La Puebla variopinta, conspiración del poder (Capítulo 8) Luces y sombras

Réplica y Contrarréplica
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El poder desgasta sólo a aquel que no lo tiene.

Giulio Andreotti

 

 

La trayectoria de Manuel Bartlett es harto conocida. Igual que lo es su talante duro y persistente para enfrentar a gobiernos priistas y panistas cuyos estilos bien conoce (recordemos que fue secretario de Gobernación de Miguel de la Madrid y de Educación Pública de Carlos Salinas de Gortari). Cuando arribó a Puebla con la intención de preparar su candidatura al gobierno del estado, traía en su morral muchos proyectos que lo llevarían a ganar un espacio en la historia de la entidad donde nació por un accidente laboral (su padre, tabasqueño de origen, llegó a la ciudad de Puebla a fungir como juez de Distrito, el primero en la región. Lo hizo acompañado de su esposa entonces en estado de gravidez). Se comprometió a recuperar la grandeza de Puebla, frase que usó como eslogan de su campaña. Y en esa tarea centró el trabajo de su administración.

No tuvo problema para ser electo gracias a que su perfil político nacional impresionó (o asustó) a los poblanos que por esos días, valga la expresión, gritaban en silencio manifestándose en contra del desarraigo: después de haber padecido el mandato de Mariano Piña Olaya, los miembros del círculo rojo dijeron que era intolerable y absurdo que Puebla fuera gobernada por fuereños. No obstante tanta alharaca, de repente surgió de la nada la frase “todos con Bartlett”, consigna pronunciada por la clase política que finalmente lo aceptó porque temían perder su influencia burocrática y/o los beneficios de figurar (ellos y sus familiares) en la nómina oficial.

Manuel recibió su constancia de mayoría junto con la declaración de gobernador electo que precede a la publicación del Bando en las sedes de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Los poblanos tradicionales no echaron las campanas a vuelo porque el pastor espiritual, el arzobispo Rosendo Huesca y Pacheco, se los había prohibido (supuso que el nuevo “pastor civil” era anti clerical). Así, presionados por la posibilidad de padecer el fuego del averno en vez de la gracia del cielo, los levíticos enmudecieron hasta que necesitaron del gobernante.

En esos previos estaba en Puebla cuando publiqué en mi columna las siguientes líneas, misma que —junto con los comentarios, que también transcribo—, muestra al otro Bartlett, entonces apasionado priista y enemigo declarado de la derecha poblana a cuyos miembros moteó como pirrurris.

“Manuel Bartlett necesita aclarar a los poblanos el por qué la DEA lo involucra con el narcotráfico y el asesinato de Kike Camarena”, escribí.[1]

A la mañana siguiente se llevó a cabo la rueda de prensa en la cual el entonces gobernador electo rompió el silencio que él mismo se había impuesto para no meter ruido al gobierno que vivía su último suspiro; el de Mariano Piña Olaya.

Ese día Bartlett habló fuerte, seguro y enérgico. Se le notaba convencido de lo que decía. Recicló y puso de moda el dicho “al que no le guste el calor que no se meta a la cocina”. Su rostro tranquilo, seguro y sonriente enmarcó cada una de las respuestas y opiniones que articuló y gesticuló.

Sólo una pregunta, la del reportero de Proceso, le obligó a usar el gesto duro que tenía preparado para cuando la ocasión lo ameritara:

— ¡Claro que tengo la calidad moral para gobernar a los poblanos! —dijo enfático el ya gobernador electo.

El hecho ocurrió días antes de que tomara posesión del cargo que Carlos y Raúl Salinas de Gortari le habían concesionado para alejarlo del centro neurálgico del poder político nacional. Su presencia parecía provocarles prurito, desazón, inseguridad e inquietudes de carácter personal. Los hermanos Salinas seguramente estaban ciertos de que el ex secretario de Gobernación conocía muy bien las entrañas del Estado; que su información confidencial era abundante; y que había recopilado cientos de fichas sobre la vida secreta de los miembros del gabinete, incluidos ellos. “Si Manuel sigue cerca de nosotros —deben haberse dicho—, nos causará graves problemas; quiere ser Presidente.”

Off the record

Cuando concluyó la rueda de prensa fui tras la entrevista exclusiva puyado por lo que me había dicho casi en secreto mirándome a los ojos y blandiendo su dedo flamígero: “Afile la pluma para que escriba bien lo que voy a declarar”. “Ya está afilada, licenciado”, le respondí en el mismo tono pero sin el brusco movimiento del índice.

