahogada en sangre por la potencia militar, no diré que de Francia ni de España, sino de los Estados español y francés.

Elogio de Tánger

Tánger es una encantadora ciudad, arrebatada hace poco más de una veintena de años a la potestad de su amo imperial. Encargada su administración a los cuidados de delegaciones extranjeras, se ha salvado de servir de campo propicio a las guerras que azotaron a la patria del gran Abd-el-Krim. Cuando el valeroso guerrero moro, que peleaba en las montañas del Rif o en las llanuras del Uergha, se abatía y se desangraba ante las embestidas, más que de los españoles, de esos otros hombres sin patria, sin alma, sin conciencia y sin moral, que formaban los cuadros de los tercios extranjeros, Tánger se le ofreció amorosamente para que en su regazo curase sus heridas, para que tomara nuevos impulsos, para que renovara su fe en los destinos de su raza…

Tánger, ciudad que se alza, cabe un ancho risco de la costa noroeste de África y que se extiende también como paraje de quietud y de poesía, como exponente de un arte magnífico que no quiere ni puede morir, se ha salvado de la guerra merced a la intransigencia anglo-franco-italiana, que no deja su suerte al libre albedrío del Estado español.

¿Qué habría sido de ella en caso contrario?

La apacible ciudad, donde se desliza suavemente la vida de moros, israelitas y europeos, dentro de un ambiente de melancolía y casi de olvido, no habría desconocido, como el resto de sus hermanas, la tragedia de una guerra no sujeta a los límites que marcan los principios del derecho de gentes, y dirigida por hombres que no piden ni dan cuartel.

Tánger, lugar de libertad, propicio a los hombres que tienen el gesto de reclamar un mundo mejor y más justo, tendría un nuevo amo; y Tánger, ciudad que pudo cobijar a los campeones de su raza, se habría convertido en cuartel para sus enemigos, y en prisión, martirio y cadalso para los suyos.

Locura y vanidad

Si yo no supiera que hubo mucho de grotesco en todo ese drama, en que han naufragado los valores morales que quisiéramos ardientemente nimbaran siempre la gloria de España, haría un esfuerzo por penetrar en el arcano de los designios del Estado español. Pero desgraciadamente, cuando se contempla la génesis y el curso que siguió el problema de Marruecos, sólo locura y vanidad puede advertirse.

Para aquellos jefes de gobierno que basaron su estabilidad en el apoyo de la fuerza armada y en la gracia del soberano, seguramente que constituía una bella ilusión poder ofrecer Tánger como una joya que colocar en la corona del monarca, y después repetirle estas bien conocidas palabras de adulación: “Señor: Tú pasarás a la historia con el nombre de don Alfonso el africano.”

Pero no se ha tomado, para ello, la medida del tiempo.

Tánger no quiere decir solamente el propósito de dominio que abrigó el Estado español sobre esta ciudad. Tánger traduce el empeño suicida, de afirmar la conquista del norte de África. ¡Y ya hace buen rato que pasó la hora de las conquistas!

Estamos en una época en que todos los pueblos se van sintiendo mayores de edad. Los imperios coloniales más sólidamente constituidos, sufren grandes quebrantos, si no se desquician. Las metrópolis dirigidas por estadistas —no por soldados de fortuna— no piensan sino en hallar la mejor manera de ceder, porque saber ceder en estos momentos, tiene la importancia vital que en otros siglos tuvo saber conquistar. Y la metrópoli que no sabe ceder, conocerá una vez más la amargura de ser arrojada sin consideración ni piedad.

La razón del conquistador

Jamás una empresa de conquista tuvo por móvil la generosa idea de llevar las luces de la civilización a los pueblos atrasados. Si es verdad que los adelantos del mundo occidental han llegado con las prédicas de los misioneros apoyadas por la espada de los aventureros, podrá considerarse esto como una consecuencia, pero no como un alto ideal de humanidad concebido previamente. La conquista se ha hecho siempre como un medio de adquirir fuertes ventajas económicas y políticas para el conquistador. Si no hubiera una riqueza que explotar; si no existiera un punto estratégico que defender; si no se conocieran tantas inocuidades que se toman como razones de “prestigio”, no se hallaría tampoco, seguramente, la entidad dispuesta a acometer una tal empresa… ¡por realizar una misión apostólica…!

Planteado en este terreno el problema, es fácil explicarse las angustias y trabajos de los gobiernos metropolitanos, en esta hora en que la tendencia autonomista de las antiguas colonias constituye la más seria amenaza para la economía de los imperios. Este es el caso de Inglaterra, y de Francia, por ejemplo. Porque mantener un vínculo, por débil que sea, desde un punto de vista político con la colonia, el dominio o como quiera llamársele; vínculo que se traduzca en la posibilidad de adquirir materias primas y cereales baratos, significa la vida de la metrópoli.

