06
Mar, Dic

El choque de las águilas (La trinca malvada)

Réplica y Contrarréplica
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Guanajuato

“La condición de la libertad es que los pueblos tengan la voluntad de ser libres.”

 

Diputado constituyente

José Natividad Macías

Enero 31 de 1917 

Los afanes de poder que hechizaron a los dirigentes de la política nacional, las ambiciones de prevalencia en el gobierno, la seducción que provoca cada uno de los multimillonarios presupuestos oficiales, la atracción emanada de las facultades republicanas y los compromisos de los cofrades del poder, empujaron a México hacia el abismo del fracaso social. Perdimos casi todas las oportunidades de autosuficiencia y las circunstancias nos expusieron a ser rescatados, dizque salvados por las garras del águila de cabeza blanca. Le platico por qué:

En el último tercio del sexenio pasado, de repente la nación se encontró envuelta en una negrura que aplastó la esperanza del pueblo. Quedamos a merced de la “bondad” del capital mercenario, asidos con las uñas al candente apoyo extranjero, pendiendo de uno de los muchos hilos manipulados por los titiriteros del capital, en el regazo de los especuladores internacionales. Tres malévolas fuerzas parecieron juntarse para invocar el espíritu de la Madre Cruel y Misteriosa, la insondable Diosa de las Tinieblas, la Coatlicue de la falda de las Serpientes. Pareció que sus hechiceros hicieron un pacto para conjurar a Tezcatlipoca, enemigo de Quetzalcóatl, dueño de la negrura, guerrero del norte, contradicción de la fraternidad.

Uno de esos nigrománticos grupos quedó bajo la dirección de la clase gobernante; otro se posesionó de la selva lacandona; y el tercero seguramente sintióse salvador de la democracia. Y mire usted lo que son las cosas: al parecer, sin acuerdo previo, los tres coincidieron en dañar a México cuando, cada uno por su lado, lo expuso a la mala influencia del capitalismo, a perder su poder de negociación y, en consecuencia, a trastocar el equilibrio político que le ha dado fuerza y estabilidad social.

 

EL ESCAPISTA

 

La ambición de Carlos Salinas, el brujo mayor, era muy clara: prolongar su mandato tres, seis o más años. Para lograr semejante pretensión tuvo tres opciones. Una fue la reelección por la vía electoral; otra, prevalecer en el poder mediante la designación de un heredero obsecuente, leal y discreto; y la tercera debido al estado de guerra promovido en Chiapas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), suspender las garantías individuales y, en consecuencia, alargar el mandato hasta pacificar el país.

En el primer caso trató de encontrar el consenso nacional, lo que a final de cuentas se convirtió en una intentona por acabar con la cultura antirreleccionista. Al efecto sus allegados diseñaron una estrategia que buscó reformar la Constitución a partir de una propuesta proveniente del Constituyente Permanente, es decir, de la iniciativa que estaba planeada para presentarse en cualquiera de las legislaturas estatales previamente conformadas para obtener los resultados esperados. Empero, ante la inmediata y enérgica reacción en contra, surgida después de los prolegómenos de la intención, a Salinas no le quedó más remedio que resignarse a preparar la segunda opción, o sea, encontrar al sucesor obsecuente, leal y discreto.

Como buen jugador, Salinas buscó la simpatía y el apoyo irrestricto del gobierno y poder financiero estadounidenses. Y vaya que lo logró gracias a que, de acuerdo con lo dicho por López Portillo, “cambió todo lo que se pudo cambiar y se atrevió a entrar de lleno al liberalismo” aunque sin reconocerlo por su nombre “a pesar de haber sido preparado, entrenado y educado en la cultura económica de aquel país”. Logrados e incluso superados, los objetivos personales (recordemos la simpatía y apoyo prodigados por Bush primero y por Bill Clinton después), el entonces presidente decidió escoger como sucesor al más inteligente de sus alumnos y colaboradores. Supuso que por ser de su hechura y por carecer de ligas con las redes del poder, Luis Donaldo Colosio Murrieta resultaría el hombre dócil y obsecuente que necesitaba a fin de implantar un nuevo maximato más tecnocrático y financiero que político. Para desventura de la familia feliz, Colosio se opuso a formar parte de la charanga y fue entonces cuando apareció en la escena nacional Manuel Camacho Solís, el emergente, el caballo negro, el conciliador en una guerra de opereta, el personaje principal dispuesto a todo con tal de ascender a la primera magistratura, incluso preparado para respetar (o tal vez para negociar) los compromisos de su amigo, cómplice y socio político.

