Opiniones

Grid List

El poder desgasta sólo a aquel que no lo tiene.

Giulio Andreotti

¿DE PRESIDENTE A MAYORDOMO?

Vicente Fox, en compañía de su vocera, recorre las habitaciones de Los Pinos. Ve, pregunta y palpa el inventario que forma parte del aposento presidencial.

—Oye, chaparrita —le dice cariñoso a doña Martha—, coméntale a los muchachos que me cambien el colchón de la cama donde voy a dormir. Se me van a salir las patas y además está salado. Fúchila: aquí durmió Zedillo y puede ser que hasta su consorte, la señora que camina como perico en alfombra.

—No te preocupes, presidente —contestó riéndose la señora—, me encargaré de que tus noches sean agradables. Por ahí tengo una amiguita que vende blancos muy nice. Ahorita mismo la llamo para que mañana esté lista la muda de la cama y duermas calientito.

—Pero lo que me urge es el colchón. ¡Ya te dije que no quepo!

—Ya lo sé, mi cielo. Mientras lo consigo o lo mando hacer, te ponemos un banquito de emergencia —bromeó—. Ni modo que te traigas el de San Cristóbal con todo y las chinches, las garrapatas y hasta las tepopoxtas que no te dejaban dormir.

—Ah, qué mujer… Si no fuera por estos ratos. Acuérdate de decirle al chef que, después de que cante el gallo, me haga mi cafecito de olla.

—Hecho, señor. Así será. De paso le pido una tetera, porque ya sabes que a mí me gusta tomar té.

—Ay sí, muy inglesa, ¿no?

TRES DE DICIEMBRE DEL 2000

El caos en la residencia oficial. Entran y salen llamadas, telefonazos, recados, mensajeros y proveedores. La misión: encontrar la ropa de cama adecuada para el colchón súper king-size ortopédico; adquirir las sábanas para la futura reina presidencial; comprar toallas bordadas con estilo, almohadas blanditas y frescas, y una colcha con tacto de pétalo de rosa; el juego de té y las cortinas con cierre de emergencia y control remoto —por aquello de las dudas—, y varios sillones y algunos muebles destinados a la cabaña donde la vocera presidencial dormirá el sueño de los justos…

—Háblale a doña Pituca Chevalier… Mi compadre Limantur es el gerente del Palacio… Pedrito Corcuera tiene una importadora… En Santa Fe vi los colchones especiales… Cuidado con los edredones que les meten pluma de guajolote tierno por ganso… No vayan a ir de compras a la Lagunilla y menos a la fayuca… El juego de té debe ser plateado, porque aguanta más y no se pone prieto… Cumplan la normatividad y pidan facturas con registro… Sean discretos…

… que, como éstas, fueron algunas de las órdenes que pusieron en acción al personal de confianza del nuevo mandatario. Y que los encargados de las compras actuaron con la lealtad y la eficiencia que exigía tamaña responsabilidad.

Sin embargo, por las prisas, o la inexperiencia, o el provincianismo, o el pánico escénico, o las urgencias, o la ambición —vaya usted a saber—, se propició que parte de lo comprado se amparara con facturas apócrifas; es decir, emitidas por una empresa cuya dirección y teléfono no existen o, concediéndole el beneficio de la duda, nunca encontraron por fallas en la impresión esos datos.

Todo ello invita a ver como chunga foxista los hechos que, en el contexto nacional y republicano, no deberían tener ninguna importancia. Imagínese el lector que el equilibrio del país dependiera de esas sábanas importadas con un costo de 38 mil pesotes, o de las toallas bordadas, o del juego de té plateado, o de los colchones de 20 mil morlacos.

La verdad, son asuntos de interés doméstico que, estoy seguro, ya pasaron por las manos de los anteriores presidentes, quienes, además de vivir como reyes, se gastaron la lana del pueblo sin más límite que su cochina conciencia.

Lo delicado del asunto está en la chambonería del grupo que gobierna al país, actitud que, una vez más, pone en entredicho su capacidad para responder a los temas nacionales e internacionales que, bien o para mal, afectan el desarrollo y la estabilidad social de los gobernados. Es absurdo, pues, que las tribunas y los foros se utilicen para aclarar lo que con un escueto boletín podría explicarse. Y debería avergonzarnos que a nuestro presidente se le dé trato de mayordomo de la residencia oficial.

CUALQUIER DÍA DEL AÑO 2001

—¿Qué crees, “Chente”? —dijo preocupada la vocera—. Me pasaron un tip: dicen que la prensa nos va a golpear por haber comprado los blancos, las toallas, los colchones y…

—No te aflijas, mujer —respondió el comprensivo jefe—. Estos gastos forman parte de las prerrogativas del presidente y son una bicoca que apenas modifica las últimas cifras de la partida secreta. Pero, para que no exista duda ni haya malos entendidos, dile a Barrio que legitime la compra, que la meta en internet y que oriente a su gente para que lo contabilice con los gastos de Los Pinos.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

BASILIO VADILLO*

Cuando nos acercamos a la figura de un contemporáneo cuya vida cruzó bajo las mismas borrascas que la nuestra, el juicio casi siempre naufraga en la pasión y sufre desilusiones por la cercanía. La proximidad nos induce a considerar como principal y necesario en la obra sometida a temprano examen, lo que quizá no fue sino accesorio y contingente. Sólo al correr de los años se apaga la ofuscación del sentimiento y se aclara la perspectiva.

El deshielo del tiempo va enfriando rescoldos y enjugando el perfil del hombre de todo cuanto es redundante y borroso; y en el horizonte de la posteridad se yergue, entonces, la figura prócer, inmovilizada en aquel momento de su vida en que mereció el bronce libre ya de lo perecedero y redimida para la inmortalidad.

Nos encontramos ante el caso singular de un coetáneo que supo ajustar su recia vida a líneas esenciales, que purificó su acción con la linfa del pensamiento. Nada hubo de incierto en esa mente lúcida; ni de vacilante en esa adamantina voluntad; ni de turbio en esa ética austera. Por eso podemos aquilatar a Basilio Vadillo, nosotros que hoy ocupamos en El Nacional el sitio que él enalteció con su presencia; por eso le rendimos pleitesía, los de aquella casa de trabajo que fue la suya, en esta hora cenital de una jornada renovadora cuyo amanecer le sorprendió entregado a tareas de justicia y de cultura.

* Oración fúnebre de Froylán C. Manjarrez, entonces director de El Nacional, a Basilio Vadillo

Sólo en ese concepto puede con honestidad intentar un elogio funerario, quien no cree que el hecho natural de la muerte deba llevarnos a proclamar excelencias en los desaparecidos.

Nuestro noble compañero de lides no fue caudillo militar, ni ídolo de multitudes; su imagen no llegó al pueblo aureolada por el fuego de las victorias bélicas, ni sus relieves se nimbaron de heroicidad guerrera. Y sin embargo, se registró inusitado movimiento nacional para recibir sus despojos mortales, y se percibe amplio concierto de voluntades para rendir uno de los primeros homenajes a un héroe civil: tal fue Vadillo.

Es que ha germinado en nuestra nacionalidad la simiente que él dispersó a los vientos, con mano infatigable y robusta, desde la tribuna, la cátedra, el periódico, el libro.

Asistimos a la consagración de un hombre que fue, por antonomasia, un pensador dentro de la revolución.

Ahondemos en los veneros de su espíritu, atalayemos los campos donde desplegó sus actuaciones públicas, y dondequiera hemos de comprobar esa fuerza segura de sí misma, esa ponderada valentía ajena al instinto, que sólo comunica a los hombres el pensamiento, cuando lo ejercen por vocación vital, como disciplina y como apostolado.

Un pensador, y de la más rara y fecunda estirpe. Porque su temperamento —el de un alma vuelta hacia sus propias honduras—, su razón fría, su nutrido saber, no le inmovilizaron en actitudes teóricas, ni le diluyeron en sutilezas, ni le encastillaron en egoísmos. Esteta: dio el brillo de su verbo, en el mitin y en el Parlamento, a la causa de las libertades públicas. Educador: prefirió la escuela rural a la cátedra universitaria. Doctrinario: derramó su luz para esclarecer las cosas que las multitudes sólo intuitivamente perciben. Poseedor de una cultura bien organizada: jamás la capitalizó en su beneficio, pues la aportaba a mano abierta para contribuir con ella al ideario de la revolución.

Basilio Vadillo no suscitó odios, ni alimentó enconos. Hablaba un lenguaje de elevación nada común; sostenía en sus debates el tono que traslada la más encendida de las contiendas al dominio de los principios, en cuyo ámbito chocan las ideas, y los hombres sólo son heridos por fenómeno reflejo inevitable en la liza política.

Su personalidad aparece como trasiego de otras épocas, con ser tan avanzados sus afanes. La convivencia en los escaños del Congreso, el trato diario, la comunidad de convicciones, me permitieron descubrir en él raras semejanzas con los precursores y los paladines de nuestra primera Reforma. Como el doctor Mora, Vadillo aceró sus rebeldías y contrastó sus impulsos libertadores en la asfixiante atmósfera de un seminario, para batir más tarde en todos los frentes al enemigo que le había aprisionado en sus primeros años. Como Melchor Ocampo, fundió la sencillez y la bondad con la entereza. Como Ignacio Manuel Altamirano, escaló las cumbres de la elocuencia y desde ahí defendió a los oprimidos.

Todo ello sin jamás rebajar su ley de pensador.

El parlamentario

Quiero formar mi oración con impresiones de primera mano, con recuerdos personales de un compañero de luchas cívicas que se elevó sobre el nivel medio apenas tuvo oportunidad de dar a conocer sus capacidades.

En la XXVII Legislatura —la legislatura cumbre de la era posterior al Congreso de Querétaro— penetramos juntos a militar en el mismo frente. Habíamos llegado sin relieves y sin nombradía, levantados a la escena nacional por el voto primigenio de las multitudes provincianas, por el sufragio depositado en las urnas con las manos todavía ardidas por la pólvora de los grandes combates.

En aquella asamblea de limpio origen popular, donde cuajaron los valores radicales que habían hecho sus primeras armas en el Constituyente, los grupos más avanzados pugnaron por esclarecer el contenido social del movimiento triunfante, en la legislación orgánica de la nueva Carta Fundamental. Y en esa tarea, al través de jornadas inolvidables, la palabra de Basilio Vadillo dejó escritos inmarcesibles capítulos.

El incipiente tribuno se destacó, entonces, como el organizador y el ideólogo que fue desde siempre.

Con Vadillo formamos un pequeño grupo de estudio y de combate doctrinario. Por primera vez en el Congreso de México, el marbete socialista fue ostentado por un bloque parlamentario. Allí estuvo el brote de la dialéctica en que habían de concretarse con el tiempo los postulados clasistas de la revolución; allí comenzó a sonar el léxico que habría de expresarlas con propiedad. Hasta entonces, las aspiraciones del pueblo eran proclamadas en lenguaje tomado del liberalismo en disolución; se las defendía con razones casuistas que no correspondían a un concepto integral ni a una elaboración sistemada; se las encerraba en fórmulas empíricas, como fatalmente había de acontecer en un país donde el movimiento renovador no obedeció a planes teóricos preconcebidos.

Y es hora de hacer honor al mérito de Vadillo, declarando que él fue el primer representante popular que en nuestro país proclamó como valedera la tesis del socialismo de Estado.

Ya con estatura de gran parlamentario, como líder del Partido Liberal Constitucionalista —a menudo en pugna con sus propios compañeros de partido— el socialista dominaba con su ánimo al político militante.

Adviene la XXVIII Legislatura. Caso inusitado hasta entonces en la era revolucionaria, el secretario de Gobernación interviene directamente e indebidamente para integrarla. Vadillo se presenta al amparo de irreprochable credencial, y es desde luego, por derecho propio, el jefe de la diezmada minoría radical de la oposición. Con esta autoridad moral, emprende sin demora brava defensa de sus correligionarios, excluidos al introducirse el cinismo en la política.

Esa minoría comenzó a formar en el Parlamento la corriente que en pocos meses habría de despeñar sus aguas broncas, arrasando el dique de un gobierno moderado. En la cresta de su oleaje, se hallaba un caudillo de nombradía sin paralelo, en quien se cifraban las mejores esperanzas de renovación social: el general Álvaro Obregón.

En aquella etapa, obregonismo era bandera para quienes exigían que la revolución se mantuviera fiel a su destino histórico. El presidente Carranza —ante cuya patricia estampa me inclino, sobre todo cuando recuerdo al ilustre primer jefe del Ejército Constitucionalista— no podía agregar ese mérito a los suyos propios, porque no lograba entender cosas que no eran de su tiempo.

Vadillo oposicionista, llegó entonces a ser, como orador en la tribuna del pueblo, como periodista en las columnas de El Monitor Republicano —confiado a su talento dirigente— acaso el más conceptuoso ordenador del pensamiento revolucionario renovado.

El estilista

Vadillo fue un estadista. En el fragor parlamentario de la XXVII, el país presenció el final esplendoroso de una escuela de elocuencia y el advenimiento de la oratoria moderna.

Jesús Urueta, el consagrado príncipe de la palabra, era a la par el último y el más fulgurante ejemplar de la oratoria supercastellana. Su elocuencia dionisíaca, tropel de imágenes transportadas de la Hélade en vuelo milenario; su verbo, esmaltado por una cultura humanista y envuelto en el ademán grandilocuente y magnético que había arrastrado a las multitudes en la alborada de 1910, aún nos conmovía, pero dejaba ya de convencernos.

Empalmándose con Urueta en el tiempo, Vadillo y García Vigil irrumpían en el paisaje de nuestros modos de acción parlamentaria, con dialéctica apretada de razonamiento, con lógica férrea, con sobria elegancia en la expresión, que convencían antes de conmovernos, que imantaban antes que deleitarnos.

Recuerdo a Vadillo en la tribuna. Rostro impenetrable, adusto. Ademán ni de montañés, ni de girondino. Arquetipo de líder nacional, que adunaba el recatado orgullo de la provincia y el anhelo de auténtica vindicación popular, a las elaboraciones universales del razonamiento científico. Cáustico y pulcro, crítico y afirmativo, era síntesis admirable de antinómicos atributos.

Jamás dejó de ser un provinciano. Hombre de selección que nos demuestra cómo es la provincia donde late el más profundo sentido de nacionalidad.

Y su estilo se difunde como nueva voluntad de forma por múltiples canales; la prensa, el ensayo, la novela de costumbres, la poesía.

El hombre

Integridad como la de Vadillo no admite reproche. En su espíritu no había lugar para los afanes desmandados de poder, ni para la tentación de las riquezas. La codicia le era de tal modo extranjera que no osaba acercarse a los caminos de su vida. Incapaz de una claudicación por conservar poder, ni de una flaqueza para lograr favores, incluso ante la fama guardó su indiferencia.

En una época en que el movimiento revolucionario —no en lo que tiene de afán generoso de transformación, sino en lo que arrastra como fenómeno perturbador— hizo que los hombres rompieran atropelladamente las vedas de su deber; —entonces— Vadillo ilustró en rango delantero el cuadro de las personalidades limpias de concupiscencias.

