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Vie, May

El ilusionista poblano (Crónicas sin censura 24)

Réplica y Contrarréplica
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Eleazar Camarillo Ochoa se ha ganado un espacio en las leyendas de Puebla.

Su control todavía le permite manejar la vida de los habitantes de más de cincuenta municipios donde sus chicharrones son los únicos que truenan. Tiene en su haber varias diputaciones y el PRI todavía le guarda y respeta, una importante cuota de puestos de elección popular. También es–quizás– el único sobreviviente de la violencia sindical que en los años treinta asoló y mantuvo ensangrentado al suelo atlixquense. Hasta hoy nadie ha podido con él, ni siquiera la fuerza republicana de los gobiernos que se propusieron trabajar alejados de las presiones de cotos y fuentes de poder político. Y en estos tiempos, nuestro novelesco personaje todavía se da el lujo de afirmar que no pertenece al grupo de los caciques de Puebla, incluso hasta presionará una campaña para eliminar a quienes “representan un obstáculo para el desarrollo social, político y económico de las poblaciones” (El Universal, 26 de julio de 1993).

    Don Ele, como le dicen sus allegados no tiene ni licenciatura, doctorado ni maestría. Su preparación escolar deja mucho que desear. Sin embargo posee una extraordinaria percepción e intuición. Su técnica para contratar a los subordinados dista mucho de la usada para convencer a los poderosos; pocos resisten su encanto y la mayoría caen bajo su influencia de recibir. Cuenta además con una gran inteligencia que va de la mano de la astucia. Es enérgico y al mismo tiempo “manso”; se ensaña con quien lo desobedece o se alebresta; y compensa mostrando mansedumbre a quienes desea conquistar.

    El extinto Antonio J. Hernández lo dotó de habilidad y sapiencia para controlar al pueblo. Asimismo, tuvo a bien dejarle como herencia política la estrategia cromiana apegada a la distribución del poder basada en la lealtad resistente a cualquier prueba, incluida la que rebasa el marco de la ley. Ese esquema le ha permitido mantener bajo su control la brida que actualmente sufren los ayuntamientos de la región. Para ello usa un centenar de fieles colaboradores trabajadores para manejar a los municipios, los cuales le dan la oportunidad de practicar un poder social con características muy personales, al estilo de los legitimistas franceses apegados a la idea de que una autoridad o dinastía que ha ejercido el poder tiene derecho de seguir ejerciéndolo.

    Cuenta además con la buena estrella que siempre protege a los políticos con éxito. A la fecha y por sólo citar alguno de los municipios donde su hegemonía es causa de severos conflictos políticos permítame el lector nombrar a San Nicolás de los Ranchos, San Buenaventura Nealtican, San Gregorio Atzopan y San Andrés Cholula. A pesar de las broncas que cualquier funcionario medianamente informado saben que provienen precisamente de las actitudes prepotentes del cacicazgo cromiano–por cierto asociado con el agua y la tenencia de la tierra –la buena suerte o tal vez la desorganización de los opositores (el sector campesino del PRI, PAN y PRD), le ha permitido conservar el control y, en consecuencia, desde hace décadas dirigir la vida de más de 500 mil poblanos cuyo progreso depende de la voluntad y estado de ánimo del cacique.

    De ahí que hayan sorprendido al columnista dos hechos. Uno de ellos es la decisión priista (¿o de Victor Hugo Islas?) de seguir la costumbre que tanta certeza le ha restado en el rumbo. Y el otro es la declaración de don Ele publicada ayer en el Universal: 

    “Un cacique es una persona a la que se le tiene miedo, está cerrado al diálogo, impide el desarrollo de su pueblo, actúa con prepotencia y yo no creo ser así. Mis raíces son de gente humilde, soy obrero y no tengo por qué sentirme superior a mis paisanos”.

    Si David Copperfield no existiera, don Eleazar sería el mejor ilusionista porque lleva décadas sacándose del sombrero grandes concentraciones que, entre otras cosas, han gratificado el ánimo de los poderosos, modificando incluso formas de pensar. También cuenta con la magia para desaparecer las manifestaciones de libertad, autonomía, progreso, desarrollo y democracia. Y qué decir de su nueva rutina que lo convierte en un mutante político.

27/VII/1993

Alejandro C. Manjarrez