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UNA AVENTURA MONÁRQUICA NO UN PROPÓSITO NACIONAL

Impresiones de Tánger y examen del problema de Marruecos

De entre las grandes impresiones que recogí en mis andanzas fuera de mi país, pocas, o acaso ninguna, tan honda como el recuerdo de la guerra de Marruecos, sostenida con cruel afán en contra de un pueblo que anhelaba estructurar su vida jurídica, y hacer reconocer su soberanía, y vivir pacífica e independientemente en el concierto internacional: el pueblo del Rif.

En los últimos meses de 1926, y en vísperas de que se desencadenara, como un huracán, la ofensiva vigorosa de los ejércitos del caudillo insurgente Abd-el-Krim; ofensiva que liberó por algunos meses a la ciudad santa de Xauen y a la mayor parte del territorio del norte de Marruecos de la dominación española, y que estuvo a punto de culminar en el reconocimiento de la autonomía del Estado del Rif; en aquellos días, digo, en que el pueblo español se inquietaba ante la perspectiva de que llamara a filas a las clases más jóvenes, para conducirlas a la hornaza de una guerra tan despiadada como injusta, un puñado de hombres representativos de la conciencia española, se reunió en juntas revolucionarias para dar al traste con la dictadura del teniente general don Miguel Primo de Rivera, estableciendo como uno de los capítulos del programa que habría de desarrollar el nuevo régimen, la terminación inmediata de la guerra de Marruecos, la constitución del protectorado en los planos de soberanía —Ceuta, Melilla y Larache— situados en la costa de África, el abandono de los territorios sometidos al protectorado de España y el reconocimiento de la autonomía o de la independencia del nuevo Estado del Rif.

Movido por un impulso romántico, propio del espíritu revolucionario de nuestro país, acepté ir a Tánger para introducirme por allí hasta el campamento del jefe rifeño, a efecto de promover en nombre de la junta revolucionaria de España la suspensión de las operaciones militares, para dar ocasión a que se desarrollaran en la Península los acontecimientos que habrían de dar fin a la dictadura, con la seguridad de que el nuevo régimen otorgaría lo mismo por lo que tanto afán luchaba el pueblo marroquí.

Y fui a Tánger. Pero la embellecedora misión con que me honró la junta revolucionaria española, no pudo llevarse a buen término. Apenas iniciados los preparativos para hacerme conducir hasta el campamento del caudillo de la insurrección, éste desplegó su formidable ofensiva sobre las posiciones españolas. Ya no pude detenerse la guerra. Un enviado de Madrid me comunicó instrucciones de la junta, y di por terminada mi proyectada aventura.

Pero ha llegado la oportunidad de que —periodista al fin—, comunique a los lectores de mi país mis impresiones de viajero por aquellas tierras heroicas de África, como prólogo de un análisis suscinto sobre el problema internacional que envuelve la tragedia de un pueblo cuya libertad fue ahogada en sangre por la potencia militar, no diré que de Francia ni de España, sino de los Estados español y francés.

Elogio de Tánger

Tánger es una encantadora ciudad, arrebatada hace poco más de una veintena de años a la potestad de su amo imperial. Encargada su administración a los cuidados de delegaciones extranjeras, se ha salvado de servir de campo propicio a las guerras que azotaron a la patria del gran Abd-el-Krim. Cuando el valeroso guerrero moro, que peleaba en las montañas del Rif o en las llanuras del Uergha, se abatía y se desangraba ante las embestidas, más que de los españoles, de esos otros hombres sin patria, sin alma, sin conciencia y sin moral, que formaban los cuadros de los tercios extranjeros, Tánger se le ofreció amorosamente para que en su regazo curase sus heridas, para que tomara nuevos impulsos, para que renovara su fe en los destinos de su raza…

Tánger, ciudad que se alza, cabe un ancho risco de la costa noroeste de África y que se extiende también como paraje de quietud y de poesía, como exponente de un arte magnífico que no quiere ni puede morir, se ha salvado de la guerra merced a la intransigencia anglo-franco-italiana, que no deja su suerte al libre albedrío del Estado español.

¿Qué habría sido de ella en caso contrario?

La apacible ciudad, donde se desliza suavemente la vida de moros, israelitas y europeos, dentro de un ambiente de melancolía y casi de olvido, no habría desconocido, como el resto de sus hermanas, la tragedia de una guerra no sujeta a los límites que marcan los principios del derecho de gentes, y dirigida por hombres que no piden ni dan cuartel.

Tánger, lugar de libertad, propicio a los hombres que tienen el gesto de reclamar un mundo mejor y más justo, tendría un nuevo amo; y Tánger, ciudad que pudo cobijar a los campeones de su raza, se habría convertido en cuartel para sus enemigos, y en prisión, martirio y cadalso para los suyos.

Locura y vanidad

Si yo no supiera que hubo mucho de grotesco en todo ese drama, en que han naufragado los valores morales que quisiéramos ardientemente nimbaran siempre la gloria de España, haría un esfuerzo por penetrar en el arcano de los designios del Estado español. Pero desgraciadamente, cuando se contempla la génesis y el curso que siguió el problema de Marruecos, sólo locura y vanidad puede advertirse.

Para aquellos jefes de gobierno que basaron su estabilidad en el apoyo de la fuerza armada y en la gracia del soberano, seguramente que constituía una bella ilusión poder ofrecer Tánger como una joya que colocar en la corona del monarca, y después repetirle estas bien conocidas palabras de adulación: “Señor: Tú pasarás a la historia con el nombre de don Alfonso el africano.”

Pero no se ha tomado, para ello, la medida del tiempo.

Tánger no quiere decir solamente el propósito de dominio que abrigó el Estado español sobre esta ciudad. Tánger traduce el empeño suicida, de afirmar la conquista del norte de África. ¡Y ya hace buen rato que pasó la hora de las conquistas!

Estamos en una época en que todos los pueblos se van sintiendo mayores de edad. Los imperios coloniales más sólidamente constituidos, sufren grandes quebrantos, si no se desquician. Las metrópolis dirigidas por estadistas —no por soldados de fortuna— no piensan sino en hallar la mejor manera de ceder, porque saber ceder en estos momentos, tiene la importancia vital que en otros siglos tuvo saber conquistar. Y la metrópoli que no sabe ceder, conocerá una vez más la amargura de ser arrojada sin consideración ni piedad.

La razón del conquistador

Jamás una empresa de conquista tuvo por móvil la generosa idea de llevar las luces de la civilización a los pueblos atrasados. Si es verdad que los adelantos del mundo occidental han llegado con las prédicas de los misioneros apoyadas por la espada de los aventureros, podrá considerarse esto como una consecuencia, pero no como un alto ideal de humanidad concebido previamente. La conquista se ha hecho siempre como un medio de adquirir fuertes ventajas económicas y políticas para el conquistador. Si no hubiera una riqueza que explotar; si no existiera un punto estratégico que defender; si no se conocieran tantas inocuidades que se toman como razones de “prestigio”, no se hallaría tampoco, seguramente, la entidad dispuesta a acometer una tal empresa… ¡por realizar una misión apostólica…!

Planteado en este terreno el problema, es fácil explicarse las angustias y trabajos de los gobiernos metropolitanos, en esta hora en que la tendencia autonomista de las antiguas colonias constituye la más seria amenaza para la economía de los imperios. Este es el caso de Inglaterra, y de Francia, por ejemplo. Porque mantener un vínculo, por débil que sea, desde un punto de vista político con la colonia, el dominio o como quiera llamársele; vínculo que se traduzca en la posibilidad de adquirir materias primas y cereales baratos, significa la vida de la metrópoli.

Ellas se han creado el problema.

¡Allá ellas con las consecuencias…!

¡Pero España…!

España protectora supervisada

¡Pobre España! En esta desdichada aventura de Marruecos sólo le fueron reservados los trabajos y las responsabilidades; ni un solo aliciente para su esplendor; ni una perspectiva para su grandeza; ni siquiera el tratamiento que la colocara al nivel de las potencias.

En efecto; en los buenos años en que las potencias se distribuían bonitamente el dominio sobre las tierras de África; Inglaterra y Francia, para poner fin a las diferencias que entrañaban sus mutuos actos de conquista, decidieron, a espaldas de todos, asignarse: Inglaterra, libre acción sobre Egipto; Francia, lo mismo sobre Marruecos, además de otros obsequios de botín sobre Tierra Nueva, Siam, El Níger, etcétera, por medio del acuerdo anglo-francés del 8 de abril de 1904.

Pero como para llevar Inglaterra sus escuadras al Mediterráneo tropieza con el paso obligado del Estrecho de Gibraltar a cuya margen sur se encuentran las fronteras nórdicas de Marruecos, no podía admitir la consolidación de un poderío de la fuerza del poderío francés. Se pensó, entonces, en hallar quien cargara con el puesto de gendarme inofensivo y apostado en esas áridas peñas…

Y fue el Estado español el que aceptó ingenuamente el 8 de octubre del mismo año, lo que a bien tuvieran arreglar con antelación las otras potencias.

