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UN CERTERO ACTO DE GOBIERNO

Apegándose a las normas de gobierno que él ha implantado y que se traducen, para bien del pueblo, en la máxima eficacia que siempre ha demostrado en el obrar y en la gran rectitud y firmeza de sus juicios, el jefe de la nación ha venido a Monterrey para cerciorarse personalmente de las realidades que aquí prevalecieron con motivo de la agitación creada por los patrones y propagada por importantes órganos del periodismo nacional, que se hicieron eco de las denuncias presentadas contra un pretendido movimiento tendiente a subvertir el orden establecido por nuestras instituciones de derecho.

Sobre el terreno mismo de los acontecimientos, en el propio centro de la agitación y en el ambiente donde los hechos se desarrollaron, oyendo y pesando el testimonio de autoridades y representantes de las fuerzas organizadas de la colectividad, el presidente Cárdenas estudió con detenimiento el caso y formó su convicción acerca de las circunstancias que mediaron y de la verdadera causa de origen. Y ya bien informado, produjo las sensacionales declaraciones publicadas ayer, poniendo las cosas en su lugar, señalando responsabilidades y llamando a la serenidad.

Fue éste un certero acto de gobierno que destaca bien el propósito inquebrantable del primer magistrado de atajar conmociones estériles y agitaciones inmotivadas acudiendo a poner el remedio que sus causas reclamen, y ello reafirma la confianza popular en el hombre que rige los destinos de México y robustece el respaldo que todos los sectores sociales le prestan para que cumpla cabalmente su alta obra de construcción revolucionaria.

Según las aseveraciones de los capitalistas regiomontanos y las informaciones y comentarios de los periódicos que durante toda la semana mantuvieron una amplia campaña de publicidad alrededor de la situación de Monterrey, aquí se había iniciado un movimiento comunista contra el cual era necesario reaccionar en defensa del orden social, económico y político establecido por nuestras leyes, impidiendo el avance de la “ola roja”, como el sensacionalismo de cierto sector de la prensa dio en llamar a la supuesta acción disolvente.

La defensa debía comenzar por un grito de alarma que señalara el grave peligro, y por eso los patrones neoloneses decretaron el lock-out o paro de los días 5 y 6 —sin atender a su ilegalidad, seguro porque consideraron que en casos de tan imperativa urgencia no hay que pararse en minucias—, organizaron la manifestación del día 5 y fundaron una organización de lucha contra el comunismo, desatando la nutrida campaña periodística que por todo el país fue llevando el “alerta” lanzado en Monterrey —con el conveniente refuerzo de comentarios intencionados y noticias impresionantes, como el atentado contra la bandera nacional que se atribuyó a los obreros— a efecto de promover y agitar en todas partes el espíritu defensivo, y aprovechando de paso la ocasión para sugerir incidentalmente en algún editorial la necesidad de implantar el arbitraje obligatorio para resolver los conflictos de trabajo y abolir el derecho de huelga.

Tal aparecía implícitamente la explicación de la actitud patronal.

Pero ya ante la súbita presencia del presidente de la República había que aducir pruebas o argumentos que demostrasen el carácter subversivo de la actuación obrera, y los patrones ofrecieron la afirmación de que los dirigentes obreros habían hecho agitación comunista en un mitin vertiendo expresiones radicales, y el cargo de que el presidente de la Junta Central de Conciliación y Arbitraje profesaba doctrinas disolventes y por eso declaró lícita la huelga efectuada contra la Compañía Vidriera de Monterrey.

Claro está que expresiones radicales de lucha las emplean los trabajadores en sus reuniones —como en sentido opuesto las usan los patrones en las suyas— pero de ello no puede concluirse que hagan agitación subversiva contra el orden social, económico y político, ni que tengan la finalidad de destruirlo.

Y en cuanto a que semejantes tendencias se atribuyan al presidente del Tribunal Obrero como determinantes de su voto en favor de la licitud de la huelga, es bastante para desbaratar el cargo la comprobación —que el presidente Cárdenas realizó— de que el movimiento contra la Compañía Vidriera, que fue el caso concreto que dio origen a la agitación desencadenada por los patrones, es un simple conflicto de trabajo del género de los que ocurren normalmente en el país como resultado de la natural e inevitable lucha que las clases proletaria y capitalista sostienen, dentro de las normas legales, en el campo del reparto de la riqueza producida.

En consecuencia, si se cumplieron todos los requisitos de ley y el funcionario acusado no hizo otra cosa que reconocerlo así, ni la huelga ni la declaración de su licitud son hechos que —como en sus declaraciones lo asentó el jefe del Ejecutivo— rebasen el marco de nuestras instituciones, y por ello no se les pueden atribuir tendencias comunistas, a menos que igual cargo se haga contra el artículo 123 de la Constitución y contra la Ley Federal del Trabajo, que fueron las disposiciones en que la declaratoria de licitud se fundó.

En categórico y claro juicio basado en los amplios datos recogidos, el general Cárdenas dejó las cosas en su verdadero lugar y señaló la responsabilidad de quienes en realidad la tienen, cuando en sus declaraciones, como corolario del análisis de la situación, dijo: “Fue entonces la inconformidad patronal respecto a un fallo de autoridad competente, la causante del paro general llevado a cabo los días 5 y 6 de los corrientes, y de la agitación promovida a título de defensa contra la invasión de doctrinas disolventes”.

Es verdad que, como el mismo primer mandatario lo advirtió en las declaraciones que ameritan esta glosa, nada autoriza a creer en la existencia de un movimiento, comunista o de cualquier otro carácter, enderezado a subvertir ni siquiera a trastornar el orden social, político y económico que garantizan la Constitución general y las leyes del país, y que toda la agitación se debió a la equivocada actitud de reacción notoriamente excesiva que asumieron los capitalistas regiomontanos; pero también lo es que tales actitudes adoptadas sin medir sus consecuencias y con plena falta de serenidad, son socialmente indeseables y pueden provocar peligrosas reacciones de trascendencia imprevisible, ya que lo mismo que los patrones tacharon de disolvente la legítima actuación de los trabajadores, éstos podrían haber perdido la ecuanimidad y considerar la actividad patronal como una ofensiva capitalista o como la invasión de una “ola blanca” contra la que deberían defenderse de manera enérgica.

Por eso es que el presidente Cárdenas termina sus declaraciones con un llamamiento a la serenidad de ánimos, no sólo dirigido a las clases obrera y patronal, sino también a toda la prensa del país, para que presten su concurso al gobierno a fin de que no se desvíe la opinión atribuyendo a hechos que son normales, dentro de la natural pugna de intereses sociales y económicos que condicionan nuestro devenir, propósitos disolventes que están muy lejos de la conciencia de nuestro pueblo.

