-
En este episodio de Fragmentos de la Revista Réplica, Miguel Ángel Bello, Miguel C. Manjarrez y Sebastián Chamorro se adentran en uno de los territorios más incómodos y humanos: el cáncer terminal y la vida de quienes lo enfrentan… y de quienes sobreviven. A partir del libro El cáncer malévolo: manual de convivencia con lo inexplicable, se abre una conversación cruda, sin anestesia, donde se cuestiona no solo la enfermedad, sino todo lo que la rodea: tratamientos invasivos, decisiones límite, el negocio detrás del dolor y un sistema de salud que muchas veces parece olvidar al paciente para privilegiar cifras. Aquí no hay discursos complacientes. Hay preguntas incómodas, verdades que duelen y reflexiones sobre lo que significa vivir cuando la muerte deja de ser una posibilidad lejana. Un episodio que confronta, sacude y obliga a mirar de frente aquello que casi siempre preferimos evitar.
-
El poder de la mentira + Entrevista a César Vidal.
Esta nueva entrega es posible gracias a los colaboradores de Youtube, Patreon e iVoox. Ayúdame en:
https://www.youtube.com/channel/UCb2T...
https://www.patreon.com/janogarcia
https://www.ivoox.com/podcast-en-libe...
https://www.paypal.me/janogarcia
Si desean seguirme o adquirir mis libros, aquí tienen toda la información necesaria para ello:
https://www.amazon.es/l/B0755PWSXK?
https://www.instagram.com/ellibrepens...
-
Entrevista a un librepensador: Fernando Savater
-
Bookstores have always driven me crazy. So much to read and so little time! And now with our lives chock full of CONTENT--Netlflix, podcasts, social media, YouTube, and the 24 hour news cycle--when the hell are we supposed to find the time to get through a book? This has haunted me for awhile now. So I decided to make a film about it, hoping to find a way through my bookstore anxiety--a way to re-balance my content diet in order to read more books.
Bookstores have always driven me crazy. So much to read and so little time! And now with our lives chock full of CONTENT--Netlflix, podcasts, social media, YouTube, and the 24 hour news cycle--when the hell are we supposed to find the time to get through a book? This has haunted me for awhile now. So I decided to make a film about it, hoping to find a way through my bookstore anxiety--a way to re-balance my content diet in order to read more books.
This was originally released in chapters on Vero and you can find additional content and other goodies there:
https://itunes.apple.com/us/app/vero-...
Tim Urban’s blog Wait But Why: https://waitbutwhy.com/
Eric Barker’s blog: https://www.bakadesuyo.com/
Howard Berg (sign up for his class!): https://www.berglearning.com
Music: "Read A Book" by Bomani Armah: https://www.youtube.com/watch?v=GlKL_...
Jonathan Zalben: http://www.jonathanzalben.com/
Javelin: http://luakabop.com/javelin/
Vibe Mountain: https://soundcloud.com/jeff-conrad-1
Local Drone/Ronin Outfits: BirdsEye Portugal: https://www.birdseyeportugal.com
Hout Video (Maastricht/Brussels): https://houtvideo.nl
Agustin Actis (Buenos Aires): https://www.agustinactis.com/
Willie Leniek: https (Buenos Aires)://vimeo.com/willieleniek
Brendan Jay Sullivan (Paris): https://www.brendanjaysullivan.com/
Bookstores Featured: Elliot Bay Books (Seattle, WA) Bookhampton (Easthampton, NY) Cook & Book (Brussels, Belgium) Tropismes (Brussels, Belgium) Boekhandel Dominicanen (Maastricht, Netherlands) Ler Devagar (Lisbon, Portugal) Obidos Bookshops (Obidos, Portugal) The Literary Man Hotel (Obidos, Portugal) Lello (Porto, Portugal) Re-Read (Barcelona, Spain) Cultura (Sao Paulo, Brazil) Saraiva (Sao Paulo, Brazil) Livraria Da Vila (Sao Paulo, Brazil) Ateneo Gran Splendid (Buenos Aires, Argentina)
NOTICIAS DESTACADAS
Ahí reside el verdadero peligro: no es solo ser menos eficientes, es volverse irrelevantes...
Es un llamado a reconocer al otro, no como una cosa, sino como un sujeto lleno de historia, emociones y potencial, digno de respeto y empatía...
LA EMBAJADA DE ESPAÑA Y EL NUEVO CONCEPTO DE LA DIPLOMACIA

La elevación al rango de embajadas, de las misiones diplomáticas de México y España, es el coronamiento de una gestión diplomática hábil y oportuna. Por más que habría sido digno de mayor aplauso que el anuncio del propósito del gobierno de México de elevar a embajada su representación en Madrid, se hubiera hecho simultáneamente al reconocimiento de la República Española, no debemos escatimar el elogio que merecen el tino y la diligencia con que procedió nuestra cancillería, primero para lograr que fuera México el primer país del orbe que reconociera a la novísima República, y después para conseguir —con beneplácito de mexicanos y españoles— la elevación a la más alta categoría, de las antiguas legaciones mexicana y española.
La decisión del gobierno de México es doblemente interesante, por el momento en que se tomó y por ser España la primera nación europea ante la cual México acreditará un plenipotenciario permanente con el rango de embajador.
Y como coronamiento de este suceso feliz se anuncia por parte del gobierno español, que el primer embajador de la Segunda República lo será el ilustre periodista don Julio Álvarez del Vayo.
La política internacional de México, de algunos años atrás, se viene caracterizando por la marcada tendencia a señalar preferencias por los pueblos de nuestra propia raza. Ayer —todos los sabemos— la única embajada acreditada por nuestro país, lo era ante la Casa Blanca, como si con ello hubiera pretendido el gobierno atribuir una importancia preeminente a las relaciones de México con los Estados Unidos. Esta fue la característica de la diplomacia de la dictadura del general Díaz.
La revolución, en cambio —como consecuencia del sentimiento de solidaridad racial, que es uno de los fenómenos que exhibe nuestro gran movimiento social y político—, se preocupó por hacer extensivo a la mayor parte de los gobiernos del continente, lo que antes era una distinción reservada a nuestros vecinos del norte.
No se fijó México en las grandes potencias mundiales —Gran Bretaña, Alemania, Francia, el Japón o Italia— para que fuera ante ellas ante quienes se acreditaran embajadas, de la misma suerte que se venía haciendo con Washington, sino que escogió a los pueblos de nuestra propia raza, lengua y cultura, por pequeños que sean y con ello pudo demostrar nuestro país, que el ritmo de la vida de relación en materia internacional no se determina en México por la influencia polarizadora que ejercen las grandes potencias, sino por la interpretación fiel del sentimiento de la colectividad nacional.
¿Cómo era, entonces, que siendo España el tronco racial de donde se han desprendido, como nuevos brotes de vida, las repúblicas hispanoamericanas, no se procuraba establecer cerca de la monarquía borbónica una política paralela a la seguida con los Estados hispánicos de nuestro continente?
La razón es obvia. Las relaciones internacionales en nuestro hemisferio, no se rigen por conveniencias tales como las que imponen la necesidad de proveer alianzas ofensivas o defensivas, del tipo de las que aún tiene que sufrir Europa; por lo contrario, es atendiendo solamente al sentimiento público como se intensifican y se expresan esas relaciones, por medio de los actos externos propios de la diplomacia. Era lógico, en consecuencia, que un país como México, fuertemente peculiarizado por las corrientes de renovación social y política que vienen gobernando nuestra vida interna en las dos últimas décadas, no se inclinara a exhibir extremos de cordialidad y de afecto por una monarquía de tendencias absolutistas, y que cada vez iba apartándose más del sentimiento del pueblo español, que sería, en última instancia, a quien nos interesara complacer con cualquier acto de nuestra diplomacia.