Por lo demás, el Acta de Algeciras, los arreglos franco-alemanes, el tratado de Fez que consagra el protectorado de Francia sobre Marruecos, los diversos acuerdos franco-españoles, no son sino las sucesivas etapas de realización del propósito original.

Y allí está España, sobre un pequeño territorio rocalloso, inhospitario, que nada de bueno significa para su patrimonio económico, después de haber tenido que sostener una guerra impía contra un pueblo de guerreros que en estos momentos parecen dominados, pero que en realidad están decididos a liberarse, lo mismo del sultán que de quien quiera sustituirlo; allí ha estado España, gastando lo mejor de su juventud, sus recursos financieros y, lo que es más, el prestigio con que pudiera hoy hablar al mundo, como nación que fue creadora cuando era preciso crear nacionalidades pero que se convirtiera en libérrima cuando los pueblos buscaron su libertad.

¡Ah! ¿Pero sabéis que con toda su responsabilidad, España no tiene, jurídicamente autoridad completa sobre el territorio asignado a su protección?

Pues no es de otro modo. El sultán continúa como jefe del imperio marroquí en toda su extensión territorial. España lo reconoce así, y se obliga, por ende, a someter la nominación de los más altos funcionarios moros a la aprobación de Su Majestad xerifiana. Y como Su Majestad xerifiana, a la vez, se halla sometida —en este caso sí totalmente— a las determinaciones del alto comisario francés, resulta España— protectora, supervisada por el alto comisario de Francia.

¡Y para esto se ha sacrificado al pueblo español…!

Marruecos y la monarquía

Es creencia generalizada que en Axdir quedó vencida para siempre la independencia del Rif. Grave error. Podrá hacerse, como se ha hecho, que el admirable caudillo Abd-el-Krim pase el resto de su vida desterrado en una isla apartada, en mares remotos, como Bonaparte en Santa Elena; pero la obra del que fue capaz de organizar a un pueblo, y de constituir un Estado, y de vencer ejércitos numerosos, de fijo que ha echado hondas raíces. No pasará mucho tiempo sin que surjan nuevos caudillos que, en esta época propicia, consumen la liberación que estuvo ya a punto de llegar al alcance de la República del Norte de África.

Menos mal: la empresa sobre Marruecos es una aventura monárquica —acaso sería más justo decir que dinástica—; pero nunca un propósito nacional español. El pueblo de España tuvo siempre repugnancias por esta guerra que exhibe un gran crimen internacional.

Optimismo

Todos los grandes pensadores españoles que en los últimos años han venido a tierras de América a verter sus nobles ideales, han estado contestes en proclamar un hecho histórico: el año 98, año de dolor para España, por que durante él perdió a Cuba y con Cuba al resto de sus colonias ultramarinas, fue también para la Madre Patria la iniciación de una nueva era que proyectó más bellos horizontes, con más amplias perspectivas; porque, pasado el momento de la pena por el desastre militar y marítimo, pudo España concentrarse en sí misma y poner toda su voluntad y toda su energía en la obra de su renovación intelectual.

Esperemos que, tras de la loca aventura de Marruecos, se corone la obra iniciada en el 98, con la renovación social y política del pueblo español.

El Nacional, 4 de septiembre de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

Todas las cosas fingidas caen como flores marchitas,

porque ninguna simulación puede durar largo tiempo.

Cicerón

Orejas de Burro

Cultura es sinónimo de civilización y progreso intelectual

José Sarukhán

Mal de muchos, consuelo de tontos.

Dicho popular

 

¿A qué mexicano habría que ponerle las orejas de burro? ¿A cuál gobierno debemos culpar por el bajo nivel educativo de la población escolar, mismo que —según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)— nos ubica en el penúltimo lugar de Latinoamérica?

Hay varios responsables. Unos son los tecnócratas que decidieron modificar los programas educativos sin reparar en la importante herencia intelectual de los educadores de México, por ejemplo. Y otros, los voraces e insaciables comerciantes de la televisión que acabaron con el espíritu educativo de nuestra sociedad.

En el proceso de deterioro también habría que incluir a los Salinas, los Zedillos y las llamadas “familias felices”, que antepusieron sus intereses personales a los del pueblo.

Salta a los ojos, pues, que en ese locuaz entusiasmo por incrementar sus cuentas bancarias o hacer más grande a su grupo de cómplices, los tecnócratas y los comerciantes ignoraron el gran esfuerzo educativo de un país que tuvo que sortear la Guerra de Independencia, el conflicto nacido con la Reforma acompañada de la intervención extranjera, el atraso cultural propiciado por el porfiriato y la Revolución, que mandó a la “bola” a casi todos los maestros. Y dudo que haya quien se atreva a justificar el hecho de que mandatarios y empresarios se hayan pasado por el arco del triunfo el avance logrado por, entre otros, los gobiernos de Calles, Obregón y Cárdenas.

No hay duda: las orejas de burro están hechas a la medida para adornar las cabezotas de los tres presidentes tecnócratas que ha tenido México y tres de los empresarios de la televisión abierta. Y, de no ponerse listo, hasta el propio Vicente Fox Quesada podría disputar con sus antecesores y los directivos de las “holdings” televisivas el dudoso privilegio de llevar bien puestos los enormes cartílagos, distintivo, por cierto, de los orgullosos jumentos.

¿Y los maestros?

Simplemente responden al magro salario que perciben.

De ahí, pues, los alarmantes resultados publicados por la OCDE respecto a los bajos niveles de comprensión escrita, matemáticas y ciencias. Y por ello es que la mayor parte de los alumnos de secundaria “carecen de la capacidad de lectura básica…”

Pero lo peor de la calificación de marras es que ésta repercute directamente en las familias mexicanas donde, por desventura, muchos de los padres comparten con sus hijos el vicio de la televisión. Igual afecta a las religiones beneficiarias directas de la ignorancia de sus prosélitos. Y, desde luego, pone en entredicho el publicitado cambio democrático, ya que la mayoría de los votos emitidos no tienen la carga cultural que debería legitimar el poder, porque fueron depositados en la urna en un acto instintivo, no razonado, por simple imitación, pues.

¿Y qué se debe hacer para sacar al buey de la barranca?

El asunto es tan complejo que rebasa al gobierno y a sus festinadas buenas intenciones. Por un lado, porque la ignorancia podría ser catalogada como el principal factor del sexo “irresponsable” que aquí y en China propicia la sobrepoblación. Y, por otra parte, porque esto demanda servicios que deben proporcionarse con inversiones que exceden cualquier presupuesto, circunstancia que obliga al gobierno federal a incrementar los impuestos que el pueblo no puede ni está dispuesto a pagar. Como verá el lector, parece el cuento de nunca acabar o el “galimatías educativo”.

Sin embargo, la solución existe y está al alcance de las universidades del país.

Solo falta que sus rectores se pongan de acuerdo para, sin actitudes protagónicas ni privilegios ni grillas académicas, estudiar y diseñar un programa educativo nacional de largo aliento. No hay de otra.

¿Qué pasaría si todo queda igual?

Lo más probable es que los próximos portadores de las orejas de burro serán nada menos que los rectores de las universidades del país —académicos y científicos—, a quienes les está prohibido eludir la obligación de seguir el ejemplo de los grandes educadores de México.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA Y LAS RESPONSABILIDADES DEL REY

En las últimas semanas la situación política de España ha venido emplazándose en el primer plano de la vida internacional. Una revolución pacífica, honda y trascendente, se viene operando, sin que la opinión pública de Hispanoamérica acierte a comprender ni las causas profundas que la generan ni las condiciones políticas y sociales en que se encuentra el cuerpo social de España.

En realidad, en México, como en todos los países de la América española, se ha mantenido al público, y particularmente a la colonia ibera, en la más completa ignorancia sobre las realidades de la vida española; ignorancia acrecentada por la difusión de mentiras convencionales que se han venido consagrando como artículos de la fe hispanista.

En plena dictadura se alcanzaban a leer en la prensa española las más acerbas censuras al régimen y al rey mismo, mientras allende el Atlántico no se ha escrito más que la verdad oficial del gobierno español, exaltada por comentaristas generalmente interesados. La fiscalización ejercida por los rudos censores militares en España, era menos rigurosa y estricta que la censura impuesta por la mayoría de los directores de las empresas periódicas hispanoamericanas, bajo la simple presión de los intereses económicos de las colonias iberas.

Es que el español de América, influenciado por el espejismo de la patria lejana, no ha querido saber, ni ha permitido que se contemplen las realidades españolas expurgadas de toda mixtificación. Así, el hombre que amara a España orientando su espíritu hacia una España renovadora y libérrima, quedaba excluido del hispanismo ambiente, porque ante el criterio del español de América —hábil, naturalmente, del tipo común de los españoles que han plantado su tienda en nuestro hogar patrio— para ser hispanista es menester que se proclame la sencillez admirable del rey demócrata, y la obra reconstructora y sapiente de Primo de Rivera, y qué sé yo qué tantos despropósitos más que mueven a hilaridad…

De ahí que, cuando la realidad española se traduce en acontecimientos que no es posible ocultar, cunda una incertidumbre del género de ésta, que trastorna la mente del español ingenuo de América, y aun desorienta el juicio de la colectividad nacional.