El revolucionario

Revolucionario, Vadillo se desprende de la generalidad por la rara característica que apunté en el principio: era, ante todo y sobre todo, un pensador.

En los años tempestuosos de la lucha armada, caudillos militares —producto del genio popular— jugaron las primeras partes. Acaso la más importante tarea confiada a los civiles, fuera el periodismo de propaganda y de combate.

Es interesante constatar, además, que a pesar de la más extensa y trepidante perturbación de cuentas haya podido registrar nuestra historia, el pueblo alzado en armas se preocupara por organizar la educación rural dondequiera que la insurgencia se asentaba en triunfo. Vadillo, entonces, militó como periodista y ejerció como maestro.

Hecho singular: en los primeros pasos por la senda de su dual vocación, había fundado en su pueblo natal una escuela rural y un periódico que la complementara. Apuntaba así el maestro como líder social.

La vida de los campesinos, privada de dignidad humana, página anacrónica de un feudalismo viejo de cuatro siglos, suscitó las primeras rebeldías del que a la sazón era un maestro joven.

Desde aquel germinar ignorado en el agro del periodismo, Vadillo vio a nuestra profesión como una cruzada para rescatar al hombre del dominio de sus explotadores. Corresponsal del Diario del Hogar —valiente hoja precursora—, denunciaba injusticias y sufría persecuciones.

Años después, ya en la reciedumbre de la brega, se incorpora al cuerpo del Ejército del Noroeste, y lo vemos reaparecer en Colima, como director de Educación, fundando a las veces un bisemanario de combate y estableciendo la Casa del Obrero Mundial.

Pero donde cuaja en madurez fecunda al par que en acerado temple, es en El Monitor Republicano, en la nueva borrasca de 1920. El periódico que se encomienda a Vadillo es el portavoz del radicalismo que se encrespa, hasta conquistar el poder. Cuando llega como fundador a la dirección de El Nacional Revolucionario, al cabo de una década, su pensamiento se ha serenado, su estilo se muestra terso y compacto. A la voz tronante del parlamentario, a los arrestos del periodista radical de oposición, ha sucedido el tono mesurado, la exposición doctrinal. Un aliento de hondura, de prestancia a su prosa. Afanes constructores, encuadrados en el concepto orgánico de nuestras instituciones, guían al pensador hacia los objetivos generosos por cuyo alcance ardió toda su existencia. Con vigor sostenido, con vibración profunda, con certera visión, dilucidó día a día, en la columna editorial de nuestro periódico, durante dos largos años, los temas cardinales de la revolución dueña del poder público.

Tengo la certidumbre de no incurrir en la menor exageración, al afirmar que ninguno de los escritores revolucionarios de nuestro tiempo ha rendido a nuestra causa una aportación tan llena de enjundia, tan copiosa y tan congruente, tan sazonada y lúcida, como su obra editorial que ilustró las páginas del órgano de expresión con que cuenta nuestro régimen de gobierno.

El político

Entregado a las concepciones superiores del pensamiento, Vadillo no logró señorear las tácticas de la política militante.

Electo al gobierno de Jalisco, en comicios sin tacha, pronto sucumbió abatido por la galerna que arrasó en 1922 al viejo Partido Liberal Constitucionalista.

Paréntesis en su agitada vida de luchador, fueron sus andanzas por el mundo de la diplomacia, que acaso le hayan servido de remanso para rebrunirse, dando mayor tersura a su espíritu. Descanso, estudio, compulsa de nuestras realidades con las realidades del orbe; retorno a sí mismo y satisfacción del íntimo anhelo de recogimiento que caracterizó su modo de ser. Todo eso representaron para él, sin duda, sus incidentes ingerencias diplomáticas.

Pero cuando se convocó a los revolucionarios para formar el primer instituto orgánico de acción política y social, Vadillo volvió nuevamente a ocupar posiciones de responsabilidad entre los suyos. Ora como director de El Nacional, bien como principal redactor de la plataforma de principios llevada a la convención constitutiva del Partido Nacional Revolucionario; más tarde en la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional, en toda ocasión entregó sin regateos a la causa del pueblo, los frutos mejor logrados de su intelecto.

El seno nutricio de la patria se abre para recibir los despojo mortales de un hijo que busca reposo final, concluida su carrera, después de una existencia ejemplar, fecunda, de noble pensamiento, generosa en la acción y honesta en el carácter.

Faro avanzado de la Revolución Mexicana, destellaba en el extremo mediodía de la América nuestra, cuando el paso inexorable de la muerte apagó su fulgor. Sobre su yerta figura humana se alza la espira de su enseñanza, el cúmulo de sus hechos, la torre de sus cívicas virtudes; y todo ello se nos da en una herencia a cuya valoración nada puede añadir el personal afecto.

El Nacional, 6 de septiembre de 1935

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

Todo hombre tiene su precio

lo que hace falta es saber cuál es.

Joseph Fouché

Del culto al poder, al poder de la cultura

El espacio se puede recuperar, el tiempo, jamás.

Napoleón.

 

No a todos les queda el puro, nomás a los trompudos.

Dicho popular.

 

Si el lector no simpatiza con el PRI, pero quisiera otorgarle el beneficio de la duda, tendría que releer a Octavio Paz para encontrar los argumentos que indujeron al Premio Nobel de Literatura a creer en ese partido, mismos que le ganaron algunas críticas mordaces: sus detractores le decían a Paz que había claudicado porque el poder lo llenó de halagos y pleitesías como método para sobornarlo. Sin embargo, hubo otros, como Vargas Llosa, que dizque trataron de entenderlo.

Según el novelista y periodista peruano (lo escribió en Berlín en 1998 —“El lenguaje de la pasión”— y fue publicado en el periódico “El País”), Octavio, su colega y amigo, “obedecía a una convicción que, aunque yo creo errada —a ello se debió el diferendo que levantó una sombra fugaz en nuestra amistad de muchos años—, defendió con argumentos coherentes. Desde 1970, en su espléndido análisis de la realidad política de México, ‘Posdata’, sostuvo que la forma ideal de la imprescindible democratización de un país era la evolución, no la revolución, una reforma gradual emprendida al interior del propio sistema mexicano, algo que, según él, empezó a tener lugar con el gobierno de Miguel de la Madrid y se aceleró luego, de manera irreversible, con el sucesor, Salinas de Gortari.

Ni siquiera los grandes escándalos de corrupción y crímenes de esta administración lo llevaron a revisar su tesis de que sería el propio PRI —esta vez simbolizada por Zedillo— quien pondría fin al monopolio político del partido gobernante y traería democracia a México”.

Ni hablar, pues, que aunque Vargas Llosa falló en su apreciación, su criterio todavía es digno de tomarse en cuenta, pero sin perder de vista que este escritor era enemigo jurado de los regímenes priistas, a los cuales no les concedió el beneficio de la duda que Paz les había otorgado. Incluso, al propio Vargas Llosa le debemos la frase “en México se vive una dictadura perfecta” (creo que le copió al poeta ruso Evtushenko, quien antes había dicho lo mismo, adicionando el siguiente final: “mitigada por la corrupción”).

¿Qué pasaría —pregunta el columnista— si los priistas que están disputándose el poder releyeran “El laberinto de la soledad” y su agregado “Posdata”?

Sin duda, podrían encauzar su democratización interna por la vía de la inteligencia, evitándose con ello la vergüenza de ser señalados como los que acabaron con lo que queda del prestigio político del PRI. Y el mismo sentimiento pesaría sobre los miembros del PAN que se sienten elegidos de los dioses, o sea, los que ignoran que esos “dioses” no son otros que los terrenales: De la Madrid, Salinas y Zedillo, por sólo citar a los últimos representantes de la teocracia mexicana (el nuevo, que por cierto debate entre lo humano y lo infalible del presidencialismo absolutista, ya debe estar sufriendo las tentaciones del poder).

¿Y qué pasaría —vuelvo a preguntar— si el nunca bien ponderado Luis Paredes Moctezuma también releyera la obra social de Octavio Paz y, además, para librarse de la soberbia que lo acosa y poner los pies en la tierra, revisara el pensamiento de Juan de Palafox y Mendoza?

Le aseguro al lector que el municipio de Puebla ingresaría al camino que, entre otros, le fue obstruido por Gabriel Hinojosa Rivero y Mario Marín Torres, ambos personajes más interesados en la próxima elección que en el futuro de las generaciones que habrán de sucedernos. De ahí que la combinación de Paz y Palafox resulte de interés para rediseñar la política del gobierno municipal, es decir, para hacerlo plural, incluyente, social e inteligente.

Respecto a la obra del literato, debo decir que es de sobra conocida. Empero, en relación con la del obispo, lamentablemente hay que reconocer que parte de ella duerme en los archivos de la historia. Le transcribo al lector unos párrafos que bien podrían estar dedicados a quienes, por ahora, ejercen el poder, líneas que forman una de las cartas que el entonces obispo de Puebla le envió a don Andrés de Roda, provincial de la Compañía de Jesús en la Nueva España:

“No es poder… al que no le contiene la razón; no es poder el que, rompiendo los términos del derecho, asalta las leyes, impugna a los cánones sagrados, combate los apostólicos decretos. ¡Ay del poder que no se contiene en lo razonable y justo!…

¡Ay del poder que, a fuerza del poder y no de jurisdicción, quiere también ejercitarlo dentro de los sacramentos! ¡Ay del poder que no basta el poder del Rey ni del Pontífice para humillar este poder! Este que parece ser poder (…) es ruina de sí mismo, porque cuando parece que todo lo pisa y atropella, es pisado y atropellado de su misma miseria y poder…”

¡Qué bueno sería que nuestras autoridades se acercaran a la cultura, a la historia! Seguramente no cometerían las burradas que, además de lesionar al pueblo, nos dan oportunidad de criticarlas y, en consecuencia, de alertar a la sociedad.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

IGNACIO RAMÍREZ

Diputado por la Logia que se ilustra con el nombre del eminente ciudadano en cuyo homenaje estamos reunidos, así como por la masonería mexicana y, más generalmente, atribuyéndome la representación de los revolucionarios de mi época, vengo a pronunciar las últimas palabras que han de decirse en esta ocasión para exaltar la memoria de uno de los más egregios paladines de nuestra nacionalidad.

La esencia de lo clásico radica en la virtud de prolongar en el tiempo el sentido de la actualidad. El tiempo pasa, las ideas y los pueblos evolucionan, la sensibilidad se modifica y todo cuanto hay de contingente y transitorio en una etapa, pierde su significado y su valer. Sólo aquellos valores de humanidad o de pensamiento puro, de belleza o de verdad, que son capaces de trasponer las lindes de su hora y nos hablan siglos después con nuestro propio acento, son valores de excepción que hemos convenido en denominar clásicos.

La obra de los hombres pasados, frente a los hondos problemas de la naturaleza o de la sociedad, casi siempre nos parece en etapas posteriores como el sillar en que se fundan las estructuras de hoy. Esa obra pierde actualidad al asimilarse a las conquistas humanas y al descontarse como sabida en las nuevas empresas del pensamiento.

Si pocas son las concepciones de especulación abstracta que resisten la prueba de los años, más escasas aún son las personalidades que perviven con sentido íntegro y con afirmación perenne.

Esos seres de selección marcan las etapas del devenir colectivo: son los hombres que hacen la historia.

Ignacio Ramírez, El Nigromante, cuyas cenizas han sido levantadas en manos de nuestra veneración y de nuestro respeto, es uno de los arquetipos que señalaron rutas en su tiempo cuyas prolongaciones aún están abiertas para nosotros. El eco de su palabra, su rebeldía ingénita, su visión profunda de las cuestiones sociales, su insobornable convicción positivista, son atributos que todavía hoy nos brindan una fuente de inspiración para acometer el planteo y para intentar la solución de los problemas que conmueven la conciencia de México.

Ignacio Ramírez no sólo pertenece a su época. Su obra no fue una tarea sellada y conclusa. Su vida ejemplar, su inquietud perpetua, su visión proyectada hacia el porvenir, nos penetran, nos impulsan y nos estremecen, cuando pensamos en que se tienden como un puente que va desde la generación precursora y realizadora de la Reforma, hasta la generación que construye la vida del México revolucionario.

El propósito de mis palabras está lejos de intentar un esquema biográfico del patricio. Hombres capacitados, que sintieron arder de cerca las fecundas pasiones del Nigromante, lo han hecho con magistral hondura y palabra certera. Mi intento no aspira tampoco a encerrar en el breve marco de un discurso la obra multiforme de ese gran espíritu. Que me baste hacer un esfuerzo para situarlo en su ambiente, armado de sus arreos de combate; entresacar de su obra los aspectos de más lejano alcance, y referirlos a nuestro momento y a nuestras atenciones de hoy, para revivir aquello que de clásico hubo en las calidades de su ánima; que me baste —digo— proponer como una inspiración y como norma todavía valedera, uno de sus empeños más caros, uno de los propósitos que alentó con sostenido afán: proveer a la integración orgánica de nuestra nacionalidad, mediante la exaltación del nivel de las razas indígenas a los estadios propios de la dignidad humana y por la destrucción del anacrónico poder temporal de la Iglesia católica.

Para abarcar el vasto escenario en que se movieron los hombres de nuestra segunda independencia, precisa bosquejar a grandes trazos antecedentes históricos.

Las colonias hispanas esmaltan la corona imperial de Carlos V en pleno Renacimiento europeo. La Reforma de Lutero hace brecha en la conciencia del Viejo Continente, y al cabo de la Guerra de Treinta Años segrega de la autoridad del Pontificado, primero la mayoría de los Estados germánicos, y luego los países habitados por anglosajones. El imperio de la Iglesia católica, así batido, se reconcentra en España, y por esa vía viene a refugiarse en los dominios trasatlánticos, que se ensanchan al paso cruel de los conquistadores.

El sino histórico que presidió estos antecedentes es causa de que, mientras en las centurias que siguen, la Reforma y sus derivaciones preparan el advenimiento de un nuevo ciclo en cuyo fondo se proyectan las ideas de los enciclopedistas, las expresiones revolucionarias, destructoras de Voltaire, y la transitoria fórmula del Contrato Social —ciclo que se cierra con la Declaración de los Derechos del Hombre—; mientras todo esto acontece en Europa, las colonias de España —singularmente las de mayor entidad, como la nuestra— se hunden en su Edad Media.

Esto no ocurre en las colonias inglesas del norte, cuyos fundadores no eran, como en la América nuestra, ni aventureros ignaros e inhumanos ni clérigos fanáticos, sino simplemente hombres que buscaban una igual oportunidad para perseguir la felicidad.

Tres siglos más tarde, merced a las convulsiones europeas que determinaron la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico, se incuba en las colonias españolas el afán de independencia, nacido del malestar profundo por el régimen de servidumbre social, de explotación económica y de cerrada intolerancia religiosa que singularizó al Virreinato.

El impulso por crear una patria orgánicamente constituida partió del instinto de los principales caudillos de la Independencia. Ellos intuyeron la necesidad de atacar a fondo el problema de la redistribución de la propiedad, con vistas a la elevación del nivel de vida de las masas indígenas. Principalmente Hidalgo aboliendo la esclavitud —con lo que se adelantó mucho a su época—, y Morelos proclamando la guerra por igual a la opulencia y a la miseria, ilustran a la revolución de independencia, imprimiéndole un sentido trascendente de reforma social.

