Serrano y Gómez, rebelión contra el gobierno

Política
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El panorama político interno durante el período de gobierno del general Plutarco Elías Calles era muy complicado. La Razón; había muchos aspirantes a relevarlo al término de su mandato.

Apoyados en la difícil situación internacional por la que atravesaba el país, así como por el problema interno de la rebelión del Clero, desconociendo la Constitución, los que deseaban suceder a Calles se dedicaron a organizar una serie de intrigas y levantamientos militares pensando en que no contarían con su apoyo.

Uno de los posibles candidatos era el general Arnulfo R. Gómez. Al no contar con el apoyo del pueblo mexicano, ni del propio Calles, se dirigió en demanda de ayuda a los Estados Unidos, prometiéndoles derogar las leyes que el Departamento de Estado indicara. Desde luego se refería a las leyes que ocasionaron la controversia en materia de petróleo, o sea las reglamentarias del artículo 27 de la Constitución de 1917.

El embajador de los Estados Unidos, Sheffield, envió un memorándum secreto al subsecretario de Estado en Washington referente a la propuesta de Gómez.

“ASUNTO Conferencia de la mañana del sábado 30 de enero de 1926 (informes políticos de México).

...Nuestro attaché militar local me hace notar que las ambiciones presidenciales del general Gómez serían desastrosas para ambos gobiernos.

El general Gómez indica que él será el próximo presidente de Mexico aún cuando se necesite la fuerza. Tomamos esto como una amenaza no solo para el gobierno constituido, sino para el elemento militar.

Gómez dice “ ‘Si fuera presidente se vería cómo ciertas leyes se retirarían o se promulgarían como lo ordenara el Departamento de Estado’”.

El 3 de marzo de 1927 uno de los informantes de la Embajada Americana, sobornados por Luis N. Morones, Secretario de Industria, Comercio y Trabajo, (de este tema les compartí en El Plan Green), le comunicó que:

“. Ayer sé recibió un cable dirigido a Sheffield (embajador norteamericano), diciéndole que se informara con el general Arnulfo R Gómez, si el general

Peláez (líder de las Guardias Blancas de las compañías petroleras), era su apoderado para tratar cualquier asunto en los Estados Unidos. Inmediatamente mandaron al Mayor Cheston a localizar a Gómez esa misma noche. Todos los informes hacen presumir que el general Gómez piensa levantarse en armas a mediados de este mes.”

Luis N Morones dice que de otro de sus informantes obtuvo la noticia de que el mayor Cheston, según informe confidencial del 6 de mayo de 1927, comunicó a la embajada que el general Gómez lo comisionó para que fuera a Washington a investigar si el general Peláez, había conseguido dinero de las compañías petroleras para su campaña política o para la lucha armada si ésta fuera necesaria.

Los Estados Unidos desconfiaban de Gómez y el embajador consideraba que una alianza con él no sería benéfica para la política norteamericana. La razón de esta actitud se basaba en que Gómez era un hombre vanidoso, fatuo y muy poco preparado. En su oficina de la Jefatura de la Primera Zona Militar, tenía en un marco de oro la siguiente sentencia “si quieres La Paz, prepárate para la guerra. Arnulfo R. Gómez”, cuando todos sabían que éste célebre apotegma existe desde la época romana, en donde el filósofo Vicencio decía “Si vis pacem para bellum”.

El gobierno norteamericano estaba muy preocupado por la sucesión en México, pues temían que si no daban resultado sus maniobras para derrocar al Presidente Calles, su sucesor continuaría con su misma línea política en materia de petróleo.

Otro aspirante a ocupar el lugar que dejaría Calles al terminar su mandato era el general Álvaro Obregón, quien lo había precedido en el cargo de primer mandatario de la Nación.

El 18 de febrero de 1926 el cónsul norteamericano en Mazatlán, Sinaloa, envió un informe confidencial al secretario de Estado en los siguientes términos:

“El general Obregón sin duda alguna es ahora el hombre más poderoso de México. Su administración lo coloca como el más popular de los presidentes revolucionarios y en los meses pasados ha habido rumores de su reelección y que ésta es favorecida por las clases militares y comerciales en todo el país.”