Por más que sea un principio de la más sana y honesta política internacional la no intervención de un Estado en los asuntos internos de otro, no cabe duda que se va abriendo paso de día en día una nueva tendencia que pretende significar —aun cuando no sea por medio de declaraciones oficiales—, la solidaridad de los pueblos y, consecuentemente, de los hombres de Estado, según las tendencias políticas predominantes en los regímenes de gobierno de los distintos países. Más claramente: el advenimiento de una democracia despierta entusiasmos en todos los regímenes democráticos de otros pueblos, como el advenimiento de las dictaduras provoca a su vez entusiasmos en otros regímenes afines. Era natural que Gerardo Machado se afanara primero, y se ufanara después, por la elevación a embajadas las legaciones cubana y española, cuando Primo de Rivera había usurpado el poder implantando su dictadura; como era natural, asimismo, que el propio Primo de Rivera estableciera una embajada en Chile tan pronto como el militarismo de la citada república había emulado al Marqués de Estella derrocando al gobierno constitucional.
En aquella época habría sido deseable, inclusive, que al simple advenimiento de Primo como dictador de España el gobierno de México, sin vana arrogancia, pero obrando con irreprochable firmeza, hubiera retirado a su ministro plenipotenciario de Madrid, dejando a un simple encargado de negocios para la tramitación de los asuntos corrientes que pudieran interesar de verdad a nuestros residentes o “paseantes” por la vieja España.
Obrando con la misma lógica, los gobiernos de México y España expresan hoy con el mismo calor con que ayer lo hicieran los dictadores, las simpatías y las afinidades de tendencias y de emociones renovadoras, que caracterizan o deben caracterizar a dos regímenes de honda raigambre popular y de incontenible afán renovador.
Más aún: la interdependencia de los Estados, que condiciona la vida moderna, va forjando y robusteciendo de día en día, agrupaciones de hombres cuya acción se solidariza pasando sobre las fronteras de cada país.
De igual manera que el obrero crea la Segunda y la Tercera Internacional como organismos de coordinación de los esfuerzos del proletariado; organismos cuya influencia se refleja a menudo en la gestión política de los partidos obreros u obreristas en cada nación; y así como el capitalismo, a su vez, procede de igual suerte para la defensa de sus intereses o privilegios, así también, aun cuando no se haya formalizado hasta hoy, existe la tendencia, (enunciada ya con propósitos de realización por hombres del valer y de la autoridad de Edouard Hèrriot), de formar la Gran Internacional de la Democracia, llamada a fortalecer a los regímenes democráticos y a combatir a las dictaduras, ya sea por medio de expresiones y actos de simpatía y de solidaridad entre los hombres del poder, como los que ahora llevan a cabo las cancillerías de México y España, o por medio de la influencia que ejercen en lo personal, en la prensa y en la tribuna, los estadistas, los escritores y, en suma, cuantos se empeñan porque se afiancen en el mundo regímenes propios de nuestro tiempo y de nuestra civilización.
Este nuevo concepto sobre la política internacional, determina una revolución que debe operarse —y de hecho se opera— en la gestión diplomática. La diplomacia moderna debe expurgarse de los formulismos inocuos que la habían distinguido, para traducirse en una gestión de compenetración, que comprenda por una parte, y exhiba por la otra, el sentimiento de los pueblos.
Necesariamente, si cambia el contenido de la diplomacia, es preciso que cambien también los actores de ella. El diplomático cortado a la antigua, ampulosa figura que vive una vida de representaciones irreales, que está desconectado de las corrientes de opinión que orientan la vida de su país y que se aísla, a la vez, de los centros vitales del país en donde ejerce su misión, debe ceder el paso al diplomático moderno que es el hombre identificado con su pueblo y con el régimen de gobierno al que sirve, y que va como mensajero de un pueblo, a penetrar en el alma de otro pueblo.
Podría ser representante de la monarquía borbónica cualquier duque, señor marqués o señor conde, de prestancia anacrónica, cuya presencia pasara inadvertida para nuestra actividad. Pero para representar a una democracia como la que tan brillantemente se ha instaurado en España, era preciso que fuera designado, como lo ha sido, uno de aquellos hombres que pertenecen a la élite que ha sabido transformar al régimen español.
De igual manera, no podrá nuestra cancillería acreditar ante el gobierno de España a un funcionario como tantos hay, sino a un hombre cuya autoridad lo capacite para transmitir al pueblo español en esta hora trascendente en su historia, el mensaje del pueblo revolucionario de México.
Por esta razón juzgamos que la importancia del hecho de elevar la categoría de las viejas legaciones de México y de España, se corona con la designación como titulares de cada misión diplomática, de hombres de la talla intelectual de don Julio Álvarez del Vayo.
Se completa el cuadro de comentarios que sugieren los hechos que vengo analizando, con la circunstancia de ser un periodista de profesión quien, al incorporarse a la cosa pública de su país, escala la más elevada posición dentro de la diplomacia. Esto significa la importancia que se concede en la democracia española a los valores que representan los periodistas.
Dentro del concepto que de la vida política se han formado los estadistas occidentales, el hecho no es nuevo. En Europa el periodista no es un simple glosador de los sucesos diarios, cuyas opiniones, por trascendentales que sean apenas son leídas por los hombres públicos. Allá cada periodista es realmente un representativo de determinado sector de opinión y un hombre habituado a contemplar los problemas nacionales o internacionales atañederos a su patria. Por esta razón del periodismo surgen generalmente los políticos y los hombres de Estado.
Y del periodismo español, o por mejor decir, de los más destacados rangos del periodismo internacional, es de donde ha salido el señor Álvarez del Vayo, para representar a su patria —hoy más amada que nunca— en nuestro país.
El Nacional, 11 de mayo de 1931.
Froylán C. Manjarrez
El que no se atreve a ser
inteligente, se hace político.
Enrique Jardiel Poncela
La hora de la cita

El verdadero entendimiento consiste en dar valor a los demás.
La Bruyère
Para lenguas y campanas, las poblanas.
Dicho popular.
Déjeme comentarle una gran experiencia, digamos que romántica. El miércoles pasado, a las 7 de la noche, inicié un proceso de conquista: empecé a coquetear con los y las radioescuchas de la 105.9 de frecuencia modulada. Y me aventé como el Borras para decir que desde “La hora de la cita” (así se llama el programa que estará al aire todos los miércoles) intentaré convencer al auditorio de esta nueva alternativa radiofónica, cuyo formato se adaptará a la personalidad de cada uno de los periodistas y comunicadores entrevistados. Por ventura, creo que comencé con el pie derecho. Verá usted por qué:
Mi colega periodista Alfonso Yáñez Delgado fue el padrino de la primera emisión, en la cual hubo otros padrinos externos. Uno de ellos fue el gobernador Melquiades Morales Flores. Otro, el controvertido senador priista Manuel Bartlett Díaz. El tercero, el también senador panista Francisco Frayle García. Y para cerrar la emisión llamó Rafael Moreno Valle Rosas, secretario de Finanzas y Desarrollo Social del gobierno poblano y aspirante a la gubernatura de Puebla. Los cuatro fueron entrevistados por el invitado, o sea Alfonso. Y a reserva de hacerlo en tiempo y forma, aprovecho este espacio para hacer todas las llamadas que, por el “verdugo tiempo”, no pudieron pasar al aire.
De esas entrevistas no anunciadas surgieron temas que seguramente tratará en sus columnas el colega Yáñez.
Un adelanto:
Manuel Bartlett Díaz: la investigación que está haciendo el PRI respecto al financiamiento extranjero recibido por los “Amigos de Fox” (puede interpretarse como una respuesta a la denuncia sobre la corrupción en Pemex).
Francisco Frayle: el conflicto legal que enfrenta el Órgano Superior de Fiscalización del Congreso local con la Universidad Autónoma de Puebla, debido a que José Marún y Enrique Doger son primos hermanos, además de que el primero también fue rector de la misma universidad.
Melquiades Morales Flores: la necesidad de nombrar un ombudsman para que medie entre los ciudadanos y la prensa, decisión que deben tomar los propios poblanos.
Debo reconocer que enfrento un severo problema para poder persuadir a los radioescuchas: en el cuadrante existen varios comunicadores que, con trabajo, ética, profesionalismo, ingenio y talento, han logrado posicionarse en este importante mercado. No obstante, estoy decidido (y he aquí mi romanticismo) a que “La hora de la cita” se convierta en un espacio de interés para radioescuchas y radionautas. Confío, pues, en que los miércoles de siete a ocho de la noche sintonicen la 105.9, tanto usted como aquellos que gusten navegar por el cuadrante de la frecuencia modulada (FM), buscando noticias o programas que les informen o diviertan. Estoy seguro de que mis invitados me ayudarán a convencerlos de que “La hora de la cita” es una buena alternativa para informarse y conocer la esencia del periodismo.