Entré a su oficina después de media hora de antesala. Lo flanqueaban Jaime Aguilar Álvarez y Jesús Hernández Torres, sus dos colaboradores de absoluta confianza. Tres bromas y otro tanto de preguntas me abrieron el camino para “interrogarlo”:

— ¿Por qué lo involucraron con el crimen de Camarena? —pregunté.

Otra vez su mirada penetrante y de nuevo su dedo flamígero.

—Mire usted. Lo que le voy a decir es off the record. Pero tome nota para que sepa las cuatrocientas razones de esa patraña…

Y empezó su relato:

El calor de la cocina

—Cuando llegué a la Secretaría de Gobernación, encontré que en la Dirección Federal de Seguridad habían cuatrocientos agentes inmersos en la corrupción. Nombré como jefe a un general, y éste también fue corrompido. Analicé el problema y la solución más adecuada para resolverlo fue desaparecerla. Pero para poder hacerlo sin sospechas ni protestas tuve que echar mano del jefe del archivo. ‘Hágase cargo de la liquidación de aquella oficina brutalmente corrompida’, le dije. Y lo instruí para que cesara a los agentes previa invitación a que reingresaran a la Secretaría mediando las solicitudes que llenarían el equipo secretarial. La única condición para su reingreso fue que aceptaran ser investigados y sometidos a exámenes psicológicos y médicos. Nadie, ninguno de ellos hizo la solicitud. Y así se acabó la Dirección Federal de Seguridad.

Las caras de Jaime y Jesús mostraban la sorpresa que les provocó la confidencia de su jefe y paradigma. Puede ser que lo supieran, sí, pero como información reservada del influyente secretario de Estado.

Bartlett, que parecía disfrutar con el asombro de sus dos alfiles, decidió rematar su testimonio y dijo endureciendo la expresión de su rostro:

—A esos agentes corruptos, muchos de ellos socios de los narcos, debo la calumnia que se ha venido manejando desde hace varios años. Quisieron desprestigiarme, les pagaron para que lo hicieran. O les prometieron impunidad.

Cuatro años después de aquellas revelaciones, Raúl Salinas de Gortari cayó en la cárcel. Su hermano, ya ex presidente, no pudo evitarlo.

El prestigio de la otrora poderosa familia se había ido al sótano de la política nacional: los nombres de Carlos y Raúl figuraban en una o varias de las líneas de investigación sobre los crímenes del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, Francisco Ruiz Massieu y Luis Donaldo Colosio Murrieta. La sociedad civil compartió las sospechas.

De haber querido, Bartlett habría revelado algunos de los secretos que guarda en su archivo personal. Sin embargo, prefirió callar porque ése no era el momento para desnudar al sistema político mexicano. Además deseaba ser candidato del PRI a la presidencia de la República, intención que le impidió sacar a la luz las historias de aquellos “muertos”, antecedentes que pudieron haber “matado” a los vivos; es decir, a quienes se habían pasado de listos.

Como lo dijo Bartlett en aquella entrevista (off the record sólo durante su mandato): decidió aguantarse, sin rechistar, los calores de la cocina de la República hasta que ingresó al Senado (la primera vez). Ahí se mutó para, al fin inteligente y hábil, mostrarse como el más cáustico crítico del sistema político mexicano valiéndose, obvio, de su información privilegiada y de lo que aprendió en el útero gubernamental, espacio donde se formaron hombres como él y los hermanos Salinas de Gortari.

A su bagaje de información clasificada agregó otras historias y datos. Mario Marín Torres, por ejemplo, el poblano que durante seis años fungió como su eficaz operador político. Quizá por ello uno de sus colaboradores de confianza le endilga la siguiente frase vertida antes de entregar el cargo de gobernador: “Voy a dejar como presidente municipal a Mario Marín para que los pirruris poblanos sepan lo que es amar a Dios en tierra de indios”. Y así ocurrió, en los dos sentidos.

Bartlett llegó al gobierno sin conocer los intríngulis poblanos ni entender el modo de ser de sus nuevos paisanos. Esto le obligó a depender de la información que le proporcionaban algunos subordinados, unos de buena fe y otros con la aspiración de manipular su desconocimiento sobre la realidad del estado. Inventó a dos que tres políticos como Ignacio Mier Velasco, a quien hizo presidente del PRI estatal. También “descubrió” a Jorge Charbel Estefan Chidiac, hijo de Jorge Estefan, su amigo ex diputado federal y oaxaqueño de origen: primero lo nombró secretario de Finanzas del PRI durante la campaña electoral, y después, ya en el gobierno, lo designó secretario de la Contraloría faltándole meses para cumplir 30 años, la edad legal que exigía el cargo. Solucionó este pequeño problema nombrándolo encargado del despacho hasta el día en que Estefan cumplió años. Otro de los jóvenes adoptados fue Antonio Peniche García: lo mandó a estudiar a París y ya de regreso lo incluyó en su nómina.