El Nacional, 16 de febrero de 1936.

Revista Réplica

¿Dónde está, pues, la locura,

cuya vacuna deberían inocularnos?

Nietzsche

MADRES, POR SIEMPRE

LA DERROTA FINAL

Precisamente cuando la vida de México se desenvuelve lejos de toda preocupación política, en ambiente de normalidad saneado por la restauración de los principios revolucionarios, un hombre que había solemnemente declarado concluida su carrera pública y que acababa de liquidar —por sus contradicciones— toda nueva posibilidad de actuación revolucionaria, hace de improviso una reaparición efectista y se atreve a desafiar, en ademán de franca provocación, no sólo a un gobierno de legalidad irreprochable, sino también la voluntad unánime del pueblo mexicano que se apresta a defender sus instituciones y a salvarlas de un funesto retorno a la simulación del pasado.

La llegada subrepticia del general Plutarco Elías Calles y las insólitas declaraciones que traía preparadas para hacer retumbante su retorno, tienen todas las características de la consigna para un “golpe de mano”. Han quedado al descubierto —corroborando las apreciaciones que motivaron la primera depuración política del Parlamento— los hilos conductores de una verdadera conjura, temerosa por igual de la autoridad y del pueblo, con cuyo respaldo jamás pudo contar.

Ya nadie puede atribuir a segundas partes que actuaran sin dirección superior y por efecto de sus propios despechos, ni la desazón de fondo que culminó hace meses en el desafuero de varios diputados al Congreso de la Unión; ni la hostil inquietud de ilegítimos intereses, heridos en sus privilegios al restablecerse el imperio de la ley; ni los intempestivos viajes de próceres caídos, ni sus secretas reuniones y sus sigilosos preparativos e incitaciones a la sedición. Toda esa actividad en penumbra de complot; todo ese ir y venir de ex influyentes con embozo de conspiradores, queda explicado sin asomo de duda con el retorno y las declaraciones del ex presidente.

No se trata ya de sospechas, sino de hechos plenamente comprobados. Los viajes y las actividades a que se dedicaban en la sombra principalmente los señores Luis N. Morones, general José María Tapia, Fernando Torreblanca, Melchor Ortega y algunos más, entre los que se cuentan altos funcionarios y militares infieles, tienen un solo nombre adecuado: son actividades de conspiración contra el orden legal.

El complot tenía que abortar, como abortó, por falta de justificación y de bandera, y porque la realidad social mexicana de hoy no se transforma dócilmente al influjo de las ambiciones, así cuenten éstas con los recursos pecuniarios que pueden suponerse a los conjurados. El triunfo de cualquier movimiento tiene como condición el apoyo de las masas, y éste era el único que no podían buscar los provocadores de la perturbación. Pero el fallido intento ha sido útil a los intereses del país —representados por las instituciones públicas— porque ha permitido nuevas depuraciones, que libren al régimen de cuantos elementos no quisieron o no supieron comprender la generosa actitud del presidente Cárdenas, cuando les dio una oportunidad para cooperar lealmente en la situación de responsabilidad gubernativa que se consolidó en junio.

A reserva de volver sobre el tema de la conspiración, hemos de señalar un hecho evidente: si el general Calles hubiera vuelto a la patria como simple ciudadano, con el empeño de demostrar un sincero afán de esclarecer la verdad histórica y de limpiar de sospechas su pasado, en primer lugar habría evitado la compañía de una persona tan ingrata, parejamente, a las clases trabajadoras y a todas las demás, sin excepción, como el señor Luis N. Morones; y además, se habría ofrecido al juicio de la opinión —e incluso al de los tribunales—, como lo hace cualquier hombre público que está seguro de la rectitud de sus acciones.

Si así hubiera obrado, la actitud del ex presidente habría sido cuando menos respetable, cualquiera que resultara ser la amplitud de sus yerros.

Pero viene en son de perturbar la tranquilidad nacional; se fue en papel de gran abdicador y retorna en plan de gran agitador, de “pretendiente”, ostentándose como jefe de facción y rompiendo hostilidades a pretexto de decir la última palabra en juicio crítico de su propia obra, que sólo a sus conciudadanos y en última instancia a la posteridad toca formular.

Menos mal si su equivocada postura sólo afectara su propia historia. Ello no es así: con el aparente propósito de rechazar cargos que él juzga calumniosos y mezquinos, vulnera con el dicterio la actuación limpia e insospechable del presidente Cárdenas, sólo porque éste supo asumir por entero sus responsabilidades y desbaratar de una vez por todas la ficción de una democracia regida por oligarcas, por capitalistas de un neoporfirismo cuya cabeza viviente era una y la misma, ya se ostentara en Palacio Nacional o dictara desde su domicilio particular órdenes indiscutibles al gobierno en turno.

El mensaje político del general Calles al Congreso de la Unión, dicho el primero de septiembre de 1928, fue sin género de duda, el mejor acto de su existencia.

Cada época busca sus formas propias, imprime modos particulares al marco de la vida pública, como traducción de las aspiraciones del pueblo y como superación de los métodos caducos. En 1928 existía en el cuerpo social de la nación, una bien definida necesidad de liquidar los caudillajes para ensayar un régimen democrático de instituciones. Por eso, independientemente de que se juzgara sincero o insincero al entonces presidente Calles, cuando comprometía su honor de soldado y su respetabilidad de ciudadano como prendas de absoluto retiro, el llamado que hizo a todos los revolucionarios para consolidar la vida de las instituciones tuvo la virtud de congregar en torno de esa esperanza la voluntad de los hombres que habían vinculado su existencia a la causa del pueblo.

Incluso aquellos que, como el que esto escribe, eran entonces y habían sido opositores del general Calles y de su gobierno, vieron en el programa institucional la liquidación de una rencilla y el comienzo de la democracia auténtica, en la cual los hombres subordinaron apetitos y pasiones a los elevados intereses de una colectividad que se gobernara a sí misma.

Y ello fue así —precisa insistir—, porque el deseo de renovación de métodos, de civismo, estaba tan hondamente enraizado en la conciencia nacional, que producía sus frutos acaso contra el deseo mismo de quien a tan noble amparo podría estar pretendiendo establecer una escuela de simulación. Hay cosas que no pueden decirse inútilmente. Cuando una idea traduce un anhelo social, el pueblo la acoge, la desarrolla, la torna realidad y no permite que se le defraude.

No importa qué tan indignos sean los labios que pronuncian palabras limpias y promisoras. Ellas germinan en el seno nutricio de los pueblos y después ni sus sembradores pueden extirpar el robusto árbol que, acaso sin proponérselo y para su propio castigo, un día plantaron.