Convertida la revolución en un fenómeno ya maduro, los criollos, los detentadores de la riqueza, los herederos del encomendero —todos bajo la tutela de un clero siempre alerta para aprovechar en beneficio propio aun sus mismas derrotas—, torcieron el recto sentido que los primeros caudillos supieron imprimir a la insurgencia. Y esas clases privilegiadas, al cabo de la consumación de 1821, probaron a organizar el país, rotos sus lazos con la metrópoli, en un sistema de explotación del trabajo y de los recursos naturales, como una mera suplantación del rol que jugaron los agentes de S.M. Católica.

Ya vivía México en un régimen de independencia y aún pesaba sobre él la Edad Media hispanoamericana. La intolerancia de un clero ultramontano —renuente a toda transigencia con los intereses y con el pensamiento humanos—, aliada a la avidez rapaz de los capitanes del ejército permanente que se formó en las luchas de Independencia, y unida también a la codicia de los detentadores, estratificaron la sociedad, superponiendo a indígenas y asalariados, la casta militar, la de los ricos y la eclesiástica, para salvaguardar sus propios intereses y defender el latifundio de la Iglesia, el cual, al decir de Abad y Queipo, abarcaba más de las tres cuartas partes de la propiedad rural de México.

Las luces de la razón científica arrojaba sobre el mundo, apenas traspasaban el tupido cendal tejido en torno del nuevo país independiente, por la no liquidada herencia de la dominación de España.

Eran contados y escogidos los espíritus que lograban captar los efluvios de los pensadores europeos. Luminares de su hora fueron: Fray Servando y el licenciado Verdad, en los agitados días de la guerra de Independencia; Ramos Arizpe —rara calidad de armonía y ponderación—, en la Primera Asamblea Constituyente; Fernández de Lizardi, derramándose en el alma popular; el doctor Mora, en la altura de sus concepciones políticas, y don Valentín Gómez Farías, como el estadista que acaudilló el intento inicial de la Reforma.

En contraste con estos beneméritos esfuerzos, y gravitando sobre el ambiente, sobre la política y sobre la economía, las clases privilegiadas se empeñaban en ahincar sus raigambres en el nuevo cuerpo social de la nación. Esa es la época sombría en que se suceden los golpes de cuartel, los motines y pronunciamientos, el caos y la opresión; época que se personifica y encarna en dos entes siniestros: Santa Anna y el clero.

Mientras Europa se maquiniza, mientras sazonan del otro lado del Atlántico las teorías que darán a poco andar vida y congruencia científicas a las soluciones modernas del problema económico, la historia de México se dilata como una serie continua de desgarramientos, que ahondan la separación de dos campos antagónicos: de una parte —como antes apunté—, criollos, ricos detentadores de la riqueza rural y minera, a veces azuzados por ambiciones extranjeras, todos acogidos a la tétrica égida del clero; por otra parte, rebeldes, idealistas nutridos en las nuevas concepciones del orden social, teóricos que soñaban con una democracia liberal o a la francesa o a la yanqui, y una chusma hambrienta a la que la Independencia no trajo sustento ni igualdad.

Denomínese centralistas a los de un bando y federalistas a los del opuesto; llámense conservadores los primeros y liberales los segundos; divídanse en imperialistas y republicanos —mochos y chinacos—; militen aquellos bajo el pendón de “religión y fueros” y enarbolen éstos el oriflama de la Reforma; a través de media centuria se perpetúan y se distinguen con claridad las dos grandes facciones que viven en continua lucha y en irreconciliable oposición.

Quienes no tomaban parte decisiva en la contienda —y eran los más—, gazmoños intelectuales nutridos de escolástica, literatos, hombres de estudio servidores de la fe, comulgaban por igual con las preocupaciones de su época y adoraban los fetiches de la tradición.

Como un remanso en la agitación de aquella etapa, preñada de inquietud política y de incertidumbre social, abrían sus puertas algunas academias y contadas casas de estudio, donde varones cultos en las ciencias y en las humanidades se reunían para discutir desinteresadamente sobre los elevados problemas del pensamiento. A despecho de sus lastres y de sus prejuicios, doctas inteligencias fulgían con luz tranquila en tales cenáculos, que acogieron en su refugio el saber y las letras, como los claustros medievales conservaron siempre avivado el fuego de la cultura clásica en medio de la barbarie feudal.

Aun los más levantados entendimientos participaban del respeto a lo estatuído, creían en Dios, se inclinaban más a la metafísica heredada que a la experiencia incipiente y no siempre consoladora. En su vida social, eran hombres apacibles, creyentes en el dogma, respetuosos de los bandos de policía y dóciles ovejas en los rebaños de una Iglesia que dominaba todas las conciencias para mejor imponerse a todos los regímenes.

La sociedad de la época, amedrentada, convulsa, interesadamente ignorante de las necesidades proletarias vivía sostenida por los principios heredados, respetando el dinero y adorando a Dios en la teatral figura del pontífice de Roma.

En este cuadro de desintegración, de desorden, donde lo normal era la guerra intestina y lo excepcional la paz transitoria —como acertó a juzgar Altamirano—, surge la figura de uno de los hombres que hicieron la historia: Ignacio Ramírez.

Es interesante observar cómo, al hacer su primera salida por los campos de Montiel de las ideas —nuncio de su propio destino—, Ignacio Ramírez arroja al rostro de venerables académicos, la tesis iconoclasta que había de ser su tizona en su apasionante vida de combate.

Estudiante pobre, de mocedad tan patente que destiempla con las encanecidas cabezas de sus doctos oyentes, sin prosapia y sin más autoridad que la de su dialéctica incipiente, afirma: “No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.

La audacia de la tesis es difícil de comprender en esta época, en que apenas se concibe que cualquier hombre de mediana ilustración necesite de la ficción de Dios para explicarse los fenómenos del universo.

Para imaginar lo detonante de la afirmación de Ramírez, para ponderar el impacto que sus bien trabajados razonamientos marcaron en la conciencia de aquellos hombres de estudio y de fe, es preciso situarse en su época y considerar que la dialéctica católica campeaba en el común de los intelectos. Iluminado y réprobo, Ignacio Ramírez había rasgado el velo del templo.

Armado sólo con la razón científica, sin cañones, sin influencia, sin nombradía, sin posición política, había de conquistar los más destacados sitiales ciudadanos y de hacer replegar a las fuerzas retrógradas del siglo.

Su prócer inteligencia estaba nutrida de cuantos conocimientos podían adquirirse por el estudio pertinaz de las ciencias y de las artes. Le eran familiares lo mismo las disciplinas que inventarían al hombre como un ser dotado de libertad, que aquéllas que lo clasificaban como una parte del mecanismo ineluctable de la naturaleza.

En un tiempo en que la especialización era desconocida —cuando menos en el sentido en que nosotros la entendemos—, Ignacio Ramírez fue un singular tipo de especialista: fue una paradoja viviente, fue un especialista enciclopédico. Lo mismo hacía fulgir sus conocimientos matemáticos, que su sabiduría jurídica; con igual prestanza contestaba los discursos de ingreso a las sociedades científicas, que sentaba cátedra de derecho en la Suprema Corte de Justicia. Vallarta, el maestro, dijo de él: “Es lástima que Ramírez no quiera escribir sobre el derecho constitucional; si lo hiciera, sería el Kant mexicano”.

Las delectaciones artísticas no le eran ajenas. Poeta, hizo temblar a los fanáticos con sus estrofas desposeídas de todo aliento trascendente, con su verso frío y cortante en que negaba el más allá y decía a la “Madre Naturaleza”: “Vine de ti sin esperanza ni temores, y a ti vuelvo sin temores ni esperanza”. Escritor, en todas las alternativas de su agitada existencia de luchador, utilizaba la prensa periódica para dar a sus contemporáneos pensamientos que refulgían en el ambiente oscuro de la época, como el rescoldo en la sombra. Libelista, flagelaba todas las tiranías y llegaba a los más acres tonos de la sátira, a los más corrosivos tintes de la ironía, en cuyo manejo era magistral. Jurisconsulto, sentó las bases de jurisprudencia en la aplicación de una Carta Constitucional que durante largos lustros no había tenido aplicación práctica. Reformador, proclamó e inspiró los aspectos más avanzados de las Leyes de Reforma y alentó las concepciones más audaces en derecho civil y penal. Gobernante, convirtió iglesias en bibliotecas, exclaustró monjas, reunió en la Biblioteca Nacional de México las colecciones del clero, clausuró la apolillada Universidad y el Colegio de Abogados, renovó la educación primaria y alentó la construcción de ferrocarriles.

Uno de sus aspectos más admirables fue su vocación innata de maestro. Su oratoria arrebatadora detenía el curso del tiempo. Una constelación de luchadores se desprendió del semillero de sus aulas; los hombres forjados en su fragua no sólo fueron espíritus fieles en la cátedra y le guardaron fe en la conciencia, sino que llegaron al sacrificio mismo de la vida. Leonardo Márquez, El Tigre de Tacubaya, tiñó sus garras en la sangre de dos de sus discípulos. Ignacio Ramírez fue sembrador y árbol señero plantado en la linde de dos campos: el pensamiento prócer y la acción fecunda.

Pero la fase de su personalidad que más me apasiona y que mejor refleja los problemas de ambas épocas —la suya y la nuestra—, es donde aparece como rebelde, como luchador, como periodista de combate, como “atleta jamás vencido ni desalentado”. Ministro de Juárez por imposición pública, coronando su carrera cívica, no es tan grande como planteando el problema de la nacionalidad mexicana y señalándole soluciones que, si no fueran bastantes, si no acertaron a resolverlo —por las limitaciones de su tiempo—, sí fueron videntes y son aún inspiradoras nuestras.

En un siglo que soportó a centenares de héroes militares, Ignacio Ramírez se destaca como un encumbrado héroe civil, en el cerco de los hombres de convicción y de capacidad y de limpieza que en la perspectiva de la historia convergen en la personalidad de Juárez.

Hablar de la Reforma sin aludir a Juárez equivale a narrar la batalla de Waterloo sin mencionar a Wellington. Por eso me detendré un momento para rendir pleitesía al egregio paladín.

A diferencia de los caudillos que en la historia han sido, en circunstancias de abrumadora responsabilidad y de correspondiente autoridad, Juárez no se rodea de inteligencias mediocres, de caracteres desteñidos; antes bien, por encima de ocasionales distanciamientos, el Benemérito mantiene a su vera a los hombres de vanguardia del Partido Liberal que se destacan por su reciedumbre. Él mismo reconoce la superioridad de inteligencia de Ocampo, de Ramírez o de Lerdo, sobre sus personales aptitudes. Sin embargo, ellos y otros señalados valores humanos formaron su centro de gobierno. Él era la legalidad, la integridad, la ponderación y la firmeza: el carácter y la ley; ellos eran la iniciativa audaz, la especulación fecunda y la dialéctica. Quienes han visto la figura individual de Juárez menor que la de sus colaboradores, no han advertido que si así lo parece es porque la talla de éstos era gigantesca. Juárez atalaya su siglo desde la peana que le forman esas brillantes inteligencias y esos acerados caracteres que se unifican y resumen en la figura inmortal del gran republico.

De Ignacio Ramírez la sabiduría, la contextura de su espíritu —dúctil sólo para flagelar—, la energía de la salud robusta y el estoicismo de la sangre, estaban al servicio de un pensamiento fundamental, persistente, más duradero que su vida humana: integrar nuestra nacionalidad. Con ese evangelio precursó la Reforma; por esa convicción llevó grillos en la cárcel y sufrió miserias con los suyos.

Las más crueles vejaciones que los tiranos aplican a quienes dicen siempre su verdad en voz alta, armados sólo de valor civil, no fueron bastantes para torcer la senda de este hombre que había cifrado la máxima aspiración de su vida pública en el destronamiento de los señores tradicionales: el cura y el caudillo.

La nombradía de este hombre singular, para quien, como para el gran Leonardo, nada de lo que es humano le era ajeno, traspuso la dilatada extensión del Atlántico. Polemizó con Castelar y de esa noble justa surgió triunfante su tesis de independencia iberoamericana. Pero lo capital de su obra, lo trascendente, no radica en sus aventuras intelectuales, ni en los azares de su vida militante: reside en su visión límpida de los problemas nacionales, que proyectó, tal que una flecha disparada hacia el porvenir, desde las columnas de los periódicos, desde la tribuna, desde la cátedra.

Honrémonos al recordar aquí algunos de los aspectos de su pensamiento que son aún de actualidad lozana y nuestra.

Hoy se cuestiona la utilidad de derecho romano como materia fundamental de la educación jurídica, cuando ya en 1868 Ramírez decidía la disputa desestimando la importancia que se ha atribuido a este aspecto de la disciplina escolar, para subrayar la necesidad de formar abogados que estuvieran más cerca de las realidades del pueblo a que debían servir.

Respecto de su solución al problema de la cultura de las masas indígenas, su acción y su palabra son elocuentes. Había sido el principal inspirador de un sistema de becas municipales en favor de estudiantes aborígenes. Si esta medida, por insuficiente, no hubiera tenido mayores alcances, quedaría justificada por el hecho aislado de haber servido para que Ignacio M. Altamirano fuera quien fue.

Claro está que Ramírez no podía enfocar, desde su tiempo, una interpretación económica del devenir histórico, y, por ende, no alcanzó a ver que la asimilación del indio a planos superiores de…IGNACIO RAMÍREZ bienestar no se logra por la mera influencia taumaturgica de la enseñanza. Tal empresa ha de llevarse a término por la transformación del régimen de propiedad y del usufructo de las fuentes de riqueza, principalmente de la tierra y de los instrumentos de producción; y la cultura, en el conjunto de la obra, representa el coronamiento de ella. En suma: la cultura hace lo suyo, pero no es la sola palanca para lograr la incorporación de los estratos retrasados al cuerpo vivo de la nacionalidad.

Ramírez, sin embargo, trazaba en su programa capítulos tan certeramente dirigidos como éste: A la pregunta que se formulaba: “¿Qué debemos enseñar a los indios?”, después de rechazar el catecismo, la poesía, la historia en su sentido inactual y la metafísica, respondía: “Fuera de los conocimientos elementales, como lectura, escritura, aritmética, álgebra, geometría, dibujo, canto y gimnasia, los indígenas deben conocerse a sí mismos y tener nociones exactas sobre lo que los rodea, no como sabios, sino como hombres bien educados, responsables de sus acciones y miembros de una sociedad deliberante y soberana”. Y adelante añadía: “… Y esta educación debe ser común para hombres y mujeres”.

En otro aspecto de su programa sobre educación, se lee: “A cada paso hablamos de colonias extranjeras y de colonias militares; en vez de estos ensueños, ¿no convendría plantear una docena de colonias agrícolas en los centros más notables por la aglomeración de los indígenas? El gasto sería menor y los provechos seguros. La base de la colonia sería una escuela; y el gasto se cubriría con los fondos que puede designar el presupuesto para otras empresas”.

Si no fuera porque somos testigos de que nos olvidamos de esta enseñanza del pasado cuando articulamos el programa de acción y de gestión de los revolucionarios de ahora, podría creerse que los conceptos que acabo de citar, fueron inspiradores de un capítulo importante de nuestro Plan Sexenal.

