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Lun, Ago

El choque de las águilas (La semilla de la ambición)

Réplica y Contrarréplica
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Hidalgo

La Constitución es bandera de la legalidad, enseña de la República y símbolo de unidad nacional.

Ismael Pintado Sánchez, 16 de enero de 1917

Cuando Alejandro de Humbolt pisó suelo mexicano, seguramente quedó cautivado por un misterioso sentimiento de gratitud a la vida. La tierra que sostenía su peso debe haberle transmitido la magia y el poder que avasalló a Hernán Cortés y a su antecesor blanco conocido por la leyenda como Quetzalcóatl y Kukulkán.

     Venía dispuesto a estudiar las riquezas del territorio. Y desde Acapulco, a donde había llegado con Amado Bondpland (o Aimé Goujaud) a bordo de la frágata Orúe, se trasladó a la Ciudad de México. El sabio Alemán partió de la ciudad hacia Guanajuato, Toluca, Cholula, Puebla, Jalapa, Perote y Veracruz. En esos recorridos efectuó todo tipo de observaciones científicas y determinó latitudes y longitudes de diversos puntos. Su curiosidad y erudición le indujeron a estudiar la fauna y la geología de una buena parte del país, observaciones que fueron analizadas, clasificadas y organizadas con la ayuda de profesores y alumnos del Colegio de Minería. Incluso, el propio arzobispo de México le entregó los padrones de población que mandó levantar ex profeso en cada una de sus parroquias. Así se movieron cielo, mar y tierra para que el científico cumpliera su objetivo.

     Según lo escrito por José Miranda en su obra Humbolt en México. Ensayo político sobre el reino de la Nueva España (1962), el estudio sobre la vida de México resultó sustentado en las ideas y conocimientos modernos. Con ese trabajo, por primera vez, una nación americana “era contemplada a través de los prismas científicos e históricos labrados por la ilustración”.

     Las observaciones científicas fueron eficazmente explicadas por su autor al gobierno de Tomas Jefferson, que por cierto empezaba su segundo periodo con el mérito de haber comprado a Francia el territorio de Luisiana (1803), gracias a los oficios diplomáticos de James Monroe, cuyo destino se cumplió en 1816 cuando llegó a la Presidencia de los Estados Unidos y, más tarde, en 1820, cuando resultó reelecto para el mismo cargo.

     Hay que subrayar que tanto Jefferson como Monroe traían en lo más profundo de su ser el deseo de ampliar el territorio del país. Les urgía ocupar la mano de obra que demandaba opciones de trabajo. Eran necesarias más tierras para colonizar.

     El primero abrevó tal ambición en las raíces históricas y la guerra de Independencia declarada en 1776; y el segundo lo hizo entre las contradicciones de la política, pues mientras tenía éxito en las negociaciones con Francia actuando como representante de su gobierno, fracasaba en las gestiones iniciales emprendidas para comprar a España la península de la Florida (1803). Ambos estaban imbuidos del espíritu individualista y liberal clásico de su Constitución.

    Jefferson murió el 4 de julio de 1826 en lo que podríamos llamar un homenaje de su patria al excelente trabajo hecho por él para ampliar las fronteras del territorio estadounidense. Y Monroe, una vez declarado presidente, aprovechó la oportunidad para sacarse la espina comprando La Florida y reconocer diplomáticamente a los países de América Latina que acababan de declarar su independencia.

     La expresión anti europea de James Monroe, explícita en su frase que en 1852 se convirtió en doctrina “América para los americanos, quedó perdida entre la ambición y el compromiso expansionista de Thomas Jefferson, su maestro y jefe. Existe una coincidencia en esos prohombres de Norteamérica que en 1932 Gilberto Bosques destacó con las siguientes frases:

 

“El día 4 de julio, aniversario de la declaración de la Independencia de los Estados Unidos, es también fecha en la biografía de James Monroe, ya que, como sus contemporáneos y mejores amigos Jefferson y John Adams cerró en ese día de celebraciones patrióticas la curva de su vida, desenvuelta casi toda al servicio de los intereses nacionales norteamericanos”.

 

     Como usted recordará con el principio enunciado o “destino manifiesto” los gobiernos posteriores rechazaron toda intervención de las potencias europeas en los asuntos políticos del hemisferio americano. Incluso, a partir del amplio significado que la primicia encierra, varios de sus sucesores se abrogaron el derecho de irrumpir en la soberanía de naciones donde –según su criterio– los gobiernos latinoamericanos podían alterar la paz del hemisferio. Y conste que en esas acciones no importó que hubieran sido gobiernos democráticamente electos, independientes y con pleno goce de su soberanía.

Alejandro C. Manjarrez