El general Calles rompió explícitamente, el viernes 13 de diciembre, su doble, enfático y reiterado propósito de retirarse a la vida privada y de guardar silencio. Explícitamente, decimos, porque de modo tácito lo había roto con frecuencia durante varios años, antes del 14 de junio pasado. Y la explicación que da ahora para justificarse, es a todas luces especiosa. Dice que vuelve a hablar y a actuar en defensa de su pasado, para confundir a sus impugnadores. Y en sus primeras declaraciones soslaya amargos desahogos contra un régimen sin tacha y contra un presidente excepcionalmente inatacable.

Es decir que, según esto, debía entenderse que el silencio y el retiro del general Calles estaban subordinados a una condición: la de mantener amordazada la expresión. Había, antes de ahora, una moratoria de opiniones, incivilizada y anticonstitucional. Al levantarse tal moratoria, fue como si se alzaran compuertas cerradas durante diez años y cada quien quiso decir su verdad; quiso —como en los buenos tiempos del maderismo— pensar en voz alta. El desbordamiento hizo que las aguas contenidas tomaran sus niveles y nació el estado de normalidad, de libre expresión del pensamiento, que tanto parece irritar al ex presidente y que le ha movido a defender su pasado atacando a quienes no hacen otra cosa que cumplir con sus deberes hacia el pueblo.

La cuestión está erróneamente plantada. La abstención del ex presidente es incondicional, independiente de su voluntad, derivada de su caducidad e hija de un hecho histórico. Al violar su compromiso, nada puede excusarle, nada puede justificarle. Naufraga quien, en 1928, hace solemne promesa de jamás volver a intervenir en asuntos de Estado, y en 1935 no sólo declara su personal y exclusiva responsabilidad por el periodo de su ostensible y constitucional ejercicio, sino que a la vez reivindica por su “solidaridad” confesada con los errores que hubieren cometido gobiernos posteriores al suyo —una pareja y prolongada responsabilidad ante el pueblo—. Y esto tratando de abarcar un periodo de seis años y medio, después de su “retiro”.

El desplante de la “solidaridad”, en las declaraciones del general Calles, equivale a una confesión circunstanciada, de propia boca, que deja indudable certidumbre de cotidiana violación a la palabra empeñada.

La caducidad de quien ha cumplido su ciclo vital en la política de México; de quien ha roto, con una retractación de sus principios, sus vínculos con los trabajadores, es impedimento que ningún hecho —ni la conspiración, no la jactancia— pueden destruir. Un “hombre acabado” es un “hombre acabado”. Y nada más —en paráfrasis de un célebre polígrafo.

Un revolucionario radical en 1920 no puede sobrevivir, después de sus ostensibles virajes que culminaron en 1935. Nadie puede ya en México jugar con los programas sin quemarse las manos. El hombre que hizo su prestigio hablando de emancipación a los trabajadores, no alcanzará jamás a reconquistar autoridad moral cuando, quince años después, viene a decir en buen romance: “¡hágase en buena hora la revolución social; pero sin alarmar a las familias…!”. Que a tanto equivalieron las declaraciones del 12 de junio.

El condottierismo político pertenece en México a la enterrada herencia del siglo XIX. No tiene validez en nuestros días. Actos y palabras deben coincidir hoy, como garantía de sinceridad en los hombres públicos. El revolucionario que da un salto mortal hacia el desfiladero de la derecha, no resurge más.

Por eso dijimos en este mismo lugar, hace apenas unos días, que el “régimen callista” —gobierno o mera influencia soportada— había agotado sus posibilidades de acción en la vida pública; que era cosa concluida con hombres “acabados”. Por eso afirmamos que el “callismo” estaba muerto, bien muerto, amortajado y hasta enterrado.

Pero, si bien el general Calles —al frente de todo el aparato de su “régimen”— así sucumbió para los efectos de posteriores militancias en la vida pública mexicana desde el 14 de junio, le quedaba todavía una personalidad histórica, y no habría faltado biógrafo que al correr de los años retocara virtudes y atenuara equivocaciones. Pero el viernes 13 de diciembre el general Calles destruyó esa última posibilidad, porque al violar expresamente sus compromisos de mutismo y retiro a la vida privada, demostró que lo mejor de su obra —el mensaje de 1928— fue una falacia; que ni entonces, ni antes, ni después, había pensado en consolidar las instituciones, sino únicamente en buscar ropaje hidalgo para sus afanes de dominio. Pero las instituciones, como antes lo afirmamos, se consolidaron a pesar de él, sobre él, arrollándolo, como a un encantador que muriera víctima de su propio encantamiento.

Y lo que era voluntad de forma en 1928, se convirtió en realidad seis años más tarde, así como nuevos modos de gobierno podrán superar a los actuales, cuando éstos ya no satisfagan el anhelo del pueblo.

Mientras nuestra nacionalidad se mantuvo informe, guiada en su noche por un puñado de espíritus luminosos, pero retrasada en su evolución y envilecida en su honor por zafia soldadesca, fue posible que un modelo de dictadores —don Antonio López de Santa Anna— sentara cátedra de ambición de poder, de crueldad, de falta de convicciones, de audacia, de teatralidad. Era posible saltar de un partido a otro, de un programa al opuesto, según convenía de momento para el logro de inconfesables propósitos. Santa Anna pudo ser sucesivamente centralista, federalista, conservador, liberal, radical, soldado del pueblo y agente de un gobierno extranjero. El fin era alcanzar una y cien veces el poder, y los programas y los principios eran para el criador de aves de corral, dueño de “Manga de Clavo”, simples medios que podían emplearse o abandonarse al azar. La voluntad del pueblo no estaba organizada; la opinión de las colectividades, no existía. Las circunstancias abrían resquicios en la adversidad y el dinero compraba lealtades.

Sin ánimo de comparar a las personas, sino con el deseo de contrastar las épocas, debe afirmarse que cosa semejante no puede intentarse más en México con esperanza de buen éxito. Las masas están despiertas y exigen que el programa revolucionario se cumpla sin fraudes; el proletariado tiene una organización y se halla en el cauce de sus reivindicaciones; el gobierno tiene una doctrina y una grave e indivisible responsabilidad que cumplir; las leyes y las instituciones avanzan hacia niveles de perfección; la opinión de las colectividades pesa, y da o quita la fuerza, según los hombres sean fieles o apóstatas de un credo social impuesto por la revolución, y, por fin, el ejército entiende su legítima y ennoblecedora misión y sabe y quiere cumplirla. Prueba de ello es que se han sucedido, con vertiginosa rapidez, grandes acontecimientos que en otra época podrían haber orillado a serios disturbios, y no han sido ahora capaces de perturbar la tranquilidad del país. El instituto armado está en su puesto, del lado de las instituciones, con la legalidad. Y lo están los sindicatos obreros, las comunidades campesinas, el magisterio, los estudiantes, todas las colectividades de acción social y cuanto elemento ha representado fuerza y apoyo para la revolución en sus diferentes etapas.