Meses después el cónsul americano en Guadalajara, Jalisco, envió al Secretario de Estado el siguiente memorándum:

En virtud de que está incapacitado por la Constitución para reelegirse.

“Obregón llamó a Europa a su amigo el general Francisco Serrano, secretario de Guerra en su gabinete y su protegido y solicitó de sus amigos que lo ayudaran para llevarlo a la Presidencia de la República...”

Del análisis de los documentos transcritos se llega a la conclusión de que nuestro país se encontraba en un estado de gran agitación política con motivo de las elecciones que se aproximaban y el gran interés que sobre estos acontecimientos tenía el gobierno norteamericano. Entre líneas se lee el deseo de que el descontento por la posible reelección de Obregón pusiera en peligro la estabilidad del régimen de Calles, así como sus intentos de apoyar a los movimientos subversivos que surgieran.

En efecto el presidente Calles de acuerdo con Obregón habían pensado en Serrano como posible sucesor del primero y por ello lo mandaron a estudiar a Europa con el fin de que se preparara para dirigir al país. Pero la conducta que observó fue vergonzosa, debido a la vida disipada que llevó y a los escándalos que frecuentemente ocasionaba, problemas que hicieron desistir a Calles y Obregón.

Debido a esta circunstancia y en virtud de que existían un sinnúmero de caudillos que no obedecían más que a los máximos jefes revolucionarios, Calles envió al Congreso una iniciativa de ley para reformar la Constitución que permitiera a cualquier ciudadano ser presidente de la República durante más de un periodo, con la condición de que hubiera términos intermedios ejercidos por otros.

Esto se entiende en virtud de que no encontraban un aspirante adecuado y que no existían partidos políticos debidamente organizados que pudieran proponer candidatos que contaran con apoyo popular. De ahí surgió la idea de formar un Partido Nacional, el antecedente del PRI.

Se aprobó la reforma constitucional y Obregón se presentó como candidato a la Presidencia para el período inmediato. Y los generales Francisco Serrano y Arnulfo R. Gómez convencidos de que serían derrotados en la elección a la que se habían presentado como aspirantes, decidieron organizar un levantamiento que tendría como principal respaldo al general Eugenio Martínez, comandante de la primera Zona Militar en el Distrito Federal.

Los generales Serrano y Gómez aparentemente actuaban de acuerdo para derrotar a Calles, pero en el fondo los dos trataban de obtener la presidencia, lo que motivó que existieran denuncias e intrigas y que como resultado de esta división fallara el plan.

Serrano esperaría en Cuernavaca el resultado de los acontecimientos para no quedar inhabilitado para ocupar la presidencia de la República, ya que de acuerdo con lo establecido en la fracción VII del artículo 82 de la Constitución para ser presidente se requería “no haber figurado directamente o indirectamente en alguna asonada, mítin o cuartelazo”.

Cuando Gómez se enteró de que se tenía todo planeado para el 2 de octubre de 1927, por las mismas razones que Serrano salió para Veracruz.

El general José Álvarez, quien fungía como Jefe del Estado Mayor Presidencial, en las declaraciones ante el agente del Ministerio Publicó, en 1938, afirmó que había presenciado el momento en que el general Eugenio Martínez confesó al general Calles cómo se realizaría el atentado en Balbuena.

Posteriormente lo entrevistamos al respecto y nos dijo:

“En el mes de septiembre de 1927 me encontraba en mi oficina del Estado Mayor Presidencial, cuando escuché por la intercomunicación que sonaba la voz de mi general Calles llamándome “Álvarez, Álvarez venga usted lo necesito luego”. Me trasladé inmediatamente a su despacho y encontré a éste cerca de uno de los ángulos de su mesa escritorio y al general Eugenio Martínez sentado en un sillón próximo, con el rostro apoyado en una de sus manos y llorando en forma abundante y franca.

El señor general Martínez, me dijo el señor presidente, ha venido a comunicarme muy graves acontecimientos y para obrar yo en consecuencia le he pedido que me haga favor de repetir su relación delante de usted que ha tenido a su cargo la investigación relativa. Yo miraba aquella escena un tanto extrañado, pues no es muy común ver llorar a un soldado viejo y respetable que ha pasado su vida entre los peligros del ejército.