Es necesario, entonces, que habituemos al español de América a contemplar la verdad de la vida que va viviendo su patria, con todas sus inflexiones y en toda la trascendencia que envuelve el actual momento histórico de España.

Esta es la única actitud honorable.

La crisis política de España no es una crisis de gabinete, ni de sistemas de gobierno; es la crisis del régimen monárquico, y, más claramente, la crisis vital de la dinastía borbónica, cuya liquidación desastrosa ha de provocar el desquiciamiento de la estructura misma del Estado español.

El episodio de Primo de Rivera, desde el golpe de Estado del 13 de septiembre del 23 hasta su reciente caída, no es un paréntesis que pueda fácilmente cerrarse con el retorno al orden constitucional, porque no es tampoco un acontecimiento o sucesión de acontecimientos esporádicos en la historia contemporánea de España. El fenómeno de desintegración del régimen monárquico se inicia con antelación a la dictadura, y el advenimiento de ésta no representa más que el esfuerzo torpe por salvar las responsabilidades del rey. El monarca echó su suerte en esta aventura, y ahora no le queda otro destino que seguir la suerte del dictador. Podrá, acaso, don Alfonso, prolongar sus días de mando ensayando otro directorio; pero, fatalmente, la vuelta a la legalidad señalará el fin de su reinado.

No bien se pisa tierra española cuando se advierte el grave conflicto que existe entre el espíritu de la nación —o conjunto de nacionalidades, para ser más justo— y el Estado. No es éste —el Estado— la estructura jurídica de la federación de nacionalidades hispánicas que acá conocemos con el nombre de España. El Estado español es tan sólo una armadura tosca y pesada que mantiene en postración al cuerpo social constituido por el conjunto de colectividades diversas (Cataluña, Vasconia, Galicia, Asturias, Andalucía, Aragón, Castilla y además pueblos que forman, positivamente, cada uno, una entidad social), a las que se niega su personalidad para dar vida a una entelequia ayuna de razón, de sentido y de valor: la España centralista que nosotros conocemos. Para sustentar semejante organismo sin alma y sin arraigo popular, el Estado se apoya en el clásico predominio del clero, del ejército reforzado por la guardia civil —milicia pretoriana e insolente que se disemina por todo el territorio, hasta los más pequeños poblados—, y de las clases acaudaladas —conservadoras por antonomasia.

España, sin embargo, en su forma exterior, se regía por las normas que presiden el funcionamiento de una democracia parlamentaria. En tal virtud, el juramento de la Constitución por parte del rey, implicaba su completa renunciación al ejercicio del poder, tal como conviene a las monarquías constitucionales, en las que “el rey reina, pero no gobierna…”

Y fue perjuro don Alfonso XIII.

El desastre del Annual, en la desdichada guerra de Marruecos, había herido en lo vivo al sentimiento español. Para calmar la excitación que produjo la pérdida del general Silvestre y de 40 mil hombres que cayeron muertos o prisioneros en poder del admirable caudillo del Rif, Abd-el-Krim, se abrió el célebre proceso de responsabilidades. Primero era a jefes secundarios como el general Navarro, a los que se llevaba a juicio. Cuando esto no fue suficiente, se atacó más a lo alto, hasta incoar el proceso del teniente general don Dámaso Berenguer, alto comisario, a la sazón, en Marruecos.

En vano se buscó la víctima propicia sobre la que recayera el anatema público. La noble y atrayente figura del general Berenguer resistía victoriosamente el severo juicio analítico de sus actos. No había sido él quien hubiera ordenado el avance insensato del general Silvestre. Por el contrario, se hallaba muy lejos del lugar del desastre, en la zona de Tetuán y Xauen, ocupado en el desarrollo de un vasto plan de pacificación, cuando súbitamente se desarrollaron los graves acontecimientos que culminaron en el desastre de Annual. Había que enfocar, entonces, la investigación, más, mucho más hacia arriba.

En el discurso de este proceso extraordinario —que es el proceso de la monarquía española— se afirmó el sentido de la responsabilidad de políticos y estadistas, hasta que el Parlamento convino en designar una comisión investigadora en la que habría de tener participación, representantes de todos los sectores organizados de la opinión, inclusive los enemigos del régimen.

El rey se vio en peligro inminente de ser descubierto. Ni el alto comisario, ni el ministro de la Guerra, ni el presidente del Consejo habían dispuesto la marcha de Silvestre sobre Alhucemas. Había sido el rey don Alfonso XIII, quien provocara el celo de Silvestre recordándole que fue él el primer jefe español que puso la planta en tierra de África, y que era, por tanto él, y no el general Berenguer, a quien debería anotarse “la gloria” de conquistar Alhucemas. El desventurado Silvestre firmaba acusación tan tremenda, pues un día antes de su marcha fatal ratificaba al monarca la promesa de llegar a Alhucemas en fecha determinada. Y esto se hacía a espaldas del general en jefe y con desprecio del gobierno responsable.

El rey había violado la Constitución que juró y el rey había precipitado el desastre.

Para ocultar su perjurio, don Alfonso pensó entonces en la dictadura y Primo de Rivera surgió con el entusiasta apoyo del rey. De ahí que ahora los hombres que permanecen al lado del monarca pongan en el olvido de la investigación de responsabilidades —de las responsabilidades de Annual y de las responsabilidades por el advenimiento de la dictadura—, como precio del retorno a la constitucionalidad.

Las realidades concretas, por otra parte, acusan una creciente debilidad de la monarquía. Desde que Primo de Rivera, con la solidaridad del rey fueteó el rostro de los antiguos políticos, sostenedores de la monarquía, el monarca perdió, inclusive a los monarquistas. Unos —los jóvenes— han ido a reforzar las filas republicanas. Otros —los que no pueden avanzar en su credo— continúan monárquicos, pero contrarios a la dinastía. Así, en una futura elección —necesaria para el retorno a la legalidad—, por mucha que fuera la presión gubernamental, las fuerzas unidas de socialistas y republicanos, de demócratas y de liberales (monarquistas antidnásticos) habrán de abatir a los pocos ultramontanos que permanecen tibiamente fieles al rey.

España ha consumado una de las revoluciones más interesantes que se registran en la historia. Un pueblo inerme no puede lanzarse a aventuras bélicas contra un régimen y un Estado que hace llegar la fuerza pública hasta los más pequeños villorrios. Pero el pueblo español supo encontrar otro elemento de fuerza: su más completo aislamiento frente a la dictadura. En los seis años y medio que rigió el artículo 0 de la Constitución, la colectividad española en todos sus sectores de opinión, realizó una revolución pacífica con sólo oponer el espíritu público contra la arbitrariedad. Los intentos esporádicos para derribar al dictador con el estruendo de las armas fracasaron lamentablemente; pero la resistencia pasiva de las masas, la posición anticolaboracionista de las élites intelectuales y la rebeldía espiritual de los hombres habituados al ejercicio del poder, realizaron el milagro de la expulsión del dictador. Primo de Rivera se mantuvo en el vacío y fue el vacío el que terminó por ahogarlo.

Don Alfonso XIII echó su suerte tomando partido por la dictadura, y ahora lógicamente la dictadura habrá de arrastrarlo en su suerte.

El esfuerzo del general Berenguer, presidente del Consejo, por salvar a la monarquía y devolver la legalidad —la víctima de ayer que se yergue ahora como salvador de un náufrago—, será el último episodio de la monarquía, a menos que se prolongue una vida artificial, cayendo nuevamente y sin tapujos en otra dictadura, merced a la posición inerme del pueblo español. De otra suerte, no hay posibilidad de retornar a la legalidad y de que dentro de la legalidad subsista la monarquía, porque la monarquía es la que atada a la legalidad. Y en el sendero que pretende forzar el general Berenguer siempre hallará los procesos históricos que señalen las responsabilidades del rey.

El Nacional, 15 de marzo de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

El poder desgasta sólo a aquel que no lo tiene.

Giulio Andreotti

¿DE PRESIDENTE A MAYORDOMO?

Vicente Fox, en compañía de su vocera, recorre las habitaciones de Los Pinos. Ve, pregunta y palpa el inventario que forma parte del aposento presidencial.

—Oye, chaparrita —le dice cariñoso a doña Martha—, coméntale a los muchachos que me cambien el colchón de la cama donde voy a dormir. Se me van a salir las patas y además está salado. Fúchila: aquí durmió Zedillo y puede ser que hasta su consorte, la señora que camina como perico en alfombra.

—No te preocupes, presidente —contestó riéndose la señora—, me encargaré de que tus noches sean agradables. Por ahí tengo una amiguita que vende blancos muy nice. Ahorita mismo la llamo para que mañana esté lista la muda de la cama y duermas calientito.

—Pero lo que me urge es el colchón. ¡Ya te dije que no quepo!

—Ya lo sé, mi cielo. Mientras lo consigo o lo mando hacer, te ponemos un banquito de emergencia —bromeó—. Ni modo que te traigas el de San Cristóbal con todo y las chinches, las garrapatas y hasta las tepopoxtas que no te dejaban dormir.