Y por si todo eso no fuere bastante, en la actualidad hay hombre en el gobierno y la legalidad está de su parte. Ocurre una feliz incidencia en la fuerza social, la fuerza militar y el derecho.

Ha sido suficiente que la opinión nacional repudie, como ha repudiado, el conato de subversión, para que éste haya ido a encallar en el fracaso. La acción legal del Senado de la República, desconociendo la existencia jurídica de poderes ahí donde los mandatarios se habían tornado conspiradores; la aplicación de las disposiciones de la ordenanza, por cierto con ponderada benignidad, y posteriores depuraciones que se vislumbran en la representación popular, saldan el incidente y cortan los miembros podridos de un organismo sano y vigoroso, como lo es el régimen presidido por el general Cárdenas.

La magnanimidad del primer mandatario fue pagada con ingratitud. Él quiso que se respetara no sólo la vida, sino también los intereses y aun ciertas obvenciones que habían venido recibiendo el ex presidente y sus más cercanos seguidores. Fue más allá: conservó en situaciones políticas y puestos públicos a numerosos adictos al general Calles, en atención sin duda a merecimientos revolucionarios anteriores; y esta oportunidad salvadora y generosa fue aprovechada para utilizar las posiciones en favor de un complot, para romper hostilidades contra el régimen.

Y los amigos del general Calles que aún quedan en sitios de representación y de autoridad, han sido colocados por el antiguo jefe en un duro aprieto, en un conflicto de lealtades, que no tienen sino una solución: la de la fidelidad a las instituciones.

El Nacional, 17 de diciembre de 1935.

Froylán C Manjarrez

Revista Réplica

¿Es, pues, cierto o sólo vana fantasía?

Eurípides, Yone, hacia el 410 a. de C.

La democracia “Félix”

UN CERTERO ACTO DE GOBIERNO

Apegándose a las normas de gobierno que él ha implantado y que se traducen, para bien del pueblo, en la máxima eficacia que siempre ha demostrado en el obrar y en la gran rectitud y firmeza de sus juicios, el jefe de la nación ha venido a Monterrey para cerciorarse personalmente de las realidades que aquí prevalecieron con motivo de la agitación creada por los patrones y propagada por importantes órganos del periodismo nacional, que se hicieron eco de las denuncias presentadas contra un pretendido movimiento tendiente a subvertir el orden establecido por nuestras instituciones de derecho.

Sobre el terreno mismo de los acontecimientos, en el propio centro de la agitación y en el ambiente donde los hechos se desarrollaron, oyendo y pesando el testimonio de autoridades y representantes de las fuerzas organizadas de la colectividad, el presidente Cárdenas estudió con detenimiento el caso y formó su convicción acerca de las circunstancias que mediaron y de la verdadera causa de origen. Y ya bien informado, produjo las sensacionales declaraciones publicadas ayer, poniendo las cosas en su lugar, señalando responsabilidades y llamando a la serenidad.

Fue éste un certero acto de gobierno que destaca bien el propósito inquebrantable del primer magistrado de atajar conmociones estériles y agitaciones inmotivadas acudiendo a poner el remedio que sus causas reclamen, y ello reafirma la confianza popular en el hombre que rige los destinos de México y robustece el respaldo que todos los sectores sociales le prestan para que cumpla cabalmente su alta obra de construcción revolucionaria.

Según las aseveraciones de los capitalistas regiomontanos y las informaciones y comentarios de los periódicos que durante toda la semana mantuvieron una amplia campaña de publicidad alrededor de la situación de Monterrey, aquí se había iniciado un movimiento comunista contra el cual era necesario reaccionar en defensa del orden social, económico y político establecido por nuestras leyes, impidiendo el avance de la “ola roja”, como el sensacionalismo de cierto sector de la prensa dio en llamar a la supuesta acción disolvente.

La defensa debía comenzar por un grito de alarma que señalara el grave peligro, y por eso los patrones neoloneses decretaron el lock-out o paro de los días 5 y 6 —sin atender a su ilegalidad, seguro porque consideraron que en casos de tan imperativa urgencia no hay que pararse en minucias—, organizaron la manifestación del día 5 y fundaron una organización de lucha contra el comunismo, desatando la nutrida campaña periodística que por todo el país fue llevando el “alerta” lanzado en Monterrey —con el conveniente refuerzo de comentarios intencionados y noticias impresionantes, como el atentado contra la bandera nacional que se atribuyó a los obreros— a efecto de promover y agitar en todas partes el espíritu defensivo, y aprovechando de paso la ocasión para sugerir incidentalmente en algún editorial la necesidad de implantar el arbitraje obligatorio para resolver los conflictos de trabajo y abolir el derecho de huelga.

Tal aparecía implícitamente la explicación de la actitud patronal.

Pero ya ante la súbita presencia del presidente de la República había que aducir pruebas o argumentos que demostrasen el carácter subversivo de la actuación obrera, y los patrones ofrecieron la afirmación de que los dirigentes obreros habían hecho agitación comunista en un mitin vertiendo expresiones radicales, y el cargo de que el presidente de la Junta Central de Conciliación y Arbitraje profesaba doctrinas disolventes y por eso declaró lícita la huelga efectuada contra la Compañía Vidriera de Monterrey.

Claro está que expresiones radicales de lucha las emplean los trabajadores en sus reuniones —como en sentido opuesto las usan los patrones en las suyas— pero de ello no puede concluirse que hagan agitación subversiva contra el orden social, económico y político, ni que tengan la finalidad de destruirlo.

Y en cuanto a que semejantes tendencias se atribuyan al presidente del Tribunal Obrero como determinantes de su voto en favor de la licitud de la huelga, es bastante para desbaratar el cargo la comprobación —que el presidente Cárdenas realizó— de que el movimiento contra la Compañía Vidriera, que fue el caso concreto que dio origen a la agitación desencadenada por los patrones, es un simple conflicto de trabajo del género de los que ocurren normalmente en el país como resultado de la natural e inevitable lucha que las clases proletaria y capitalista sostienen, dentro de las normas legales, en el campo del reparto de la riqueza producida.