Haber sido producto de la cultura del esfuerzo permitió a Luis Donaldo zafarse de la brida salinista y aislarse de los compromisos que agorzoman a los miembros de las redes del poder. Se quitó de encima los hilos del denso y enorme tramado que desde el régimen alemanista empezó a tejerse. Quizás lo único que le faltó fue el colmillo político de Ruiz Cortines (“no hay que molestar a un presidente en proceso de perder su poder”), ya que antes de tiempo quiso ganar la confianza del pueblo mostrando los defectos, la corrupción, los errores y las deficiencias de la administración pública. Veía, y así nos lo transmitió, un México plagado de injusticias, algunas de ellas corregibles y otras de alto riesgo, como por ejemplo la enorme corrupción fomentada al amparo del poder y el narcotráfico subyacente en la estructura del gobierno. Empero recordándonos al Cid Campeador, con su sacrificio apuró el fin de la clase dominante, que terminó por echarse de cabeza y enseñar sus vergüenzas en un desesperado afán de protegerse.

Salinas trató de limpiar el camino que construyó para prevalecer en el juego político internacional. Y como el crimen de Tijuana alteraba parte de su proyecto, decidió concentrarse en mantener, al precio necesario, el prestigio de estadista logrado por el “lobbismo” de sus corifeos. Se opuso a tomar en cuenta la realidad, porque al hacerlo se alejaba del tercer objetivo (los primeros eran la prevalencia en el poder por si mismo o mediante interposita persona), que era incrustarse en la cúspide del capitalismo salvaje. Ocultó las consecuencias financieras del programa económico surgido de su pro yanquismo y tozudez profesional. Y no tuvo empacho en permutar los intereses del pueblo por sus ambiciones personales.

Sin embargo en lo que podríamos llamar un acto de autorregeneración que demuestra la casi perfecta conformación del sistema político mexicano, la sociedad lo rebasó para provocar el aborto de algunos compromisos prohijados en las entrañas del aparato gubernamental: salieron a la luz las componendas financiero-criminal-corruptas, y se abrieron válvulas que dejaron escapar parte de la presión producida por la irresponsabilidad del gobierno salinista y la -a veces- también irresponsable actitud violenta de la oposición.

 

LOS PROVOCADORES

 

Antes de notarse la estrategia puesta a funcionar por los Salinas, cuyas intenciones parecían ajustarse a la creación de una nueva clase gobernante muy parecida a la del porfiriato, la narcopolítica produjo –y tal vez hasta concibió– el asesinato de Juan Jesús Posadas Ocampo, cardenal de la iglesia católica mexicana. Por ello, lo que aparentaba ser una venganza entre los cárteles, terminó siendo parte del complot destinado a desestabilizar el gobierno y restarle fuerza, con la idea de obligarlo a diferir su guerra contra las gangrenas sociales.

El crimen de Guadalajara demostró que la mafia y quienes la encubren no tienen límites ni conciencia ni valores morales ni compromisos espirituales. De igual manera confirmó que en la actualidad los grupos del narcotráfico cuentan con una poderosa organización tipo “holding” con capacidad para intervenir en las finanzas internacionales, la mercadotecnia, las ciencias económicas, la política nacional y en altos niveles del gobierno.