—Ah, qué mujer… Si no fuera por estos ratos. Acuérdate de decirle al chef que, después de que cante el gallo, me haga mi cafecito de olla.

—Hecho, señor. Así será. De paso le pido una tetera, porque ya sabes que a mí me gusta tomar té.

—Ay sí, muy inglesa, ¿no?

TRES DE DICIEMBRE DEL 2000

El caos en la residencia oficial. Entran y salen llamadas, telefonazos, recados, mensajeros y proveedores. La misión: encontrar la ropa de cama adecuada para el colchón súper king-size ortopédico; adquirir las sábanas para la futura reina presidencial; comprar toallas bordadas con estilo, almohadas blanditas y frescas, y una colcha con tacto de pétalo de rosa; el juego de té y las cortinas con cierre de emergencia y control remoto —por aquello de las dudas—, y varios sillones y algunos muebles destinados a la cabaña donde la vocera presidencial dormirá el sueño de los justos…

—Háblale a doña Pituca Chevalier… Mi compadre Limantur es el gerente del Palacio… Pedrito Corcuera tiene una importadora… En Santa Fe vi los colchones especiales… Cuidado con los edredones que les meten pluma de guajolote tierno por ganso… No vayan a ir de compras a la Lagunilla y menos a la fayuca… El juego de té debe ser plateado, porque aguanta más y no se pone prieto… Cumplan la normatividad y pidan facturas con registro… Sean discretos…

… que, como éstas, fueron algunas de las órdenes que pusieron en acción al personal de confianza del nuevo mandatario. Y que los encargados de las compras actuaron con la lealtad y la eficiencia que exigía tamaña responsabilidad.

Sin embargo, por las prisas, o la inexperiencia, o el provincianismo, o el pánico escénico, o las urgencias, o la ambición —vaya usted a saber—, se propició que parte de lo comprado se amparara con facturas apócrifas; es decir, emitidas por una empresa cuya dirección y teléfono no existen o, concediéndole el beneficio de la duda, nunca encontraron por fallas en la impresión esos datos.

Todo ello invita a ver como chunga foxista los hechos que, en el contexto nacional y republicano, no deberían tener ninguna importancia. Imagínese el lector que el equilibrio del país dependiera de esas sábanas importadas con un costo de 38 mil pesotes, o de las toallas bordadas, o del juego de té plateado, o de los colchones de 20 mil morlacos.

La verdad, son asuntos de interés doméstico que, estoy seguro, ya pasaron por las manos de los anteriores presidentes, quienes, además de vivir como reyes, se gastaron la lana del pueblo sin más límite que su cochina conciencia.

Lo delicado del asunto está en la chambonería del grupo que gobierna al país, actitud que, una vez más, pone en entredicho su capacidad para responder a los temas nacionales e internacionales que, bien o para mal, afectan el desarrollo y la estabilidad social de los gobernados. Es absurdo, pues, que las tribunas y los foros se utilicen para aclarar lo que con un escueto boletín podría explicarse. Y debería avergonzarnos que a nuestro presidente se le dé trato de mayordomo de la residencia oficial.

CUALQUIER DÍA DEL AÑO 2001

—¿Qué crees, “Chente”? —dijo preocupada la vocera—. Me pasaron un tip: dicen que la prensa nos va a golpear por haber comprado los blancos, las toallas, los colchones y…

—No te aflijas, mujer —respondió el comprensivo jefe—. Estos gastos forman parte de las prerrogativas del presidente y son una bicoca que apenas modifica las últimas cifras de la partida secreta. Pero, para que no exista duda ni haya malos entendidos, dile a Barrio que legitime la compra, que la meta en internet y que oriente a su gente para que lo contabilice con los gastos de Los Pinos.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

UNA AVENTURA MONÁRQUICA NO UN PROPÓSITO NACIONAL

Impresiones de Tánger y examen del problema de Marruecos

De entre las grandes impresiones que recogí en mis andanzas fuera de mi país, pocas, o acaso ninguna, tan honda como el recuerdo de la guerra de Marruecos, sostenida con cruel afán en contra de un pueblo que anhelaba estructurar su vida jurídica, y hacer reconocer su soberanía, y vivir pacífica e independientemente en el concierto internacional: el pueblo del Rif.

En los últimos meses de 1926, y en vísperas de que se desencadenara, como un huracán, la ofensiva vigorosa de los ejércitos del caudillo insurgente Abd-el-Krim; ofensiva que liberó por algunos meses a la ciudad santa de Xauen y a la mayor parte del territorio del norte de Marruecos de la dominación española, y que estuvo a punto de culminar en el reconocimiento de la autonomía del Estado del Rif; en aquellos días, digo, en que el pueblo español se inquietaba ante la perspectiva de que llamara a filas a las clases más jóvenes, para conducirlas a la hornaza de una guerra tan despiadada como injusta, un puñado de hombres representativos de la conciencia española, se reunió en juntas revolucionarias para dar al traste con la dictadura del teniente general don Miguel Primo de Rivera, estableciendo como uno de los capítulos del programa que habría de desarrollar el nuevo régimen, la terminación inmediata de la guerra de Marruecos, la constitución del protectorado en los planos de soberanía —Ceuta, Melilla y Larache— situados en la costa de África, el abandono de los territorios sometidos al protectorado de España y el reconocimiento de la autonomía o de la independencia del nuevo Estado del Rif.

Movido por un impulso romántico, propio del espíritu revolucionario de nuestro país, acepté ir a Tánger para introducirme por allí hasta el campamento del jefe rifeño, a efecto de promover en nombre de la junta revolucionaria de España la suspensión de las operaciones militares, para dar ocasión a que se desarrollaran en la Península los acontecimientos que habrían de dar fin a la dictadura, con la seguridad de que el nuevo régimen otorgaría lo mismo por lo que tanto afán luchaba el pueblo marroquí.

Y fui a Tánger. Pero la embellecedora misión con que me honró la junta revolucionaria española, no pudo llevarse a buen término. Apenas iniciados los preparativos para hacerme conducir hasta el campamento del caudillo de la insurrección, éste desplegó su formidable ofensiva sobre las posiciones españolas. Ya no pude detenerse la guerra. Un enviado de Madrid me comunicó instrucciones de la junta, y di por terminada mi proyectada aventura.

Pero ha llegado la oportunidad de que —periodista al fin—, comunique a los lectores de mi país mis impresiones de viajero por aquellas tierras heroicas de África, como prólogo de un análisis suscinto sobre el problema internacional que envuelve la tragedia de un pueblo cuya libertad fue ahogada en sangre por la potencia militar, no diré que de Francia ni de España, sino de los Estados español y francés.

Elogio de Tánger

Tánger es una encantadora ciudad, arrebatada hace poco más de una veintena de años a la potestad de su amo imperial. Encargada su administración a los cuidados de delegaciones extranjeras, se ha salvado de servir de campo propicio a las guerras que azotaron a la patria del gran Abd-el-Krim. Cuando el valeroso guerrero moro, que peleaba en las montañas del Rif o en las llanuras del Uergha, se abatía y se desangraba ante las embestidas, más que de los españoles, de esos otros hombres sin patria, sin alma, sin conciencia y sin moral, que formaban los cuadros de los tercios extranjeros, Tánger se le ofreció amorosamente para que en su regazo curase sus heridas, para que tomara nuevos impulsos, para que renovara su fe en los destinos de su raza…

Tánger, ciudad que se alza, cabe un ancho risco de la costa noroeste de África y que se extiende también como paraje de quietud y de poesía, como exponente de un arte magnífico que no quiere ni puede morir, se ha salvado de la guerra merced a la intransigencia anglo-franco-italiana, que no deja su suerte al libre albedrío del Estado español.

¿Qué habría sido de ella en caso contrario?

La apacible ciudad, donde se desliza suavemente la vida de moros, israelitas y europeos, dentro de un ambiente de melancolía y casi de olvido, no habría desconocido, como el resto de sus hermanas, la tragedia de una guerra no sujeta a los límites que marcan los principios del derecho de gentes, y dirigida por hombres que no piden ni dan cuartel.

Tánger, lugar de libertad, propicio a los hombres que tienen el gesto de reclamar un mundo mejor y más justo, tendría un nuevo amo; y Tánger, ciudad que pudo cobijar a los campeones de su raza, se habría convertido en cuartel para sus enemigos, y en prisión, martirio y cadalso para los suyos.

Locura y vanidad

Si yo no supiera que hubo mucho de grotesco en todo ese drama, en que han naufragado los valores morales que quisiéramos ardientemente nimbaran siempre la gloria de España, haría un esfuerzo por penetrar en el arcano de los designios del Estado español. Pero desgraciadamente, cuando se contempla la génesis y el curso que siguió el problema de Marruecos, sólo locura y vanidad puede advertirse.

Para aquellos jefes de gobierno que basaron su estabilidad en el apoyo de la fuerza armada y en la gracia del soberano, seguramente que constituía una bella ilusión poder ofrecer Tánger como una joya que colocar en la corona del monarca, y después repetirle estas bien conocidas palabras de adulación: “Señor: Tú pasarás a la historia con el nombre de don Alfonso el africano.”