Aclaro que no le haré al Orson Welles, es decir, que me abstendré de utilizar la ciencia ficción (o política ficción) para lograr un efecto parecido al que tuvo la adaptación de “La guerra de los mundos” a un hecho real, programa radiofónico que —como se sabe— el 30 de octubre de 1938 provocó pánico entre los oyentes de Nueva York e hizo más popular al entonces actor de teatro y después protagonista de “Ciudadano Kane”. De ninguna manera. Aunque usted no lo crea, a pesar del gran parecido, pues por muy voladores que sean, los políticos nada tienen que ver con los ovnis o los marcianos.
Tampoco buscaré la imitación como método para ganar audiencia. Dios me libre. La intención es ser originales y eludir cualquier parecido con los “talk shows” como el de Cristina, a cuyo ingenio le debemos la frase que han hecho suya muchos indiscretos: “Secreto que no se divulga, envenena”.
Para concluir esta publicidad personal (si no la digo, reviento) hago la siguiente reflexión:
Desde que la palabra permitió a los hombres y mujeres intercambiar información de manera intuitiva primero y después con sonidos articulados guturalmente, hasta la creación del lenguaje, la comunicación ha sido el vínculo integrador de la humanidad. Sin comunicación el hombre no tendría historia y tampoco habría comunidad, es decir, “universalidad en el más alto sentido del entendimiento y comportamiento humanos”.
De ahí que me haya entusiasmado la posibilidad de ganar su corazón llegando a su inteligencia a través de sus oídos y, al mismo tiempo, por sus ojos lectores.
Siete meses después, el programa “La hora de la cita” cambió de semanal a diario, o sea, de lunes a viernes, por varios años.
UNA AVENTURA MONÁRQUICA NO UN PROPÓSITO NACIONAL

Impresiones de Tánger y examen del problema de Marruecos
De entre las grandes impresiones que recogí en mis andanzas fuera de mi país, pocas, o acaso ninguna, tan honda como el recuerdo de la guerra de Marruecos, sostenida con cruel afán en contra de un pueblo que anhelaba estructurar su vida jurídica, y hacer reconocer su soberanía, y vivir pacífica e independientemente en el concierto internacional: el pueblo del Rif.
En los últimos meses de 1926, y en vísperas de que se desencadenara, como un huracán, la ofensiva vigorosa de los ejércitos del caudillo insurgente Abd-el-Krim; ofensiva que liberó por algunos meses a la ciudad santa de Xauen y a la mayor parte del territorio del norte de Marruecos de la dominación española, y que estuvo a punto de culminar en el reconocimiento de la autonomía del Estado del Rif; en aquellos días, digo, en que el pueblo español se inquietaba ante la perspectiva de que llamara a filas a las clases más jóvenes, para conducirlas a la hornaza de una guerra tan despiadada como injusta, un puñado de hombres representativos de la conciencia española, se reunió en juntas revolucionarias para dar al traste con la dictadura del teniente general don Miguel Primo de Rivera, estableciendo como uno de los capítulos del programa que habría de desarrollar el nuevo régimen, la terminación inmediata de la guerra de Marruecos, la constitución del protectorado en los planos de soberanía —Ceuta, Melilla y Larache— situados en la costa de África, el abandono de los territorios sometidos al protectorado de España y el reconocimiento de la autonomía o de la independencia del nuevo Estado del Rif.
Movido por un impulso romántico, propio del espíritu revolucionario de nuestro país, acepté ir a Tánger para introducirme por allí hasta el campamento del jefe rifeño, a efecto de promover en nombre de la junta revolucionaria de España la suspensión de las operaciones militares, para dar ocasión a que se desarrollaran en la Península los acontecimientos que habrían de dar fin a la dictadura, con la seguridad de que el nuevo régimen otorgaría lo mismo por lo que tanto afán luchaba el pueblo marroquí.
Y fui a Tánger. Pero la embellecedora misión con que me honró la junta revolucionaria española, no pudo llevarse a buen término. Apenas iniciados los preparativos para hacerme conducir hasta el campamento del caudillo de la insurrección, éste desplegó su formidable ofensiva sobre las posiciones españolas. Ya no pude detenerse la guerra. Un enviado de Madrid me comunicó instrucciones de la junta, y di por terminada mi proyectada aventura.
Pero ha llegado la oportunidad de que —periodista al fin—, comunique a los lectores de mi país mis impresiones de viajero por aquellas tierras heroicas de África, como prólogo de un análisis suscinto sobre el problema internacional que envuelve la tragedia de un pueblo cuya libertad fue ahogada en sangre por la potencia militar, no diré que de Francia ni de España, sino de los Estados español y francés.
Elogio de Tánger
Tánger es una encantadora ciudad, arrebatada hace poco más de una veintena de años a la potestad de su amo imperial. Encargada su administración a los cuidados de delegaciones extranjeras, se ha salvado de servir de campo propicio a las guerras que azotaron a la patria del gran Abd-el-Krim. Cuando el valeroso guerrero moro, que peleaba en las montañas del Rif o en las llanuras del Uergha, se abatía y se desangraba ante las embestidas, más que de los españoles, de esos otros hombres sin patria, sin alma, sin conciencia y sin moral, que formaban los cuadros de los tercios extranjeros, Tánger se le ofreció amorosamente para que en su regazo curase sus heridas, para que tomara nuevos impulsos, para que renovara su fe en los destinos de su raza…
Tánger, ciudad que se alza, cabe un ancho risco de la costa noroeste de África y que se extiende también como paraje de quietud y de poesía, como exponente de un arte magnífico que no quiere ni puede morir, se ha salvado de la guerra merced a la intransigencia anglo-franco-italiana, que no deja su suerte al libre albedrío del Estado español.
¿Qué habría sido de ella en caso contrario?
La apacible ciudad, donde se desliza suavemente la vida de moros, israelitas y europeos, dentro de un ambiente de melancolía y casi de olvido, no habría desconocido, como el resto de sus hermanas, la tragedia de una guerra no sujeta a los límites que marcan los principios del derecho de gentes, y dirigida por hombres que no piden ni dan cuartel.
Tánger, lugar de libertad, propicio a los hombres que tienen el gesto de reclamar un mundo mejor y más justo, tendría un nuevo amo; y Tánger, ciudad que pudo cobijar a los campeones de su raza, se habría convertido en cuartel para sus enemigos, y en prisión, martirio y cadalso para los suyos.
Locura y vanidad
Si yo no supiera que hubo mucho de grotesco en todo ese drama, en que han naufragado los valores morales que quisiéramos ardientemente nimbaran siempre la gloria de España, haría un esfuerzo por penetrar en el arcano de los designios del Estado español. Pero desgraciadamente, cuando se contempla la génesis y el curso que siguió el problema de Marruecos, sólo locura y vanidad puede advertirse.
Para aquellos jefes de gobierno que basaron su estabilidad en el apoyo de la fuerza armada y en la gracia del soberano, seguramente que constituía una bella ilusión poder ofrecer Tánger como una joya que colocar en la corona del monarca, y después repetirle estas bien conocidas palabras de adulación: “Señor: Tú pasarás a la historia con el nombre de don Alfonso el africano.”
Pero no se ha tomado, para ello, la medida del tiempo.
Tánger no quiere decir solamente el propósito de dominio que abrigó el Estado español sobre esta ciudad. Tánger traduce el empeño suicida, de afirmar la conquista del norte de África. ¡Y ya hace buen rato que pasó la hora de las conquistas!
Estamos en una época en que todos los pueblos se van sintiendo mayores de edad. Los imperios coloniales más sólidamente constituidos, sufren grandes quebrantos, si no se desquician. Las metrópolis dirigidas por estadistas —no por soldados de fortuna— no piensan sino en hallar la mejor manera de ceder, porque saber ceder en estos momentos, tiene la importancia vital que en otros siglos tuvo saber conquistar. Y la metrópoli que no sabe ceder, conocerá una vez más la amargura de ser arrojada sin consideración ni piedad.