Entre esas decisiones de envergadura (aumento la colección de eufemismos) se olvidó de Rafael Moreno Valle Rosas, entonces uno de los jóvenes poblanos que le llevó y recomendó Melquiades Morales Flores. Bartlett supo de él, lo apapachó y puede ser que hasta le haya prometido algún cargo que no resultó alentador para quien aún no concluía su preparación financiera en Estados Unidos.

A Mario Marín Torres —en este caso su reinvento— lo conoció a través de Alberto Jiménez Morales. Una vez que se hizo cargo del gobierno, nombró a Mario subsecretario de Gobernación y más tarde titular de la dependencia. Años después, interesado en saber las razones de tal nombramiento (Marín no reunía el perfil del equipo que rodeaba al gobernador), pregunté a Bartlett el motivo de su decisión. Me respondió que Mario le había resuelto todos los conflictos políticos porque conocía bien a los dirigentes y cabecillas de los grupos de presión. “Me di cuenta de sus habilidades —dijo— desde que Piña me lo mandó a la campaña como coordinador de promoción del voto”. En esa ocasión Marín acababa de protestar como candidato del PRI a gobernador del estado. Y ese día Bartlett me aseguró: “Mario será un buen mandatario”. El resto de la historia, que el lector seguramente conoce, demostró que Manuel no tuvo tiempo de entender a los poblanos que formaron parte de su equipo. Dicho con otras palabras: en este último caso se equivocó y feo.

A su desarraigo o desconocimiento del “mercado” local, que para efectos políticos es lo mismo, atribuyo que Bartlett haya propiciado que el PRI poblano fuera manejado por el delegado nacional del CEN de ese partido, el arquitecto Jaime Aguilar Álvarez. Los presidentes estatales como Ignacio Mier y Víctor Hugo Islas estuvieron bajo las órdenes del delegado; nadie podía moverse si no contaba con la autorización del “Arqui”, como motearon a Jaime Aguilar.

El caso de Mier resultó interesante e ilustrativo ya que después de la estruendosa derrota electoral que tuvo que apechugar a los pocos meses de haber llegado a la presidencia de su partido, lo empezaron a preparar para la siguiente elección en la que habría de sacarse la espina. Tuvo éxito y los candidatos de Bartlett y Aguilar Álvarez ganaron en casi todos los distritos. La razón: Mier se había especializado en esos menesteres a partir de lo que podríamos llamar (vuelvo a los eufemismos) el estudio y manejo de la ciencia electoral combinándola con el conocimiento de la plaza y el control de los líderes naturales.

Una vez terminada su gestión como presidente del Partido Revolucionario Institucional, Mier Velasco manejó el proceso que llevaría a la presidencia municipal al ex rector de la Buap Enrique Doger Guerrero, a quien hizo ganar con una votación histórica.

Años antes de esos días electorales —asevera Mier—, Bartlett le dio instrucciones para que se reuniera y conversara con Doger para indagar sus intenciones al interior de la Universidad. Hubo empatía, Mier habló bien de Enrique con su jefe y le aconsejó a Doger qué decir para convencer a Bartlett y así, con esa venia, suplir a su primo el rector José Doger Corte. De este rector debo resaltar que fue un eficaz operador del Proyecto Fénix diseñado con la intención de impulsar el desarrollo académico en la Universidad Autónoma de Puebla. Se trató de un diagnóstico y propuestas universitarias concebidas y auspiciadas precisamente por el gobernador Bartlett.

Lo curioso es que pasados los años Nacho Mier se hizo cargo de la coordinación de la campaña a senador de su amigo y ex jefe, proceso que perdió porque —así lo declaró Bartlett a la prensa— Rafael Moreno Valle mandó a sus operadores electorales para que en la madrugada del día 2 de junio del 2012 anularan los votos a su favor e incrementaran la votación del ex priista y después panista Javier Lozano Alarcón (el “milagro” que refiere Arturo Luna). Ninguno de los dos ganó, empero, gracias a las fórmulas de primera minoría y plurinominales, ambos fueron declarados senadores.