En consecuencia, si se cumplieron todos los requisitos de ley y el funcionario acusado no hizo otra cosa que reconocerlo así, ni la huelga ni la declaración de su licitud son hechos que —como en sus declaraciones lo asentó el jefe del Ejecutivo— rebasen el marco de nuestras instituciones, y por ello no se les pueden atribuir tendencias comunistas, a menos que igual cargo se haga contra el artículo 123 de la Constitución y contra la Ley Federal del Trabajo, que fueron las disposiciones en que la declaratoria de licitud se fundó.

En categórico y claro juicio basado en los amplios datos recogidos, el general Cárdenas dejó las cosas en su verdadero lugar y señaló la responsabilidad de quienes en realidad la tienen, cuando en sus declaraciones, como corolario del análisis de la situación, dijo: “Fue entonces la inconformidad patronal respecto a un fallo de autoridad competente, la causante del paro general llevado a cabo los días 5 y 6 de los corrientes, y de la agitación promovida a título de defensa contra la invasión de doctrinas disolventes”.

Es verdad que, como el mismo primer mandatario lo advirtió en las declaraciones que ameritan esta glosa, nada autoriza a creer en la existencia de un movimiento, comunista o de cualquier otro carácter, enderezado a subvertir ni siquiera a trastornar el orden social, político y económico que garantizan la Constitución general y las leyes del país, y que toda la agitación se debió a la equivocada actitud de reacción notoriamente excesiva que asumieron los capitalistas regiomontanos; pero también lo es que tales actitudes adoptadas sin medir sus consecuencias y con plena falta de serenidad, son socialmente indeseables y pueden provocar peligrosas reacciones de trascendencia imprevisible, ya que lo mismo que los patrones tacharon de disolvente la legítima actuación de los trabajadores, éstos podrían haber perdido la ecuanimidad y considerar la actividad patronal como una ofensiva capitalista o como la invasión de una “ola blanca” contra la que deberían defenderse de manera enérgica.

Por eso es que el presidente Cárdenas termina sus declaraciones con un llamamiento a la serenidad de ánimos, no sólo dirigido a las clases obrera y patronal, sino también a toda la prensa del país, para que presten su concurso al gobierno a fin de que no se desvíe la opinión atribuyendo a hechos que son normales, dentro de la natural pugna de intereses sociales y económicos que condicionan nuestro devenir, propósitos disolventes que están muy lejos de la conciencia de nuestro pueblo.

El Nacional, 16 de febrero de 1936.

Revista Réplica

¿Dónde está, pues, la locura,

cuya vacuna deberían inocularnos?

Nietzsche

MADRES, POR SIEMPRE

Las fobias que sin duda deben tener los administradores públicos, son las siguientes: cromelofobia, miedo al dinero y mitofobia, miedo a las mentiras...

LA DERROTA FINAL

Precisamente cuando la vida de México se desenvuelve lejos de toda preocupación política, en ambiente de normalidad saneado por la restauración de los principios revolucionarios, un hombre que había solemnemente declarado concluida su carrera pública y que acababa de liquidar —por sus contradicciones— toda nueva posibilidad de actuación revolucionaria, hace de improviso una reaparición efectista y se atreve a desafiar, en ademán de franca provocación, no sólo a un gobierno de legalidad irreprochable, sino también la voluntad unánime del pueblo mexicano que se apresta a defender sus instituciones y a salvarlas de un funesto retorno a la simulación del pasado.

La llegada subrepticia del general Plutarco Elías Calles y las insólitas declaraciones que traía preparadas para hacer retumbante su retorno, tienen todas las características de la consigna para un “golpe de mano”. Han quedado al descubierto —corroborando las apreciaciones que motivaron la primera depuración política del Parlamento— los hilos conductores de una verdadera conjura, temerosa por igual de la autoridad y del pueblo, con cuyo respaldo jamás pudo contar.

Ya nadie puede atribuir a segundas partes que actuaran sin dirección superior y por efecto de sus propios despechos, ni la desazón de fondo que culminó hace meses en el desafuero de varios diputados al Congreso de la Unión; ni la hostil inquietud de ilegítimos intereses, heridos en sus privilegios al restablecerse el imperio de la ley; ni los intempestivos viajes de próceres caídos, ni sus secretas reuniones y sus sigilosos preparativos e incitaciones a la sedición. Toda esa actividad en penumbra de complot; todo ese ir y venir de ex influyentes con embozo de conspiradores, queda explicado sin asomo de duda con el retorno y las declaraciones del ex presidente.

No se trata ya de sospechas, sino de hechos plenamente comprobados. Los viajes y las actividades a que se dedicaban en la sombra principalmente los señores Luis N. Morones, general José María Tapia, Fernando Torreblanca, Melchor Ortega y algunos más, entre los que se cuentan altos funcionarios y militares infieles, tienen un solo nombre adecuado: son actividades de conspiración contra el orden legal.

El complot tenía que abortar, como abortó, por falta de justificación y de bandera, y porque la realidad social mexicana de hoy no se transforma dócilmente al influjo de las ambiciones, así cuenten éstas con los recursos pecuniarios que pueden suponerse a los conjurados. El triunfo de cualquier movimiento tiene como condición el apoyo de las masas, y éste era el único que no podían buscar los provocadores de la perturbación. Pero el fallido intento ha sido útil a los intereses del país —representados por las instituciones públicas— porque ha permitido nuevas depuraciones, que libren al régimen de cuantos elementos no quisieron o no supieron comprender la generosa actitud del presidente Cárdenas, cuando les dio una oportunidad para cooperar lealmente en la situación de responsabilidad gubernativa que se consolidó en junio.

A reserva de volver sobre el tema de la conspiración, hemos de señalar un hecho evidente: si el general Calles hubiera vuelto a la patria como simple ciudadano, con el empeño de demostrar un sincero afán de esclarecer la verdad histórica y de limpiar de sospechas su pasado, en primer lugar habría evitado la compañía de una persona tan ingrata, parejamente, a las clases trabajadoras y a todas las demás, sin excepción, como el señor Luis N. Morones; y además, se habría ofrecido al juicio de la opinión —e incluso al de los tribunales—, como lo hace cualquier hombre público que está seguro de la rectitud de sus acciones.

Si así hubiera obrado, la actitud del ex presidente habría sido cuando menos respetable, cualquiera que resultara ser la amplitud de sus yerros.

Pero viene en son de perturbar la tranquilidad nacional; se fue en papel de gran abdicador y retorna en plan de gran agitador, de “pretendiente”, ostentándose como jefe de facción y rompiendo hostilidades a pretexto de decir la última palabra en juicio crítico de su propia obra, que sólo a sus conciudadanos y en última instancia a la posteridad toca formular.