Ramírez decía: “La mitad de nuestro plan de estudios debe suprimirse para todos, aún para los indígenas; los laboratorios de química, los gabinetes de física, deben tomar posesión de las capillas en nuestras aldeas: así veremos a éstas como esos cometas que la ciencia ha sorprendido, convirtiéndose en anillos refulgentes y en una lluvia de estrellas. Entonces podrán imprimirse numerosas obras en los idiomas nacionales, porque habrá quien las lea”.

Estos conceptos, setenta años viejos, parecen dirigirse como verbo actual de admonición a quienes han olvidado que los bienes nacionales deben destinarse al servicio real de la nación.

Y no es que yo crea posible aplicar remedios del pasado a males del presente. Ya he dicho con sinceridad mi sentir sobre el rol de la educación en la labor integradora de nuestra entidad nacional. Es tiempo de que declare cómo, si me asombra y me entusiasma la visión positivista y humana de las cuestiones educativas que tuvo don Ignacio Ramírez, no aceptó sus concepciones más que como equivalentes a las de nuestro tiempo. En la época de él, se disputaban la conciencia en formación los oscurantistas, —respaldados por el pasado y azuzados por el clero—, y los liberales de ideas positivistas que enfrentaban la razón al dogma. En la época nuestra, son los residuos de un liberalismo cuya capa han tomado el clero y la reacción para mejor engañarnos, los que disputan la educación de la juventud al Estado revolucionario, el cual debe concebirla en forma de preparación franca para la lucha de clases.

Con la misma decisión que Ramírez, el reformista, disputó al partido clerical la educación de la juventud, con idéntica resolución y con igual firmeza, debemos nosotros plantear la cuestión en sus verdaderos términos.

La educación que se haya de impartir, siempre bajo el control y la más estrecha responsabilidad del Estado, debe preparar a las nuevas generaciones para formar en los rangos de la clase proletaria, en lucha con la clase capitalista; debe forjar trabajadores de lúcida visión, y ha de allanar el camino para llegar, por otros medios más directos y eficaces, a socializar los instrumentos de la producción económica. Que sepan los miembros de la clase detentadora de la riqueza, que al mandar a sus hijos a la escuela los descastan, para filiarlos en las falanges del proletariado. Si no aceptan esta educación clasista, con que el gobierno de la revolución ha de responder a los trabajadores de la sangre por ellos vertida en los años de la lucha armada, que se atengan a sus recursos o que dejan a sus hijos en la ignorancia. La máxima capacidad económica del Estado para fundar y sostener planteles de enseñanza, debe ser íntegramente aprovechada por quienes, al ingresar a la escuela, ingresan ipso facto al dominio del proletariado.

La idea capital que inspiró el constante batallar de don Ignacio Ramírez —idea que he querido subrayar en el decurso de esta disertación—, es la de integrar nuestra nacionalidad. He significado, en las propias palabras del Nigromante, la preferente estimación que concedió al aspecto educativo en esa tarea de siglos; me he esforzado por indicar el tesón de su singular combate con el clero católico. Ahora, para que se forme un juicio menos incompleto de la manera cabal como envolvía sus soluciones al problema, que me sea permitido citarlo nuevamente.

Discutiendo la división política de nuestro territorio, en el Congreso Constituyente del 57, al impugnar el proyecto a debate, decía:

Me opongo desde luego a esa absurda división territorial, que no estima necesidades geográficas, sociales, raciales. Encerrado en su choza y en su idioma, el indígena no se comunica con las otras tribus ni con la raza mixta, sino por medio de la lengua castellana. Y en ésta, ¿a qué se reducen sus conocimientos? A las fórmulas estériles para el pensamiento, de un mezquino trato mercantil, y las odiosas expresiones que se cruzan entre los magnates y la servidumbre.

Tenía razón el Nigromante: error de la Colonia, que heredó México independiente, fue mala organización política y económica, a causa de la cual quedó incapacitado el país para controlar todas sus extensiones territoriales. La corona española no intentó articular las provincias dependientes del Virreinato, y sin esa articulación, sin nexos comerciales, sin comunicaciones con sentido económico y con una diversidad étnica como la nuestra, no puede constituirse una nación orgánica.

Y en lo social, don Ignacio Ramírez comprendía con nitidez la naturaleza del salario, cuando afirmaba con sentido irónico, en el mismo Congreso: “… y el alimento no es para el jornalero, hombre máquina, un derecho, sino una obligación de conservarse para el servicio de los propietarios”.

Hidalgo y Morelos —dije hace un rato— intuyeron la necesidad de proveer a una reforma de fondo en nuestra estructura social, para fundar una patria. Los hombres de la Reforma —entre los cuales Ignacio Ramírez, al decir de Justo Sierra, “personificaba el pensamiento más alto de la revolución”— plantearon con más experiencia problema de tamaña entidad. Pero no es sino a la generación de nuestra época, o más concretamente: a los que heredamos las tradiciones y las responsabilidades del partido revolucionario histórico, a quienes toca cumplir con el deber que nos fue legítimamente legado, de hacer de México una organización coordinada en un sistema político y económico propio.

Cuando, en torno del homenaje que rendimos al patricio, han cruzado en nuestra mente las sombras augustas de los fundadores de la nacionalidad, de los forjadores que batieron el hierro informe de nuestro acervo humano, para modelar en él la unidad de raza que aún busca su expresión auténtica, y la integridad orgánica que apenas se pergeña, he sentido en toda su verdad la concepción que presenta el desarrollo histórico, no como un retorno a las formas superadas de la existencia colectiva, sino como un impulso que asciende en espiral y coloca a cada generación en un estadio más alto, pero siempre situado en perpendicular sobre los ciclos consumados.

Así se instituyen las estirpes que se superponen en la dimensión del tiempo. Desde el vértice en que nos hallamos no es fácil distinguir en línea recta a nuestros mayores: Hidalgo y Morelos, Guerrero, Ramos Arizpe, Gómez Farías, Juárez con Ramírez y Ocampo, con Lerdo y Santos Degollado.

De esa estirpe histórica, de que a justo título nos sentimos orgullosos, desprendemos hoy al Nigromante para tributar un homenaje a su memoria.

El Nacional, 8 de octubre de 1934.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

El poder desgasta sólo a aquel que no lo tiene.

Giulio Andreotti

¿DE PRESIDENTE A MAYORDOMO?

Vicente Fox, en compañía de su vocera, recorre las habitaciones de Los Pinos. Ve, pregunta y palpa el inventario que forma parte del aposento presidencial.

—Oye, chaparrita —le dice cariñoso a doña Martha—, coméntale a los muchachos que me cambien el colchón de la cama donde voy a dormir. Se me van a salir las patas y además está salado. Fúchila: aquí durmió Zedillo y puede ser que hasta su consorte, la señora que camina como perico en alfombra.

—No te preocupes, presidente —contestó riéndose la señora—, me encargaré de que tus noches sean agradables. Por ahí tengo una amiguita que vende blancos muy nice. Ahorita mismo la llamo para que mañana esté lista la muda de la cama y duermas calientito.

—Pero lo que me urge es el colchón. ¡Ya te dije que no quepo!

—Ya lo sé, mi cielo. Mientras lo consigo o lo mando hacer, te ponemos un banquito de emergencia —bromeó—. Ni modo que te traigas el de San Cristóbal con todo y las chinches, las garrapatas y hasta las tepopoxtas que no te dejaban dormir.

—Ah, qué mujer… Si no fuera por estos ratos. Acuérdate de decirle al chef que, después de que cante el gallo, me haga mi cafecito de olla.

—Hecho, señor. Así será. De paso le pido una tetera, porque ya sabes que a mí me gusta tomar té.

—Ay sí, muy inglesa, ¿no?

TRES DE DICIEMBRE DEL 2000

El caos en la residencia oficial. Entran y salen llamadas, telefonazos, recados, mensajeros y proveedores. La misión: encontrar la ropa de cama adecuada para el colchón súper king-size ortopédico; adquirir las sábanas para la futura reina presidencial; comprar toallas bordadas con estilo, almohadas blanditas y frescas, y una colcha con tacto de pétalo de rosa; el juego de té y las cortinas con cierre de emergencia y control remoto —por aquello de las dudas—, y varios sillones y algunos muebles destinados a la cabaña donde la vocera presidencial dormirá el sueño de los justos…

—Háblale a doña Pituca Chevalier… Mi compadre Limantur es el gerente del Palacio… Pedrito Corcuera tiene una importadora… En Santa Fe vi los colchones especiales… Cuidado con los edredones que les meten pluma de guajolote tierno por ganso… No vayan a ir de compras a la Lagunilla y menos a la fayuca… El juego de té debe ser plateado, porque aguanta más y no se pone prieto… Cumplan la normatividad y pidan facturas con registro… Sean discretos…

… que, como éstas, fueron algunas de las órdenes que pusieron en acción al personal de confianza del nuevo mandatario. Y que los encargados de las compras actuaron con la lealtad y la eficiencia que exigía tamaña responsabilidad.

Sin embargo, por las prisas, o la inexperiencia, o el provincianismo, o el pánico escénico, o las urgencias, o la ambición —vaya usted a saber—, se propició que parte de lo comprado se amparara con facturas apócrifas; es decir, emitidas por una empresa cuya dirección y teléfono no existen o, concediéndole el beneficio de la duda, nunca encontraron por fallas en la impresión esos datos.

Todo ello invita a ver como chunga foxista los hechos que, en el contexto nacional y republicano, no deberían tener ninguna importancia. Imagínese el lector que el equilibrio del país dependiera de esas sábanas importadas con un costo de 38 mil pesotes, o de las toallas bordadas, o del juego de té plateado, o de los colchones de 20 mil morlacos.

La verdad, son asuntos de interés doméstico que, estoy seguro, ya pasaron por las manos de los anteriores presidentes, quienes, además de vivir como reyes, se gastaron la lana del pueblo sin más límite que su cochina conciencia.

Lo delicado del asunto está en la chambonería del grupo que gobierna al país, actitud que, una vez más, pone en entredicho su capacidad para responder a los temas nacionales e internacionales que, bien o para mal, afectan el desarrollo y la estabilidad social de los gobernados. Es absurdo, pues, que las tribunas y los foros se utilicen para aclarar lo que con un escueto boletín podría explicarse. Y debería avergonzarnos que a nuestro presidente se le dé trato de mayordomo de la residencia oficial.

CUALQUIER DÍA DEL AÑO 2001

—¿Qué crees, “Chente”? —dijo preocupada la vocera—. Me pasaron un tip: dicen que la prensa nos va a golpear por haber comprado los blancos, las toallas, los colchones y…

—No te aflijas, mujer —respondió el comprensivo jefe—. Estos gastos forman parte de las prerrogativas del presidente y son una bicoca que apenas modifica las últimas cifras de la partida secreta. Pero, para que no exista duda ni haya malos entendidos, dile a Barrio que legitime la compra, que la meta en internet y que oriente a su gente para que lo contabilice con los gastos de Los Pinos.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

BASILIO VADILLO*

Cuando nos acercamos a la figura de un contemporáneo cuya vida cruzó bajo las mismas borrascas que la nuestra, el juicio casi siempre naufraga en la pasión y sufre desilusiones por la cercanía. La proximidad nos induce a considerar como principal y necesario en la obra sometida a temprano examen, lo que quizá no fue sino accesorio y contingente. Sólo al correr de los años se apaga la ofuscación del sentimiento y se aclara la perspectiva.

El deshielo del tiempo va enfriando rescoldos y enjugando el perfil del hombre de todo cuanto es redundante y borroso; y en el horizonte de la posteridad se yergue, entonces, la figura prócer, inmovilizada en aquel momento de su vida en que mereció el bronce libre ya de lo perecedero y redimida para la inmortalidad.

Nos encontramos ante el caso singular de un coetáneo que supo ajustar su recia vida a líneas esenciales, que purificó su acción con la linfa del pensamiento. Nada hubo de incierto en esa mente lúcida; ni de vacilante en esa adamantina voluntad; ni de turbio en esa ética austera. Por eso podemos aquilatar a Basilio Vadillo, nosotros que hoy ocupamos en El Nacional el sitio que él enalteció con su presencia; por eso le rendimos pleitesía, los de aquella casa de trabajo que fue la suya, en esta hora cenital de una jornada renovadora cuyo amanecer le sorprendió entregado a tareas de justicia y de cultura.

* Oración fúnebre de Froylán C. Manjarrez, entonces director de El Nacional, a Basilio Vadillo

Sólo en ese concepto puede con honestidad intentar un elogio funerario, quien no cree que el hecho natural de la muerte deba llevarnos a proclamar excelencias en los desaparecidos.

Nuestro noble compañero de lides no fue caudillo militar, ni ídolo de multitudes; su imagen no llegó al pueblo aureolada por el fuego de las victorias bélicas, ni sus relieves se nimbaron de heroicidad guerrera. Y sin embargo, se registró inusitado movimiento nacional para recibir sus despojos mortales, y se percibe amplio concierto de voluntades para rendir uno de los primeros homenajes a un héroe civil: tal fue Vadillo.

Es que ha germinado en nuestra nacionalidad la simiente que él dispersó a los vientos, con mano infatigable y robusta, desde la tribuna, la cátedra, el periódico, el libro.

Asistimos a la consagración de un hombre que fue, por antonomasia, un pensador dentro de la revolución.

Ahondemos en los veneros de su espíritu, atalayemos los campos donde desplegó sus actuaciones públicas, y dondequiera hemos de comprobar esa fuerza segura de sí misma, esa ponderada valentía ajena al instinto, que sólo comunica a los hombres el pensamiento, cuando lo ejercen por vocación vital, como disciplina y como apostolado.

Un pensador, y de la más rara y fecunda estirpe. Porque su temperamento —el de un alma vuelta hacia sus propias honduras—, su razón fría, su nutrido saber, no le inmovilizaron en actitudes teóricas, ni le diluyeron en sutilezas, ni le encastillaron en egoísmos. Esteta: dio el brillo de su verbo, en el mitin y en el Parlamento, a la causa de las libertades públicas. Educador: prefirió la escuela rural a la cátedra universitaria. Doctrinario: derramó su luz para esclarecer las cosas que las multitudes sólo intuitivamente perciben. Poseedor de una cultura bien organizada: jamás la capitalizó en su beneficio, pues la aportaba a mano abierta para contribuir con ella al ideario de la revolución.

Basilio Vadillo no suscitó odios, ni alimentó enconos. Hablaba un lenguaje de elevación nada común; sostenía en sus debates el tono que traslada la más encendida de las contiendas al dominio de los principios, en cuyo ámbito chocan las ideas, y los hombres sólo son heridos por fenómeno reflejo inevitable en la liza política.

Su personalidad aparece como trasiego de otras épocas, con ser tan avanzados sus afanes. La convivencia en los escaños del Congreso, el trato diario, la comunidad de convicciones, me permitieron descubrir en él raras semejanzas con los precursores y los paladines de nuestra primera Reforma. Como el doctor Mora, Vadillo aceró sus rebeldías y contrastó sus impulsos libertadores en la asfixiante atmósfera de un seminario, para batir más tarde en todos los frentes al enemigo que le había aprisionado en sus primeros años. Como Melchor Ocampo, fundió la sencillez y la bondad con la entereza. Como Ignacio Manuel Altamirano, escaló las cumbres de la elocuencia y desde ahí defendió a los oprimidos.