Cultura del Tlacuache

De esa elección encontramos lo siguiente: cuatro de los beneficiarios con el voto ciudadano en la elección del 2012, nacieron a la vida pública arropados por el Partido Revolucionario Institucional: el petista Bartlett, el panista Lozano y las priistas Blanca Alcalá Ruiz y Lucero Saldaña. Además y para hacer más interesante la paradoja política, hay que destacar que la vida de los cuatro estuvo ligada por los lazos burocráticos: Blanca fue subordinada y por ende políticamente impulsada por Bartlett (éste la hizo diputada local y después secretaria de Finanzas); en su juventud Lozano recibió el apoyo de Alberto Peniche Blanco, cercano colaborador de Manuel, entonces secretario de Gobernación y después de Educación Pública. Don Alberto, que por cierto había dirigido el periódico El Heraldo de México de Gabriel Alarcón, abuelo de Lozano, fue uno los intermediarios —tal vez el más eficaz— que sirvieron al entonces titular de la Secretaría de Gobernación de Miguel de la Madrid Hurtado, cuando el país se convulsionó por los “misteriosos” crímenes de Manuel Buendía Téllez Girón y Rafael Loret de Mola.

A Bartlett le pasó lo mismo que a Melquiades Morales Flores, el ex gobernador que, como lo explico en las siguientes páginas, no obstante haber perdido ante Rafael Moreno Valle, gracias a las bondades del Código electoral, también llegó al Senado para validar la sapiencia de César Garizurieta, cuya autoridad se sustentó en sus chambas de diputado, diplomático, servidor público y magistrado: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”, sentenció el famoso Tlacuache.

Y ya que cito la frase de este ilustre veracruzano debo incluir otra, la de su paisano Salvador Díaz Mirón, familiar de Manuel Bartlett. Aunque de distinta inspiración y motivo, las dos creaciones van de la mano en esto de tratar de definir la política y a los políticos. “Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan… ¡Mi plumaje es de esos!” (Poema: “A Gloria”). En el primer caso, el de Garizurieta, abundan los ejemplos. Pero en lo del plumaje indemne de Díaz Mirón debo confesar que no encontré ninguno. Bueno, sí, sólo uno, el citado por Elena Poniatowska en la entrevista que le hizo la revista Réplica. Dijo la periodista y escritora galardonada con el Premio Cervantes de Literatura:

Yo conocí a uno que decía que era tonto porque no había robado. Su casa era muy modesta. Se llamaba Ignacio García Téllez. Fue director del Seguro Social en la época de Lázaro Cárdenas. Decían que era un pendejo. Toquemos madera para que haya muchos así.

De colores

De esta manera la Puebla variopinta se convertiría en un teatro político con tintes amarillentos, principalmente. La votación del PRD creció para imponer un récord electoral; sin embargo, ocurrió el inesperado madruguete que concretó la superstición teatral basada precisamente en el color amarillo, cábala que induce a los actores a nunca usar ese color en el escenario.

Me valgo de esa tonalidad para la siguiente analogía. Y trascribo uno de los breves relatos (Curiosidades y anécdotas) de Juan Ignacio Alonso y Fran Zabaleta, autores del libro cuyo contenido se conforma con la selección de noventa y nueve obras de la literatura universal, notas y anécdotas sobre cada uno de esos casi cien libros:

Cualquiera que frecuente el teatro sabe que pocos actores se atreven a vestir, en escena, de amarillo. Es un temor supersticioso disculpable, pues se basa en una creencia: era el color que vestía Molière cuando cayó fulminado en plena representación en 1673. Pura superstición, porque, al parecer, el famoso traje que vestía Molière en su postrera actuación no era amarillo… ¡sino morado![2]

Y mire usted lo que son las casualidades: los “amarillos” que hasta las doce de la noche del 1 de julio de 2012 ganaban la elección en los distritos de la capital del estado, en un santiamén fueron derrotados por los azules que habían recibido el espaldarazo de Eduardo Rivera Pérez, presidente municipal panista, quien, curiosamente, pintó de morado la imagen del Ayuntamiento. Con todo respeto —como anticipa Andrés Manuel López Obrador (víctima sin duda de alguna malévola jettatura) antes de dar sus toletazos mediáticos—, debo decir que los tartufos de la política, actores disfrazados de perredistas, cayeron fulminados por el efecto de la “magia” (o milagro) que ha hecho temibles a los alquimistas —que no mapaches— ahora convertidos en siniestros vampiros cibernético-electorales (la “magia” del algoritmo).