Pero no se ha tomado, para ello, la medida del tiempo.

Tánger no quiere decir solamente el propósito de dominio que abrigó el Estado español sobre esta ciudad. Tánger traduce el empeño suicida, de afirmar la conquista del norte de África. ¡Y ya hace buen rato que pasó la hora de las conquistas!

Estamos en una época en que todos los pueblos se van sintiendo mayores de edad. Los imperios coloniales más sólidamente constituidos, sufren grandes quebrantos, si no se desquician. Las metrópolis dirigidas por estadistas —no por soldados de fortuna— no piensan sino en hallar la mejor manera de ceder, porque saber ceder en estos momentos, tiene la importancia vital que en otros siglos tuvo saber conquistar. Y la metrópoli que no sabe ceder, conocerá una vez más la amargura de ser arrojada sin consideración ni piedad.

La razón del conquistador

Jamás una empresa de conquista tuvo por móvil la generosa idea de llevar las luces de la civilización a los pueblos atrasados. Si es verdad que los adelantos del mundo occidental han llegado con las prédicas de los misioneros apoyadas por la espada de los aventureros, podrá considerarse esto como una consecuencia, pero no como un alto ideal de humanidad concebido previamente. La conquista se ha hecho siempre como un medio de adquirir fuertes ventajas económicas y políticas para el conquistador. Si no hubiera una riqueza que explotar; si no existiera un punto estratégico que defender; si no se conocieran tantas inocuidades que se toman como razones de “prestigio”, no se hallaría tampoco, seguramente, la entidad dispuesta a acometer una tal empresa… ¡por realizar una misión apostólica…!

Planteado en este terreno el problema, es fácil explicarse las angustias y trabajos de los gobiernos metropolitanos, en esta hora en que la tendencia autonomista de las antiguas colonias constituye la más seria amenaza para la economía de los imperios. Este es el caso de Inglaterra, y de Francia, por ejemplo. Porque mantener un vínculo, por débil que sea, desde un punto de vista político con la colonia, el dominio o como quiera llamársele; vínculo que se traduzca en la posibilidad de adquirir materias primas y cereales baratos, significa la vida de la metrópoli.

Ellas se han creado el problema.

¡Allá ellas con las consecuencias…!

¡Pero España…!

España protectora supervisada

¡Pobre España! En esta desdichada aventura de Marruecos sólo le fueron reservados los trabajos y las responsabilidades; ni un solo aliciente para su esplendor; ni una perspectiva para su grandeza; ni siquiera el tratamiento que la colocara al nivel de las potencias.

En efecto; en los buenos años en que las potencias se distribuían bonitamente el dominio sobre las tierras de África; Inglaterra y Francia, para poner fin a las diferencias que entrañaban sus mutuos actos de conquista, decidieron, a espaldas de todos, asignarse: Inglaterra, libre acción sobre Egipto; Francia, lo mismo sobre Marruecos, además de otros obsequios de botín sobre Tierra Nueva, Siam, El Níger, etcétera, por medio del acuerdo anglo-francés del 8 de abril de 1904.

Pero como para llevar Inglaterra sus escuadras al Mediterráneo tropieza con el paso obligado del Estrecho de Gibraltar a cuya margen sur se encuentran las fronteras nórdicas de Marruecos, no podía admitir la consolidación de un poderío de la fuerza del poderío francés. Se pensó, entonces, en hallar quien cargara con el puesto de gendarme inofensivo y apostado en esas áridas peñas…

Y fue el Estado español el que aceptó ingenuamente el 8 de octubre del mismo año, lo que a bien tuvieran arreglar con antelación las otras potencias.

Por lo demás, el Acta de Algeciras, los arreglos franco-alemanes, el tratado de Fez que consagra el protectorado de Francia sobre Marruecos, los diversos acuerdos franco-españoles, no son sino las sucesivas etapas de realización del propósito original.

Y allí está España, sobre un pequeño territorio rocalloso, inhospitario, que nada de bueno significa para su patrimonio económico, después de haber tenido que sostener una guerra impía contra un pueblo de guerreros que en estos momentos parecen dominados, pero que en realidad están decididos a liberarse, lo mismo del sultán que de quien quiera sustituirlo; allí ha estado España, gastando lo mejor de su juventud, sus recursos financieros y, lo que es más, el prestigio con que pudiera hoy hablar al mundo, como nación que fue creadora cuando era preciso crear nacionalidades pero que se convirtiera en libérrima cuando los pueblos buscaron su libertad.

¡Ah! ¿Pero sabéis que con toda su responsabilidad, España no tiene, jurídicamente autoridad completa sobre el territorio asignado a su protección?

Pues no es de otro modo. El sultán continúa como jefe del imperio marroquí en toda su extensión territorial. España lo reconoce así, y se obliga, por ende, a someter la nominación de los más altos funcionarios moros a la aprobación de Su Majestad xerifiana. Y como Su Majestad xerifiana, a la vez, se halla sometida —en este caso sí totalmente— a las determinaciones del alto comisario francés, resulta España— protectora, supervisada por el alto comisario de Francia.

¡Y para esto se ha sacrificado al pueblo español…!

Marruecos y la monarquía

Es creencia generalizada que en Axdir quedó vencida para siempre la independencia del Rif. Grave error. Podrá hacerse, como se ha hecho, que el admirable caudillo Abd-el-Krim pase el resto de su vida desterrado en una isla apartada, en mares remotos, como Bonaparte en Santa Elena; pero la obra del que fue capaz de organizar a un pueblo, y de constituir un Estado, y de vencer ejércitos numerosos, de fijo que ha echado hondas raíces. No pasará mucho tiempo sin que surjan nuevos caudillos que, en esta época propicia, consumen la liberación que estuvo ya a punto de llegar al alcance de la República del Norte de África.

Menos mal: la empresa sobre Marruecos es una aventura monárquica —acaso sería más justo decir que dinástica—; pero nunca un propósito nacional español. El pueblo de España tuvo siempre repugnancias por esta guerra que exhibe un gran crimen internacional.

Optimismo

Todos los grandes pensadores españoles que en los últimos años han venido a tierras de América a verter sus nobles ideales, han estado contestes en proclamar un hecho histórico: el año 98, año de dolor para España, por que durante él perdió a Cuba y con Cuba al resto de sus colonias ultramarinas, fue también para la Madre Patria la iniciación de una nueva era que proyectó más bellos horizontes, con más amplias perspectivas; porque, pasado el momento de la pena por el desastre militar y marítimo, pudo España concentrarse en sí misma y poner toda su voluntad y toda su energía en la obra de su renovación intelectual.

Esperemos que, tras de la loca aventura de Marruecos, se corone la obra iniciada en el 98, con la renovación social y política del pueblo español.

El Nacional, 4 de septiembre de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

Todas las cosas fingidas caen como flores marchitas,

porque ninguna simulación puede durar largo tiempo.

Cicerón

Orejas de Burro

Cultura es sinónimo de civilización y progreso intelectual

José Sarukhán

Mal de muchos, consuelo de tontos.

Dicho popular

 

¿A qué mexicano habría que ponerle las orejas de burro? ¿A cuál gobierno debemos culpar por el bajo nivel educativo de la población escolar, mismo que —según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)— nos ubica en el penúltimo lugar de Latinoamérica?

Hay varios responsables. Unos son los tecnócratas que decidieron modificar los programas educativos sin reparar en la importante herencia intelectual de los educadores de México, por ejemplo. Y otros, los voraces e insaciables comerciantes de la televisión que acabaron con el espíritu educativo de nuestra sociedad.

En el proceso de deterioro también habría que incluir a los Salinas, los Zedillos y las llamadas “familias felices”, que antepusieron sus intereses personales a los del pueblo.

Salta a los ojos, pues, que en ese locuaz entusiasmo por incrementar sus cuentas bancarias o hacer más grande a su grupo de cómplices, los tecnócratas y los comerciantes ignoraron el gran esfuerzo educativo de un país que tuvo que sortear la Guerra de Independencia, el conflicto nacido con la Reforma acompañada de la intervención extranjera, el atraso cultural propiciado por el porfiriato y la Revolución, que mandó a la “bola” a casi todos los maestros. Y dudo que haya quien se atreva a justificar el hecho de que mandatarios y empresarios se hayan pasado por el arco del triunfo el avance logrado por, entre otros, los gobiernos de Calles, Obregón y Cárdenas.

No hay duda: las orejas de burro están hechas a la medida para adornar las cabezotas de los tres presidentes tecnócratas que ha tenido México y tres de los empresarios de la televisión abierta. Y, de no ponerse listo, hasta el propio Vicente Fox Quesada podría disputar con sus antecesores y los directivos de las “holdings” televisivas el dudoso privilegio de llevar bien puestos los enormes cartílagos, distintivo, por cierto, de los orgullosos jumentos.

¿Y los maestros?

Simplemente responden al magro salario que perciben.