La razón del conquistador
Jamás una empresa de conquista tuvo por móvil la generosa idea de llevar las luces de la civilización a los pueblos atrasados. Si es verdad que los adelantos del mundo occidental han llegado con las prédicas de los misioneros apoyadas por la espada de los aventureros, podrá considerarse esto como una consecuencia, pero no como un alto ideal de humanidad concebido previamente. La conquista se ha hecho siempre como un medio de adquirir fuertes ventajas económicas y políticas para el conquistador. Si no hubiera una riqueza que explotar; si no existiera un punto estratégico que defender; si no se conocieran tantas inocuidades que se toman como razones de “prestigio”, no se hallaría tampoco, seguramente, la entidad dispuesta a acometer una tal empresa… ¡por realizar una misión apostólica…!
Planteado en este terreno el problema, es fácil explicarse las angustias y trabajos de los gobiernos metropolitanos, en esta hora en que la tendencia autonomista de las antiguas colonias constituye la más seria amenaza para la economía de los imperios. Este es el caso de Inglaterra, y de Francia, por ejemplo. Porque mantener un vínculo, por débil que sea, desde un punto de vista político con la colonia, el dominio o como quiera llamársele; vínculo que se traduzca en la posibilidad de adquirir materias primas y cereales baratos, significa la vida de la metrópoli.
Ellas se han creado el problema.
¡Allá ellas con las consecuencias…!
¡Pero España…!
España protectora supervisada
¡Pobre España! En esta desdichada aventura de Marruecos sólo le fueron reservados los trabajos y las responsabilidades; ni un solo aliciente para su esplendor; ni una perspectiva para su grandeza; ni siquiera el tratamiento que la colocara al nivel de las potencias.
En efecto; en los buenos años en que las potencias se distribuían bonitamente el dominio sobre las tierras de África; Inglaterra y Francia, para poner fin a las diferencias que entrañaban sus mutuos actos de conquista, decidieron, a espaldas de todos, asignarse: Inglaterra, libre acción sobre Egipto; Francia, lo mismo sobre Marruecos, además de otros obsequios de botín sobre Tierra Nueva, Siam, El Níger, etcétera, por medio del acuerdo anglo-francés del 8 de abril de 1904.
Pero como para llevar Inglaterra sus escuadras al Mediterráneo tropieza con el paso obligado del Estrecho de Gibraltar a cuya margen sur se encuentran las fronteras nórdicas de Marruecos, no podía admitir la consolidación de un poderío de la fuerza del poderío francés. Se pensó, entonces, en hallar quien cargara con el puesto de gendarme inofensivo y apostado en esas áridas peñas…
Y fue el Estado español el que aceptó ingenuamente el 8 de octubre del mismo año, lo que a bien tuvieran arreglar con antelación las otras potencias.
Por lo demás, el Acta de Algeciras, los arreglos franco-alemanes, el tratado de Fez que consagra el protectorado de Francia sobre Marruecos, los diversos acuerdos franco-españoles, no son sino las sucesivas etapas de realización del propósito original.
Y allí está España, sobre un pequeño territorio rocalloso, inhospitario, que nada de bueno significa para su patrimonio económico, después de haber tenido que sostener una guerra impía contra un pueblo de guerreros que en estos momentos parecen dominados, pero que en realidad están decididos a liberarse, lo mismo del sultán que de quien quiera sustituirlo; allí ha estado España, gastando lo mejor de su juventud, sus recursos financieros y, lo que es más, el prestigio con que pudiera hoy hablar al mundo, como nación que fue creadora cuando era preciso crear nacionalidades pero que se convirtiera en libérrima cuando los pueblos buscaron su libertad.
¡Ah! ¿Pero sabéis que con toda su responsabilidad, España no tiene, jurídicamente autoridad completa sobre el territorio asignado a su protección?
Pues no es de otro modo. El sultán continúa como jefe del imperio marroquí en toda su extensión territorial. España lo reconoce así, y se obliga, por ende, a someter la nominación de los más altos funcionarios moros a la aprobación de Su Majestad xerifiana. Y como Su Majestad xerifiana, a la vez, se halla sometida —en este caso sí totalmente— a las determinaciones del alto comisario francés, resulta España— protectora, supervisada por el alto comisario de Francia.
¡Y para esto se ha sacrificado al pueblo español…!
Marruecos y la monarquía
Es creencia generalizada que en Axdir quedó vencida para siempre la independencia del Rif. Grave error. Podrá hacerse, como se ha hecho, que el admirable caudillo Abd-el-Krim pase el resto de su vida desterrado en una isla apartada, en mares remotos, como Bonaparte en Santa Elena; pero la obra del que fue capaz de organizar a un pueblo, y de constituir un Estado, y de vencer ejércitos numerosos, de fijo que ha echado hondas raíces. No pasará mucho tiempo sin que surjan nuevos caudillos que, en esta época propicia, consumen la liberación que estuvo ya a punto de llegar al alcance de la República del Norte de África.
Menos mal: la empresa sobre Marruecos es una aventura monárquica —acaso sería más justo decir que dinástica—; pero nunca un propósito nacional español. El pueblo de España tuvo siempre repugnancias por esta guerra que exhibe un gran crimen internacional.
Optimismo
Todos los grandes pensadores españoles que en los últimos años han venido a tierras de América a verter sus nobles ideales, han estado contestes en proclamar un hecho histórico: el año 98, año de dolor para España, por que durante él perdió a Cuba y con Cuba al resto de sus colonias ultramarinas, fue también para la Madre Patria la iniciación de una nueva era que proyectó más bellos horizontes, con más amplias perspectivas; porque, pasado el momento de la pena por el desastre militar y marítimo, pudo España concentrarse en sí misma y poner toda su voluntad y toda su energía en la obra de su renovación intelectual.
Esperemos que, tras de la loca aventura de Marruecos, se corone la obra iniciada en el 98, con la renovación social y política del pueblo español.
El Nacional, 4 de septiembre de 1930.
Froylán C. Manjarrez
Todas las cosas fingidas caen como flores marchitas,
porque ninguna simulación puede durar largo tiempo.
Cicerón
Orejas de Burro

Cultura es sinónimo de civilización y progreso intelectual
José Sarukhán
Mal de muchos, consuelo de tontos.
Dicho popular
¿A qué mexicano habría que ponerle las orejas de burro? ¿A cuál gobierno debemos culpar por el bajo nivel educativo de la población escolar, mismo que —según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)— nos ubica en el penúltimo lugar de Latinoamérica?
Hay varios responsables. Unos son los tecnócratas que decidieron modificar los programas educativos sin reparar en la importante herencia intelectual de los educadores de México, por ejemplo. Y otros, los voraces e insaciables comerciantes de la televisión que acabaron con el espíritu educativo de nuestra sociedad.
En el proceso de deterioro también habría que incluir a los Salinas, los Zedillos y las llamadas “familias felices”, que antepusieron sus intereses personales a los del pueblo.
Salta a los ojos, pues, que en ese locuaz entusiasmo por incrementar sus cuentas bancarias o hacer más grande a su grupo de cómplices, los tecnócratas y los comerciantes ignoraron el gran esfuerzo educativo de un país que tuvo que sortear la Guerra de Independencia, el conflicto nacido con la Reforma acompañada de la intervención extranjera, el atraso cultural propiciado por el porfiriato y la Revolución, que mandó a la “bola” a casi todos los maestros. Y dudo que haya quien se atreva a justificar el hecho de que mandatarios y empresarios se hayan pasado por el arco del triunfo el avance logrado por, entre otros, los gobiernos de Calles, Obregón y Cárdenas.
No hay duda: las orejas de burro están hechas a la medida para adornar las cabezotas de los tres presidentes tecnócratas que ha tenido México y tres de los empresarios de la televisión abierta. Y, de no ponerse listo, hasta el propio Vicente Fox Quesada podría disputar con sus antecesores y los directivos de las “holdings” televisivas el dudoso privilegio de llevar bien puestos los enormes cartílagos, distintivo, por cierto, de los orgullosos jumentos.