Divide y vencerás

El apoyo logístico electoral que recibió Bartlett fue coordinado por priistas (o ex) conocedores de las entrañas de ese partido pero que por exceso de confianza se fueron a dormir temprano la noche de la elección. El más destacado, ya lo dije, es Ignacio Mier: Nacho, como todos le dicen no por cariño sino por costumbre, fungió durante varios años como presidente del Comité Directivo Estatal del PRI, razón por la cual conoció muy bien las entrañas de ese partido y, obvio, cómo diablos se tejen las redes electorales.

Además de Nacho Mier hubo otros militantes del tricolor cuya salida produjo lo que románticamente podríamos denominar “histórica fuga de valores”. He aquí algunas de las causas de ese éxodo hacia nuevos páramos, camino reabierto por Vicente Fox, Manuel Espino y varios panistas más que se adicionaron a causas políticas ajenas al pan, el hijo de Manuel J. Clouthier entre ellos:

1.- El desgaste del marinismo cuyos miembros manejaron al Revolucionario con el estilo de Mario Marín Torres; es decir, como si fuera un negocio o club privado generador de utilidades económicas y beneficios políticos exclusivos para los miembros de la llamada burbuja marinista.

2.- La pérdida natural de los fondos oficiales y extraoficiales que sufragaban el trabajo de proselitismo, la organización y el gasto corriente que incluye salarios, prestaciones y gratificaciones. El dinero de las prerrogativas resultó insuficiente para cubrir lo indispensable, déficit que se debió al cambio de gobierno.

3.- La corta visión política de sus dirigentes, ceguera que impidió a ese partido conservar el poco o mucho prestigio que tenía, así como mantener vigente las propuestas políticas que alientan a sus militantes (la lucha por sus principios), actitud que debió haber motivado a la militancia para actuar como grupo de oposición inteligente. Los cabecillas soslayaron esta oportunidad ya sea por amnesia o, como lo digo en el siguiente punto, con la deliberada intención de quedar bien con el titular del poder Ejecutivo.

4.- La lamentable entrega al gobernador poblano, actitud que igual ahuyentó a los militantes que toleraron la derrota porque creyeron que iban a encabezar las demandas sociales y políticas que, supuestamente, habrían de rescatar la presencia pública o popular de esa organización. Como descargo podríamos decir que el talante de los dirigentes priistas no fue espontáneo, sino que Rafael los conquistó, amenazó o convenció (otro eufemismo menos original) para que le ayudaran a mantener a Puebla como un estado de paz y en franco desarrollo o, en su defecto, pensaran en la prisión.

Paréntesis:

En el punto anterior y el que sigue se encuentran respuestas (pragmatismo gubernamental) a varias de las preguntas articuladas en el cuerpo de este texto: en efecto, gobernabilidad es igual a usar la ley para controlar a la oposición; también equivale a cooptar partidos políticos, e incluye la manipulación del concepto de democracia. En resumen, gobernabilidad encarna el ejercicio del poder para controlar a los otros poderes cuya autonomía o independencia, oh paradoja, suele basarse en la bondad de quien ejerza, administre y controle el poder político y a los órganos electorales.

5.- La connivencia de los priistas con el mandatario estatal, tratos que incluyeron el tradicional palomeo del poder y hasta la designación por consenso de algunos candidatos que contendieron por las diputaciones federales. Interpreto su justificación no manifiesta pero sí sugerida: evitar la polarización para favorecer el desarrollo económico y social del estado.

Estas cinco actitudes provocaron la salida de un montón de priistas (que no priistas del montón), mismos que se fueron a otros partidos para poner en práctica su experiencia, encantos, mañas o habilidades electorales, plus que les fue inculcado y trasmitido en seminarios de entrenamiento y, obvio, en el trabajo de campo. Algunos nombres:

Víctor Hugo Islas Hernández, varias veces diputado local y federal. Fue delegado general del CEN del PRI en varios estados, presidente del CDE y coordinador de campañas (una de gobernador), además de actuar en diversos procesos electorales del país. El Partido Nueva Alianza (panal) lo postuló a una de las senadurías. Víctor Hugo perdió, no así su nuevo partido que ganó votos para, ya lo leyó usted, conservar su registro y validar la senaduría de la dirigente nacional, hija de la maestra Elba Esther Gordillo.