Ellas se han creado el problema.

¡Allá ellas con las consecuencias…!

¡Pero España…!

España protectora supervisada

¡Pobre España! En esta desdichada aventura de Marruecos sólo le fueron reservados los trabajos y las responsabilidades; ni un solo aliciente para su esplendor; ni una perspectiva para su grandeza; ni siquiera el tratamiento que la colocara al nivel de las potencias.

En efecto; en los buenos años en que las potencias se distribuían bonitamente el dominio sobre las tierras de África; Inglaterra y Francia, para poner fin a las diferencias que entrañaban sus mutuos actos de conquista, decidieron, a espaldas de todos, asignarse: Inglaterra, libre acción sobre Egipto; Francia, lo mismo sobre Marruecos, además de otros obsequios de botín sobre Tierra Nueva, Siam, El Níger, etcétera, por medio del acuerdo anglo-francés del 8 de abril de 1904.

Pero como para llevar Inglaterra sus escuadras al Mediterráneo tropieza con el paso obligado del Estrecho de Gibraltar a cuya margen sur se encuentran las fronteras nórdicas de Marruecos, no podía admitir la consolidación de un poderío de la fuerza del poderío francés. Se pensó, entonces, en hallar quien cargara con el puesto de gendarme inofensivo y apostado en esas áridas peñas…

Y fue el Estado español el que aceptó ingenuamente el 8 de octubre del mismo año, lo que a bien tuvieran arreglar con antelación las otras potencias.

Por lo demás, el Acta de Algeciras, los arreglos franco-alemanes, el tratado de Fez que consagra el protectorado de Francia sobre Marruecos, los diversos acuerdos franco-españoles, no son sino las sucesivas etapas de realización del propósito original.

Y allí está España, sobre un pequeño territorio rocalloso, inhospitario, que nada de bueno significa para su patrimonio económico, después de haber tenido que sostener una guerra impía contra un pueblo de guerreros que en estos momentos parecen dominados, pero que en realidad están decididos a liberarse, lo mismo del sultán que de quien quiera sustituirlo; allí ha estado España, gastando lo mejor de su juventud, sus recursos financieros y, lo que es más, el prestigio con que pudiera hoy hablar al mundo, como nación que fue creadora cuando era preciso crear nacionalidades pero que se convirtiera en libérrima cuando los pueblos buscaron su libertad.

¡Ah! ¿Pero sabéis que con toda su responsabilidad, España no tiene, jurídicamente autoridad completa sobre el territorio asignado a su protección?

Pues no es de otro modo. El sultán continúa como jefe del imperio marroquí en toda su extensión territorial. España lo reconoce así, y se obliga, por ende, a someter la nominación de los más altos funcionarios moros a la aprobación de Su Majestad xerifiana. Y como Su Majestad xerifiana, a la vez, se halla sometida —en este caso sí totalmente— a las determinaciones del alto comisario francés, resulta España— protectora, supervisada por el alto comisario de Francia.

¡Y para esto se ha sacrificado al pueblo español…!

Marruecos y la monarquía

Es creencia generalizada que en Axdir quedó vencida para siempre la independencia del Rif. Grave error. Podrá hacerse, como se ha hecho, que el admirable caudillo Abd-el-Krim pase el resto de su vida desterrado en una isla apartada, en mares remotos, como Bonaparte en Santa Elena; pero la obra del que fue capaz de organizar a un pueblo, y de constituir un Estado, y de vencer ejércitos numerosos, de fijo que ha echado hondas raíces. No pasará mucho tiempo sin que surjan nuevos caudillos que, en esta época propicia, consumen la liberación que estuvo ya a punto de llegar al alcance de la República del Norte de África.

Menos mal: la empresa sobre Marruecos es una aventura monárquica —acaso sería más justo decir que dinástica—; pero nunca un propósito nacional español. El pueblo de España tuvo siempre repugnancias por esta guerra que exhibe un gran crimen internacional.

Optimismo

Todos los grandes pensadores españoles que en los últimos años han venido a tierras de América a verter sus nobles ideales, han estado contestes en proclamar un hecho histórico: el año 98, año de dolor para España, por que durante él perdió a Cuba y con Cuba al resto de sus colonias ultramarinas, fue también para la Madre Patria la iniciación de una nueva era que proyectó más bellos horizontes, con más amplias perspectivas; porque, pasado el momento de la pena por el desastre militar y marítimo, pudo España concentrarse en sí misma y poner toda su voluntad y toda su energía en la obra de su renovación intelectual.

Esperemos que, tras de la loca aventura de Marruecos, se corone la obra iniciada en el 98, con la renovación social y política del pueblo español.

El Nacional, 4 de septiembre de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

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