¿Y los maestros?
Simplemente responden al magro salario que perciben.
De ahí, pues, los alarmantes resultados publicados por la OCDE respecto a los bajos niveles de comprensión escrita, matemáticas y ciencias. Y por ello es que la mayor parte de los alumnos de secundaria “carecen de la capacidad de lectura básica…”
Pero lo peor de la calificación de marras es que ésta repercute directamente en las familias mexicanas donde, por desventura, muchos de los padres comparten con sus hijos el vicio de la televisión. Igual afecta a las religiones beneficiarias directas de la ignorancia de sus prosélitos. Y, desde luego, pone en entredicho el publicitado cambio democrático, ya que la mayoría de los votos emitidos no tienen la carga cultural que debería legitimar el poder, porque fueron depositados en la urna en un acto instintivo, no razonado, por simple imitación, pues.
¿Y qué se debe hacer para sacar al buey de la barranca?
El asunto es tan complejo que rebasa al gobierno y a sus festinadas buenas intenciones. Por un lado, porque la ignorancia podría ser catalogada como el principal factor del sexo “irresponsable” que aquí y en China propicia la sobrepoblación. Y, por otra parte, porque esto demanda servicios que deben proporcionarse con inversiones que exceden cualquier presupuesto, circunstancia que obliga al gobierno federal a incrementar los impuestos que el pueblo no puede ni está dispuesto a pagar. Como verá el lector, parece el cuento de nunca acabar o el “galimatías educativo”.
Sin embargo, la solución existe y está al alcance de las universidades del país.
Solo falta que sus rectores se pongan de acuerdo para, sin actitudes protagónicas ni privilegios ni grillas académicas, estudiar y diseñar un programa educativo nacional de largo aliento. No hay de otra.
¿Qué pasaría si todo queda igual?
Lo más probable es que los próximos portadores de las orejas de burro serán nada menos que los rectores de las universidades del país —académicos y científicos—, a quienes les está prohibido eludir la obligación de seguir el ejemplo de los grandes educadores de México.
LA EMBAJADA DE ESPAÑA Y EL NUEVO CONCEPTO DE LA DIPLOMACIA

La elevación al rango de embajadas, de las misiones diplomáticas de México y España, es el coronamiento de una gestión diplomática hábil y oportuna. Por más que habría sido digno de mayor aplauso que el anuncio del propósito del gobierno de México de elevar a embajada su representación en Madrid, se hubiera hecho simultáneamente al reconocimiento de la República Española, no debemos escatimar el elogio que merecen el tino y la diligencia con que procedió nuestra cancillería, primero para lograr que fuera México el primer país del orbe que reconociera a la novísima República, y después para conseguir —con beneplácito de mexicanos y españoles— la elevación a la más alta categoría, de las antiguas legaciones mexicana y española.
La decisión del gobierno de México es doblemente interesante, por el momento en que se tomó y por ser España la primera nación europea ante la cual México acreditará un plenipotenciario permanente con el rango de embajador.
Y como coronamiento de este suceso feliz se anuncia por parte del gobierno español, que el primer embajador de la Segunda República lo será el ilustre periodista don Julio Álvarez del Vayo.
La política internacional de México, de algunos años atrás, se viene caracterizando por la marcada tendencia a señalar preferencias por los pueblos de nuestra propia raza. Ayer —todos los sabemos— la única embajada acreditada por nuestro país, lo era ante la Casa Blanca, como si con ello hubiera pretendido el gobierno atribuir una importancia preeminente a las relaciones de México con los Estados Unidos. Esta fue la característica de la diplomacia de la dictadura del general Díaz.
La revolución, en cambio —como consecuencia del sentimiento de solidaridad racial, que es uno de los fenómenos que exhibe nuestro gran movimiento social y político—, se preocupó por hacer extensivo a la mayor parte de los gobiernos del continente, lo que antes era una distinción reservada a nuestros vecinos del norte.
No se fijó México en las grandes potencias mundiales —Gran Bretaña, Alemania, Francia, el Japón o Italia— para que fuera ante ellas ante quienes se acreditaran embajadas, de la misma suerte que se venía haciendo con Washington, sino que escogió a los pueblos de nuestra propia raza, lengua y cultura, por pequeños que sean y con ello pudo demostrar nuestro país, que el ritmo de la vida de relación en materia internacional no se determina en México por la influencia polarizadora que ejercen las grandes potencias, sino por la interpretación fiel del sentimiento de la colectividad nacional.
¿Cómo era, entonces, que siendo España el tronco racial de donde se han desprendido, como nuevos brotes de vida, las repúblicas hispanoamericanas, no se procuraba establecer cerca de la monarquía borbónica una política paralela a la seguida con los Estados hispánicos de nuestro continente?
La razón es obvia. Las relaciones internacionales en nuestro hemisferio, no se rigen por conveniencias tales como las que imponen la necesidad de proveer alianzas ofensivas o defensivas, del tipo de las que aún tiene que sufrir Europa; por lo contrario, es atendiendo solamente al sentimiento público como se intensifican y se expresan esas relaciones, por medio de los actos externos propios de la diplomacia. Era lógico, en consecuencia, que un país como México, fuertemente peculiarizado por las corrientes de renovación social y política que vienen gobernando nuestra vida interna en las dos últimas décadas, no se inclinara a exhibir extremos de cordialidad y de afecto por una monarquía de tendencias absolutistas, y que cada vez iba apartándose más del sentimiento del pueblo español, que sería, en última instancia, a quien nos interesara complacer con cualquier acto de nuestra diplomacia.
Por más que sea un principio de la más sana y honesta política internacional la no intervención de un Estado en los asuntos internos de otro, no cabe duda que se va abriendo paso de día en día una nueva tendencia que pretende significar —aun cuando no sea por medio de declaraciones oficiales—, la solidaridad de los pueblos y, consecuentemente, de los hombres de Estado, según las tendencias políticas predominantes en los regímenes de gobierno de los distintos países. Más claramente: el advenimiento de una democracia despierta entusiasmos en todos los regímenes democráticos de otros pueblos, como el advenimiento de las dictaduras provoca a su vez entusiasmos en otros regímenes afines. Era natural que Gerardo Machado se afanara primero, y se ufanara después, por la elevación a embajadas las legaciones cubana y española, cuando Primo de Rivera había usurpado el poder implantando su dictadura; como era natural, asimismo, que el propio Primo de Rivera estableciera una embajada en Chile tan pronto como el militarismo de la citada república había emulado al Marqués de Estella derrocando al gobierno constitucional.
En aquella época habría sido deseable, inclusive, que al simple advenimiento de Primo como dictador de España el gobierno de México, sin vana arrogancia, pero obrando con irreprochable firmeza, hubiera retirado a su ministro plenipotenciario de Madrid, dejando a un simple encargado de negocios para la tramitación de los asuntos corrientes que pudieran interesar de verdad a nuestros residentes o “paseantes” por la vieja España.
Obrando con la misma lógica, los gobiernos de México y España expresan hoy con el mismo calor con que ayer lo hicieran los dictadores, las simpatías y las afinidades de tendencias y de emociones renovadoras, que caracterizan o deben caracterizar a dos regímenes de honda raigambre popular y de incontenible afán renovador.
Más aún: la interdependencia de los Estados, que condiciona la vida moderna, va forjando y robusteciendo de día en día, agrupaciones de hombres cuya acción se solidariza pasando sobre las fronteras de cada país.
De igual manera que el obrero crea la Segunda y la Tercera Internacional como organismos de coordinación de los esfuerzos del proletariado; organismos cuya influencia se refleja a menudo en la gestión política de los partidos obreros u obreristas en cada nación; y así como el capitalismo, a su vez, procede de igual suerte para la defensa de sus intereses o privilegios, así también, aun cuando no se haya formalizado hasta hoy, existe la tendencia, (enunciada ya con propósitos de realización por hombres del valer y de la autoridad de Edouard Hèrriot), de formar la Gran Internacional de la Democracia, llamada a fortalecer a los regímenes democráticos y a combatir a las dictaduras, ya sea por medio de expresiones y actos de simpatía y de solidaridad entre los hombres del poder, como los que ahora llevan a cabo las cancillerías de México y España, o por medio de la influencia que ejercen en lo personal, en la prensa y en la tribuna, los estadistas, los escritores y, en suma, cuantos se empeñan porque se afiancen en el mundo regímenes propios de nuestro tiempo y de nuestra civilización.
