La caballada
La masa no hace ningún progreso.
Hebbel.
Cinco gobernadores amanecieron ayer con las nalgas escaldadas. El autor intelectual y material de la incomodidad republicana (por esos rumbos anda nuestra República) fue nada menos que don Vicente Fox Quesada. Ello debido a la prueba caballeresca que impuso a los casi 8 mil jinetes (nada que ver con Fobaproa, que conste) que lo acompañaron en la segunda cabalgata: “Unidos por nuestras tradiciones”.
Imagínese el lector a los gobernadores de Hidalgo, Tamaulipas, Nuevo León, Chihuahua y Coahuila, frotando sus nachas durante una intensa jornada laboral, sentados en la amorosa silla charra que muchos de ellos habían comprado como decoración de su biblioteca o de su estudio, o que la tenían arrumbada en el cuarto de regalos. Y a sus ayudantes preguntando qué pomada sería la buena para calmar en sus jefes los estragos provocados por el roce de la parte baja del cuerpo con la montura que —obvio— se hizo más dura conforme pasaron las horas: trote, peso de jinete, sudor humano, calor y brincos de la bestia incrementaron el daño material en la zona del cuerpo donde algunos llevan la vocación social.
Santiago Creel, el charro del gabinete, podría haberles preguntado pensando en la fauna que habita los páramos bañados por el quemante sol.
—¿Con qué piensas que pican los alacranes?
—Con la cola, hombre.
—¡Ah! Sería la respuesta—. Con la cola es que piensas?
Dicen por ahí que estamos presenciando cómo se ha alterado el pensamiento político de la parte noreste del país (incluyendo el estado de Hidalgo), ahora hinchado de dolor (que no henchido de orgullo) gracias a que el vaquero mayor de la nación tuvo la ocurrencia de darle una probadita al Rey (así se llama su cuaco), su garañón entumecido precisamente por eso (no es lo mismo montar que ser montado, dirían las yeguas y los caballos si tuvieran el don del habla).
¡Viva Fox! jijos de la matraca.
Que viva, pues, porque ya dejó su marca en la parte más sensible de los gobernadores del noreste de México.
Intuyo que a partir de ayer hay gobernantes dispuestos a someterse a un intenso entrenamiento charro. Alguno hasta pudo haber ordenado la compra (con todo y licitación, pa’ que no haya duda de su honestidá) de un potro como los que funcionan en los rodeos electrónicos. Supongo que otro pidió prestado el carrusel que el rico de la comarca compró para sus nietos, para irse acostumbrando al sube y baja y a ver si de paso se le prende el foco. Y puede que alguien con el poder delegado por el pueblo ya haya ordenado darle anabólicos a los “ponys” de sus hijos, creyendo que ese tipo de cuadrúpedos llegan a crecer (qué pelao tan codo, ¿verdad de Dios?).
Permítame el lector la siguiente apostilla:
En un 5 de mayo, el entonces diputado local Celso Fuentes Ramírez quiso compartir con sus representados la emoción Zacapoaxtla: se vistió como tal y estrenó huaraches para desfilar por las calles de la angelical ciudad de Puebla. Terminó en el hospital con los pies hechos un mazacote sanguinolento. No sabía que había que amasar el “Caite”.
Yo creo que igual ocurrió a los Yarrington, Canales Clarion, Núñez Soto y a Martínez —Patricio y Enrique—, quienes en apariencia ignoraban que para montar hay que tener callo en salvo sea la parte. No es lo mismo subirse a un helicóptero con mil 600 caballos (el Bell 412, por ejemplo) que treparse en el lomo del pariente de Incitato, el equino que el orate de Calígula convirtió en cónsul. Imagino que así, entre brinco y relincho, la “División del Noreste” comandada por el general Fox, propuso varias soluciones a los requerimientos de sus coroneles, ahora de nachas mandrilescas. Para el Tratado de Límites y Aguas de 1944: otro asalto a Columbus. Para igualar el precio del dólar: otro error de diciembre. Para acabar con el narcotráfico: otra invasión como la de 1847. Y para impulsar el desarrollo regional: otro préstamo al FMI. Total, que tanto es tantito.
Al final de la cabalgata hubo una sesuda conclusión. En política como en los negocios es mejor ir montado en caballo de hacienda.
Nota editorial
Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.
La caballada (Crónicas sin censura 183)
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