Las mordidas de la lengua

Alejandro C Manjarrez
Tipografía
  • Diminuto Pequeño Medio Grande Más Grande
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

Al oír un “güey” pronunciado con énfasis estentóreo por algún muchacho veinteañero, de inmediato pienso en Cervantes, el de El Quijote.

Al escuchar el “¡órale!” reverberante que usan los jóvenes para manifestar su acuerdo, viene a mi mente Jorge Luis Borges, el ciego que a pesar de las sombras que lo envolvían, hurgó en los libros ajenos para con su ingenio crear otros que irradian la luz del conocimiento (lo de “ajenos” es un decir porque su contenido pertenece a todos). Y el inquisitivo “¿qué onda?” que antecede a otros modismos del lenguaje, digamos que moderno, me induce a pensar en el esfuerzo que realizó Sor Juana Inés de la Cruz, la mujer que retó al mundo misógino al escribir, leer y pronunciar palabras y conceptos que trascendieron su espacio generacional para formar parte de un mundo lleno de libros, y de ojos y de oídos dispuestos a leer aquella prosa, e incluso a ver y a escuchar a la monja aún después de muerta.

“Óyeme con los ojos… óyeme sordo pues me quedo muda”, dijo Sor Juana al amigo ausente, el que representa cualquier lector que tenga la dicha de encontrar y saborear sus rimas “escritas con las lágrimas negras de (su) pluma triste”.

Borges ingresó a esa sintonía literaria y, entre otros espléndidos poemas, nos dejó el siguiente: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche.

De Miguel de Cervantes Saavedra está dicho todo, sin embargo, no sobra comentar que en un solo libro el novelista concentró la sabiduría y la cultura que abrió de par en par las puertas de la literatura hispana e hizo del mundo el hábitat de su personaje.

El “güey, el “¡órale!” y el “¿qué onda?” también podrían cruzar las fronteras que marcan el acceso al mundo literario, siempre y cuando, que conste, estos “vocablos” fueran utilizados por un travieso e iluminado novelista dispuesto a guasear con las palabras. Y además a darse a la tarea de cambiar la hermosura del idioma de Cervantes por la tragedia que representa la mutación de la lengua española, cuya riqueza, debo decirlo, quedó reducida a 80 palabras en promedio, incluidas desde luego las que entrecomillé.

Por ello y por otras cosas se quejan los “dinosaurios” que se han declarado custodios del idioma (me incluyo). Y por eso se quejó una señora preocupada por lo mismo, dama que se pasó días y noches en vela pensando en qué nombre poner a su primer hijo, o sea su ilusión y su realización como ser humano pensante y sensible: “Tanto tiempo dedicado a buscar el nombre de mi vástago –decía a quienes querían escuchar a la acongojada y triste señora–, para que ahora le digan “Güey: hola Güey, qué onda Güey. ¡Órale Güey!, Y lo peor: ¡mi hijo ya tiene muchos tocayos!”.

Igual que esa progenitora cuya preocupación representa la pesadumbre de la mayoría de las madres, el Manco de Lepanto también se habría quedado estupefacto si el destino le hubiese puesto en bandeja de plata la oportunidad de enterarse de otras de las deformaciones del idioma. Imagine el lector la cara que hubiera puesto al escuchar términos como chido, la neta, me vale, o sea, chupe, credo (que quiere decir entre crudo y pedo), rockear, ta’cañón y no manches, expresiones que, como ya lo dije, hoy forman el reducido vocabulario con el cual se comunica la nueva generación. Tal vez y hasta confundiría uno de ellos (chupe) con la actividad de mamar propia de los lactantes, otro (credo) con el ejercicio católico de rezar, uno más (vale) con la confirmación positiva

 

Alejandro C. Manjarrez