Casi al mismo tiempo y haciendo uso de un extraño poder organizativo (armamento, estrategias y red de información) apareció el EZLN, lanzando a los cuatro vientos la absurda declaración de guerra que en apariencia hizo palidecer a Carlos Salinas. Al principio, la posición emancipadora de su dirigencia cautivó a los grupos progresistas de México, pues los rebeldes se decían luchadores que buscaban la justicia indigenista y deseaban liberar a los chiapanecos del yugo caciquil y de la miseria generacional a que están sometidos.

En ese momento apareció en la escena pública Manuel Camacho Solís, actuando como comisionado para la paz y la reconciliación. Y porque lo engañaron o porque el quizo engañar al presidente, o porque así lo había preconcebido su grupo multidisciplinario, exageró todo, incluyendo el número de efectivos insurrectos, armamento, bondades del levantamiento, consecuencias para la nación y el peligro para nuestras fuerzas armadas. A la vista de todos trató de hacerse indispensable con la obvia intención de convertirse en el protagonista principal y aprovechar uno de los eventos más espectaculares de la historia del México contemporáneo: irrumpir en el proceso preelectoral organizado por el PRI (puede ser que hasta haya sido un trato de cuates, léase Salinas, Camacho y anexos).

Desde luego, tampoco pudo faltar la clase pensante –los intelectuales– y menos aún los dirigentes de la izquierda mexicana, ni el clero político representado por Samuel Ruiz.

Como recordará usted, la mayoría cayó cautivada ante la causa del subcomante Marcos; y fue “motivada” por la excelente oportunidad de participar en lo que parecía el movimiento social de la época. Miles de ciudadanos se sintieron obligados a formar parte y/o a participar en la vorágine de comunicados, convenciones, declaraciones, apoyos, críticas, lamentos, promesas, cuentos, metáforas, peticiones y amenazas. Esto debido a que era necesario treparse al barco chiapaneco o de lo contrario naufragar en el ostracismo intelectual y político.

El Partido de la Revolución Democrática (PRD) tampoco desperdició la oportunidad (en la guerra y el amor todo se vale) y decidió adicionarse a la causa indigenista, incorporándola a su proyecto destinado a obtener el poder presidencial. Exacerbaron todo lo que se podía exacerbar, desde la posición crítica personal, hasta el manejo multitudinario de un antigobiernismo a ultranza. Usando la beligerancia retórica principalmente, los dirigentes lograron (ignoro si a propósito) incentivar la violencia en el ánimo de su militancia rural, para producir en el país un ambiente de intranquilidad que pasado el tiempo les resultó adverso.

Es obvio que el gobierno no pudo contrarrestar el impacto político provocado, entre otras cosas, por la guerrilla chiapaneca y la solidaridad de los intelectuales con las “bondades” (lo subrayo) de la causa zapatista. No obstante, el propio subcomandante Marcos lo ayudó al pretender imponer a los mexicanos condiciones que rebasaban el ámbito indigenista: que el comisionado para la paz y la reconciliación debería ser Cuauhtémoc Cárdenas; que era necesario nombrar un gobierno de transición encabezado por el michoacano; que se convocara a otro Congreso Constituyente; que renunciara el presidente de la República y también el gobernador de Chiapas; que el ejército de México se retirara de la zona en conflicto; y que la única instancia mediadora reconocida era la comandada por el obispo Samuel Ruiz García. A mi juicio, el poeta se enredó con el estambre de su pasamontañas y, cual Cirano de Bergerac, no vio más allá de su narizota. Aunque, hay que reconocer, el tipo es muy inteligente.