Este nuevo concepto sobre la política internacional, determina una revolución que debe operarse —y de hecho se opera— en la gestión diplomática. La diplomacia moderna debe expurgarse de los formulismos inocuos que la habían distinguido, para traducirse en una gestión de compenetración, que comprenda por una parte, y exhiba por la otra, el sentimiento de los pueblos.
Necesariamente, si cambia el contenido de la diplomacia, es preciso que cambien también los actores de ella. El diplomático cortado a la antigua, ampulosa figura que vive una vida de representaciones irreales, que está desconectado de las corrientes de opinión que orientan la vida de su país y que se aísla, a la vez, de los centros vitales del país en donde ejerce su misión, debe ceder el paso al diplomático moderno que es el hombre identificado con su pueblo y con el régimen de gobierno al que sirve, y que va como mensajero de un pueblo, a penetrar en el alma de otro pueblo.
Podría ser representante de la monarquía borbónica cualquier duque, señor marqués o señor conde, de prestancia anacrónica, cuya presencia pasara inadvertida para nuestra actividad. Pero para representar a una democracia como la que tan brillantemente se ha instaurado en España, era preciso que fuera designado, como lo ha sido, uno de aquellos hombres que pertenecen a la élite que ha sabido transformar al régimen español.
De igual manera, no podrá nuestra cancillería acreditar ante el gobierno de España a un funcionario como tantos hay, sino a un hombre cuya autoridad lo capacite para transmitir al pueblo español en esta hora trascendente en su historia, el mensaje del pueblo revolucionario de México.
Por esta razón juzgamos que la importancia del hecho de elevar la categoría de las viejas legaciones de México y de España, se corona con la designación como titulares de cada misión diplomática, de hombres de la talla intelectual de don Julio Álvarez del Vayo.
Se completa el cuadro de comentarios que sugieren los hechos que vengo analizando, con la circunstancia de ser un periodista de profesión quien, al incorporarse a la cosa pública de su país, escala la más elevada posición dentro de la diplomacia. Esto significa la importancia que se concede en la democracia española a los valores que representan los periodistas.
Dentro del concepto que de la vida política se han formado los estadistas occidentales, el hecho no es nuevo. En Europa el periodista no es un simple glosador de los sucesos diarios, cuyas opiniones, por trascendentales que sean apenas son leídas por los hombres públicos. Allá cada periodista es realmente un representativo de determinado sector de opinión y un hombre habituado a contemplar los problemas nacionales o internacionales atañederos a su patria. Por esta razón del periodismo surgen generalmente los políticos y los hombres de Estado.
Y del periodismo español, o por mejor decir, de los más destacados rangos del periodismo internacional, es de donde ha salido el señor Álvarez del Vayo, para representar a su patria —hoy más amada que nunca— en nuestro país.
El Nacional, 11 de mayo de 1931.
Froylán C. Manjarrez
El que no se atreve a ser
inteligente, se hace político.
Enrique Jardiel Poncela
La hora de la cita

El verdadero entendimiento consiste en dar valor a los demás.
La Bruyère
Para lenguas y campanas, las poblanas.
Dicho popular.
Déjeme comentarle una gran experiencia, digamos que romántica. El miércoles pasado, a las 7 de la noche, inicié un proceso de conquista: empecé a coquetear con los y las radioescuchas de la 105.9 de frecuencia modulada. Y me aventé como el Borras para decir que desde “La hora de la cita” (así se llama el programa que estará al aire todos los miércoles) intentaré convencer al auditorio de esta nueva alternativa radiofónica, cuyo formato se adaptará a la personalidad de cada uno de los periodistas y comunicadores entrevistados. Por ventura, creo que comencé con el pie derecho. Verá usted por qué:
Mi colega periodista Alfonso Yáñez Delgado fue el padrino de la primera emisión, en la cual hubo otros padrinos externos. Uno de ellos fue el gobernador Melquiades Morales Flores. Otro, el controvertido senador priista Manuel Bartlett Díaz. El tercero, el también senador panista Francisco Frayle García. Y para cerrar la emisión llamó Rafael Moreno Valle Rosas, secretario de Finanzas y Desarrollo Social del gobierno poblano y aspirante a la gubernatura de Puebla. Los cuatro fueron entrevistados por el invitado, o sea Alfonso. Y a reserva de hacerlo en tiempo y forma, aprovecho este espacio para hacer todas las llamadas que, por el “verdugo tiempo”, no pudieron pasar al aire.
De esas entrevistas no anunciadas surgieron temas que seguramente tratará en sus columnas el colega Yáñez.
Un adelanto:
Manuel Bartlett Díaz: la investigación que está haciendo el PRI respecto al financiamiento extranjero recibido por los “Amigos de Fox” (puede interpretarse como una respuesta a la denuncia sobre la corrupción en Pemex).
Francisco Frayle: el conflicto legal que enfrenta el Órgano Superior de Fiscalización del Congreso local con la Universidad Autónoma de Puebla, debido a que José Marún y Enrique Doger son primos hermanos, además de que el primero también fue rector de la misma universidad.
Melquiades Morales Flores: la necesidad de nombrar un ombudsman para que medie entre los ciudadanos y la prensa, decisión que deben tomar los propios poblanos.
Debo reconocer que enfrento un severo problema para poder persuadir a los radioescuchas: en el cuadrante existen varios comunicadores que, con trabajo, ética, profesionalismo, ingenio y talento, han logrado posicionarse en este importante mercado. No obstante, estoy decidido (y he aquí mi romanticismo) a que “La hora de la cita” se convierta en un espacio de interés para radioescuchas y radionautas. Confío, pues, en que los miércoles de siete a ocho de la noche sintonicen la 105.9, tanto usted como aquellos que gusten navegar por el cuadrante de la frecuencia modulada (FM), buscando noticias o programas que les informen o diviertan. Estoy seguro de que mis invitados me ayudarán a convencerlos de que “La hora de la cita” es una buena alternativa para informarse y conocer la esencia del periodismo.
Aclaro que no le haré al Orson Welles, es decir, que me abstendré de utilizar la ciencia ficción (o política ficción) para lograr un efecto parecido al que tuvo la adaptación de “La guerra de los mundos” a un hecho real, programa radiofónico que —como se sabe— el 30 de octubre de 1938 provocó pánico entre los oyentes de Nueva York e hizo más popular al entonces actor de teatro y después protagonista de “Ciudadano Kane”. De ninguna manera. Aunque usted no lo crea, a pesar del gran parecido, pues por muy voladores que sean, los políticos nada tienen que ver con los ovnis o los marcianos.
Tampoco buscaré la imitación como método para ganar audiencia. Dios me libre. La intención es ser originales y eludir cualquier parecido con los “talk shows” como el de Cristina, a cuyo ingenio le debemos la frase que han hecho suya muchos indiscretos: “Secreto que no se divulga, envenena”.
Para concluir esta publicidad personal (si no la digo, reviento) hago la siguiente reflexión:
Desde que la palabra permitió a los hombres y mujeres intercambiar información de manera intuitiva primero y después con sonidos articulados guturalmente, hasta la creación del lenguaje, la comunicación ha sido el vínculo integrador de la humanidad. Sin comunicación el hombre no tendría historia y tampoco habría comunidad, es decir, “universalidad en el más alto sentido del entendimiento y comportamiento humanos”.
De ahí que me haya entusiasmado la posibilidad de ganar su corazón llegando a su inteligencia a través de sus oídos y, al mismo tiempo, por sus ojos lectores.
Siete meses después, el programa “La hora de la cita” cambió de semanal a diario, o sea, de lunes a viernes, por varios años.
UNA AVENTURA MONÁRQUICA NO UN PROPÓSITO NACIONAL

Impresiones de Tánger y examen del problema de Marruecos
De entre las grandes impresiones que recogí en mis andanzas fuera de mi país, pocas, o acaso ninguna, tan honda como el recuerdo de la guerra de Marruecos, sostenida con cruel afán en contra de un pueblo que anhelaba estructurar su vida jurídica, y hacer reconocer su soberanía, y vivir pacífica e independientemente en el concierto internacional: el pueblo del Rif.