Todo ello sin jamás rebajar su ley de pensador.

El parlamentario

Quiero formar mi oración con impresiones de primera mano, con recuerdos personales de un compañero de luchas cívicas que se elevó sobre el nivel medio apenas tuvo oportunidad de dar a conocer sus capacidades.

En la XXVII Legislatura —la legislatura cumbre de la era posterior al Congreso de Querétaro— penetramos juntos a militar en el mismo frente. Habíamos llegado sin relieves y sin nombradía, levantados a la escena nacional por el voto primigenio de las multitudes provincianas, por el sufragio depositado en las urnas con las manos todavía ardidas por la pólvora de los grandes combates.

En aquella asamblea de limpio origen popular, donde cuajaron los valores radicales que habían hecho sus primeras armas en el Constituyente, los grupos más avanzados pugnaron por esclarecer el contenido social del movimiento triunfante, en la legislación orgánica de la nueva Carta Fundamental. Y en esa tarea, al través de jornadas inolvidables, la palabra de Basilio Vadillo dejó escritos inmarcesibles capítulos.

El incipiente tribuno se destacó, entonces, como el organizador y el ideólogo que fue desde siempre.

Con Vadillo formamos un pequeño grupo de estudio y de combate doctrinario. Por primera vez en el Congreso de México, el marbete socialista fue ostentado por un bloque parlamentario. Allí estuvo el brote de la dialéctica en que habían de concretarse con el tiempo los postulados clasistas de la revolución; allí comenzó a sonar el léxico que habría de expresarlas con propiedad. Hasta entonces, las aspiraciones del pueblo eran proclamadas en lenguaje tomado del liberalismo en disolución; se las defendía con razones casuistas que no correspondían a un concepto integral ni a una elaboración sistemada; se las encerraba en fórmulas empíricas, como fatalmente había de acontecer en un país donde el movimiento renovador no obedeció a planes teóricos preconcebidos.

Y es hora de hacer honor al mérito de Vadillo, declarando que él fue el primer representante popular que en nuestro país proclamó como valedera la tesis del socialismo de Estado.

Ya con estatura de gran parlamentario, como líder del Partido Liberal Constitucionalista —a menudo en pugna con sus propios compañeros de partido— el socialista dominaba con su ánimo al político militante.

Adviene la XXVIII Legislatura. Caso inusitado hasta entonces en la era revolucionaria, el secretario de Gobernación interviene directamente e indebidamente para integrarla. Vadillo se presenta al amparo de irreprochable credencial, y es desde luego, por derecho propio, el jefe de la diezmada minoría radical de la oposición. Con esta autoridad moral, emprende sin demora brava defensa de sus correligionarios, excluidos al introducirse el cinismo en la política.

Esa minoría comenzó a formar en el Parlamento la corriente que en pocos meses habría de despeñar sus aguas broncas, arrasando el dique de un gobierno moderado. En la cresta de su oleaje, se hallaba un caudillo de nombradía sin paralelo, en quien se cifraban las mejores esperanzas de renovación social: el general Álvaro Obregón.

En aquella etapa, obregonismo era bandera para quienes exigían que la revolución se mantuviera fiel a su destino histórico. El presidente Carranza —ante cuya patricia estampa me inclino, sobre todo cuando recuerdo al ilustre primer jefe del Ejército Constitucionalista— no podía agregar ese mérito a los suyos propios, porque no lograba entender cosas que no eran de su tiempo.

Vadillo oposicionista, llegó entonces a ser, como orador en la tribuna del pueblo, como periodista en las columnas de El Monitor Republicano —confiado a su talento dirigente— acaso el más conceptuoso ordenador del pensamiento revolucionario renovado.

El estilista

Vadillo fue un estadista. En el fragor parlamentario de la XXVII, el país presenció el final esplendoroso de una escuela de elocuencia y el advenimiento de la oratoria moderna.

Jesús Urueta, el consagrado príncipe de la palabra, era a la par el último y el más fulgurante ejemplar de la oratoria supercastellana. Su elocuencia dionisíaca, tropel de imágenes transportadas de la Hélade en vuelo milenario; su verbo, esmaltado por una cultura humanista y envuelto en el ademán grandilocuente y magnético que había arrastrado a las multitudes en la alborada de 1910, aún nos conmovía, pero dejaba ya de convencernos.

Empalmándose con Urueta en el tiempo, Vadillo y García Vigil irrumpían en el paisaje de nuestros modos de acción parlamentaria, con dialéctica apretada de razonamiento, con lógica férrea, con sobria elegancia en la expresión, que convencían antes de conmovernos, que imantaban antes que deleitarnos.

Recuerdo a Vadillo en la tribuna. Rostro impenetrable, adusto. Ademán ni de montañés, ni de girondino. Arquetipo de líder nacional, que adunaba el recatado orgullo de la provincia y el anhelo de auténtica vindicación popular, a las elaboraciones universales del razonamiento científico. Cáustico y pulcro, crítico y afirmativo, era síntesis admirable de antinómicos atributos.

Jamás dejó de ser un provinciano. Hombre de selección que nos demuestra cómo es la provincia donde late el más profundo sentido de nacionalidad.

Y su estilo se difunde como nueva voluntad de forma por múltiples canales; la prensa, el ensayo, la novela de costumbres, la poesía.

El hombre

Integridad como la de Vadillo no admite reproche. En su espíritu no había lugar para los afanes desmandados de poder, ni para la tentación de las riquezas. La codicia le era de tal modo extranjera que no osaba acercarse a los caminos de su vida. Incapaz de una claudicación por conservar poder, ni de una flaqueza para lograr favores, incluso ante la fama guardó su indiferencia.

En una época en que el movimiento revolucionario —no en lo que tiene de afán generoso de transformación, sino en lo que arrastra como fenómeno perturbador— hizo que los hombres rompieran atropelladamente las vedas de su deber; —entonces— Vadillo ilustró en rango delantero el cuadro de las personalidades limpias de concupiscencias.

El revolucionario

Revolucionario, Vadillo se desprende de la generalidad por la rara característica que apunté en el principio: era, ante todo y sobre todo, un pensador.

En los años tempestuosos de la lucha armada, caudillos militares —producto del genio popular— jugaron las primeras partes. Acaso la más importante tarea confiada a los civiles, fuera el periodismo de propaganda y de combate.

Es interesante constatar, además, que a pesar de la más extensa y trepidante perturbación de cuentas haya podido registrar nuestra historia, el pueblo alzado en armas se preocupara por organizar la educación rural dondequiera que la insurgencia se asentaba en triunfo. Vadillo, entonces, militó como periodista y ejerció como maestro.

Hecho singular: en los primeros pasos por la senda de su dual vocación, había fundado en su pueblo natal una escuela rural y un periódico que la complementara. Apuntaba así el maestro como líder social.

La vida de los campesinos, privada de dignidad humana, página anacrónica de un feudalismo viejo de cuatro siglos, suscitó las primeras rebeldías del que a la sazón era un maestro joven.

Desde aquel germinar ignorado en el agro del periodismo, Vadillo vio a nuestra profesión como una cruzada para rescatar al hombre del dominio de sus explotadores. Corresponsal del Diario del Hogar —valiente hoja precursora—, denunciaba injusticias y sufría persecuciones.

Años después, ya en la reciedumbre de la brega, se incorpora al cuerpo del Ejército del Noroeste, y lo vemos reaparecer en Colima, como director de Educación, fundando a las veces un bisemanario de combate y estableciendo la Casa del Obrero Mundial.

Pero donde cuaja en madurez fecunda al par que en acerado temple, es en El Monitor Republicano, en la nueva borrasca de 1920. El periódico que se encomienda a Vadillo es el portavoz del radicalismo que se encrespa, hasta conquistar el poder. Cuando llega como fundador a la dirección de El Nacional Revolucionario, al cabo de una década, su pensamiento se ha serenado, su estilo se muestra terso y compacto. A la voz tronante del parlamentario, a los arrestos del periodista radical de oposición, ha sucedido el tono mesurado, la exposición doctrinal. Un aliento de hondura, de prestancia a su prosa. Afanes constructores, encuadrados en el concepto orgánico de nuestras instituciones, guían al pensador hacia los objetivos generosos por cuyo alcance ardió toda su existencia. Con vigor sostenido, con vibración profunda, con certera visión, dilucidó día a día, en la columna editorial de nuestro periódico, durante dos largos años, los temas cardinales de la revolución dueña del poder público.

Tengo la certidumbre de no incurrir en la menor exageración, al afirmar que ninguno de los escritores revolucionarios de nuestro tiempo ha rendido a nuestra causa una aportación tan llena de enjundia, tan copiosa y tan congruente, tan sazonada y lúcida, como su obra editorial que ilustró las páginas del órgano de expresión con que cuenta nuestro régimen de gobierno.

El político

Entregado a las concepciones superiores del pensamiento, Vadillo no logró señorear las tácticas de la política militante.

Electo al gobierno de Jalisco, en comicios sin tacha, pronto sucumbió abatido por la galerna que arrasó en 1922 al viejo Partido Liberal Constitucionalista.

Paréntesis en su agitada vida de luchador, fueron sus andanzas por el mundo de la diplomacia, que acaso le hayan servido de remanso para rebrunirse, dando mayor tersura a su espíritu. Descanso, estudio, compulsa de nuestras realidades con las realidades del orbe; retorno a sí mismo y satisfacción del íntimo anhelo de recogimiento que caracterizó su modo de ser. Todo eso representaron para él, sin duda, sus incidentes ingerencias diplomáticas.

Pero cuando se convocó a los revolucionarios para formar el primer instituto orgánico de acción política y social, Vadillo volvió nuevamente a ocupar posiciones de responsabilidad entre los suyos. Ora como director de El Nacional, bien como principal redactor de la plataforma de principios llevada a la convención constitutiva del Partido Nacional Revolucionario; más tarde en la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional, en toda ocasión entregó sin regateos a la causa del pueblo, los frutos mejor logrados de su intelecto.

El seno nutricio de la patria se abre para recibir los despojo mortales de un hijo que busca reposo final, concluida su carrera, después de una existencia ejemplar, fecunda, de noble pensamiento, generosa en la acción y honesta en el carácter.

Faro avanzado de la Revolución Mexicana, destellaba en el extremo mediodía de la América nuestra, cuando el paso inexorable de la muerte apagó su fulgor. Sobre su yerta figura humana se alza la espira de su enseñanza, el cúmulo de sus hechos, la torre de sus cívicas virtudes; y todo ello se nos da en una herencia a cuya valoración nada puede añadir el personal afecto.

El Nacional, 6 de septiembre de 1935

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

Todo hombre tiene su precio

lo que hace falta es saber cuál es.

Joseph Fouché

Del culto al poder, al poder de la cultura

El espacio se puede recuperar, el tiempo, jamás.

Napoleón.

 

No a todos les queda el puro, nomás a los trompudos.

Dicho popular.

 

Si el lector no simpatiza con el PRI, pero quisiera otorgarle el beneficio de la duda, tendría que releer a Octavio Paz para encontrar los argumentos que indujeron al Premio Nobel de Literatura a creer en ese partido, mismos que le ganaron algunas críticas mordaces: sus detractores le decían a Paz que había claudicado porque el poder lo llenó de halagos y pleitesías como método para sobornarlo. Sin embargo, hubo otros, como Vargas Llosa, que dizque trataron de entenderlo.

Según el novelista y periodista peruano (lo escribió en Berlín en 1998 —“El lenguaje de la pasión”— y fue publicado en el periódico “El País”), Octavio, su colega y amigo, “obedecía a una convicción que, aunque yo creo errada —a ello se debió el diferendo que levantó una sombra fugaz en nuestra amistad de muchos años—, defendió con argumentos coherentes. Desde 1970, en su espléndido análisis de la realidad política de México, ‘Posdata’, sostuvo que la forma ideal de la imprescindible democratización de un país era la evolución, no la revolución, una reforma gradual emprendida al interior del propio sistema mexicano, algo que, según él, empezó a tener lugar con el gobierno de Miguel de la Madrid y se aceleró luego, de manera irreversible, con el sucesor, Salinas de Gortari.

Ni siquiera los grandes escándalos de corrupción y crímenes de esta administración lo llevaron a revisar su tesis de que sería el propio PRI —esta vez simbolizada por Zedillo— quien pondría fin al monopolio político del partido gobernante y traería democracia a México”.

Ni hablar, pues, que aunque Vargas Llosa falló en su apreciación, su criterio todavía es digno de tomarse en cuenta, pero sin perder de vista que este escritor era enemigo jurado de los regímenes priistas, a los cuales no les concedió el beneficio de la duda que Paz les había otorgado. Incluso, al propio Vargas Llosa le debemos la frase “en México se vive una dictadura perfecta” (creo que le copió al poeta ruso Evtushenko, quien antes había dicho lo mismo, adicionando el siguiente final: “mitigada por la corrupción”).

¿Qué pasaría —pregunta el columnista— si los priistas que están disputándose el poder releyeran “El laberinto de la soledad” y su agregado “Posdata”?

Sin duda, podrían encauzar su democratización interna por la vía de la inteligencia, evitándose con ello la vergüenza de ser señalados como los que acabaron con lo que queda del prestigio político del PRI. Y el mismo sentimiento pesaría sobre los miembros del PAN que se sienten elegidos de los dioses, o sea, los que ignoran que esos “dioses” no son otros que los terrenales: De la Madrid, Salinas y Zedillo, por sólo citar a los últimos representantes de la teocracia mexicana (el nuevo, que por cierto debate entre lo humano y lo infalible del presidencialismo absolutista, ya debe estar sufriendo las tentaciones del poder).

¿Y qué pasaría —vuelvo a preguntar— si el nunca bien ponderado Luis Paredes Moctezuma también releyera la obra social de Octavio Paz y, además, para librarse de la soberbia que lo acosa y poner los pies en la tierra, revisara el pensamiento de Juan de Palafox y Mendoza?

Le aseguro al lector que el municipio de Puebla ingresaría al camino que, entre otros, le fue obstruido por Gabriel Hinojosa Rivero y Mario Marín Torres, ambos personajes más interesados en la próxima elección que en el futuro de las generaciones que habrán de sucedernos. De ahí que la combinación de Paz y Palafox resulte de interés para rediseñar la política del gobierno municipal, es decir, para hacerlo plural, incluyente, social e inteligente.