Enoé González Cabrera, ex diputada local y federal, ex presidenta municipal de Huauchinango, funcionaria del gobierno de la República y conocedora de las entrañas de la acción electoral: en tres ocasiones fue secretaria general del PRI estatal y una del municipal. Se rebeló (así lo dijo) ante el falso manejo de la equidad de género y por ello abandonó al tricolor con el fin de contender bajo las siglas del Panal, el partido que la postuló al escaño senatorial (segunda fórmula). No ganó.

Marcela Jiménez Avendaño, portadora de una buena trayectoria profesional y partidista, trabajo que la ubicó en el campo de las estrategias políticas. Ya había figurado en alguna de las listas de candidatos plurinominales. El panal (léase gobierno morenovallista) la reclutó como candidata a diputada federal. También perdió.

Luis Alberto Arriaga, ex diputado local, médico de profesión, comunicador por vocación y político por convicción, dejó el PRI “aterrado” (así lo dijo) por las prácticas caciquiles para, igual que Marcela, contender por el panal en uno de los distritos de la capital. Fue derrotado.

Además de estos “activos” del PRI, también emigraron al Partido Nueva Alianza varios militantes más y dos que tres de los expertos en el manejo de elecciones, los más duchos debido a la capacitación cibernética (cuántica, bromeaba alguno de ellos) adquirida en los procesos que hicieron primero senador y después gobernador a Rafael Moreno Valle.

Cultura del huarache

¿Cómo, cuándo y por qué se logró la migración política con el efecto búmeran? Trataré de responder a esta ocurrencia:

Además de sobrellevar y en algunos casos valiéndose de la deficiente actuación política del marinismo, el gobierno morenovallista puso en acción la estrategia maquiavélica basada en el “divide y vencerás a tu enemigo”, método que endilgan al hombre de Florencia. Combinaron su propia fuerza con el interés material de los políticos que abandonaron al partido que los hizo. Lo más fácil fue cooptar a los priistas marginados por el marinismo y su rémora. Sólo tuvieron que mostrarles la zanahoria de la felicidad burocrática y listo: los que he mencionado y algunos más cayeron bajo el influjo del nuevo poder variopinto.

Independiente de lo anterior —muy lamentable para el PRI, hubiese dicho don Jesús Reyes Heroles—, la clase política dependiente del gobernador Moreno Valle Rosas, agregó a su agenda la obligación de enriquecer la maniobra diseñada con la intención de —valga reiterarlo— mantener vigente el registro del partido de Elba Esther Gordillo Morales (Panal), compromiso en el que se involucraron protegidos y ahijados, el mandatario de Puebla el más prominente. No había de otra debido a que la maestra —fiel intérprete de la “cultura del huarache”— rompió su compromiso con Felipe Calderón para dar otro paso firme adicionándose al proyecto electoral de Enrique Peña Nieto quien, anticipándose a la estrategia judicial que después provocó el escándalo mediático de todos conocido, rechazó tajante el apoyo del magisterio gordillista, alianza que llevaba adosado el trato de impunidad.

Escuela de la democracia

No cabe duda que en la política moderna el fondo es la forma. Lo comprueba la actitud de los políticos que dejaron de ser priistas dándole la vuelta a la propuesta de su ideólogo Jesús Reyes Heroles. Independientemente de lo malo o bueno de tantos cambios, mudanzas, recules y traiciones (el lector tendrá la mejor opinión), semejante actitud confirmó que Plutarco Elías Calles no andaba tan errado en eso de que el PRM (antecedente del PNR y del PRI) sería la escuela de la democracia mexicana, sui generis por cierto. Y lo fue porque de sus entrañas salieron los políticos que crearon y/o fortalecieron a los diferentes membretes políticos; a saber: Partido de la Revolución Democrática, Partido Nueva Alianza, Partido Movimiento Ciudadano (antes Convergencia), Partido Verde Ecologista de México y Partido del Trabajo.

Manuel Bartlett, Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Manuel Camacho Solís, Marcelo Ebrard, Andrés Manuel López Obrador, Elba Esther Gordillo Morales, Jorge González Torres, Dante Delgado Rannauro y Alberto Anaya Gutiérrez, mamaron de la revolucionaria ubre del tricolor, el último de ellos a través del efecto nodriza patentado por los hermanos Salinas de Gortari.

Alejandro C. Manjarrez

[1]8 de diciembre de 1992. Periódico Síntesis

[2] Zabaleta Fran, Alonso Juan Ignacio. 99 libros para ser más culto. Ed. Planeta, Madrid, 2011