Pues si señor, dijo entonces don Eugenio Martínez: Exponía yo al señor general Calles que un numeroso grupo de integrantes del ejército no está conforme con la imposición que se pretende realizar para que el general don Álvaro Obregón ocupe la presidencia de la República y por eso di oídos a la invitación que se me formuló para que nos levantáramos en armas, con tanta razón cuando el Jefe de mi Estado Mayor, general don Héctor Almazán, influyó grandemente para inclinar mi ánimo hacia la idea de la sublevación. Pero yo admití obrar en forma varonil batiéndome como los buenos de suerte que ahora que los directores del complot me han revelado que sus proyectos consisten en eliminar al señor Presidente, al general Obregón y a los altos funcionarios de la Secretaría de Guerra por medio de un ardid, he rechazado el ofrecimiento y me he apresurado a poner los hechos en conocimiento del señor general Calles.

En términos pormenorizados narró don Eugenio que el complot consistía en celebrar maniobras nocturnas del Ejército en el campo de Balbuena, arreglando en el lugar apropiado una tribuna para que el señor presidente y sus acompañantes las presidieran, y como frente a tal tribuna se colocarían reflectores eléctricos que aparentemente servirían para iluminar el campo. Agregó que ya estaban instalados y que podíamos verlos cuando quisiéramos. Al empezar las maniobras, los reflectores se voltearían dando su luz sobre la tribuna resultando muy fácil deslumbrar a los ocupantes del tablado y hacer sobre ellos una descarga por medio de fuerzas de confianza que y tenían señaladas. Dio el general Martínez los nombres de los involucrados, que por otra parte ya eran conocidos por los informes que los oficiales de la policía de la presidencia, dependiente del Estado Mayor habían proporcionado. Expuso toda clase de pormenores y concluyó diciendo qué hondamente arrepentido de su participación en el complot, venía a ponerse en las manos del general Calles para que hiciera con él lo que le pareciera conveniente.

Calles le contestó: “Usted señor general Martínez es un anciano que ha ganado sus grados en la milicia uno por uno, combatiendo siempre al lado de la Revolución. Sus antecedentes me inspiran simpatía y no deseo perjudicarlo, me limitaré a ponerlo fuera del alcance de sus cómplices. Elija usted algún jefe militar que lo acompañe a Nueva York y de ahí saldrá rumbo a Europa en una misión militar.

Se despidieron y el presidente me dijo hay que dejar que los acontecimientos sigan su curso. Aquí nadie sabe nada, ni usted mismo ...comprende?

Así todo se realizó como si nosotros no supiéramos nada de lo que tenían planeado. Por lo tanto se reunió la tropa en el campo de maniobras esperando la llegada de los generales Calles, Obregón y Amaro y de los que los acompañaríamos. Cuando vieron que pasaba el tiempo y que no aparecíamos empezaron a inquietarse y mandaron oficiales a investigar qué pasaba. Cuando supieron que no había señales de que el presidente se dirigiera hacia ese lugar, decidieron salir inmediatamente rumbo a Texcoco pues comprendieron que habían sido descubiertos.

Las fuerzas que no quisieron obedecer las órdenes de salir para Texcoco, que les diera Almazán, marcharon hacia donde estaban los transportes de la Ciudad de México y obligaron a los conductores a llevarlos hasta el centro citadino.

Cuando fui enterado de esta situación, tomé mi coche y en compañía del mayor Hernández Chazaro nos dedicamos a recorrer calles y salidas de camino hasta que encontramos el primer tranvía lleno de tropas. Los paramos y preguntamos: ¿A dónde van muchachos? No sabemos mi general y comprendimos que no estaban en contra del gobierno y el mayor se fue con ellos para llevarlos a sus cuarteles. Yo me fui a buscar otro tranvía y al ver el mismo resultado esperaba a Hernández Chazaro y él se los llevaba a sus cuarteles, así pudimos acuartelar a mucha tropa que no sabía lo que estaba sucediendo.