Respecto a la obra del literato, debo decir que es de sobra conocida. Empero, en relación con la del obispo, lamentablemente hay que reconocer que parte de ella duerme en los archivos de la historia. Le transcribo al lector unos párrafos que bien podrían estar dedicados a quienes, por ahora, ejercen el poder, líneas que forman una de las cartas que el entonces obispo de Puebla le envió a don Andrés de Roda, provincial de la Compañía de Jesús en la Nueva España:

“No es poder… al que no le contiene la razón; no es poder el que, rompiendo los términos del derecho, asalta las leyes, impugna a los cánones sagrados, combate los apostólicos decretos. ¡Ay del poder que no se contiene en lo razonable y justo!…

¡Ay del poder que, a fuerza del poder y no de jurisdicción, quiere también ejercitarlo dentro de los sacramentos! ¡Ay del poder que no basta el poder del Rey ni del Pontífice para humillar este poder! Este que parece ser poder (…) es ruina de sí mismo, porque cuando parece que todo lo pisa y atropella, es pisado y atropellado de su misma miseria y poder…”

¡Qué bueno sería que nuestras autoridades se acercaran a la cultura, a la historia! Seguramente no cometerían las burradas que, además de lesionar al pueblo, nos dan oportunidad de criticarlas y, en consecuencia, de alertar a la sociedad.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

IGNACIO RAMÍREZ

Diputado por la Logia que se ilustra con el nombre del eminente ciudadano en cuyo homenaje estamos reunidos, así como por la masonería mexicana y, más generalmente, atribuyéndome la representación de los revolucionarios de mi época, vengo a pronunciar las últimas palabras que han de decirse en esta ocasión para exaltar la memoria de uno de los más egregios paladines de nuestra nacionalidad.

La esencia de lo clásico radica en la virtud de prolongar en el tiempo el sentido de la actualidad. El tiempo pasa, las ideas y los pueblos evolucionan, la sensibilidad se modifica y todo cuanto hay de contingente y transitorio en una etapa, pierde su significado y su valer. Sólo aquellos valores de humanidad o de pensamiento puro, de belleza o de verdad, que son capaces de trasponer las lindes de su hora y nos hablan siglos después con nuestro propio acento, son valores de excepción que hemos convenido en denominar clásicos.

La obra de los hombres pasados, frente a los hondos problemas de la naturaleza o de la sociedad, casi siempre nos parece en etapas posteriores como el sillar en que se fundan las estructuras de hoy. Esa obra pierde actualidad al asimilarse a las conquistas humanas y al descontarse como sabida en las nuevas empresas del pensamiento.

Si pocas son las concepciones de especulación abstracta que resisten la prueba de los años, más escasas aún son las personalidades que perviven con sentido íntegro y con afirmación perenne.

Esos seres de selección marcan las etapas del devenir colectivo: son los hombres que hacen la historia.

Ignacio Ramírez, El Nigromante, cuyas cenizas han sido levantadas en manos de nuestra veneración y de nuestro respeto, es uno de los arquetipos que señalaron rutas en su tiempo cuyas prolongaciones aún están abiertas para nosotros. El eco de su palabra, su rebeldía ingénita, su visión profunda de las cuestiones sociales, su insobornable convicción positivista, son atributos que todavía hoy nos brindan una fuente de inspiración para acometer el planteo y para intentar la solución de los problemas que conmueven la conciencia de México.

Ignacio Ramírez no sólo pertenece a su época. Su obra no fue una tarea sellada y conclusa. Su vida ejemplar, su inquietud perpetua, su visión proyectada hacia el porvenir, nos penetran, nos impulsan y nos estremecen, cuando pensamos en que se tienden como un puente que va desde la generación precursora y realizadora de la Reforma, hasta la generación que construye la vida del México revolucionario.

El propósito de mis palabras está lejos de intentar un esquema biográfico del patricio. Hombres capacitados, que sintieron arder de cerca las fecundas pasiones del Nigromante, lo han hecho con magistral hondura y palabra certera. Mi intento no aspira tampoco a encerrar en el breve marco de un discurso la obra multiforme de ese gran espíritu. Que me baste hacer un esfuerzo para situarlo en su ambiente, armado de sus arreos de combate; entresacar de su obra los aspectos de más lejano alcance, y referirlos a nuestro momento y a nuestras atenciones de hoy, para revivir aquello que de clásico hubo en las calidades de su ánima; que me baste —digo— proponer como una inspiración y como norma todavía valedera, uno de sus empeños más caros, uno de los propósitos que alentó con sostenido afán: proveer a la integración orgánica de nuestra nacionalidad, mediante la exaltación del nivel de las razas indígenas a los estadios propios de la dignidad humana y por la destrucción del anacrónico poder temporal de la Iglesia católica.

Para abarcar el vasto escenario en que se movieron los hombres de nuestra segunda independencia, precisa bosquejar a grandes trazos antecedentes históricos.

Las colonias hispanas esmaltan la corona imperial de Carlos V en pleno Renacimiento europeo. La Reforma de Lutero hace brecha en la conciencia del Viejo Continente, y al cabo de la Guerra de Treinta Años segrega de la autoridad del Pontificado, primero la mayoría de los Estados germánicos, y luego los países habitados por anglosajones. El imperio de la Iglesia católica, así batido, se reconcentra en España, y por esa vía viene a refugiarse en los dominios trasatlánticos, que se ensanchan al paso cruel de los conquistadores.

El sino histórico que presidió estos antecedentes es causa de que, mientras en las centurias que siguen, la Reforma y sus derivaciones preparan el advenimiento de un nuevo ciclo en cuyo fondo se proyectan las ideas de los enciclopedistas, las expresiones revolucionarias, destructoras de Voltaire, y la transitoria fórmula del Contrato Social —ciclo que se cierra con la Declaración de los Derechos del Hombre—; mientras todo esto acontece en Europa, las colonias de España —singularmente las de mayor entidad, como la nuestra— se hunden en su Edad Media.

Esto no ocurre en las colonias inglesas del norte, cuyos fundadores no eran, como en la América nuestra, ni aventureros ignaros e inhumanos ni clérigos fanáticos, sino simplemente hombres que buscaban una igual oportunidad para perseguir la felicidad.

Tres siglos más tarde, merced a las convulsiones europeas que determinaron la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico, se incuba en las colonias españolas el afán de independencia, nacido del malestar profundo por el régimen de servidumbre social, de explotación económica y de cerrada intolerancia religiosa que singularizó al Virreinato.

El impulso por crear una patria orgánicamente constituida partió del instinto de los principales caudillos de la Independencia. Ellos intuyeron la necesidad de atacar a fondo el problema de la redistribución de la propiedad, con vistas a la elevación del nivel de vida de las masas indígenas. Principalmente Hidalgo aboliendo la esclavitud —con lo que se adelantó mucho a su época—, y Morelos proclamando la guerra por igual a la opulencia y a la miseria, ilustran a la revolución de independencia, imprimiéndole un sentido trascendente de reforma social.

Convertida la revolución en un fenómeno ya maduro, los criollos, los detentadores de la riqueza, los herederos del encomendero —todos bajo la tutela de un clero siempre alerta para aprovechar en beneficio propio aun sus mismas derrotas—, torcieron el recto sentido que los primeros caudillos supieron imprimir a la insurgencia. Y esas clases privilegiadas, al cabo de la consumación de 1821, probaron a organizar el país, rotos sus lazos con la metrópoli, en un sistema de explotación del trabajo y de los recursos naturales, como una mera suplantación del rol que jugaron los agentes de S.M. Católica.

Ya vivía México en un régimen de independencia y aún pesaba sobre él la Edad Media hispanoamericana. La intolerancia de un clero ultramontano —renuente a toda transigencia con los intereses y con el pensamiento humanos—, aliada a la avidez rapaz de los capitanes del ejército permanente que se formó en las luchas de Independencia, y unida también a la codicia de los detentadores, estratificaron la sociedad, superponiendo a indígenas y asalariados, la casta militar, la de los ricos y la eclesiástica, para salvaguardar sus propios intereses y defender el latifundio de la Iglesia, el cual, al decir de Abad y Queipo, abarcaba más de las tres cuartas partes de la propiedad rural de México.

Las luces de la razón científica arrojaba sobre el mundo, apenas traspasaban el tupido cendal tejido en torno del nuevo país independiente, por la no liquidada herencia de la dominación de España.

Eran contados y escogidos los espíritus que lograban captar los efluvios de los pensadores europeos. Luminares de su hora fueron: Fray Servando y el licenciado Verdad, en los agitados días de la guerra de Independencia; Ramos Arizpe —rara calidad de armonía y ponderación—, en la Primera Asamblea Constituyente; Fernández de Lizardi, derramándose en el alma popular; el doctor Mora, en la altura de sus concepciones políticas, y don Valentín Gómez Farías, como el estadista que acaudilló el intento inicial de la Reforma.

En contraste con estos beneméritos esfuerzos, y gravitando sobre el ambiente, sobre la política y sobre la economía, las clases privilegiadas se empeñaban en ahincar sus raigambres en el nuevo cuerpo social de la nación. Esa es la época sombría en que se suceden los golpes de cuartel, los motines y pronunciamientos, el caos y la opresión; época que se personifica y encarna en dos entes siniestros: Santa Anna y el clero.

Mientras Europa se maquiniza, mientras sazonan del otro lado del Atlántico las teorías que darán a poco andar vida y congruencia científicas a las soluciones modernas del problema económico, la historia de México se dilata como una serie continua de desgarramientos, que ahondan la separación de dos campos antagónicos: de una parte —como antes apunté—, criollos, ricos detentadores de la riqueza rural y minera, a veces azuzados por ambiciones extranjeras, todos acogidos a la tétrica égida del clero; por otra parte, rebeldes, idealistas nutridos en las nuevas concepciones del orden social, teóricos que soñaban con una democracia liberal o a la francesa o a la yanqui, y una chusma hambrienta a la que la Independencia no trajo sustento ni igualdad.

Denomínese centralistas a los de un bando y federalistas a los del opuesto; llámense conservadores los primeros y liberales los segundos; divídanse en imperialistas y republicanos —mochos y chinacos—; militen aquellos bajo el pendón de “religión y fueros” y enarbolen éstos el oriflama de la Reforma; a través de media centuria se perpetúan y se distinguen con claridad las dos grandes facciones que viven en continua lucha y en irreconciliable oposición.

Quienes no tomaban parte decisiva en la contienda —y eran los más—, gazmoños intelectuales nutridos de escolástica, literatos, hombres de estudio servidores de la fe, comulgaban por igual con las preocupaciones de su época y adoraban los fetiches de la tradición.

Como un remanso en la agitación de aquella etapa, preñada de inquietud política y de incertidumbre social, abrían sus puertas algunas academias y contadas casas de estudio, donde varones cultos en las ciencias y en las humanidades se reunían para discutir desinteresadamente sobre los elevados problemas del pensamiento. A despecho de sus lastres y de sus prejuicios, doctas inteligencias fulgían con luz tranquila en tales cenáculos, que acogieron en su refugio el saber y las letras, como los claustros medievales conservaron siempre avivado el fuego de la cultura clásica en medio de la barbarie feudal.

Aun los más levantados entendimientos participaban del respeto a lo estatuído, creían en Dios, se inclinaban más a la metafísica heredada que a la experiencia incipiente y no siempre consoladora. En su vida social, eran hombres apacibles, creyentes en el dogma, respetuosos de los bandos de policía y dóciles ovejas en los rebaños de una Iglesia que dominaba todas las conciencias para mejor imponerse a todos los regímenes.

La sociedad de la época, amedrentada, convulsa, interesadamente ignorante de las necesidades proletarias vivía sostenida por los principios heredados, respetando el dinero y adorando a Dios en la teatral figura del pontífice de Roma.

En este cuadro de desintegración, de desorden, donde lo normal era la guerra intestina y lo excepcional la paz transitoria —como acertó a juzgar Altamirano—, surge la figura de uno de los hombres que hicieron la historia: Ignacio Ramírez.

Es interesante observar cómo, al hacer su primera salida por los campos de Montiel de las ideas —nuncio de su propio destino—, Ignacio Ramírez arroja al rostro de venerables académicos, la tesis iconoclasta que había de ser su tizona en su apasionante vida de combate.

Estudiante pobre, de mocedad tan patente que destiempla con las encanecidas cabezas de sus doctos oyentes, sin prosapia y sin más autoridad que la de su dialéctica incipiente, afirma: “No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.

La audacia de la tesis es difícil de comprender en esta época, en que apenas se concibe que cualquier hombre de mediana ilustración necesite de la ficción de Dios para explicarse los fenómenos del universo.

Para imaginar lo detonante de la afirmación de Ramírez, para ponderar el impacto que sus bien trabajados razonamientos marcaron en la conciencia de aquellos hombres de estudio y de fe, es preciso situarse en su época y considerar que la dialéctica católica campeaba en el común de los intelectos. Iluminado y réprobo, Ignacio Ramírez había rasgado el velo del templo.

Armado sólo con la razón científica, sin cañones, sin influencia, sin nombradía, sin posición política, había de conquistar los más destacados sitiales ciudadanos y de hacer replegar a las fuerzas retrógradas del siglo.

Su prócer inteligencia estaba nutrida de cuantos conocimientos podían adquirirse por el estudio pertinaz de las ciencias y de las artes. Le eran familiares lo mismo las disciplinas que inventarían al hombre como un ser dotado de libertad, que aquéllas que lo clasificaban como una parte del mecanismo ineluctable de la naturaleza.

En un tiempo en que la especialización era desconocida —cuando menos en el sentido en que nosotros la entendemos—, Ignacio Ramírez fue un singular tipo de especialista: fue una paradoja viviente, fue un especialista enciclopédico. Lo mismo hacía fulgir sus conocimientos matemáticos, que su sabiduría jurídica; con igual prestanza contestaba los discursos de ingreso a las sociedades científicas, que sentaba cátedra de derecho en la Suprema Corte de Justicia. Vallarta, el maestro, dijo de él: “Es lástima que Ramírez no quiera escribir sobre el derecho constitucional; si lo hiciera, sería el Kant mexicano”.

Las delectaciones artísticas no le eran ajenas. Poeta, hizo temblar a los fanáticos con sus estrofas desposeídas de todo aliento trascendente, con su verso frío y cortante en que negaba el más allá y decía a la “Madre Naturaleza”: “Vine de ti sin esperanza ni temores, y a ti vuelvo sin temores ni esperanza”. Escritor, en todas las alternativas de su agitada existencia de luchador, utilizaba la prensa periódica para dar a sus contemporáneos pensamientos que refulgían en el ambiente oscuro de la época, como el rescoldo en la sombra. Libelista, flagelaba todas las tiranías y llegaba a los más acres tonos de la sátira, a los más corrosivos tintes de la ironía, en cuyo manejo era magistral. Jurisconsulto, sentó las bases de jurisprudencia en la aplicación de una Carta Constitucional que durante largos lustros no había tenido aplicación práctica. Reformador, proclamó e inspiró los aspectos más avanzados de las Leyes de Reforma y alentó las concepciones más audaces en derecho civil y penal. Gobernante, convirtió iglesias en bibliotecas, exclaustró monjas, reunió en la Biblioteca Nacional de México las colecciones del clero, clausuró la apolillada Universidad y el Colegio de Abogados, renovó la educación primaria y alentó la construcción de ferrocarriles.

Uno de sus aspectos más admirables fue su vocación innata de maestro. Su oratoria arrebatadora detenía el curso del tiempo. Una constelación de luchadores se desprendió del semillero de sus aulas; los hombres forjados en su fragua no sólo fueron espíritus fieles en la cátedra y le guardaron fe en la conciencia, sino que llegaron al sacrificio mismo de la vida. Leonardo Márquez, El Tigre de Tacubaya, tiñó sus garras en la sangre de dos de sus discípulos. Ignacio Ramírez fue sembrador y árbol señero plantado en la linde de dos campos: el pensamiento prócer y la acción fecunda.