Menos mal si su equivocada postura sólo afectara su propia historia. Ello no es así: con el aparente propósito de rechazar cargos que él juzga calumniosos y mezquinos, vulnera con el dicterio la actuación limpia e insospechable del presidente Cárdenas, sólo porque éste supo asumir por entero sus responsabilidades y desbaratar de una vez por todas la ficción de una democracia regida por oligarcas, por capitalistas de un neoporfirismo cuya cabeza viviente era una y la misma, ya se ostentara en Palacio Nacional o dictara desde su domicilio particular órdenes indiscutibles al gobierno en turno.

El mensaje político del general Calles al Congreso de la Unión, dicho el primero de septiembre de 1928, fue sin género de duda, el mejor acto de su existencia.

Cada época busca sus formas propias, imprime modos particulares al marco de la vida pública, como traducción de las aspiraciones del pueblo y como superación de los métodos caducos. En 1928 existía en el cuerpo social de la nación, una bien definida necesidad de liquidar los caudillajes para ensayar un régimen democrático de instituciones. Por eso, independientemente de que se juzgara sincero o insincero al entonces presidente Calles, cuando comprometía su honor de soldado y su respetabilidad de ciudadano como prendas de absoluto retiro, el llamado que hizo a todos los revolucionarios para consolidar la vida de las instituciones tuvo la virtud de congregar en torno de esa esperanza la voluntad de los hombres que habían vinculado su existencia a la causa del pueblo.

Incluso aquellos que, como el que esto escribe, eran entonces y habían sido opositores del general Calles y de su gobierno, vieron en el programa institucional la liquidación de una rencilla y el comienzo de la democracia auténtica, en la cual los hombres subordinaron apetitos y pasiones a los elevados intereses de una colectividad que se gobernara a sí misma.

Y ello fue así —precisa insistir—, porque el deseo de renovación de métodos, de civismo, estaba tan hondamente enraizado en la conciencia nacional, que producía sus frutos acaso contra el deseo mismo de quien a tan noble amparo podría estar pretendiendo establecer una escuela de simulación. Hay cosas que no pueden decirse inútilmente. Cuando una idea traduce un anhelo social, el pueblo la acoge, la desarrolla, la torna realidad y no permite que se le defraude.

No importa qué tan indignos sean los labios que pronuncian palabras limpias y promisoras. Ellas germinan en el seno nutricio de los pueblos y después ni sus sembradores pueden extirpar el robusto árbol que, acaso sin proponérselo y para su propio castigo, un día plantaron.

El general Calles rompió explícitamente, el viernes 13 de diciembre, su doble, enfático y reiterado propósito de retirarse a la vida privada y de guardar silencio. Explícitamente, decimos, porque de modo tácito lo había roto con frecuencia durante varios años, antes del 14 de junio pasado. Y la explicación que da ahora para justificarse, es a todas luces especiosa. Dice que vuelve a hablar y a actuar en defensa de su pasado, para confundir a sus impugnadores. Y en sus primeras declaraciones soslaya amargos desahogos contra un régimen sin tacha y contra un presidente excepcionalmente inatacable.

Es decir que, según esto, debía entenderse que el silencio y el retiro del general Calles estaban subordinados a una condición: la de mantener amordazada la expresión. Había, antes de ahora, una moratoria de opiniones, incivilizada y anticonstitucional. Al levantarse tal moratoria, fue como si se alzaran compuertas cerradas durante diez años y cada quien quiso decir su verdad; quiso —como en los buenos tiempos del maderismo— pensar en voz alta. El desbordamiento hizo que las aguas contenidas tomaran sus niveles y nació el estado de normalidad, de libre expresión del pensamiento, que tanto parece irritar al ex presidente y que le ha movido a defender su pasado atacando a quienes no hacen otra cosa que cumplir con sus deberes hacia el pueblo.

La cuestión está erróneamente plantada. La abstención del ex presidente es incondicional, independiente de su voluntad, derivada de su caducidad e hija de un hecho histórico. Al violar su compromiso, nada puede excusarle, nada puede justificarle. Naufraga quien, en 1928, hace solemne promesa de jamás volver a intervenir en asuntos de Estado, y en 1935 no sólo declara su personal y exclusiva responsabilidad por el periodo de su ostensible y constitucional ejercicio, sino que a la vez reivindica por su “solidaridad” confesada con los errores que hubieren cometido gobiernos posteriores al suyo —una pareja y prolongada responsabilidad ante el pueblo—. Y esto tratando de abarcar un periodo de seis años y medio, después de su “retiro”.

El desplante de la “solidaridad”, en las declaraciones del general Calles, equivale a una confesión circunstanciada, de propia boca, que deja indudable certidumbre de cotidiana violación a la palabra empeñada.

La caducidad de quien ha cumplido su ciclo vital en la política de México; de quien ha roto, con una retractación de sus principios, sus vínculos con los trabajadores, es impedimento que ningún hecho —ni la conspiración, no la jactancia— pueden destruir. Un “hombre acabado” es un “hombre acabado”. Y nada más —en paráfrasis de un célebre polígrafo.

Un revolucionario radical en 1920 no puede sobrevivir, después de sus ostensibles virajes que culminaron en 1935. Nadie puede ya en México jugar con los programas sin quemarse las manos. El hombre que hizo su prestigio hablando de emancipación a los trabajadores, no alcanzará jamás a reconquistar autoridad moral cuando, quince años después, viene a decir en buen romance: “¡hágase en buena hora la revolución social; pero sin alarmar a las familias…!”. Que a tanto equivalieron las declaraciones del 12 de junio.

El condottierismo político pertenece en México a la enterrada herencia del siglo XIX. No tiene validez en nuestros días. Actos y palabras deben coincidir hoy, como garantía de sinceridad en los hombres públicos. El revolucionario que da un salto mortal hacia el desfiladero de la derecha, no resurge más.

Por eso dijimos en este mismo lugar, hace apenas unos días, que el “régimen callista” —gobierno o mera influencia soportada— había agotado sus posibilidades de acción en la vida pública; que era cosa concluida con hombres “acabados”. Por eso afirmamos que el “callismo” estaba muerto, bien muerto, amortajado y hasta enterrado.

Pero, si bien el general Calles —al frente de todo el aparato de su “régimen”— así sucumbió para los efectos de posteriores militancias en la vida pública mexicana desde el 14 de junio, le quedaba todavía una personalidad histórica, y no habría faltado biógrafo que al correr de los años retocara virtudes y atenuara equivocaciones. Pero el viernes 13 de diciembre el general Calles destruyó esa última posibilidad, porque al violar expresamente sus compromisos de mutismo y retiro a la vida privada, demostró que lo mejor de su obra —el mensaje de 1928— fue una falacia; que ni entonces, ni antes, ni después, había pensado en consolidar las instituciones, sino únicamente en buscar ropaje hidalgo para sus afanes de dominio. Pero las instituciones, como antes lo afirmamos, se consolidaron a pesar de él, sobre él, arrollándolo, como a un encantador que muriera víctima de su propio encantamiento.