De ahí, pues, los alarmantes resultados publicados por la OCDE respecto a los bajos niveles de comprensión escrita, matemáticas y ciencias. Y por ello es que la mayor parte de los alumnos de secundaria “carecen de la capacidad de lectura básica…”

Pero lo peor de la calificación de marras es que ésta repercute directamente en las familias mexicanas donde, por desventura, muchos de los padres comparten con sus hijos el vicio de la televisión. Igual afecta a las religiones beneficiarias directas de la ignorancia de sus prosélitos. Y, desde luego, pone en entredicho el publicitado cambio democrático, ya que la mayoría de los votos emitidos no tienen la carga cultural que debería legitimar el poder, porque fueron depositados en la urna en un acto instintivo, no razonado, por simple imitación, pues.

¿Y qué se debe hacer para sacar al buey de la barranca?

El asunto es tan complejo que rebasa al gobierno y a sus festinadas buenas intenciones. Por un lado, porque la ignorancia podría ser catalogada como el principal factor del sexo “irresponsable” que aquí y en China propicia la sobrepoblación. Y, por otra parte, porque esto demanda servicios que deben proporcionarse con inversiones que exceden cualquier presupuesto, circunstancia que obliga al gobierno federal a incrementar los impuestos que el pueblo no puede ni está dispuesto a pagar. Como verá el lector, parece el cuento de nunca acabar o el “galimatías educativo”.

Sin embargo, la solución existe y está al alcance de las universidades del país.

Solo falta que sus rectores se pongan de acuerdo para, sin actitudes protagónicas ni privilegios ni grillas académicas, estudiar y diseñar un programa educativo nacional de largo aliento. No hay de otra.

¿Qué pasaría si todo queda igual?

Lo más probable es que los próximos portadores de las orejas de burro serán nada menos que los rectores de las universidades del país —académicos y científicos—, a quienes les está prohibido eludir la obligación de seguir el ejemplo de los grandes educadores de México.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA Y LAS RESPONSABILIDADES DEL REY

En las últimas semanas la situación política de España ha venido emplazándose en el primer plano de la vida internacional. Una revolución pacífica, honda y trascendente, se viene operando, sin que la opinión pública de Hispanoamérica acierte a comprender ni las causas profundas que la generan ni las condiciones políticas y sociales en que se encuentra el cuerpo social de España.

En realidad, en México, como en todos los países de la América española, se ha mantenido al público, y particularmente a la colonia ibera, en la más completa ignorancia sobre las realidades de la vida española; ignorancia acrecentada por la difusión de mentiras convencionales que se han venido consagrando como artículos de la fe hispanista.

En plena dictadura se alcanzaban a leer en la prensa española las más acerbas censuras al régimen y al rey mismo, mientras allende el Atlántico no se ha escrito más que la verdad oficial del gobierno español, exaltada por comentaristas generalmente interesados. La fiscalización ejercida por los rudos censores militares en España, era menos rigurosa y estricta que la censura impuesta por la mayoría de los directores de las empresas periódicas hispanoamericanas, bajo la simple presión de los intereses económicos de las colonias iberas.

Es que el español de América, influenciado por el espejismo de la patria lejana, no ha querido saber, ni ha permitido que se contemplen las realidades españolas expurgadas de toda mixtificación. Así, el hombre que amara a España orientando su espíritu hacia una España renovadora y libérrima, quedaba excluido del hispanismo ambiente, porque ante el criterio del español de América —hábil, naturalmente, del tipo común de los españoles que han plantado su tienda en nuestro hogar patrio— para ser hispanista es menester que se proclame la sencillez admirable del rey demócrata, y la obra reconstructora y sapiente de Primo de Rivera, y qué sé yo qué tantos despropósitos más que mueven a hilaridad…

De ahí que, cuando la realidad española se traduce en acontecimientos que no es posible ocultar, cunda una incertidumbre del género de ésta, que trastorna la mente del español ingenuo de América, y aun desorienta el juicio de la colectividad nacional.

Es necesario, entonces, que habituemos al español de América a contemplar la verdad de la vida que va viviendo su patria, con todas sus inflexiones y en toda la trascendencia que envuelve el actual momento histórico de España.

Esta es la única actitud honorable.

La crisis política de España no es una crisis de gabinete, ni de sistemas de gobierno; es la crisis del régimen monárquico, y, más claramente, la crisis vital de la dinastía borbónica, cuya liquidación desastrosa ha de provocar el desquiciamiento de la estructura misma del Estado español.

El episodio de Primo de Rivera, desde el golpe de Estado del 13 de septiembre del 23 hasta su reciente caída, no es un paréntesis que pueda fácilmente cerrarse con el retorno al orden constitucional, porque no es tampoco un acontecimiento o sucesión de acontecimientos esporádicos en la historia contemporánea de España. El fenómeno de desintegración del régimen monárquico se inicia con antelación a la dictadura, y el advenimiento de ésta no representa más que el esfuerzo torpe por salvar las responsabilidades del rey. El monarca echó su suerte en esta aventura, y ahora no le queda otro destino que seguir la suerte del dictador. Podrá, acaso, don Alfonso, prolongar sus días de mando ensayando otro directorio; pero, fatalmente, la vuelta a la legalidad señalará el fin de su reinado.

No bien se pisa tierra española cuando se advierte el grave conflicto que existe entre el espíritu de la nación —o conjunto de nacionalidades, para ser más justo— y el Estado. No es éste —el Estado— la estructura jurídica de la federación de nacionalidades hispánicas que acá conocemos con el nombre de España. El Estado español es tan sólo una armadura tosca y pesada que mantiene en postración al cuerpo social constituido por el conjunto de colectividades diversas (Cataluña, Vasconia, Galicia, Asturias, Andalucía, Aragón, Castilla y además pueblos que forman, positivamente, cada uno, una entidad social), a las que se niega su personalidad para dar vida a una entelequia ayuna de razón, de sentido y de valor: la España centralista que nosotros conocemos. Para sustentar semejante organismo sin alma y sin arraigo popular, el Estado se apoya en el clásico predominio del clero, del ejército reforzado por la guardia civil —milicia pretoriana e insolente que se disemina por todo el territorio, hasta los más pequeños poblados—, y de las clases acaudaladas —conservadoras por antonomasia.

España, sin embargo, en su forma exterior, se regía por las normas que presiden el funcionamiento de una democracia parlamentaria. En tal virtud, el juramento de la Constitución por parte del rey, implicaba su completa renunciación al ejercicio del poder, tal como conviene a las monarquías constitucionales, en las que “el rey reina, pero no gobierna…”

Y fue perjuro don Alfonso XIII.

El desastre del Annual, en la desdichada guerra de Marruecos, había herido en lo vivo al sentimiento español. Para calmar la excitación que produjo la pérdida del general Silvestre y de 40 mil hombres que cayeron muertos o prisioneros en poder del admirable caudillo del Rif, Abd-el-Krim, se abrió el célebre proceso de responsabilidades. Primero era a jefes secundarios como el general Navarro, a los que se llevaba a juicio. Cuando esto no fue suficiente, se atacó más a lo alto, hasta incoar el proceso del teniente general don Dámaso Berenguer, alto comisario, a la sazón, en Marruecos.

En vano se buscó la víctima propicia sobre la que recayera el anatema público. La noble y atrayente figura del general Berenguer resistía victoriosamente el severo juicio analítico de sus actos. No había sido él quien hubiera ordenado el avance insensato del general Silvestre. Por el contrario, se hallaba muy lejos del lugar del desastre, en la zona de Tetuán y Xauen, ocupado en el desarrollo de un vasto plan de pacificación, cuando súbitamente se desarrollaron los graves acontecimientos que culminaron en el desastre de Annual. Había que enfocar, entonces, la investigación, más, mucho más hacia arriba.

En el discurso de este proceso extraordinario —que es el proceso de la monarquía española— se afirmó el sentido de la responsabilidad de políticos y estadistas, hasta que el Parlamento convino en designar una comisión investigadora en la que habría de tener participación, representantes de todos los sectores organizados de la opinión, inclusive los enemigos del régimen.

El rey se vio en peligro inminente de ser descubierto. Ni el alto comisario, ni el ministro de la Guerra, ni el presidente del Consejo habían dispuesto la marcha de Silvestre sobre Alhucemas. Había sido el rey don Alfonso XIII, quien provocara el celo de Silvestre recordándole que fue él el primer jefe español que puso la planta en tierra de África, y que era, por tanto él, y no el general Berenguer, a quien debería anotarse “la gloria” de conquistar Alhucemas. El desventurado Silvestre firmaba acusación tan tremenda, pues un día antes de su marcha fatal ratificaba al monarca la promesa de llegar a Alhucemas en fecha determinada. Y esto se hacía a espaldas del general en jefe y con desprecio del gobierno responsable.

El rey había violado la Constitución que juró y el rey había precipitado el desastre.

Para ocultar su perjurio, don Alfonso pensó entonces en la dictadura y Primo de Rivera surgió con el entusiasta apoyo del rey. De ahí que ahora los hombres que permanecen al lado del monarca pongan en el olvido de la investigación de responsabilidades —de las responsabilidades de Annual y de las responsabilidades por el advenimiento de la dictadura—, como precio del retorno a la constitucionalidad.