Serrano creyó en un movimiento de conjunto, en que todo el ejército nacional se levantaría sublevado por todos los confines del país, proclamando la caída de Calles y aclamándolo a él como antes se había aclamado al general Obregón. Había determinado salir para Cuernavaca en donde esperaba que las fuerzas de su compadre el general Juan Domínguez se le uniera para dar el grito de rebelión. Gómez por su parte se dirigió a Veracruz donde creía tener muchos partidarios y amigos.

Existe un libro titulado La Tragedia de Cuernavaca escrita por Francisco Santamaría, uno de los arrestados por la comisión enviada de México y que aprovechó la noche para escaparse y en él cuenta exactamente lo que vivieron.

Dice entre otras muchas cosas que:

“Mis compañeros de viaje (a Cuernavaca) comentaron: “lo de esta noche en México es matemático Don Eugenio (Martínez) es un viejo que sabe hacer las cosas y es como si fuera el padre de Serrano. Ni necesidad de sacrificar gente habrá. Con los tres pollos gordos, Obregón, Calles y Amaro, que pelen gallo nada quedará por hacer ni bicho que se mueva ni diablo que se ponga de fierro malo... y todos a la cargada! Tal vez mañana mismo estemos de vuelta en México y ni tengamos de pasar de Cuernavaca.! El directorio militar ya está acordado por los altos jefes del Movimiento pero tal vez sea mejor la idea de un presidente provisional... y ese hombre es Carlos Vidal.”

Al describir los acontecimientos del día 3 de octubre en Cuernavaca Santamaría expresa que existía una terrible confusión pues nada se sabía de lo que había pasado en México, pero que todos tenían temores de que no hubiera resultado un éxito el pretendido cuartelazo. Él y sus amigos estaban hospedados en el hotel, Moctezuma y Serrano y otros en el Bellavista. Expone que les comunicaron que salieran del hotel porque había orden de aprehensión contra ellos, pero tuvieron que regresar y fueron hechos prisioneros.

Relata con lujo de detalles cómo, debido a un descuido de los soldados, pudo escapar al dar la vuelta a una Calleja. Cómo estuvo escondido en una casa de Cuernavaca varios días hasta que pudo salir primero de la ciudad y luego del país.

Ese día en la noche en el kilómetro 48 de la carretera México- Cuernavaca, después de Huitzilac, fueron fusilados el general de división Francisco R. Serrano, generales Carlos A. Vidal, Miguel A. Peralta, licenciados Rafael Martínez de Escobar, Augusto Peña, Antonio Jáuregui, Ernesto Noriega Méndez, Octavio Almada, José Villa Arce, Otilio González, Enrique Monteverde y ex general Carlos B Ariza.

La escolta que los llevaba desde Cuernavaca tenía órdenes de entregarlos a mitad de camino a la que venía de México. Con ella se encontraba el general Claudio Fox y el general Nazario Medina, Con cincuenta hombres de esa corporación que fueron los encargados de ejecutar la orden de fusilamiento.

Por lo que respecta a la polémica que se suscitó sobre quién dio la orden de fusilar a Serrano y sus acompañantes, el general Casillas en una serie de artículos que escribió en 1963 sobre los fusilamientos de Huitzilac, y dice que la orden qué recibió Claudio Fox fue como sigue:

“Sírvase marchar inmediatamente a la Ciudad de Cuernavaca Morelos acompañado de una escolta de cincuenta hombres del Primer Regimiento de Artillería de Campaña para recibir del general Enrique Díaz González del 37 batallón a los rebeldes Francisco Serrano y personas que lo acompañan quienes deberán ser pasados por las armas sobre el propio camino a esta por el delito de rebelión contra el gobierno Constitucional De la República. Plutarco Elías Calles, presidente de los Estados Unidos Mexicanos”

Una vez concluida la investigación que hemos realizado acerca de los fusilamientos de Serrano y sus acompañantes, llegamos a la conclusión de que quedó demostrado que éste tenía organizado un cuartelazo para derrocar al gobierno. La forma de realizarlo era asesinando por sorpresa a los generales Calles, Obregón y Amaro y a todos los que con ellos se encontraran en la tribuna para presenciar las maniobras nocturnas en Balbuena. Asimismo que para no quedar impedidos de ocupar la presidencia de la República, tanto Serrano como Gómez salieron a esperar el resultado de su plan fuera de la capital, el primero a Cuernavaca y el segundo a Veracruz.