Y lo que era voluntad de forma en 1928, se convirtió en realidad seis años más tarde, así como nuevos modos de gobierno podrán superar a los actuales, cuando éstos ya no satisfagan el anhelo del pueblo.

Mientras nuestra nacionalidad se mantuvo informe, guiada en su noche por un puñado de espíritus luminosos, pero retrasada en su evolución y envilecida en su honor por zafia soldadesca, fue posible que un modelo de dictadores —don Antonio López de Santa Anna— sentara cátedra de ambición de poder, de crueldad, de falta de convicciones, de audacia, de teatralidad. Era posible saltar de un partido a otro, de un programa al opuesto, según convenía de momento para el logro de inconfesables propósitos. Santa Anna pudo ser sucesivamente centralista, federalista, conservador, liberal, radical, soldado del pueblo y agente de un gobierno extranjero. El fin era alcanzar una y cien veces el poder, y los programas y los principios eran para el criador de aves de corral, dueño de “Manga de Clavo”, simples medios que podían emplearse o abandonarse al azar. La voluntad del pueblo no estaba organizada; la opinión de las colectividades, no existía. Las circunstancias abrían resquicios en la adversidad y el dinero compraba lealtades.

Sin ánimo de comparar a las personas, sino con el deseo de contrastar las épocas, debe afirmarse que cosa semejante no puede intentarse más en México con esperanza de buen éxito. Las masas están despiertas y exigen que el programa revolucionario se cumpla sin fraudes; el proletariado tiene una organización y se halla en el cauce de sus reivindicaciones; el gobierno tiene una doctrina y una grave e indivisible responsabilidad que cumplir; las leyes y las instituciones avanzan hacia niveles de perfección; la opinión de las colectividades pesa, y da o quita la fuerza, según los hombres sean fieles o apóstatas de un credo social impuesto por la revolución, y, por fin, el ejército entiende su legítima y ennoblecedora misión y sabe y quiere cumplirla. Prueba de ello es que se han sucedido, con vertiginosa rapidez, grandes acontecimientos que en otra época podrían haber orillado a serios disturbios, y no han sido ahora capaces de perturbar la tranquilidad del país. El instituto armado está en su puesto, del lado de las instituciones, con la legalidad. Y lo están los sindicatos obreros, las comunidades campesinas, el magisterio, los estudiantes, todas las colectividades de acción social y cuanto elemento ha representado fuerza y apoyo para la revolución en sus diferentes etapas.

Y por si todo eso no fuere bastante, en la actualidad hay hombre en el gobierno y la legalidad está de su parte. Ocurre una feliz incidencia en la fuerza social, la fuerza militar y el derecho.

Ha sido suficiente que la opinión nacional repudie, como ha repudiado, el conato de subversión, para que éste haya ido a encallar en el fracaso. La acción legal del Senado de la República, desconociendo la existencia jurídica de poderes ahí donde los mandatarios se habían tornado conspiradores; la aplicación de las disposiciones de la ordenanza, por cierto con ponderada benignidad, y posteriores depuraciones que se vislumbran en la representación popular, saldan el incidente y cortan los miembros podridos de un organismo sano y vigoroso, como lo es el régimen presidido por el general Cárdenas.

La magnanimidad del primer mandatario fue pagada con ingratitud. Él quiso que se respetara no sólo la vida, sino también los intereses y aun ciertas obvenciones que habían venido recibiendo el ex presidente y sus más cercanos seguidores. Fue más allá: conservó en situaciones políticas y puestos públicos a numerosos adictos al general Calles, en atención sin duda a merecimientos revolucionarios anteriores; y esta oportunidad salvadora y generosa fue aprovechada para utilizar las posiciones en favor de un complot, para romper hostilidades contra el régimen.

Y los amigos del general Calles que aún quedan en sitios de representación y de autoridad, han sido colocados por el antiguo jefe en un duro aprieto, en un conflicto de lealtades, que no tienen sino una solución: la de la fidelidad a las instituciones.

El Nacional, 17 de diciembre de 1935.

Froylán C Manjarrez

Revista Réplica

¿Es, pues, cierto o sólo vana fantasía?

Eurípides, Yone, hacia el 410 a. de C.

Y lo más triste es que seguimos pensando que aquello fue un error del pasado...

Este texto no busca responsables ni sugiere conspiraciones...

Te presentamos un resumen de las noticias más importantes de la semana

Noticias de la semana

Del 9 al 15 de marzo de 2026

 

Tragedia en el clero: Hallan sin vida al padre Juan Manuel Zavala

Tras reportarse su desaparición el pasado domingo después de oficiar misa en San Andrés Carrizal, el cuerpo del sacerdote Juan Manuel Zavala, vicario de la parroquia de San Marcos Evangelista, fue localizado el lunes 9 de marzo en el municipio de Coapilla, Chiapas. El vehículo del párroco fue hallado cerca de la Laguna Verde, con sus pertenencias y documentos religiosos dispersos. La Fiscalía General del Estado ha iniciado una carpeta de investigación para esclarecer las causas del deceso.

La muerte de un clérigo en una de las zonas más convulsas del país no es un hecho aislado, sino un síntoma de la pérdida de respeto por las instituciones que antes servían de cohesión social. Que la violencia alcance a quienes portan la estola es el recordatorio más crudo de que en Chiapas, el Estado de derecho es una asignatura pendiente y peligrosa.

Trump escala tensión con Irán por el petróleo

Donald Trump lanzó una advertencia incendiaria al régimen de Teherán: si el flujo de petróleo en el Estrecho de Ormuz es bloqueado, la respuesta de Estados Unidos será "veinte veces más fuerte". Con frases como "la muerte y el fuego reinarán sobre ellos", el mandatario estadounidense busca forzar una negociación, mientras solicita a aliados como China, Japón y el Reino Unido que envíen buques de guerra para garantizar la navegación en este punto neurálgico que mueve el 20% del crudo mundial.

Trump utiliza la diplomacia del garrote en una red social que ya funciona como diario de guerra. Su retórica del "fuego y la furia" es una apuesta de alto riesgo que pone al sistema energético global al borde del colapso bajo la promesa de una paz impuesta por la fuerza.

Sheinbaum responde a la retórica de Washington

Ante las recientes declaraciones de Donald Trump sobre la seguridad en México y el control de los cárteles, la presidenta Claudia Sheinbaum mantuvo una postura de soberanía. La mandataria enfatizó que existe cooperación, pero no subordinación, y señaló que gran parte de la violencia en territorio nacional se alimenta del flujo ilegal de armas proveniente de Estados Unidos. "Si detienen las armas, detienen el poder de fuego de estos grupos", subrayó.