Pero la fase de su personalidad que más me apasiona y que mejor refleja los problemas de ambas épocas —la suya y la nuestra—, es donde aparece como rebelde, como luchador, como periodista de combate, como “atleta jamás vencido ni desalentado”. Ministro de Juárez por imposición pública, coronando su carrera cívica, no es tan grande como planteando el problema de la nacionalidad mexicana y señalándole soluciones que, si no fueran bastantes, si no acertaron a resolverlo —por las limitaciones de su tiempo—, sí fueron videntes y son aún inspiradoras nuestras.

En un siglo que soportó a centenares de héroes militares, Ignacio Ramírez se destaca como un encumbrado héroe civil, en el cerco de los hombres de convicción y de capacidad y de limpieza que en la perspectiva de la historia convergen en la personalidad de Juárez.

Hablar de la Reforma sin aludir a Juárez equivale a narrar la batalla de Waterloo sin mencionar a Wellington. Por eso me detendré un momento para rendir pleitesía al egregio paladín.

A diferencia de los caudillos que en la historia han sido, en circunstancias de abrumadora responsabilidad y de correspondiente autoridad, Juárez no se rodea de inteligencias mediocres, de caracteres desteñidos; antes bien, por encima de ocasionales distanciamientos, el Benemérito mantiene a su vera a los hombres de vanguardia del Partido Liberal que se destacan por su reciedumbre. Él mismo reconoce la superioridad de inteligencia de Ocampo, de Ramírez o de Lerdo, sobre sus personales aptitudes. Sin embargo, ellos y otros señalados valores humanos formaron su centro de gobierno. Él era la legalidad, la integridad, la ponderación y la firmeza: el carácter y la ley; ellos eran la iniciativa audaz, la especulación fecunda y la dialéctica. Quienes han visto la figura individual de Juárez menor que la de sus colaboradores, no han advertido que si así lo parece es porque la talla de éstos era gigantesca. Juárez atalaya su siglo desde la peana que le forman esas brillantes inteligencias y esos acerados caracteres que se unifican y resumen en la figura inmortal del gran republico.

De Ignacio Ramírez la sabiduría, la contextura de su espíritu —dúctil sólo para flagelar—, la energía de la salud robusta y el estoicismo de la sangre, estaban al servicio de un pensamiento fundamental, persistente, más duradero que su vida humana: integrar nuestra nacionalidad. Con ese evangelio precursó la Reforma; por esa convicción llevó grillos en la cárcel y sufrió miserias con los suyos.

Las más crueles vejaciones que los tiranos aplican a quienes dicen siempre su verdad en voz alta, armados sólo de valor civil, no fueron bastantes para torcer la senda de este hombre que había cifrado la máxima aspiración de su vida pública en el destronamiento de los señores tradicionales: el cura y el caudillo.

La nombradía de este hombre singular, para quien, como para el gran Leonardo, nada de lo que es humano le era ajeno, traspuso la dilatada extensión del Atlántico. Polemizó con Castelar y de esa noble justa surgió triunfante su tesis de independencia iberoamericana. Pero lo capital de su obra, lo trascendente, no radica en sus aventuras intelectuales, ni en los azares de su vida militante: reside en su visión límpida de los problemas nacionales, que proyectó, tal que una flecha disparada hacia el porvenir, desde las columnas de los periódicos, desde la tribuna, desde la cátedra.

Honrémonos al recordar aquí algunos de los aspectos de su pensamiento que son aún de actualidad lozana y nuestra.

Hoy se cuestiona la utilidad de derecho romano como materia fundamental de la educación jurídica, cuando ya en 1868 Ramírez decidía la disputa desestimando la importancia que se ha atribuido a este aspecto de la disciplina escolar, para subrayar la necesidad de formar abogados que estuvieran más cerca de las realidades del pueblo a que debían servir.

Respecto de su solución al problema de la cultura de las masas indígenas, su acción y su palabra son elocuentes. Había sido el principal inspirador de un sistema de becas municipales en favor de estudiantes aborígenes. Si esta medida, por insuficiente, no hubiera tenido mayores alcances, quedaría justificada por el hecho aislado de haber servido para que Ignacio M. Altamirano fuera quien fue.

Claro está que Ramírez no podía enfocar, desde su tiempo, una interpretación económica del devenir histórico, y, por ende, no alcanzó a ver que la asimilación del indio a planos superiores de…IGNACIO RAMÍREZ bienestar no se logra por la mera influencia taumaturgica de la enseñanza. Tal empresa ha de llevarse a término por la transformación del régimen de propiedad y del usufructo de las fuentes de riqueza, principalmente de la tierra y de los instrumentos de producción; y la cultura, en el conjunto de la obra, representa el coronamiento de ella. En suma: la cultura hace lo suyo, pero no es la sola palanca para lograr la incorporación de los estratos retrasados al cuerpo vivo de la nacionalidad.

Ramírez, sin embargo, trazaba en su programa capítulos tan certeramente dirigidos como éste: A la pregunta que se formulaba: “¿Qué debemos enseñar a los indios?”, después de rechazar el catecismo, la poesía, la historia en su sentido inactual y la metafísica, respondía: “Fuera de los conocimientos elementales, como lectura, escritura, aritmética, álgebra, geometría, dibujo, canto y gimnasia, los indígenas deben conocerse a sí mismos y tener nociones exactas sobre lo que los rodea, no como sabios, sino como hombres bien educados, responsables de sus acciones y miembros de una sociedad deliberante y soberana”. Y adelante añadía: “… Y esta educación debe ser común para hombres y mujeres”.

En otro aspecto de su programa sobre educación, se lee: “A cada paso hablamos de colonias extranjeras y de colonias militares; en vez de estos ensueños, ¿no convendría plantear una docena de colonias agrícolas en los centros más notables por la aglomeración de los indígenas? El gasto sería menor y los provechos seguros. La base de la colonia sería una escuela; y el gasto se cubriría con los fondos que puede designar el presupuesto para otras empresas”.

Si no fuera porque somos testigos de que nos olvidamos de esta enseñanza del pasado cuando articulamos el programa de acción y de gestión de los revolucionarios de ahora, podría creerse que los conceptos que acabo de citar, fueron inspiradores de un capítulo importante de nuestro Plan Sexenal.

Ramírez decía: “La mitad de nuestro plan de estudios debe suprimirse para todos, aún para los indígenas; los laboratorios de química, los gabinetes de física, deben tomar posesión de las capillas en nuestras aldeas: así veremos a éstas como esos cometas que la ciencia ha sorprendido, convirtiéndose en anillos refulgentes y en una lluvia de estrellas. Entonces podrán imprimirse numerosas obras en los idiomas nacionales, porque habrá quien las lea”.

Estos conceptos, setenta años viejos, parecen dirigirse como verbo actual de admonición a quienes han olvidado que los bienes nacionales deben destinarse al servicio real de la nación.

Y no es que yo crea posible aplicar remedios del pasado a males del presente. Ya he dicho con sinceridad mi sentir sobre el rol de la educación en la labor integradora de nuestra entidad nacional. Es tiempo de que declare cómo, si me asombra y me entusiasma la visión positivista y humana de las cuestiones educativas que tuvo don Ignacio Ramírez, no aceptó sus concepciones más que como equivalentes a las de nuestro tiempo. En la época de él, se disputaban la conciencia en formación los oscurantistas, —respaldados por el pasado y azuzados por el clero—, y los liberales de ideas positivistas que enfrentaban la razón al dogma. En la época nuestra, son los residuos de un liberalismo cuya capa han tomado el clero y la reacción para mejor engañarnos, los que disputan la educación de la juventud al Estado revolucionario, el cual debe concebirla en forma de preparación franca para la lucha de clases.

Con la misma decisión que Ramírez, el reformista, disputó al partido clerical la educación de la juventud, con idéntica resolución y con igual firmeza, debemos nosotros plantear la cuestión en sus verdaderos términos.

La educación que se haya de impartir, siempre bajo el control y la más estrecha responsabilidad del Estado, debe preparar a las nuevas generaciones para formar en los rangos de la clase proletaria, en lucha con la clase capitalista; debe forjar trabajadores de lúcida visión, y ha de allanar el camino para llegar, por otros medios más directos y eficaces, a socializar los instrumentos de la producción económica. Que sepan los miembros de la clase detentadora de la riqueza, que al mandar a sus hijos a la escuela los descastan, para filiarlos en las falanges del proletariado. Si no aceptan esta educación clasista, con que el gobierno de la revolución ha de responder a los trabajadores de la sangre por ellos vertida en los años de la lucha armada, que se atengan a sus recursos o que dejan a sus hijos en la ignorancia. La máxima capacidad económica del Estado para fundar y sostener planteles de enseñanza, debe ser íntegramente aprovechada por quienes, al ingresar a la escuela, ingresan ipso facto al dominio del proletariado.

La idea capital que inspiró el constante batallar de don Ignacio Ramírez —idea que he querido subrayar en el decurso de esta disertación—, es la de integrar nuestra nacionalidad. He significado, en las propias palabras del Nigromante, la preferente estimación que concedió al aspecto educativo en esa tarea de siglos; me he esforzado por indicar el tesón de su singular combate con el clero católico. Ahora, para que se forme un juicio menos incompleto de la manera cabal como envolvía sus soluciones al problema, que me sea permitido citarlo nuevamente.

Discutiendo la división política de nuestro territorio, en el Congreso Constituyente del 57, al impugnar el proyecto a debate, decía:

Me opongo desde luego a esa absurda división territorial, que no estima necesidades geográficas, sociales, raciales. Encerrado en su choza y en su idioma, el indígena no se comunica con las otras tribus ni con la raza mixta, sino por medio de la lengua castellana. Y en ésta, ¿a qué se reducen sus conocimientos? A las fórmulas estériles para el pensamiento, de un mezquino trato mercantil, y las odiosas expresiones que se cruzan entre los magnates y la servidumbre.

Tenía razón el Nigromante: error de la Colonia, que heredó México independiente, fue mala organización política y económica, a causa de la cual quedó incapacitado el país para controlar todas sus extensiones territoriales. La corona española no intentó articular las provincias dependientes del Virreinato, y sin esa articulación, sin nexos comerciales, sin comunicaciones con sentido económico y con una diversidad étnica como la nuestra, no puede constituirse una nación orgánica.

Y en lo social, don Ignacio Ramírez comprendía con nitidez la naturaleza del salario, cuando afirmaba con sentido irónico, en el mismo Congreso: “… y el alimento no es para el jornalero, hombre máquina, un derecho, sino una obligación de conservarse para el servicio de los propietarios”.

Hidalgo y Morelos —dije hace un rato— intuyeron la necesidad de proveer a una reforma de fondo en nuestra estructura social, para fundar una patria. Los hombres de la Reforma —entre los cuales Ignacio Ramírez, al decir de Justo Sierra, “personificaba el pensamiento más alto de la revolución”— plantearon con más experiencia problema de tamaña entidad. Pero no es sino a la generación de nuestra época, o más concretamente: a los que heredamos las tradiciones y las responsabilidades del partido revolucionario histórico, a quienes toca cumplir con el deber que nos fue legítimamente legado, de hacer de México una organización coordinada en un sistema político y económico propio.

Cuando, en torno del homenaje que rendimos al patricio, han cruzado en nuestra mente las sombras augustas de los fundadores de la nacionalidad, de los forjadores que batieron el hierro informe de nuestro acervo humano, para modelar en él la unidad de raza que aún busca su expresión auténtica, y la integridad orgánica que apenas se pergeña, he sentido en toda su verdad la concepción que presenta el desarrollo histórico, no como un retorno a las formas superadas de la existencia colectiva, sino como un impulso que asciende en espiral y coloca a cada generación en un estadio más alto, pero siempre situado en perpendicular sobre los ciclos consumados.

Así se instituyen las estirpes que se superponen en la dimensión del tiempo. Desde el vértice en que nos hallamos no es fácil distinguir en línea recta a nuestros mayores: Hidalgo y Morelos, Guerrero, Ramos Arizpe, Gómez Farías, Juárez con Ramírez y Ocampo, con Lerdo y Santos Degollado.

De esa estirpe histórica, de que a justo título nos sentimos orgullosos, desprendemos hoy al Nigromante para tributar un homenaje a su memoria.

El Nacional, 8 de octubre de 1934.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

Implicaciones políticas que apenas comienzan a dimensionarse...

En una acción que marca un punto de ruptura sin precedentes en la relación bilateral con Washington, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos desclasificó este miércoles una acusación formal en contra del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros nueve funcionarios y ex colaboradores de su administración. Se les señala por su presunta participación en una red de protección institucional vinculada a operaciones de narcotráfico a gran escala.

El expediente de Nueva York

La Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York presentó cargos que incluyen conspiración para la importación de fentanilo, cocaína y metanfetaminas, además de delitos relacionados con el uso de armas de fuego. Según el pliego acusatorio desclasificado hoy, las autoridades estadounidenses sostienen la hipótesis de que los señalados habrían recibido beneficios económicos a cambio de facilitar las operaciones logísticas de grupos criminales en la región.

Derivado de este expediente, el gobierno estadounidense ha emitido ya una solicitud formal de detención provisional con fines de extradición, colocando al Estado mexicano ante un complejo desafío jurídico.

Rocha Moya: "Es una infamia sin pruebas"

Desde la capital sinaloense, el gobernador Rubén Rocha Moya rechazó categóricamente los señalamientos, calificándolos de "ataque político" y un intento de injerencia en la soberanía nacional. El mandatario subrayó que no existe evidencia material que sustente las afirmaciones de la fiscalía neoyorquina.

"Se trata de una campaña basada en dichos de testigos protegidos que buscan beneficios procesales. Mi administración se mantiene firme y demostraremos que estas acusaciones carecen de todo fundamento", sentenció el Ejecutivo estatal.

Postura oficial y blindaje legal

La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) informó que, tras una revisión preliminar de la documentación enviada por la Embajada de EE. UU., se detectó que las solicitudes de extradición no incluyen elementos de prueba suficientes que acrediten la responsabilidad de los imputados bajo los estándares del tratado bilateral. Por su parte, la Fiscalía General de la República (FGR) anunció la apertura de una carpeta de investigación propia, aunque recordó que, debido a la investidura del gobernador, cualquier acción procesal requeriría de un juicio de procedencia ante el Congreso para el retiro de su inmunidad (desafuero).

Reacciones en el espectro político

Mientras diversos actores de Morena y el Comité Ejecutivo Nacional del partido han cerrado filas con el mandatario —denunciando irregularidades en el proceso y una violación a la confidencialidad diplomática—, bloques de la oposición han comenzado a gestionar ante el Senado la posible desaparición de poderes en Sinaloa, argumentando una crisis de gobernabilidad que ha rebasado a las autoridades locales.  

A medida que la información continúa en desarrollo, el caso se perfila como el litigio más relevante en la historia reciente de la cooperación en seguridad entre México y Estados Unidos, con implicaciones políticas que apenas comienzan a dimensionarse.