Las realidades concretas, por otra parte, acusan una creciente debilidad de la monarquía. Desde que Primo de Rivera, con la solidaridad del rey fueteó el rostro de los antiguos políticos, sostenedores de la monarquía, el monarca perdió, inclusive a los monarquistas. Unos —los jóvenes— han ido a reforzar las filas republicanas. Otros —los que no pueden avanzar en su credo— continúan monárquicos, pero contrarios a la dinastía. Así, en una futura elección —necesaria para el retorno a la legalidad—, por mucha que fuera la presión gubernamental, las fuerzas unidas de socialistas y republicanos, de demócratas y de liberales (monarquistas antidnásticos) habrán de abatir a los pocos ultramontanos que permanecen tibiamente fieles al rey.

España ha consumado una de las revoluciones más interesantes que se registran en la historia. Un pueblo inerme no puede lanzarse a aventuras bélicas contra un régimen y un Estado que hace llegar la fuerza pública hasta los más pequeños villorrios. Pero el pueblo español supo encontrar otro elemento de fuerza: su más completo aislamiento frente a la dictadura. En los seis años y medio que rigió el artículo 0 de la Constitución, la colectividad española en todos sus sectores de opinión, realizó una revolución pacífica con sólo oponer el espíritu público contra la arbitrariedad. Los intentos esporádicos para derribar al dictador con el estruendo de las armas fracasaron lamentablemente; pero la resistencia pasiva de las masas, la posición anticolaboracionista de las élites intelectuales y la rebeldía espiritual de los hombres habituados al ejercicio del poder, realizaron el milagro de la expulsión del dictador. Primo de Rivera se mantuvo en el vacío y fue el vacío el que terminó por ahogarlo.

Don Alfonso XIII echó su suerte tomando partido por la dictadura, y ahora lógicamente la dictadura habrá de arrastrarlo en su suerte.

El esfuerzo del general Berenguer, presidente del Consejo, por salvar a la monarquía y devolver la legalidad —la víctima de ayer que se yergue ahora como salvador de un náufrago—, será el último episodio de la monarquía, a menos que se prolongue una vida artificial, cayendo nuevamente y sin tapujos en otra dictadura, merced a la posición inerme del pueblo español. De otra suerte, no hay posibilidad de retornar a la legalidad y de que dentro de la legalidad subsista la monarquía, porque la monarquía es la que atada a la legalidad. Y en el sendero que pretende forzar el general Berenguer siempre hallará los procesos históricos que señalen las responsabilidades del rey.

El Nacional, 15 de marzo de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

El poder desgasta sólo a aquel que no lo tiene.

Giulio Andreotti

¿DE PRESIDENTE A MAYORDOMO?

Vicente Fox, en compañía de su vocera, recorre las habitaciones de Los Pinos. Ve, pregunta y palpa el inventario que forma parte del aposento presidencial.

—Oye, chaparrita —le dice cariñoso a doña Martha—, coméntale a los muchachos que me cambien el colchón de la cama donde voy a dormir. Se me van a salir las patas y además está salado. Fúchila: aquí durmió Zedillo y puede ser que hasta su consorte, la señora que camina como perico en alfombra.

—No te preocupes, presidente —contestó riéndose la señora—, me encargaré de que tus noches sean agradables. Por ahí tengo una amiguita que vende blancos muy nice. Ahorita mismo la llamo para que mañana esté lista la muda de la cama y duermas calientito.

—Pero lo que me urge es el colchón. ¡Ya te dije que no quepo!

—Ya lo sé, mi cielo. Mientras lo consigo o lo mando hacer, te ponemos un banquito de emergencia —bromeó—. Ni modo que te traigas el de San Cristóbal con todo y las chinches, las garrapatas y hasta las tepopoxtas que no te dejaban dormir.

—Ah, qué mujer… Si no fuera por estos ratos. Acuérdate de decirle al chef que, después de que cante el gallo, me haga mi cafecito de olla.

—Hecho, señor. Así será. De paso le pido una tetera, porque ya sabes que a mí me gusta tomar té.

—Ay sí, muy inglesa, ¿no?

TRES DE DICIEMBRE DEL 2000

El caos en la residencia oficial. Entran y salen llamadas, telefonazos, recados, mensajeros y proveedores. La misión: encontrar la ropa de cama adecuada para el colchón súper king-size ortopédico; adquirir las sábanas para la futura reina presidencial; comprar toallas bordadas con estilo, almohadas blanditas y frescas, y una colcha con tacto de pétalo de rosa; el juego de té y las cortinas con cierre de emergencia y control remoto —por aquello de las dudas—, y varios sillones y algunos muebles destinados a la cabaña donde la vocera presidencial dormirá el sueño de los justos…

—Háblale a doña Pituca Chevalier… Mi compadre Limantur es el gerente del Palacio… Pedrito Corcuera tiene una importadora… En Santa Fe vi los colchones especiales… Cuidado con los edredones que les meten pluma de guajolote tierno por ganso… No vayan a ir de compras a la Lagunilla y menos a la fayuca… El juego de té debe ser plateado, porque aguanta más y no se pone prieto… Cumplan la normatividad y pidan facturas con registro… Sean discretos…

… que, como éstas, fueron algunas de las órdenes que pusieron en acción al personal de confianza del nuevo mandatario. Y que los encargados de las compras actuaron con la lealtad y la eficiencia que exigía tamaña responsabilidad.

Sin embargo, por las prisas, o la inexperiencia, o el provincianismo, o el pánico escénico, o las urgencias, o la ambición —vaya usted a saber—, se propició que parte de lo comprado se amparara con facturas apócrifas; es decir, emitidas por una empresa cuya dirección y teléfono no existen o, concediéndole el beneficio de la duda, nunca encontraron por fallas en la impresión esos datos.

Todo ello invita a ver como chunga foxista los hechos que, en el contexto nacional y republicano, no deberían tener ninguna importancia. Imagínese el lector que el equilibrio del país dependiera de esas sábanas importadas con un costo de 38 mil pesotes, o de las toallas bordadas, o del juego de té plateado, o de los colchones de 20 mil morlacos.

La verdad, son asuntos de interés doméstico que, estoy seguro, ya pasaron por las manos de los anteriores presidentes, quienes, además de vivir como reyes, se gastaron la lana del pueblo sin más límite que su cochina conciencia.

Lo delicado del asunto está en la chambonería del grupo que gobierna al país, actitud que, una vez más, pone en entredicho su capacidad para responder a los temas nacionales e internacionales que, bien o para mal, afectan el desarrollo y la estabilidad social de los gobernados. Es absurdo, pues, que las tribunas y los foros se utilicen para aclarar lo que con un escueto boletín podría explicarse. Y debería avergonzarnos que a nuestro presidente se le dé trato de mayordomo de la residencia oficial.

CUALQUIER DÍA DEL AÑO 2001

—¿Qué crees, “Chente”? —dijo preocupada la vocera—. Me pasaron un tip: dicen que la prensa nos va a golpear por haber comprado los blancos, las toallas, los colchones y…

—No te aflijas, mujer —respondió el comprensivo jefe—. Estos gastos forman parte de las prerrogativas del presidente y son una bicoca que apenas modifica las últimas cifras de la partida secreta. Pero, para que no exista duda ni haya malos entendidos, dile a Barrio que legitime la compra, que la meta en internet y que oriente a su gente para que lo contabilice con los gastos de Los Pinos.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

Resumen de noticias abril 2026

El Procurador

Mi Introducción a la Enciclopedia Apócrifa del Poder

Te presentamos un resumen de las noticias más importantes de la semana

Noticias de la semana

Del 27 de abril al 3 de mayo de 2026

 

Intento de atentado contra Donald Trump

El individuo identificado como Allen Cole fue detenido en Washington D.C. tras intentar irrumpir armado en un evento del expresidente. El sospechoso portaba armas de fuego y un manifiesto con intenciones de atacar a funcionarios de alto rango.

Este incidente subraya la persistente polarización y el riesgo de violencia política en EE. UU. La eficacia del Servicio Secreto evitó una tragedia, pero el suceso intensifica el discurso de seguridad en la campaña electoral.

Salida de Esteban Moctezuma de la Embajada

Se confirmó que Esteban Moctezuma Barragán dejará la titularidad de la Embajada de México en Estados Unidos. Aunque se retira del cargo diplomático, se anunció que continuará colaborando con la administración federal en tareas de asesoría, especialmente para la revisión del T-MEC.

Un cambio estratégico en un momento crítico. La transición sugiere una necesidad de renovar los perfiles para la negociación comercial, aunque se pierde la experiencia de un diplomático que había logrado estabilidad en la relación bilateral.

Descubrimiento de ciudad maya en Quintana Roo

El INAH anunció el hallazgo de una nueva zona arqueológica de arquitectura monumental en Quintana Roo. Este sitio presenta estructuras que sugieren un centro político y comercial de relevancia en el periodo Clásico.

El hallazgo es un triunfo para la arqueología mexicana. Sin embargo, impone el reto de garantizar su preservación frente al desarrollo de infraestructura turística y de transporte en la región.