Es un duelo de narrativas donde México intenta poner sobre la mesa la corresponsabilidad. Sin embargo, mientras Trump usa a México como saco de boxeo electoral, la administración federal debe demostrar con resultados internos que la soberanía no es solo un concepto retórico, sino una realidad palpable en la seguridad ciudadana.

Ajustes en el Cablebús de Puebla: menos árboles afectados

El Gobierno de Puebla informó que tras una revisión técnica, la cifra de árboles que serán reubicados por la construcción del Cablebús bajó de 746 a solo 116. El proyecto, que conectará la zona de los estadios con Angelópolis, busca ser un modelo de movilidad limpia y sin deuda pública, asegurando que se respetarán las normas ambientales vigentes.

La reducción drástica en la afectación arbórea sugiere que la presión ciudadana y ambientalista funciona. No obstante, queda la duda de si el cálculo original fue un error de planeación o una estrategia de "negociación" para que la cifra final pareciera un triunfo ecológico.

Revés legislativo: Se desecha la Reforma Electoral

En una sesión tensa, el pleno de la Cámara de Diputados rechazó la iniciativa presidencial de reforma electoral al no alcanzar la mayoría calificada. Con 259 votos a favor y 234 en contra, la oposición logró frenar cambios constitucionales que buscaban modificar la estructura del INE. Ante el fallo, el bloque oficialista ya prepara un "Plan B" para implementar cambios a través de leyes secundarias que solo requieren mayoría simple.

La democracia parlamentaria dio una lección de equilibrio, pero la respuesta inmediata del "Plan B" revela un desdén por el consenso. Si las reglas del juego electoral no se acuerdan entre todos, cualquier reforma nace con el estigma de la imposición.

Cuernavaca se queda sin Feria de la Flor por inseguridad

El Ayuntamiento de Cuernavaca anunció la suspensión de la tradicional Feria de la Primavera y de la Flor debido a la crisis de inseguridad y la indignación social por los recientes feminicidios de las estudiantes Kimberly Ramos y Karol Toledo. Las autoridades locales admitieron que no existen condiciones de paz para realizar un evento de tal magnitud.

Cuando una ciudad cancela su fiesta más importante por miedo, el crimen organizado ya ganó una batalla cultural. Es una claudicación dolorosa que refleja un Morelos herido donde la vida de las mujeres vale menos que el silencio institucional.

Pacto digital contra la violencia; X se deslinda

El Gobierno de México, a través de la Secretaría de las Mujeres, firmó un acuerdo con Google, Meta, TikTok y YouTube para erradicar la violencia digital contra las mujeres. El gran ausente fue la plataforma X (antes Twitter), propiedad de Elon Musk, que se negó a participar argumentando falta de presencia corporativa en el país.

La ausencia de X no sorprende, pero preocupa. Al quedar fuera de los mecanismos de moderación y denuncia coordinada, la plataforma se consolida como el "lejano oeste" digital, donde el discurso de odio y la violencia de género encuentran un refugio bajo el disfraz de una libertad de expresión sin responsabilidad.

El celular en el aula: ¿Herramienta o distractor?

La SEP, encabezada por Mario Delgado, propuso abrir un debate nacional para regular el uso de teléfonos celulares en las escuelas. El objetivo es analizar el impacto del uso excesivo en la salud emocional y el rendimiento académico de los niños y adolescentes mexicanos, buscando pasar de la distracción a una cultura digital responsable.

Prohibir por prohibir suele ser inútil en la era digital. El reto de la SEP no es quitar el dispositivo, sino alfabetizar a una generación que tiene el mundo en la palma de la mano, pero carece de criterios para filtrarlo.

IA: La carrera global por una regulación efectiva

Gobernanza digital. Gobiernos y organismos internacionales han intensificado los debates para regular el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA), impulsados por el vertiginoso avance de las herramientas generativas y su impacto en la opinión pública.

Puntos clave de la agenda:

  • Presión a las "Big Tech": Gigantes como Google, Meta y Microsoft enfrentan exigencias crecientes para establecer estándares estrictos de seguridad, ética y transparencia en sus algoritmos.
  • El dilema ético: El mayor desafío para las naciones consiste en diseñar marcos legales que garanticen la protección social y la privacidad, sin asfixiar la innovación tecnológica ni la competitividad económica.
  • Consenso internacional: Se busca un tratado global que evite la fragmentación de reglas, permitiendo una supervisión técnica que sea tan rápida como la evolución de la propia IA.

Amparo para Rodolfo Ruiz: Un respiro para la libertad de expresión

Un juez federal otorgó un amparo a Rodolfo Ruiz, director del portal e-consulta, ordenando la reposición del juicio donde fue vinculado a proceso por presunto manejo de recursos ilícitos. Organizaciones como Artículo 19 han señalado que el proceso es una represalia por su labor informativa y sus investigaciones sobre corrupción.

Este amparo no es solo una victoria jurídica para un periodista, sino un recordatorio de que el Poder Judicial sigue siendo el último dique contra el uso faccioso de la justicia. En Puebla, el periodismo crítico sigue bajo fuego, pero este fallo devuelve un poco de oxígeno a la libre expresión.

Redacción Réplica

Revista Réplica

Este texto no busca responsables ni sugiere conspiraciones...

Y aun así, con una terquedad asombrosa, seguimos llamándole "accidente"...

Y en ese grito colectivo hay algo que no se puede ignorar: la certeza de que el país todavía respira...

Por las calles de Puebla corrió un comentario alentador: “La cita es a la hora en que se oculte el sol, allá en el viejo jardín de San José”...

Cuanto mayor la riqueza, más espesa la suciedad.

John Kenneth Galbraith

“Que le den un pericazo”, sugirió uno de los delegados. —¡Me lleva la chingada! —Espetó el representante del poder Ejecutivo—. Pues entonces ve por el sub procurador…

Nació así la zona comercial de marras en cuyo suelo sembraron la semilla que años más tarde germinó para dar los frutos que beneficiaron a los siguientes gobernadores, los cuales, curiosamente, hicieron lo mismo que Piña Olaya, pero arropándose con argumentos legaloides que, pasado el tiempo ...

Y vaya que en México hicieron escuela los funcionarios corruptos a quienes nunca se les probó sus raterías ... Contra ellos la emprendería si yo fuera gobernador ...

"Manuel Bartlett necesita aclarar a los poblanos el porqué la DEA lo involucra con el narcotráfico y el asesinato del Kiki Camarena"

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