Que fueron descubiertos por Calles debido en gran parte a la denuncia que hiciera el general Eugenio Martínez, también por la confesión parcial que hiciera Serrano al propio Presidente, tal vez con el objeto de ver cómo reaccionaba, así como que los propios organizadores en todos los mítines en que tomaban parte lo decían en sus discursos. Por otra parte los oficiales de la policía especial de la presidencia dependientes del Estado Mayor, entraban con toda libertad a la casa de Gómez y a los lugares de reunión, haciéndose pasar como simpatizadores del movimiento, lo que les permitía informar a Calles de todos los detalles de la conspiración y, por último, muchos jefes militares que habían sido invitados a participar en el golpe de Estado los denunciaron ante el Presidente.

También se pudo demostrar que fue Calles el que directamente dio la orden del fusilamiento al general Claudio Fox, sin que Obregón tuviera participación alguna. Que esta orden se dio después de un Consejo de Guerra Sumarísimo que en materia militar consiste en identificar al acusado y una vez que se establece que se encuentra levantado en armas, se le condena a ser pasado por las armas.

Así pues, si no se hubiera descubierto el complot para asesinar a Calles, las cruces que se encuentran en el kilómetro 48 de la carretera México–Cuernavaca, estarían en Balbuena.

Al entrevistar al Jefe de Estado Mayor Presidencial, José Álvarez sobre quién dio la orden de fusilamiento nos manifestó:

“Yo no presencié el momento en que el general Calles dio la orden a Fox. No me encontraba en Chapultepec en esos momentos pues por disposición del señor general Calles de volar rumbo a Texcoco, arrojándoles copias impresas del telegrama en que el general Eugenio Martínez reprobaba la sublevación y ofrecía su espada al gobierno, todo el día estuve en el aire piloteándola un avión de corto alcance.”

El telegrama decía:

Por periódico local Monterrey entéreme hoy en la madrugada de los actos ejecutados por el general Héctor Ignacio Almada y otros jefes. Repruebo dichos actos y reitero adhesión al gobierno a su digno cargo. Deseo colaborar con usted para restablecimiento del orden del país, con lealtad que he acostumbrado esperando sus superiores órdenes para inmediato regreso. General de división Eugenio Martínez”.

El doctor Jimenez O’Farril, quien fuera médico de cabecera de Gómez y quien lo acompañó en toda su insurrección expuso cómo se realizó esta desde la salida de México.

El día primero de octubre el general Gómez abandonó la capital rumbo a Perote donde pensaba reunirse con el general Horacio Lucero para esperar noticias de lo acontecido en México y cuando supieron con exactitud, se dieron cuenta que todo había fracasado y que el gobierno los andaba buscando, así que tuvieran que tomar una decisión definitiva y ante la vacilación de Gómez para continuar con la sublevación lo presionaron y tuvo que hacerlo.

Comenta O’Farril que después de muchas tribulaciones y penalidades por las que pasaron Gómez y sus acompañantes, siempre huyendo de las fuerzas del gobierno que los seguían de cerca, uno de los guías de Gómez le prometió ayudarlo a escaparse y en lugar de eso las tropas lo hicieron prisionero.

Al amanecer fueron subidos a un tren especial que salía rumbo a Jalapa y en el camino los militares recibieron un mensaje de Calles ordenando que los fusilaran, Gómez solicitó que no se diera la orden de mando y que le vendaran los ojos. Una vez que los fusilaron en el mismo tren se los llevaron a México para entregarlos a sus familiares.

Así terminó la sublevación de Gómez que como hemos visto no puede llamarse campaña, pues no hubo enfrentamiento con ninguna fuerza del Ejército federal, ya que cuando lo encontraron, él huyó, siendo entregado por un falso guía.

Habiéndole fallado todos los que con él se habían comprometido, así como la ayuda solicitada a los Estados Unidos a cambio de derogar el artículo 27 Constitucional.

Manola Álvarez Sepúlveda