En los últimos meses de 1926, y en vísperas de que se desencadenara, como un huracán, la ofensiva vigorosa de los ejércitos del caudillo insurgente Abd-el-Krim; ofensiva que liberó por algunos meses a la ciudad santa de Xauen y a la mayor parte del territorio del norte de Marruecos de la dominación española, y que estuvo a punto de culminar en el reconocimiento de la autonomía del Estado del Rif; en aquellos días, digo, en que el pueblo español se inquietaba ante la perspectiva de que llamara a filas a las clases más jóvenes, para conducirlas a la hornaza de una guerra tan despiadada como injusta, un puñado de hombres representativos de la conciencia española, se reunió en juntas revolucionarias para dar al traste con la dictadura del teniente general don Miguel Primo de Rivera, estableciendo como uno de los capítulos del programa que habría de desarrollar el nuevo régimen, la terminación inmediata de la guerra de Marruecos, la constitución del protectorado en los planos de soberanía —Ceuta, Melilla y Larache— situados en la costa de África, el abandono de los territorios sometidos al protectorado de España y el reconocimiento de la autonomía o de la independencia del nuevo Estado del Rif.
Movido por un impulso romántico, propio del espíritu revolucionario de nuestro país, acepté ir a Tánger para introducirme por allí hasta el campamento del jefe rifeño, a efecto de promover en nombre de la junta revolucionaria de España la suspensión de las operaciones militares, para dar ocasión a que se desarrollaran en la Península los acontecimientos que habrían de dar fin a la dictadura, con la seguridad de que el nuevo régimen otorgaría lo mismo por lo que tanto afán luchaba el pueblo marroquí.
Y fui a Tánger. Pero la embellecedora misión con que me honró la junta revolucionaria española, no pudo llevarse a buen término. Apenas iniciados los preparativos para hacerme conducir hasta el campamento del caudillo de la insurrección, éste desplegó su formidable ofensiva sobre las posiciones españolas. Ya no pude detenerse la guerra. Un enviado de Madrid me comunicó instrucciones de la junta, y di por terminada mi proyectada aventura.
Pero ha llegado la oportunidad de que —periodista al fin—, comunique a los lectores de mi país mis impresiones de viajero por aquellas tierras heroicas de África, como prólogo de un análisis suscinto sobre el problema internacional que envuelve la tragedia de un pueblo cuya libertad fue ahogada en sangre por la potencia militar, no diré que de Francia ni de España, sino de los Estados español y francés.
Elogio de Tánger
Tánger es una encantadora ciudad, arrebatada hace poco más de una veintena de años a la potestad de su amo imperial. Encargada su administración a los cuidados de delegaciones extranjeras, se ha salvado de servir de campo propicio a las guerras que azotaron a la patria del gran Abd-el-Krim. Cuando el valeroso guerrero moro, que peleaba en las montañas del Rif o en las llanuras del Uergha, se abatía y se desangraba ante las embestidas, más que de los españoles, de esos otros hombres sin patria, sin alma, sin conciencia y sin moral, que formaban los cuadros de los tercios extranjeros, Tánger se le ofreció amorosamente para que en su regazo curase sus heridas, para que tomara nuevos impulsos, para que renovara su fe en los destinos de su raza…
Tánger, ciudad que se alza, cabe un ancho risco de la costa noroeste de África y que se extiende también como paraje de quietud y de poesía, como exponente de un arte magnífico que no quiere ni puede morir, se ha salvado de la guerra merced a la intransigencia anglo-franco-italiana, que no deja su suerte al libre albedrío del Estado español.
¿Qué habría sido de ella en caso contrario?
La apacible ciudad, donde se desliza suavemente la vida de moros, israelitas y europeos, dentro de un ambiente de melancolía y casi de olvido, no habría desconocido, como el resto de sus hermanas, la tragedia de una guerra no sujeta a los límites que marcan los principios del derecho de gentes, y dirigida por hombres que no piden ni dan cuartel.
Tánger, lugar de libertad, propicio a los hombres que tienen el gesto de reclamar un mundo mejor y más justo, tendría un nuevo amo; y Tánger, ciudad que pudo cobijar a los campeones de su raza, se habría convertido en cuartel para sus enemigos, y en prisión, martirio y cadalso para los suyos.
Locura y vanidad
Si yo no supiera que hubo mucho de grotesco en todo ese drama, en que han naufragado los valores morales que quisiéramos ardientemente nimbaran siempre la gloria de España, haría un esfuerzo por penetrar en el arcano de los designios del Estado español. Pero desgraciadamente, cuando se contempla la génesis y el curso que siguió el problema de Marruecos, sólo locura y vanidad puede advertirse.
Para aquellos jefes de gobierno que basaron su estabilidad en el apoyo de la fuerza armada y en la gracia del soberano, seguramente que constituía una bella ilusión poder ofrecer Tánger como una joya que colocar en la corona del monarca, y después repetirle estas bien conocidas palabras de adulación: “Señor: Tú pasarás a la historia con el nombre de don Alfonso el africano.”
Pero no se ha tomado, para ello, la medida del tiempo.
Tánger no quiere decir solamente el propósito de dominio que abrigó el Estado español sobre esta ciudad. Tánger traduce el empeño suicida, de afirmar la conquista del norte de África. ¡Y ya hace buen rato que pasó la hora de las conquistas!
Estamos en una época en que todos los pueblos se van sintiendo mayores de edad. Los imperios coloniales más sólidamente constituidos, sufren grandes quebrantos, si no se desquician. Las metrópolis dirigidas por estadistas —no por soldados de fortuna— no piensan sino en hallar la mejor manera de ceder, porque saber ceder en estos momentos, tiene la importancia vital que en otros siglos tuvo saber conquistar. Y la metrópoli que no sabe ceder, conocerá una vez más la amargura de ser arrojada sin consideración ni piedad.
La razón del conquistador
Jamás una empresa de conquista tuvo por móvil la generosa idea de llevar las luces de la civilización a los pueblos atrasados. Si es verdad que los adelantos del mundo occidental han llegado con las prédicas de los misioneros apoyadas por la espada de los aventureros, podrá considerarse esto como una consecuencia, pero no como un alto ideal de humanidad concebido previamente. La conquista se ha hecho siempre como un medio de adquirir fuertes ventajas económicas y políticas para el conquistador. Si no hubiera una riqueza que explotar; si no existiera un punto estratégico que defender; si no se conocieran tantas inocuidades que se toman como razones de “prestigio”, no se hallaría tampoco, seguramente, la entidad dispuesta a acometer una tal empresa… ¡por realizar una misión apostólica…!
Planteado en este terreno el problema, es fácil explicarse las angustias y trabajos de los gobiernos metropolitanos, en esta hora en que la tendencia autonomista de las antiguas colonias constituye la más seria amenaza para la economía de los imperios. Este es el caso de Inglaterra, y de Francia, por ejemplo. Porque mantener un vínculo, por débil que sea, desde un punto de vista político con la colonia, el dominio o como quiera llamársele; vínculo que se traduzca en la posibilidad de adquirir materias primas y cereales baratos, significa la vida de la metrópoli.
Ellas se han creado el problema.
¡Allá ellas con las consecuencias…!
¡Pero España…!
España protectora supervisada
¡Pobre España! En esta desdichada aventura de Marruecos sólo le fueron reservados los trabajos y las responsabilidades; ni un solo aliciente para su esplendor; ni una perspectiva para su grandeza; ni siquiera el tratamiento que la colocara al nivel de las potencias.
En efecto; en los buenos años en que las potencias se distribuían bonitamente el dominio sobre las tierras de África; Inglaterra y Francia, para poner fin a las diferencias que entrañaban sus mutuos actos de conquista, decidieron, a espaldas de todos, asignarse: Inglaterra, libre acción sobre Egipto; Francia, lo mismo sobre Marruecos, además de otros obsequios de botín sobre Tierra Nueva, Siam, El Níger, etcétera, por medio del acuerdo anglo-francés del 8 de abril de 1904.