Balacera en Sonata, Puebla

Se registró un ataque armado frente a la plaza comercial Adagio en Lomas de Angelópolis. Los agresores dispararon contra dos personas que lograron huir en una camioneta; no hubo detenidos inmediatos, generando pánico en esta zona residencial.

La inseguridad ha permeado incluso en las zonas de mayor vigilancia privada en Puebla. La falta de detenciones refuerza la percepción de impunidad en delitos de alto impacto.

Cambios en la Secretaría del Bienestar

La presidencia anunció ajustes en la estructura de la dependencia. Se destaca el nombramiento de Leticia Ramírez como nueva titular, con el objetivo de reforzar los procesos administrativos y la bancarización de los programas ante quejas por suspensiones de pagos.

Un movimiento que busca mayor control operativo. La Secretaría enfrenta el desafío de limpiar padrones sin afectar a los beneficiarios más vulnerables, una tarea técnica más que política.

Caso Rubén Rocha Moya (Sinaloa)

El gobernador solicitó licencia temporal al cargo el 1 de mayo tras señalamientos de la Fiscalía de EE. UU. por presuntos nexos con el crimen organizado. La FGR declaró que la petición de extradición no es formal, sino una medida cautelar que carece de pruebas de urgencia por el momento.

La licencia es un acto de higiene política necesario para la investigación. No obstante, la postura de la FGR evidencia una fricción jurídica: mientras EE. UU. presiona, México exige rigor procesal para evitar una crisis de soberanía.

Asalto a Mega Outlet de Belleza en Puebla

Un comando armado irrumpió en el Centro de Convenciones de Puebla durante el "Mega Outlet de Belleza". Los delincuentes sometieron al personal y sustrajeron efectivo, equipo y mercancía ante asistentes y trabajadores.

Es alarmante la vulnerabilidad de recintos públicos destinados a eventos masivos. La delincuencia organizada muestra una diversificación de objetivos que requiere respuesta coordinada.

Licencia del Alcalde de Culiacán

Juan de Dios Gámez Mendívil, alcalde de Culiacán, también solicitó licencia a su cargo. Al igual que el gobernador, busca facilitar las investigaciones derivadas de los expedientes abiertos por el Departamento de Justicia estadounidense.

La caída en cascada de los mandos en Sinaloa deja al estado en una situación de interinato delicada. La estabilidad de la capital pende de la rapidez con la que se resuelvan las acusaciones.

Caos y desorganización en la Feria de Puebla

El Teatro del Pueblo colapsó logísticamente por la masiva afluencia para conciertos de artistas como Morat y Calvin Harris. Se reportaron filas de 30 horas, portazos, personas lesionadas y desmayos por falta de control en los accesos.

El éxito de la cartelera superó la capacidad operativa. La falta de protocolos de protección civil adecuados pone en riesgo la integridad de los asistentes y exige transitar hacia sistemas de boletaje controlado.

El aforo de la Plaza de la Victoria es de aproximadamente 40,000 personas, pero se permitió un flujo de más de 80,000. No hubo anillos de contención progresivos.

Priorizar la "derrama económica" y la "popularidad" sobre la protección civil es una negligencia institucional. Se evitó una tragedia mayor por fortuna, no por planificación.

Trump escala ofensiva: Descalificaciones contra la Presidenta

Donald Trump afirmó de manera irónica que la Presidenta de México es una "bailarina de ballet" —en referencia despectiva a su formación— y aseguró que el gobierno mexicano no lo quiere cerca porque está exponiendo lo que realmente sucede en la frontera.

Este cambio en la narrativa marca un giro peligroso; ya no solo ataca la política, sino que recurre a la descalificación personal para socavar la autoridad de la mandataria. Busca proyectar "debilidad" ante su base electoral para justificar medidas unilaterales.

Redacción Réplica

Revista Réplica

Así que, políticos mexicanos, ojo al cercano y lupa al que adule más...

Pues quizá dejó en manos de una runfla de vividores, mediocres y corruptos el buen nombre de su administración. Su buen nombre, para ser precisos...

Una vieja historia que renuevan los modernos virreyes...

Dice una de las leyes de Murphy: “Los helicópteros no pueden volar. Son tan feos que la tierra los rechaza ”.

Juan Sandoval Íñiguez no despegó la vista del vino que él personalmente servía ponderándolo como uno de los mejores de su cava...

Al oír un “güey” pronunciado con énfasis estentóreo por algún muchacho veinteañero, de inmediato pienso en Cervantes, el de El Quijote.

—No nos hagamos pendejos —ripostó Bartlett a uno de los enviados presidenciales—. Ése sería un pinche destierro...

Por las calles de Puebla corrió un comentario alentador: “La cita es a la hora en que se oculte el sol, allá en el viejo jardín de San José”...

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Cuando el amor ya no existe y uno de los dos insiste e insiste hasta enloquecer

Porque al final, la pregunta no es si esto es real...

Hay personas que hoy hablan de “salir de la Matrix” como si fuera un acto heroico, casi místico: soltar, permitir, fluir, elegir otro camino, “jugar” la vida. Suena bonito. Suena liberador. Pero también suena peligrosamente superficial si no se entiende lo que realmente está en juego.

Porque la Matrix —más allá de la película The Matrix— no es un sistema de cables, ni una inteligencia artificial que nos cultiva como baterías. Es algo más incómodo: es la narrativa que aceptamos sin cuestionar.

  1. La cárcel invisible

La pregunta no es nueva. Desde Platón hasta la modernidad tecnológica, el ser humano ha sospechado que lo que ve no es exactamente lo que es. La filosofía lo dijo antes que el cine: lo real podría ser solo interpretación.

Hoy la ciencia incluso coquetea con la idea: la hipótesis de simulación propone que podríamos estar dentro de una realidad generada, indistinguible de lo “real”. 

Pero hay algo más inquietante aún: aunque no vivamos en una simulación digital, sí vivimos dentro de interpretaciones.

El cerebro no capta el mundo tal cual es; lo construye. Filtra, predice, acomoda.

Es decir: no vemos la realidad, vemos lo que podemos tolerar de ella.

Ahí empieza la verdadera Matrix.

  1. La versión cotidiana de la Matrix

No necesitas conspiraciones globales para estar atrapado.

Basta con esto:

  • Creer que solo vales por lo que produces
  • Repetir discursos heredados sin revisarlos
  • Vivir en automático, esperando el viernes
  • Temer tanto al cambio que prefieres la incomodidad conocida

Eso es Matrix.

No la de ciencia ficción, sino la doméstica, la silenciosa, la que no hace ruido porque está normalizada.

La Matrix no te encierra… te convence de que no hay otra vida posible.

III. El “despertar” mal entendido

Aquí es donde entra el discurso moderno:

“suelta”, “fluye”, “elige otro camino”, “juega la vida”.

Suena profundo, pero muchas veces es un placebo emocional.

Porque soltar no es ignorar.

Permitir no es resignarse.

Elegir distinto no es huir.

El verdadero problema es que se ha romantizado el despertar como si fuera ligero, casi cómodo.

Y no lo es.

Despertar implica:

  • Ver lo que evitabas
  • Reconocer tus propias mentiras
  • Aceptar que muchas decisiones no fueron libres
  • Y asumir que nadie vendrá a rescatarte

No hay música épica.

No hay Morfeo.

Solo hay conciencia… y responsabilidad.

  1. Entonces, ¿qué significa “salir de la Matrix”?

No significa irte a vivir a la montaña.

Ni dejar todo y “fluir con el universo”.

Significa algo mucho más brutal: dejar de reaccionar automáticamente.

Significa elegir, incluso cuando duele.

Elegir:

  • pensar en lugar de repetir
  • cuestionar en lugar de obedecer
  • actuar en lugar de posponer

Salir de la Matrix no es escapar del sistema… es dejar de ser un producto pasivo dentro de él.

  1. El juego de la vida (sin clichés)

Aquí entra una idea poderosa que sí vale la pena rescatar: la vida como juego.

Pero no como entretenimiento vacío, sino como conciencia activa.

Jugar la vida es entender que:

  • no controlas todo, pero sí tu postura
  • no eliges las cartas, pero sí cómo jugarlas
  • no evitas el dolor, pero decides qué haces con él

Y entonces aparece algo extraño:

Cuando dejas de querer controlar todo… empiezas a vivir con más claridad.

No porque “el universo conspira”, sino porque ya no estás peleando contra todo.

  1. La verdad incómoda

Tal vez no vivimos en una simulación.

Tal vez no hay máquinas detrás.

Tal vez no hay nadie controlando nada.

Y eso es aún más aterrador.

Porque entonces: la Matrix no está afuera.

Está en cómo decides vivir tu propia vida.

Epílogo

Hay gente esperando despertar.

Otros esperando señales.

Otros esperando el momento perfecto.

Y mientras tanto, la vida pasa.

No como simulación… sino como oportunidad desperdiciada.

Porque al final, la pregunta no es si esto es real.

La pregunta es más incómoda: ¿estás viviendo… o solo estás reproduciendo lo que te enseñaron a vivir?

Tobías Cruz

Revista Réplica

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