Empero el daño ya estaba hecho. El país fue empinado por la tozudez extranjerizante de Carlos Salinas, por el protagonismo desesperado de Manuel Camacho, por la barbarie productora de los crímenes del cardenal Posadas, Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, por la beligerancia del PRD y del EZLN y por las “concertacesiones” concebidas en el seno del PAN para lograr el basamento de su “proyecto histórico”: alcanzar el poder en el 2000. El conjunto propició la oportunidad para que el Tío Sam nos impusiera condiciones tan inoportunas como privatizar los ferrocarriles, permitir la intervención extranjera en la industria del petróleo, vender los puertos mexicanos y concesionar la generación de energía eléctrica. Fuimos empujados hacia un torbellino donde podríamos perder lo poco que nos queda, empezando por la soberanía.

 

PODEROSO CABALLERO

 

Si Texcatlipoca no fuera producto del pensamiento mágico que mantuvo supersticiosa a la entonces inmaculada raza de bronce y si creyéramos en su poder que tanto atemorizó a los indígenas, tal vez podríamos justificar las variadas traiciones a la patria; diríamos que el guerrero del norte nos puso a prueba al esparcir su negrura y exponernos a los favores del Tío Sam. Y puede ser que hasta nos resignáramos creyendo que ese castigo había sido decretado por la Diosa de las Tinieblas. O lo peor, nos acogeríamos a la bondad de Quetzalcóatl que, según nos cuenta la leyenda, poseía un poder capaz de acabar con el mal.

Pero como esto sólo es una bonita figura procedente de la mitología y del pensamiento filosófico que envolvió la inteligencia de los hombres de Anáhuac, tenemos que repudiar esas traiciones antes que aceptarlas, además de prepararnos ante la posibilidad de padecer las consecuencias del expansionismo económico norteamericano. Y esto es porque los traidores de casa –casuales o conscientes, vaya usted a saber– han tenido a bien quitar los obstáculos (artículos tercero, quinto, 24, 27 y 130 de la Constitución) que impedían poner en práctica lo que para nuestros vecinos del norte es un acto muy “ad hoc” con su destino manifiesto. Como para que no olvidemos lo que Jefferson, Monroe, Adams y Polk promovieron, es importante destacar que a falta del Canal de Panamá, el Istmo de Tehuantepec resulta una conveniente y oportuna opción para el comercio controlado por los Estados Unidos.

Con el deseo de alertar con una populachera voz de alarma a la autoridad de la República y a sus aduladores, valga recordar la costumbre de los citadinos del siglo pasado, quienes para deshacerse del contenido nocturno de la bacinica, lo lanzaban a la calle acompañándolo del a veces tardío y desgarrador grito ¡Aguas!

Dice la sabiduría popular que palo dado ni Dios lo quita; sin embargo, la vocación soberana de los mexicanos –por cierto opuesta a la resignación que parece apoltronada sobre el ánimo de la clase gobernante– nos impele a exigir al gobierno de México que impida a los yanquis administrar la riqueza y explotar la posición geográfica –estratégica de nuestro territorio. No se vale olvidar lo dicho por Palavicini durante las discusiones del Constituyente relativas al artículo 130: desde los encargados de los templos hasta los vigilantes del patrimonio nacional, todos “deben ser mexicanos porque, por razón natural pueden, con más celo velar por los intereses” de nuestro país.

Al privatizar los puertos, el gobierno de México los puso en bandeja de plata para que testaferros o representantes del liberalismo estadounidense se apropien de ellos. La venta de los ferrocarriles volverá a cerrar el círculo vicioso roto en su tiempo por la Constitución de 1917. Las modificaciones al artículo 27 quitaron los obstáculos que habían frenado las andanadas del capitalismo salvaje. El TLC abrió las compuertas a un torrente comercial que podría ahogarnos. Y que como si se tratase de un acto del ilusionista David Copperfield, el deterioro económico nos ha puesto de rodillas ante los dueños del dinero verde. Ocurrió gracias a los oficios de la extraña mezcla conformada por el “mole”, el enmascarado rebelde, los cabecillas de la narcopolítica y los jefes de grupos o cofradías de poder y partidos de oposición, amasijo por cierto catalizado con los brutales magnicidios y la enorme corrupción burocrática.

Alejandro C. Manjarrez