Redacción Réplica

“Miren, hago lo que quiero y me importa un carajo”

Te presentamos un resumen de las noticias más importantes de la semana

Noticias de la semana

Del 20 AL 26 de abril de 2026

 

Sangre y caos en la zona arqueológica de Teotihuacán

Lo que debía ser una jornada de asombro ante la historia se tornó en tragedia el pasado lunes 20 de abril. Un hombre armado irrumpió en la Plaza de la Luna y abrió fuego de manera indiscriminada contra un grupo de visitantes. El saldo es desgarrador: una turista de nacionalidad canadiense perdió la vida en el sitio, mientras que otras siete personas resultaron heridas por proyectiles. En el tumulto y la desesperación por huir, seis personas más sufrieron lesiones por caídas. El agresor, al verse acorralado por elementos de la Guardia Nacional, decidió terminar con su propia vida. La Fiscalía General de la República ha tomado las riendas de la investigación para esclarecer el motivo de este ataque que ha conmocionado al sector turístico internacional.

Violencia en el Mercado Morelos: Puebla bajo el fuego de la extorsión

La ciudad de Puebla vivió momentos de alta tensión este lunes 20 de abril, tras registrarse una balacera en las inmediaciones del Mercado Morelos. Según confirmó el secretario de Seguridad Pública estatal, Francisco Sánchez González, el ataque no fue un hecho aislado, sino una violenta represalia de grupos delictivos tras la captura de 25 presuntos extorsionadores. El enfrentamiento dejó tres civiles heridos y obligó a las autoridades a desplegar un operativo permanente encabezado por la Marina y la Policía Estatal, en un intento por arrebatarle el control de los centros de abasto a las mafias del "cobro de piso".

Sacudida en el Gabinete: Estela Damián deja la Consejería Jurídica

En un movimiento que tomó por sorpresa a los círculos políticos de la capital, se formalizó esta semana la salida de Estela Damián Peralta de la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal. Tras meses de ser el brazo legal de la Presidencia, Damián deja el cargo en un momento donde la administración busca refrescar su estrategia jurídica ante las reformas constitucionales pendientes. Este relevo sugiere un ajuste de tuercas en el círculo más cercano de la mandataria, priorizando un perfil que pueda navegar con mayor agresividad en los mares legislativos que se avecinan.

Eruviel Ávila, denunciado penalmente por violencia de género

El diputado federal y exgobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, se encuentra en el centro de un escándalo personal y legal. El pasado 21 de abril, su esposa, María Irene Dipp, rompió el silencio a través de un video en redes sociales donde denunció ser víctima de amenazas e intimidación psicológica por parte del legislador. La denuncia no solo ha escalado al terreno penal, sino que ha generado un fuerte eco en el Congreso, donde se cuestiona si el fuero parlamentario seguirá siendo un escudo ante acusaciones de violencia de género en el entorno familiar.

Confirman identidad de los fallecidos en Chihuahua: Eran agentes de la CIA

Lo que inicialmente se manejó con hermetismo en la Sierra Tarahumara ha estallado en una crisis de seguridad nacional. El Gabinete de Seguridad confirmó que los dos estadounidenses asesinados el fin de semana pasado eran agentes activos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). El hecho ha puesto en evidencia una preocupante realidad: los agentes realizaban operaciones de inteligencia en territorio mexicano sin haber cumplido con los protocolos de registro y notificación ante la Cancillería, lo que abre un debate sobre la presencia no autorizada de fuerzas extranjeras en el país.

Presión diplomática desde Washington: La Casa Blanca pide "empatía"

A raíz del asesinato de los agentes de la CIA, la relación entre México y Estados Unidos ha entrado en una fase de tensa diplomacia. La Casa Blanca emitió un comunicado solicitando al gobierno de Claudia Sheinbaum "empatía" para con las familias de las víctimas y una colaboración total en las investigaciones. Sin embargo, la respuesta desde Palacio Nacional ha sido cauta pero firme, señalando que, si bien se busca justicia, la soberanía nacional es innegociable, especialmente cuando se trata de actividades de inteligencia extranjera no declaradas.

Luisa María Alcalde regresa a la primera línea del Gobierno

El tablero político de Morena sufrió un cambio estratégico este 23 de abril. Luisa María Alcalde anunció su renuncia a la dirigencia nacional del partido para reincorporarse al gabinete presidencial. Alcalde asumirá la titularidad de la Consejería Jurídica, ocupando el vacío dejado por Estela Damián. Con este movimiento, la presidenta Sheinbaum apuesta por una figura de absoluta lealtad y trayectoria probada para blindar legalmente los proyectos finales de su administración.

Resistencia ciudadana en Puebla: Nace el frente contra el Cablebús

La construcción del Cablebús en la capital poblana ha encontrado un obstáculo que no estaba en los planos: la organización civil. El pasado 21 de abril se anunció la creación de un frente cívico que agrupa a vecinos y activistas opuestos al proyecto. Los inconformes denuncian que la obra carece de estudios de impacto ambiental transparentes y que afectará la fisonomía histórica de la ciudad. Bajo la consigna de exigir una consulta ciudadana real, el grupo ha iniciado una serie de movilizaciones que amenazan con frenar los trabajos de construcción.

Cae en Argentina el "Zar" del huachicol fiscal

En un operativo de alcance internacional, fue detenido en Argentina el contralmirante Fernando Farías Laguna. Las autoridades mexicanas lo identifican como el presunto cerebro detrás de una vasta red de "huachicol fiscal", dedicada a la importación ilegal de combustibles. Se estima que esta organización defraudó al Estado por sumas multimillonarias mediante la manipulación de pedimentos y el contrabando de hidrocarburos. El gobierno mexicano ya ha iniciado los trámites legales para su extradición, en lo que promete ser uno de los juicios por corrupción más sonados del año.

Maru Campos, bajo el escrutinio público por la crisis en la Sierra

La gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, enfrenta una de las crisis políticas más agudas de su mandato. Tras el violento episodio donde murieron agentes de la CIA y mandos de la policía estatal, las críticas hacia su estrategia de seguridad no se han hecho esperar. El pasado 24 de abril, la mandataria fue cuestionada duramente por la aparente falta de control territorial en la Sierra Tarahumara y por el desconocimiento de las actividades de inteligencia extranjera en su estado. La presión desde el Gobierno Federal y la opinión pública nacional la mantienen hoy en el "ojo del huracán".

Redacción Réplica

Revista Réplica

Un mundo impecable. Cómodo. Eficiente...

He estado pensando —más de lo que recomienda la higiene mental— en el futuro. No en ese futuro de neón y naves espaciales que nos vendió el cine, sino en este que ya se nos metió en la cocina, en el café de la mañana y en la forma en que movemos el dedo sobre una pantalla de cristal.

La conclusión, si me permiten la franqueza, es bastante incómoda.

Estamos asistiendo al nacimiento de dos mundos que no se hablan.

Uno es el nuestro. El de los que todavía guardamos libros en la maleta y entendemos que el conocimiento no es un café instantáneo; es un proceso lento, a veces doloroso, que requiere el esfuerzo de subrayar, dudar y, sobre todo, detenerse. Somos los sobrevivientes de la era de la pausa. Pero aceptémoslo: empezamos a parecer náufragos en una isla que se hace cada vez más pequeña.

Del otro lado está la marea. Una generación que no fue educada para pensar, sino para reaccionar. Son los hijos del “scroll” infinito, del estímulo que dura quince segundos y de la risa fácil que tapa el silencio. Para ellos no hay profundidad, solo flujo. Si no brilla o no hace ruido, no existe.

Y aquí es donde la percepción se convierte en una bofetada estadística.

Los medios de comunicación —especialmente en Europa, que suele ir un par de pasos adelante en nuestras desgracias— están perdiendo audiencias a un ritmo suicida. Y no es falta de calidad; es que el entorno simplemente dejó de valorar el periodismo. El algoritmo no es un ente perverso con un plan maestro para destruir la civilización; es algo mucho más cínico: es un espejo.

Durante años nos quejamos de que el algoritmo se había vuelto estúpido. Pero la realidad es más brutal. El algoritmo simplemente aprendió a conocernos.

Entendió que preferimos lo masticado. Que elegimos lo inmediato sobre lo importante. Que nos quedamos hipnotizados donde no hay que hacer el más mínimo esfuerzo intelectual.

El sistema no es malo, es rentable. Por cada video vacío hay un mercader monetizando y un millón de personas entregando lo único que realmente poseen: su tiempo y su criterio. Es un intercambio de oro por espejitos de colores, pero en versión digital.

El problema es que el pensamiento no es un don divino, es un músculo. Y un músculo que no se usa termina por atrofiarse hasta convertirse en un colgajo inútil.

A los que ya pasamos de los treinta nos queda el recuerdo, esa memoria muscular de lo que significa analizar una idea. Pero los que vienen detrás están siendo criados por una inteligencia artificial que no quiere ciudadanos, sino consumidores de atención.

Y aquí es donde el panorama se pone realmente extraño.

Nos prometen un futuro de ingreso universal, donde la IA hará el trabajo sucio y nosotros seremos libres. Suena a paraíso, ¿verdad? Pero la pregunta que nadie quiere responder es: ¿Qué vamos a hacer con una sociedad que ya no necesita trabajar y que, además, olvidó cómo pensar?

El riesgo no es el aburrimiento. Es el vacío.

Un vacío que se llena con lo más básico, lo más adictivo y lo más manipulable.

Una sociedad perfectamente entretenida es una sociedad perfectamente dócil. Cuando la gente deja de pensar, el poder deja de pertenecer al que tiene la razón o la verdad. El poder pasa a manos de quien mejor sabe agitar el cascabel.

Aunque no diga nada. Aunque no sepa nada.

Por eso, que el periodismo esté en crisis no es una tragedia gremial. Es el síntoma de que una parte del mundo ya no sabe para qué sirve la verdad. No es que no la quieran; es que ya no tienen las herramientas para procesarla.

Quizá el futuro no sea una guerra nuclear ni una catástrofe climática de película. Quizá sea algo mucho más aterrador.

Un mundo impecable. Cómodo. Eficiente.

Y profundamente estúpido.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica

“Recuerda que eres mortal”, debería ser la frase tatuada en sus almas...

Y para entonces, quizá, ya no quede mucho por salvar...

Dice una de las leyes de Murphy: “Los helicópteros no pueden volar. Son tan feos que la tierra los rechaza ”.

Juan Sandoval Íñiguez no despegó la vista del vino que él personalmente servía ponderándolo como uno de los mejores de su cava...

Al oír un “güey” pronunciado con énfasis estentóreo por algún muchacho veinteañero, de inmediato pienso en Cervantes, el de El Quijote.

—No nos hagamos pendejos —ripostó Bartlett a uno de los enviados presidenciales—. Ése sería un pinche destierro...

Por las calles de Puebla corrió un comentario alentador: “La cita es a la hora en que se oculte el sol, allá en el viejo jardín de San José”...

Cuanto mayor la riqueza, más espesa la suciedad.

John Kenneth Galbraith

Artículos Interesantes

Grid List

Porque al final, la pregunta no es si esto es real...

Hay personas que hoy hablan de “salir de la Matrix” como si fuera un acto heroico, casi místico: soltar, permitir, fluir, elegir otro camino, “jugar” la vida. Suena bonito. Suena liberador. Pero también suena peligrosamente superficial si no se entiende lo que realmente está en juego.

Porque la Matrix —más allá de la película The Matrix— no es un sistema de cables, ni una inteligencia artificial que nos cultiva como baterías. Es algo más incómodo: es la narrativa que aceptamos sin cuestionar.

  1. La cárcel invisible

La pregunta no es nueva. Desde Platón hasta la modernidad tecnológica, el ser humano ha sospechado que lo que ve no es exactamente lo que es. La filosofía lo dijo antes que el cine: lo real podría ser solo interpretación.

Hoy la ciencia incluso coquetea con la idea: la hipótesis de simulación propone que podríamos estar dentro de una realidad generada, indistinguible de lo “real”. 

Pero hay algo más inquietante aún: aunque no vivamos en una simulación digital, sí vivimos dentro de interpretaciones.

El cerebro no capta el mundo tal cual es; lo construye. Filtra, predice, acomoda.

Es decir: no vemos la realidad, vemos lo que podemos tolerar de ella.

Ahí empieza la verdadera Matrix.

  1. La versión cotidiana de la Matrix

No necesitas conspiraciones globales para estar atrapado.

Basta con esto:

  • Creer que solo vales por lo que produces
  • Repetir discursos heredados sin revisarlos
  • Vivir en automático, esperando el viernes
  • Temer tanto al cambio que prefieres la incomodidad conocida

Eso es Matrix.

No la de ciencia ficción, sino la doméstica, la silenciosa, la que no hace ruido porque está normalizada.

La Matrix no te encierra… te convence de que no hay otra vida posible.

III. El “despertar” mal entendido

Aquí es donde entra el discurso moderno:

“suelta”, “fluye”, “elige otro camino”, “juega la vida”.

Suena profundo, pero muchas veces es un placebo emocional.

Porque soltar no es ignorar.

Permitir no es resignarse.

Elegir distinto no es huir.

El verdadero problema es que se ha romantizado el despertar como si fuera ligero, casi cómodo.

Y no lo es.

Despertar implica:

  • Ver lo que evitabas
  • Reconocer tus propias mentiras
  • Aceptar que muchas decisiones no fueron libres
  • Y asumir que nadie vendrá a rescatarte

No hay música épica.

No hay Morfeo.

Solo hay conciencia… y responsabilidad.

  1. Entonces, ¿qué significa “salir de la Matrix”?

No significa irte a vivir a la montaña.

Ni dejar todo y “fluir con el universo”.

Significa algo mucho más brutal: dejar de reaccionar automáticamente.

Significa elegir, incluso cuando duele.

Elegir:

  • pensar en lugar de repetir
  • cuestionar en lugar de obedecer
  • actuar en lugar de posponer

Salir de la Matrix no es escapar del sistema… es dejar de ser un producto pasivo dentro de él.

  1. El juego de la vida (sin clichés)

Aquí entra una idea poderosa que sí vale la pena rescatar: la vida como juego.

Pero no como entretenimiento vacío, sino como conciencia activa.

Jugar la vida es entender que:

  • no controlas todo, pero sí tu postura
  • no eliges las cartas, pero sí cómo jugarlas
  • no evitas el dolor, pero decides qué haces con él

Y entonces aparece algo extraño:

Cuando dejas de querer controlar todo… empiezas a vivir con más claridad.

No porque “el universo conspira”, sino porque ya no estás peleando contra todo.

  1. La verdad incómoda

Tal vez no vivimos en una simulación.

Tal vez no hay máquinas detrás.

Tal vez no hay nadie controlando nada.

Y eso es aún más aterrador.

Porque entonces: la Matrix no está afuera.

Está en cómo decides vivir tu propia vida.

Epílogo

Hay gente esperando despertar.

Otros esperando señales.

Otros esperando el momento perfecto.

Y mientras tanto, la vida pasa.

No como simulación… sino como oportunidad desperdiciada.

Porque al final, la pregunta no es si esto es real.

La pregunta es más incómoda: ¿estás viviendo… o solo estás reproduciendo lo que te enseñaron a vivir?

Tobías Cruz

Revista Réplica

FRAGMENTOS REVISTA RÉPLICA