Pero como para llevar Inglaterra sus escuadras al Mediterráneo tropieza con el paso obligado del Estrecho de Gibraltar a cuya margen sur se encuentran las fronteras nórdicas de Marruecos, no podía admitir la consolidación de un poderío de la fuerza del poderío francés. Se pensó, entonces, en hallar quien cargara con el puesto de gendarme inofensivo y apostado en esas áridas peñas…
Y fue el Estado español el que aceptó ingenuamente el 8 de octubre del mismo año, lo que a bien tuvieran arreglar con antelación las otras potencias.
Por lo demás, el Acta de Algeciras, los arreglos franco-alemanes, el tratado de Fez que consagra el protectorado de Francia sobre Marruecos, los diversos acuerdos franco-españoles, no son sino las sucesivas etapas de realización del propósito original.
Y allí está España, sobre un pequeño territorio rocalloso, inhospitario, que nada de bueno significa para su patrimonio económico, después de haber tenido que sostener una guerra impía contra un pueblo de guerreros que en estos momentos parecen dominados, pero que en realidad están decididos a liberarse, lo mismo del sultán que de quien quiera sustituirlo; allí ha estado España, gastando lo mejor de su juventud, sus recursos financieros y, lo que es más, el prestigio con que pudiera hoy hablar al mundo, como nación que fue creadora cuando era preciso crear nacionalidades pero que se convirtiera en libérrima cuando los pueblos buscaron su libertad.
¡Ah! ¿Pero sabéis que con toda su responsabilidad, España no tiene, jurídicamente autoridad completa sobre el territorio asignado a su protección?
Pues no es de otro modo. El sultán continúa como jefe del imperio marroquí en toda su extensión territorial. España lo reconoce así, y se obliga, por ende, a someter la nominación de los más altos funcionarios moros a la aprobación de Su Majestad xerifiana. Y como Su Majestad xerifiana, a la vez, se halla sometida —en este caso sí totalmente— a las determinaciones del alto comisario francés, resulta España— protectora, supervisada por el alto comisario de Francia.
¡Y para esto se ha sacrificado al pueblo español…!
Marruecos y la monarquía
Es creencia generalizada que en Axdir quedó vencida para siempre la independencia del Rif. Grave error. Podrá hacerse, como se ha hecho, que el admirable caudillo Abd-el-Krim pase el resto de su vida desterrado en una isla apartada, en mares remotos, como Bonaparte en Santa Elena; pero la obra del que fue capaz de organizar a un pueblo, y de constituir un Estado, y de vencer ejércitos numerosos, de fijo que ha echado hondas raíces. No pasará mucho tiempo sin que surjan nuevos caudillos que, en esta época propicia, consumen la liberación que estuvo ya a punto de llegar al alcance de la República del Norte de África.
Menos mal: la empresa sobre Marruecos es una aventura monárquica —acaso sería más justo decir que dinástica—; pero nunca un propósito nacional español. El pueblo de España tuvo siempre repugnancias por esta guerra que exhibe un gran crimen internacional.
Optimismo
Todos los grandes pensadores españoles que en los últimos años han venido a tierras de América a verter sus nobles ideales, han estado contestes en proclamar un hecho histórico: el año 98, año de dolor para España, por que durante él perdió a Cuba y con Cuba al resto de sus colonias ultramarinas, fue también para la Madre Patria la iniciación de una nueva era que proyectó más bellos horizontes, con más amplias perspectivas; porque, pasado el momento de la pena por el desastre militar y marítimo, pudo España concentrarse en sí misma y poner toda su voluntad y toda su energía en la obra de su renovación intelectual.
Esperemos que, tras de la loca aventura de Marruecos, se corone la obra iniciada en el 98, con la renovación social y política del pueblo español.
El Nacional, 4 de septiembre de 1930.
Froylán C. Manjarrez
Todas las cosas fingidas caen como flores marchitas,
porque ninguna simulación puede durar largo tiempo.
Cicerón
Orejas de Burro

Cultura es sinónimo de civilización y progreso intelectual
José Sarukhán
Mal de muchos, consuelo de tontos.
Dicho popular
¿A qué mexicano habría que ponerle las orejas de burro? ¿A cuál gobierno debemos culpar por el bajo nivel educativo de la población escolar, mismo que —según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)— nos ubica en el penúltimo lugar de Latinoamérica?
Hay varios responsables. Unos son los tecnócratas que decidieron modificar los programas educativos sin reparar en la importante herencia intelectual de los educadores de México, por ejemplo. Y otros, los voraces e insaciables comerciantes de la televisión que acabaron con el espíritu educativo de nuestra sociedad.
En el proceso de deterioro también habría que incluir a los Salinas, los Zedillos y las llamadas “familias felices”, que antepusieron sus intereses personales a los del pueblo.
Salta a los ojos, pues, que en ese locuaz entusiasmo por incrementar sus cuentas bancarias o hacer más grande a su grupo de cómplices, los tecnócratas y los comerciantes ignoraron el gran esfuerzo educativo de un país que tuvo que sortear la Guerra de Independencia, el conflicto nacido con la Reforma acompañada de la intervención extranjera, el atraso cultural propiciado por el porfiriato y la Revolución, que mandó a la “bola” a casi todos los maestros. Y dudo que haya quien se atreva a justificar el hecho de que mandatarios y empresarios se hayan pasado por el arco del triunfo el avance logrado por, entre otros, los gobiernos de Calles, Obregón y Cárdenas.
No hay duda: las orejas de burro están hechas a la medida para adornar las cabezotas de los tres presidentes tecnócratas que ha tenido México y tres de los empresarios de la televisión abierta. Y, de no ponerse listo, hasta el propio Vicente Fox Quesada podría disputar con sus antecesores y los directivos de las “holdings” televisivas el dudoso privilegio de llevar bien puestos los enormes cartílagos, distintivo, por cierto, de los orgullosos jumentos.
¿Y los maestros?
Simplemente responden al magro salario que perciben.
De ahí, pues, los alarmantes resultados publicados por la OCDE respecto a los bajos niveles de comprensión escrita, matemáticas y ciencias. Y por ello es que la mayor parte de los alumnos de secundaria “carecen de la capacidad de lectura básica…”
Pero lo peor de la calificación de marras es que ésta repercute directamente en las familias mexicanas donde, por desventura, muchos de los padres comparten con sus hijos el vicio de la televisión. Igual afecta a las religiones beneficiarias directas de la ignorancia de sus prosélitos. Y, desde luego, pone en entredicho el publicitado cambio democrático, ya que la mayoría de los votos emitidos no tienen la carga cultural que debería legitimar el poder, porque fueron depositados en la urna en un acto instintivo, no razonado, por simple imitación, pues.
¿Y qué se debe hacer para sacar al buey de la barranca?
El asunto es tan complejo que rebasa al gobierno y a sus festinadas buenas intenciones. Por un lado, porque la ignorancia podría ser catalogada como el principal factor del sexo “irresponsable” que aquí y en China propicia la sobrepoblación. Y, por otra parte, porque esto demanda servicios que deben proporcionarse con inversiones que exceden cualquier presupuesto, circunstancia que obliga al gobierno federal a incrementar los impuestos que el pueblo no puede ni está dispuesto a pagar. Como verá el lector, parece el cuento de nunca acabar o el “galimatías educativo”.
Sin embargo, la solución existe y está al alcance de las universidades del país.
Solo falta que sus rectores se pongan de acuerdo para, sin actitudes protagónicas ni privilegios ni grillas académicas, estudiar y diseñar un programa educativo nacional de largo aliento. No hay de otra.
¿Qué pasaría si todo queda igual?
Lo más probable es que los próximos portadores de las orejas de burro serán nada menos que los rectores de las universidades del país —académicos y científicos—, a quienes les está prohibido eludir la obligación de seguir el ejemplo de los grandes educadores de México.
Si tienes la idea que revolucionará el mundo, recuerda que sin un plan de negocio, capital, asesoría fiscal y disciplina, podrías tenerlo todo… y no lograr nada...
Ahí reside el verdadero peligro: no es solo ser menos eficientes, es volverse irrelevantes...
