20
Vie, May

Un cacique urbano (Crónicas sin censura 23)

Réplica y Contrarréplica
Tipografía
  • Diminuto Pequeño Medio Grande Más Grande
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

En la Puebla de Los Ángeles existe uno que otro diablillo con características muy particulares. Por ejemplo el famoso doctor Gonzalo Bautista O’Farril, cuya trayectoria política forma parte de nuestra historia y del anecdotario de los últimos cinco gobernadores.

De su señor padre aprendió el arte de ejercer el poder como un cacicazgo. Desde muy joven abrevó fluidos mágicos del mando político, directamente de las fuentes del avilacamachismo. Y como los príncipes de las cortes europeas, los primeros años de su vida transcurrieron metódicamente, con un programa destinado a codearlo y ubicarlo en importantes círculos sociales del país. Su ingreso a la política fue más protocolario que espectacular pues allí, en ese ambiente, se destetó este hombre que por pocos días habría de gobernar a los poblanos.

    Podría decirse que nuestro personaje dio sus primeros pasos en los amplios patios y jardines donde la clase política de antaño arreglaba, extinguía, fomentaba y promovía la vida de todos los sectores de la entidad.

    Cuando llegó al gobierno del estado (febrero de 1972), los empresarios echaron a volar las campanas de Catedral ( entonces la vida económica de Puebla dependía de las sociedades trabadas entre el capital y los funcionarios gubernamentales). Dijeron que el médico era el gobernador a su medida. Ya sabe usted lo efímero del gobierno de este caballero y los líos que ocasionaron su caída, estudiantes y autoridades se enfrentaron para alterar el buen vivir de la gente bonita de aquella década.

    A partir de ese fracaso político, don Gonzalo se dedicó a los negocios y las relaciones públicas. Empezaron a trascender las reuniones organizadas en su hogar. Hasta hoy y después de cientos de ágapes, los invitados nunca se han quejado, lo cual muestra fehacientemente la capacidad de anfitrión del exgobernador. Por su casa de La Calera han pasado desde altos dignatarios de la Iglesia Católica hasta industriales e inversionistas. Obviamente los representantes de la clase política nacional son quienes acuden a esa propiedad con mucha mayor frecuencia.

    La síntesis de la trayectoria de don Gonzalo Bautista O’Farril, pretende explicar el por qué de las quejas de sus vecinos, cuya preocupación y temor me obligan a mantenerlos en el anonimato.

    Existe una desafortunada faceta en nuestro cacique urbano originada por su actividad de fraccionador. Está empeñado en no regularizar las tierras que ha urbanizado y comercializado, ni las residencias que ha construido. A fin de evitar la obligada entrega del fraccionamiento, usa su poder y relaciones con la alta burocracia. Según dicen sus, digamos vecinos, la omisión le permite cobrar el agua a un precio exhorbitante, seguir contaminando (o quizá desinfectando) toda la zona con toneladas de cal; modificar o cancelar accesos a la colonia; limitar la vigilancia a los morosos de cuotas calculadas e impuestas por nuestro personaje y cobrar a su libre albedrío otros servicios públicos, como el alumbrado y el drenaje.

    Por las calles que rodean la residencia de Don Gonzalo se ve con frecuencia la figura de don Celerino, su caballerango de confianza: charro de gran bigote y fina estampa que desde muy temprano parte de la hacienda a recorrer el vecindario. En la alfombra de su poderoso cuaco lleva los recibos de los servicios. ¡Y ay de aquel que no pague!, cuando menos se vuelve blanco de una terrible mirada de esas que acostumbraban los pistoleros de don Maximino.

    Hace algunas meses don Gonzalo se declaró partidario de los caciques. Dijo que eran necesarios para controlar parte de las actividades políticas. Valga, pues, dejar asentado que lo único malo de ese cacicazgo urbano es que sus víctimas ya no lo aguantan, y que las autoridades se hacen de la vista gorda. De ser tomados en cuenta en la próxima invitación con los poderosos de Puebla, los vecinos podrían decir : “Una de arena por las que van de cal”.

10/XII/1992

Alejandro C. Manjarrez